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El concierto benéfico
N o me puedo creer que haya llegado el gran día.
Axel y yo llevamos dos semanas organizando la agenda del concierto para que todo salga a pedir de boca.
Hemos contado con la inestimable ayuda de Liz y Oliver, que acaban de llegar a Middleton tras pasar la Nochebuena y la Navidad con sus familias.
Entre varias empresas colaboradoras, han cedido de manera gratuita sus materiales para montar un escenario improvisado, además de la iluminación y los equipos de sonido necesarios.
Aiden y Axel han tirado de sus contactos para atraer a varios artistas, mientras que yo logré captar el interés de la banda tributo a The Dubliners, uno de los grandes grupos de folk del país.
También escribí a Shannon, que por casualidad estaba en Irlanda pasando estas fechas tan especiales, y se mostró muy entusiasmada con el proyecto.
Sin embargo, no puedo decir lo mismo de mi discográfica que, en pocas palabras, se excusó con no disponer de tiempo para las «nimiedades de un pequeño pueblo irlandés».
Diría que me sorprende, pero a medida que voy atando cabos con las cosas que me sucedieron en el pasado, ya nada consigue desconcertarme.
—Aisling, vengo a darte las gracias por todo lo que has organizado en unos pocos días —manifiesta entusiasmado el alcalde Murphy, que se detiene a darme un apretón de manos—. Esto va a ser un éxito. Shannon, Axel y otro artista sorpresa que mi hija Jenna ha conseguido traer a última hora.
—¿Quééé? —Mi sonrisa se desvanece cuando escucho sus últimas palabras—. No tengo constancia de que vaya a venir nadie más. La agenda ya está cerrada y el equipo de sonido solo está contratado para el tiempo que duren los artistas originales.
—No pasa nada, seguro que podemos reducir algunas canciones de Axel, por ejemplo. —Le da una palmada en el hombro cuando llega donde estamos nosotros. Axel esboza una sonrisa educada y asiente con la cabeza—. ¿Verdad, chaval? Seguro que a ti no te importa.
—¡Claro que importa, alcalde Murphy! —protesto furiosa y me cruzo de brazos—. Axel no solo es un artista con un talento increíble, sino que además ha formado parte de la organización. Sin él, esto no habría sido posible.
—No pasa nada, Aisling, de verdad —admite mi chico, llevándose la mano a la cabeza para frotarse la nuca—. Es un evento benéfico, lo importante es que recaudemos el dinero suficiente para una buena causa.
—Sabía que nos podíamos entender.
Murphy se muestra pletórico y se aleja para ir en busca de su hija Jenna, que presentará el festival, como ha decidido él de manera unilateral.
Me revienta este tipo de cosas. Llevo tantos años organizando eventos de tal magnitud que me hierve la sangre cuando alguien, a última hora, obliga a cambiar la agenda solo por puros intereses personales.
Ya lo hacían en la discográfica mis jefes y veo que esto es un tema relacionado con la autoridad, porque hasta el alcalde de una pequeña área rural de Cork tiene potestad para hacer y deshacer como a él le plazca.
Axel me reconforta envolviéndome en sus brazos y, con ese simple gesto, mis nervios comienzan a calmarse.
Al fin y al cabo, no le falta razón. Este es un evento benéfico para recaudar la mayor cantidad de dinero posible.
El señor Ryan ha tenido que trasladarse a la residencia de ancianos de manera provisional al no contar con más familia cerca, y no cabía en su gozo cuando ha descubierto que habíamos montado todo este tinglado por él.
—Aisling, te quiero presentar a mi prima Chiara —dice Axel, devolviéndome al presente mientras ella se aproxima con cautela—. Hemos crecido juntos, es como una hermana pequeña para mí.
—Aisling, ¿eh? Hace poco conocí a una chica igualita a ti que se hacía llamar Callaghan —explica con sorna, guiñándome un ojo para dejar claro que todo está bien.
—Encantada, Chiara… —titubeo, descolocada por la pésima imagen que he dado ante una de las personas más cercanas a Axel, que nos observa sin entender nada—. Esta es mi hermana, Siobhan. La de verdad. Aunque a veces sospecho que alguna de las dos es adoptada.
La cojo del brazo y la arrastro hacia mí para evitar que la escena se vuelva todavía más incómoda; aunque, a estas alturas, ya roza lo surrealista. Mi hermana me fulmina con la mirada y agita las manos en el aire, sin entender qué demonios está pasando.
—Así que Siobhan, ¿la ganadora del certamen de tartas de esta mañana? —pregunta Chiara, y noto un brillo especial en su mirada—. Podría comerme veinte porciones enteras de esa maravilla de pastel de Lotus y whisky que presentaste al jurado.
Mi hermana, con el rubor asomándole a las mejillas, le tiende la mano para presentarse y, en cuanto sus manos se rozan, se apartan de golpe, como si una chispa eléctrica hubiera saltado entre ambas.
—Lo… siento —musita Shiv, todavía nerviosa—. Quiero decir, gracias por el cumplido. No es difícil si te gusta tanto la repostería como a mí.
—A mi prima le encanta todo lo que tenga que ver con la cocina —apunta Axel, mirando el reloj—, pero hablaremos de esto en otro momento; ahora tenemos que ir al backstage a hacer las pruebas de sonido. Luego nos vemos, chicas.
Se acerca para darme un beso en los labios y ambos desaparecen para dejarme sola con Siobhan. No puedo evitar fijarme en cómo esos vaqueros desgastados le marcan el trasero al alejarse.
—¡Ash!, ¡Ash!… —Mi hermana chasquea los dedos frente a mí para que me despierte—. Últimamente estás en Babia. Se ve que el amor te está idiotizando.
—Son las hormonas del enamoramiento, Shiv. Y, por cierto, espero que me hayas guardado un pedazo de esa tarta con la que has ganado o prometo no volverte a dejar ese jersey mostaza que tanto te gusta.
—De hormonas y antojos te quería hablar…
Su gesto se tensa.
—¿Qué pasa, Shiv?
—¿Cuándo nos lo pensabas contar?
—¿De qué estás hablando?
Dirijo la mirada al escenario, donde uno de los técnicos me hace señas para que me acerque sin demora.
—De lo que he encontrado esta mañana en la papelera del baño.
—No sé de qué hablas. Tengo que dejarte, me esperan arriba y el concierto está a punto de empezar.
—Sé que estás embarazada —suelta a bocajarro. Nada más decirlo, se tapa la boca de inmediato y echa un vistazo rápido a nuestro alrededor—. He encontrado dos test positivos en el baño de casa, Aisling.
—¿Qué dices, boba? No son míos. Y si tampoco son tuyos… serán de la abuela.
Se me escapa una carcajada por la nariz y veo cómo Jenna se acerca con sus aires de diva para decirme algo. Mi humor se transforma en apenas un segundo.
Dejo a mi hermana con la palabra en la boca y me dirijo al escenario para ultimar los preparativos. Veo de reojo a la Barbie, edición rústica, venir detrás de mí. Se tambalea con los tacones hundiéndose en la tierra del parque donde se celebra el festival.
—¿Qué quieres, Jenna?
Mi tono de voz suena menos seco de lo que me gustaría.
No es ningún secreto que nunca he soportado a esta chica.
Desde que llegué a Middleton con ocho años y tuve que compartir pupitre con ella, se dedicó a hacerme la vida imposible.
Me llamaba «la huerfanita» para que todos mis compañeros se rieran a mi costa. Y aquello solo fue el aperitivo.
Cuando llegó la adolescencia, todo empeoró: ella y su inseparable amiga Jessica se convirtieron en lo que todos apodábamos «las gemelas malvadas» —y créeme, nos quedábamos cortos—.
Rezumaban maldad por donde pasaban, esparciendo chismes por el instituto mientras encadenaban fiestas y aumentaban su interminable lista de conquistas.
—Enhorabuena, Aisling. Siempre fuiste una completa perdedora en el colegio, pero desde que te codeas con famosos, he de reconocer que has subido algún puesto en tu escala social.
¿Acabo de escuchar un cumplido? Esto tiene que venir acompañado de alguna petición oculta, fijo.
—En serio, tengo mucho trabajo —gruño por dentro y aprieto los puños—. Si no has venido a preguntarme nada relacionado con el concierto, te recomiendo que vuelvas por donde has venido y me dejes en paz.
—Solo quería disculparme porque al final seré yo la presentadora. —Pone los brazos en jarra y bate sus pestañas con una falsa modestia—. Sé que te hacía mucha ilusión, pero bueno, tú ahora tienes otras cosas personales en las que pensar.
Ignoro sus palabras porque, como siempre, le encanta inventar cotilleos para confundirte y llenarte la cabeza de tonterías.
—Me voy, Jenna. Prepárate, nos quedan cinco minutos para empezar.
Me quedo en el backstage coordinando el evento. El primero en salir al escenario es Axel. Me dedica una mirada cálida bajo la iluminación de los focos y yo le deseo buena suerte en un susurro antes de que empiece la magia de los acordes.
Me entristece que haya tenido que reducir de cinco a tres sus canciones. Lo mismo que ocurre con los siguientes dos artistas que, además, han tenido que desplazarse desde lejos para contribuir con este concierto benéfico.
La tensión comienza a desvanecerse a medida que veo cómo todo marcha sobre ruedas. Shannon está deslumbrante y levanta pasiones ante los vítores de los habitantes de Middleton y del resto de pueblos y ciudades aledañas que se han acercado para celebrar este día.
Bajo del escenario para disfrutar de la fiesta y me sitúo en un lateral del foso, donde está el público, junto a Liz, Oliver y Axel, que charlan de manera animada.
Qué agradecida estoy por su contribución a este evento; no tengo palabras suficientes de reconocimiento.
Y hasta el señor Ryan me dedica un beso al aire desde su posición, consciente de que este concierto ha sido organizado, en buena medida, para devolverle su hogar.
Jenna sale al escenario para presentar al último artista de la noche y, en cuanto veo quién se asoma por detrás del telón, todas mis alarmas se disparan.
No puede ser.
Esto tiene que ser una puta broma.