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El factor sorpresa
—D amas y caballeros, niños y niñas, este festival va llegando a su fin.
El público entona un «ohhh», retumbando como un eco, y yo me quiero morir si esto no acaba ya.
—Pero no os preocupéis, porque hemos dejado lo mejor para el final —continúa Jenna con sus aires de princesa sin reino—. Este pedazo de artista tiene el gran honor de liderar la lista de éxitos del Reino Unido.
Lloro por dentro. No puede ser él. ¿Qué coño hace aquí?
—Lleva todo el verano de gira por Estados Unidos y Europa, y se lo rifan en las discográficas del mundo entero.
Me hundo un poquito más.
—Sé que tenéis ganas de verlo ya en acción, pero voy a dejar que disfrutéis un ratito más conmigo y os cuento más cositas de él.
Mátame ya, camión.
—Él está muy unido a Middleton. No es la primera vez que viene aquí, aunque no lo creáis.
¿Cómo? ¿Me estás tomando el pelo? Ni cuando murió el año pasado mi abuelo se dignó a honrarnos con su presencia. Es más, su forma de acompañarme en el duelo fue poniéndome los cuernos.
—¿Estás bien? —me pregunta Axel, notándome inquieta y cogiéndome de la mano para estrecharla con firmeza.
Meneo la cabeza de arriba abajo, en un gesto poco convincente, y sigo desmoronándome por dentro mientras me aferro a su brazo.
—Resulta que nuestro invitado de hoy está prometido con una vecina de Middleton.
Los asistentes se alzan entusiasmados y los murmullos de alborozo se extienden por todo el recinto. Nadie da crédito a que un cantante con esta proyección internacional tenga vínculos tan estrechos con nuestra pequeña comunidad.
—Es más, dicen que se van a comprar una casa a las afueras. La antigua destilería donde ahora van a construir una mansión.
Pero… ¿Qué coño se ha tomado esta tía? Quizá debería ir pensando en cambiar de camello.
—Y lo mejor de todo viene ahora…
Universo, ¿qué te he hecho yo para que me tortures de esta manera?
—¡Van a ser papás de un bebé muy pronto! —concluye Jenna con una fingida sonrisa, como si fuera ella la protagonista de esta noticia.
¿¡Cómo!? Por favor, que caiga un meteorito aquí mismo y acabe con la humanidad ya.
Comienzo a toser muy fuerte, las palabras se me atragantan y algunas miradas se desplazan hacia mí. Perfecto, justo lo que quiero evitar en este momento.
No puedo creer lo que está diciendo. ¿Qué le pasa a todo el mundo hoy? Primero con las pruebas de embarazo y ahora con el bebé. ¿Qué mierdas…?
—¡Dadle un caluroso abrazo al gran RJ!
Los vecinos de Middleton prorrumpen en aplausos.
Desde mi posición veo a Jenna acercarse a Riley y susurrarle algo al oído.
Él arquea las cejas durante una fracción de segundo antes de recomponer el gesto.
Su expresión es la misma de siempre, aunque más ojeroso y consumido.
Es lo que tiene encadenar una fiesta tras otra; al final, pasa factura.
Aun así, sus ojos se dilatan —todavía más— cuando contempla al público tras la confidencia de la presentadora.
—Bienvenido a casa, Riley. Antes de empezar, me gustaría que nos dedicaras unas palabras como futuro vecino de este pueblo y padre de una criatura que crecerá en estas calles.
¡Será hija de…! ¡Del alcalde Murphy!
Axel me mira de reojo y el agarre de su mano comienza a aflojar. Me he quedado tan congelada que no puedo ni mirarle a la cara ni adivinar cuál es su expresión.
—Muchas gracias a todos los vecinos y demás personas que nos acompañáis hoy.
Estoy muy orgulloso de estar aquí con todos vosotros y, en efecto, no es mi primera vez en Middleton —miente con todo el descaro—.
Antes de comenzar a tocar, me gustaría decir unas palabras a una persona muy especial que está hoy aquí entre nosotros.
¡Nooo!
—Aisling. Aisling O’Hara, ¿dónde estás?
Me suelto de la mano de Axel, con ganas de echar a correr antes de que todo el pueblo fije su mirada en mí.
Demasiado tarde.
—Sé que este año ha sido complicado para los dos, pero lo vamos a resolver juntos. Te prometo que seré el mejor marido y padre del mundo. Ahora mismo haré una oferta por el edificio de la destilería o cualquier casa que tú prefieras para que construyamos un hogar.
Por favor, que alguien me pellizque. Esto tiene que ser un sueño. O una pesadilla, mejor dicho.
—No importa si ese bebé es mío o no, porque lo cuidaré de igual manera para que seamos una familia unida.
El micrófono se acopla en los altavoces y «familia unida» resuena en el parque, amplificado como un eco involuntario.
—¿Qué dices, nena? ¿Quieres casarte conmigo otra vez? —sentencia con una sonrisa ladina, arrodillándose en el suelo.
¡La madre que lo parió!
Mis ojos recorren el escenario, el foso, las caras de los vecinos de Middleton para detenerse finalmente en Axel.
Solo puedo mirarlo a él. Nunca había visto tanta tristeza condensada en un solo rostro.
Quiero decirle que todo es mentira, un pequeño teatrillo montado por estos dos liantes, pero me quedo paralizada.
Mis piernas se niegan a moverse y la tierra parece engullirme, como si fueran arenas movedizas.
En una milésima de segundo, paso por todos los estados de ánimo: negación, incredulidad, sorpresa, enfado… Mi cabeza bulle de pensamientos y siento que va a estallar como una olla exprés sin válvula de seguridad. Y solo pienso en correr, en huir de allí sin mirar atrás.
—Yo… —balbuceo, pero las palabras se han quedado atascadas en la garganta y soy incapaz de expresarlas.
—¡Vamos! Di que sí —exclama alguien entre la multitud.
—Ay, ¡qué romántico! —declara otra voz unos metros más allá.
Observo a Jenna escondida en el backstage , con sus ojos fijos en mí, como los demás. Aunque en su expresión solo se refleja una inconfundible sonrisa maquiavélica.
Mis puños se cierran con tanta fuerza que creo que voy a hacerme heridas en las palmas de las manos. Las piernas me tiemblan de rabia y frustración, y la ansiedad me azota como un látigo por todo el cuerpo.
En cuanto escucho unos pasos corriendo hacia nosotros, tomo conciencia de la situación.
—¡Axel! —clama una mujer desesperada.
Reconozco la voz de Chiara en la oscuridad, que viene hablando por teléfono con el rostro ensombrecido. Axel coge el teléfono y ambos se alejan, dirigiéndose hacia el aparcamiento.
Los observo subir al coche mientras mi corazón late a mil por hora. Una lágrima rueda por mi mejilla y me encamino hasta el terreno de grava, como si el simple hecho de verlos desaparecer en la distancia pudiera impedir que algo terminara de romperse dentro de mí.
El silencio que queda a mi alrededor es casi ensordecedor, solo roto por los murmullos del público y la lejana voz de Jenna, que insta a Riley a comenzar el concierto mientras sonríe con esa irritante cara de satisfacción impostada.
Como un zombi, me alejo de allí hasta llegar a una zona de columpios desierta. Las notas de la canción que un día Riley me dedicó suenan ahora artificiales, falsas, deshonestas, como nuestra relación.
Sarah llega corriendo y me envuelve en un abrazo. Siobhan llega unos instantes después.
—Aisling, ¿qué está pasando?
—No sé qué deciros, chicas —musito entre sollozos—. Todo iba sobre ruedas hasta que la víbora de Jenna Murphy apareció.
Mis lágrimas son ya incontrolables.
—Creo que ha sido culpa mía —confiesa Siobhan con ojos de cordero—. Te dije lo del embarazo y creo que nos escuchó.
—Pero ¿por qué has dicho eso? Yo no estoy embarazada.
Me arrepiento al instante de hablarle así; no es justo descargarme con ella.
—Porque, Ash… —traga saliva—, yo no he tenido nunca relaciones íntimas. Así que la prueba que había en la basura no era mía.
—Pero entonces ¿de quién era?
Enmudecemos unos segundos, intentando encajar las piezas del puzle, hasta que mi hermana mayor contesta:
—Es mío… Estoy embarazada.
—¿¡Quééé!? —exhalamos Shiv y yo al unísono.
—Lo siento, quería habéroslo dicho, pero necesitaba estar segura de ello y contárselo a Aiden primero. Por eso me lo hice en casa de la abuela en vez de en la mía.
—Pero eso es una noticia maravillosa. ¿Por qué has tardado tanto en contárnoslo?
Sarah exhala todo el aire que tiene contenido en los pulmones y confiesa:
—Porque después del aborto que tuve hace diez años, el médico me dijo que hubo alguna complicación y que había una alta probabilidad de que no pudiera quedarme embarazada nunca más.
—¡Pero esto es un milagro! Un regalo de Papá Noel por Navidad —proclamo entusiasmada, esbozando por primera vez una sonrisa después de todo lo que ha pasado esta noche.
—Anda, calla, que los milagros navideños no existen, boba —me corta Siobhan, que hace demasiado tiempo que perdió la esperanza.
—Chicas, si algo he aprendido este último año es que el verdadero milagro es que estemos aquí las tres unidas —afirma Sarah, abrazándonos a las dos.
Nos quedamos unos instantes en silencio asimilando sus palabras. No le falta razón.
—Oye, la abuela va a flipar en colores cuando se entere de que va a ser bisabuela —apunto.
—Seguro que dice que se ve demasiado joven y que ni se nos ocurra llamarla así —replica Siobhan.
Las tres soltamos una carcajada y nos quedamos charlando junto a los columpios, mientras unos ligeros copos de nieve empiezan a caer a nuestro alrededor y la emoción de la noche aún nos late en el pecho.
Por un instante me doy cuenta de que he vuelto al punto de partida, que mi vida sigue patas arriba y que mañana tendré que enmendar mis errores una vez más. Pero por hoy ya he vivido suficientes emociones. Ahora solo quiero quedarme junto a ellas, porque son mi verdadero hogar.