Una canción irlandesa (Hermanas O’Hara 2) 21
78%

21

La sobrecarga

C uando volvemos al hostal, voy directa a por mi móvil.

Ayer por la tarde llegué tan agotada que lo dejé cargando y, esta mañana, medio sonámbula, ni siquiera fui capaz de acordarme de cogerlo.

Así que ahora lo enciendo y, en cuanto aparece la pantalla de inicio, saltan varios mensajes de Jerry, tal vez alertado por mis llamadas desesperadas para remolcar el coche hasta casa.

Sin embargo, lo que realmente me congela la sangre son las llamadas perdidas y mensajes de mis hermanas y mi abuela, pidiéndome que las llame cuanto antes.

En el chat grupal hablan de un incendio en Middleton, de una sobrecarga y de un fallo en la conexión inalámbrica.

Todas mis alertas comienzan a activarse de golpe.

Me viene a la mente la pesadilla de ayer por la tarde, el incendio del que hablaban anoche en las noticias y el hecho de que no pudiera contactar con ellas. No dejan de repetirme que me tranquilice, pero sus palabras se me han quedado atascadas en el pecho y apenas me dejan respirar.

—¿Qué pasa, Ash? —pregunta Axel. Veo el pánico dibujarse en su rostro.

—Tengo que llamar a casa —digo con la voz agitada—. Ha pasado algo en Middleton. Mi abuela, mis hermanas…

—Tranquila, respira. Llámalas ahora mismo, seguro que no es nada.

Marco el primer número que veo. Tengo línea directa con Sarah y, con las manos temblorosas, escucho su voz al otro lado.

—Ash, ¿dónde estabas? Llevamos toda la mañana llamándote. Pensábamos que llegarías ayer a casa y ya estábamos preocupadas —admite Sarah, que siempre ha ejercido esa autoridad maternal para ponernos a todas en nuestro sitio.

—Perdonad, estoy en Kinsale. Tuve que hacer una parada técnica. —«Para poner en orden mi vida»—. ¿Se puede saber qué ha pasado? ¿Qué es eso de que ha habido un incendio?

—Ha sido un susto enorme, pero estamos bien —trata de serenarme y, aun así, emite un resoplido inquietante—.

Ya sabes cómo son los habitantes de este pueblo, que se emocionan demasiado con la Navidad…

Al alcalde Murphy se le ocurrió aumentar este año la cantidad de bombillas de la decoración, hasta tal punto que provocó una avería en el transformador principal y medio pueblo se quedó sin suministro.

—¿Cóómo? —Me quedo de piedra. Me reiría si no fuera porque había leído la palabra «fuego» en algún momento del chat—. Pero ¿se ha ido la luz? ¿Y dónde se ha originado el incendio?

Escucho un barullo al otro lado de la línea y reconozco las voces de algunos vecinos del pueblo alzando la voz más de lo habitual.

—Hemos estado casi veinte horas sin electricidad y ahí fue cuando sucedió el desastre. Al vecino de la abuela, el señor Ryan, se le pasó por la cabeza una idea, digamos, demasiado rústica…

Tamborileo los dedos contra la mesita de madera de mi habitación del hostal mientras aguardo la explicación completa.

—Sarah, por favor, me estás poniendo muy nerviosa. ¿Me puedes contar ya todo lo que ha pasado?

—Enseguida voy, abuela —dice al otro lado del teléfono, atropellando sus palabras—.

El señor Ryan tenía un viejo candil en su casa y, como no volvía la luz, se le ocurrió la maravillosa idea de prenderlo utilizando un tipo de aceite que llevaba décadas sin usarse.

El fuego se extendió tan rápido que a duras penas logró salir.

Su casa ha quedado hecha añicos y, al estar al lado de la panadería de los abuelos, ha afectado también a parte de nuestro local.

—Joder, sis . ¿A ti te parece que eso no es nada? Ahora mismo voy para allá. Espero que me estés contando toda la verdad.

—Ash, tranquila, hemos pasado por peores cosas en la vida. El señor Ryan tiene algunas quemaduras en la mano, pero está en observación en el hospital. Estábamos todas en casa, así que dimos la voz de alarma enseguida y evitamos un mal mayor.

Axel no da crédito a lo que está escuchando por el altavoz. Antes incluso de que me despida de mi hermana, coge las llaves de su coche y nos plantamos en Middleton en tiempo récord.

Mientras entramos por las afueras, me invaden sentimientos enfrentados. La nostalgia del hogar y de pasar la Navidad en casa se mezcla con la congoja de pensar que una nueva tragedia podría haber asolado a nuestra familia.

Doy gracias a que la voz de Axel me distrae.

—¿Este es el mercado navideño de Middleton? Fiuuu. No escatimáis en detalles navideños…

—Calla, que todo comenzó como una broma. El alcalde Murphy está empeñado en poner a Middleton sobre el mapa, así que todos los años le envía una carta a Mariah Carey para que venga a cantarnos la turra de su villancico en la plaza del pueblo.

Pongo los ojos en blanco y le indico que gire a la derecha para cruzar el puente sobre el río Lee.

—Sí que os adelantáis a las fechas. La última vez que vine en octubre ya vi todos los comercios decorados con lucecitas rojas y verdes.

—Octubre dice… Y agosto también —admito con cierta vergüenza ajena—. Luego dicen de los almacenes Harrods, pero me temo que algún día olviden retirar la caseta de Papá Noel y acabemos viviendo en una eterna Navidad.

Imito el gesto de apuntarme con una pistola imaginaria en la cabeza y amago con disparar.

Siempre he sido una enamorada de estas festividades, pero hasta a mí misma me parece desmesurada la cantidad de recursos que se despilfarra en estas fechas con la de causas sociales a las que se podría destinar el presupuesto.

—Estamos llegando ya, gira aquí a la izquierda, donde está la floristería de la señora Blossom.

Según doblamos la esquina, una punzada de ansiedad me atraviesa el estómago.

Un grupo de personas se arremolina frente a la casa del señor Ryan y, ya incluso desde la distancia, se aprecia cómo el incendio ha reducido la vivienda a un esqueleto carbonizado.

No queda nada de lo que hasta ayer fue su hogar.

Más allá de la marabunta, distingo los destrozos que también han alcanzado a Grace's Bakery, la panadería y pastelería de mis abuelos.

No puedo evitar que una lágrima ruede por mi mejilla cuando salgo disparada del coche.

Axel me alcanza, coge mi mano y entrelaza nuestros dedos para acompañarme al que ha sido mi hogar desde la infancia.

—¡Abuela! —exclamo en cuanto descubro su diminuta silueta detrás de la multitud—. ¿Cómo estás? ¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?

La rodeo con los brazos y la aprieto contra mi pecho. Apenas me separo un instante para examinarla de arriba abajo y, como no responde, vuelvo a estrecharla contra mí.

—Estoy perfectamente, pero si sigues espachurrándome así, mis pulmones van a dejar de funcionar, muchacha —musita en un hilillo de voz.

La suelto enseguida, le doy un beso en la frente y me giro justo a tiempo para abrazar a mis hermanas, que vienen corriendo desde la panadería.

—Chicas, ¿estáis bien? —exclamo con la voz rota—. Os juro que nunca más volveré a deciros aquello de que preferiría haber sido hija única. Os quiero muchísimo a las dos y no podría soportar perderos.

Las dos sonríen entre lágrimas y, mientras Shiv se limpia las mejillas con la manga del jersey, replica:

—Caray, hermanita, que tú digas eso me preocupa más que el propio incendio.

No puedo contener una carcajada. Entonces, escucho una conversación detrás de mí.

—¿Y este mozo tan apuesto quién es? ¿No serás un amigo especial de mi Aisling? —pregunta mi abuela, con este tono inquisitivo que le caracteriza.

—Soy Axel, Axel McKenzie. Encantado, señora Callaghan —responde él, educado a la par que nervioso—. Siento mucho lo que ha pasado.

—¿Pero vosotros…? ¿Vosotros qué hacéis juntos? —exclama Aiden, que aparece con dos bolsas de basura llenas de escombros.

—Familia —anuncio tomando aire—, él es Axel. Algunos ya lo conocéis. Digamos que es un amigo especial. Sí, abuela. —Axel y yo cruzamos una mirada de complicidad, me atrae hacia su cuerpo y me da un beso suave en la cabeza—. Más que un amigo especial, diría yo.

—Ahora sois vosotros los que me debéis veinte pavos a mí —proclama Siobhan, mientras Sarah y Aiden sacan dos billetes del bolsillo al mismo tiempo y se los entregan con caras de total resignación.

—Oye, ¿queréis dejar de apostar sobre mi vida sentimental? —protesto, haciendo aspavientos al aire.

—¿Qué quieres que te diga, hermanita? Eres un blanco fácil para ganar dinero —confiesa Shiv, contando los billetes.

—Dejaos de tonterías, niñas. Vamos a ponernos manos a la obra. Tenemos mucho trabajo aquí —sentencia la abuela con ese gesto firme tan suyo—. Acabemos con esto y luego os venís todos a comer a casa. Tengo ganas de conocer al chico que ha hecho volver a sonreír a mi nieta.

Mi yaya le guiña un ojo a Axel y este le tiende el brazo para acompañarla.

Pasamos toda la mañana limpiando los restos del incendio, rascando el hollín de las paredes y fregando los suelos hasta que quedan lo más presentables posible.

Los chicos echan una mano a los vecinos, que se afanan por adecentar lo que queda de la casa del señor Ryan, la que ha sufrido más daños, junto a otra vivienda adyacente ya abandonada.

Cada vez que levanto la vista, encuentro a Axel cargando tablones o sacando escombros, como si hubiera pertenecido a Middleton toda la vida.

Alguien corre la voz de que es un cantante conocido y Jenna, una antigua compañera del instituto, no tarda en aprovechar la ocasión para atosigarlo hasta conseguir un autógrafo y una foto.

Ya lo conozco lo suficiente como para saber que este tipo de atenciones lo incomodan, sobre todo cuando no está en un escenario, sino arrimando el hombro por una buena causa.

Cuando los seis regresamos a casa, Axel suspira aliviado. Nos sentamos a la mesa a comer y Aiden comenta que la aseguradora no cubrirá los daños, al haber sido un incendio «intencionado». Todos nos indignamos y la conversación gira en torno a la situación.

Mientras recuerdo los destrozos y la manera en la que todo el pueblo se ha volcado, una idea comienza a rondarme la cabeza.

Cada año, después del día de Navidad, celebramos la fiesta de San Esteban con un concurso de tartas, cuya recaudación se destina a diversas causas benéficas.

Esta vez podría servir para reconstruir la zona afectada y ayudar al señor Ryan a recuperar su hogar.

Comparto la idea con todos y les parece fantástica. Axel se entusiasma con el proyecto y, entre ambos, empezamos a darle forma a la iniciativa, que bautizamos como:

«Canciones que reconstruyen almas, acordes que reparan corazones. Middleton, un pueblo unido por la solidaridad».