Una canción irlandesa (Hermanas O’Hara 2) 20
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Un peligro con anclas

M e despierto con las primeras luces colándose por la ventana y descubro un hilillo de baba asomando por la comisura de mi boca. Me cuesta ubicarme hasta que alzo la vista y me encuentro con Axel, durmiendo con una tranquilidad pasmosa, acurrucado en el sofá, con un brazo rodeándome la cintura.

Anoche nos quedamos hablando hasta las tantas y lo único que sobrevive de nuestra velada son cuatro rescoldos y las cenizas, como testigos silenciosos en la chimenea.

—¿Qué hora es? —susurra muy bajito—. Mierda, nos hemos quedado dormidos en el salón.

—Son las seis, todavía podemos volver a la cama y dormir el resto del día… Debería ser ilegal madrugar a estas horas.

—Se me ocurre un plan mejor. —Se levanta y mira por la ventana—. Hoy va a hacer un buen día.

—¡Nooo! El termómetro marca tres grados fuera. ¿Por qué me quieres torturar? —refunfuño.

—Vamos, en quince minutos te quiero lista abajo. Tiempo suficiente para darte una ducha y vestirte con la ropa más abrigada que tengas.

—Dame media hora, al menos —protesto—. Si vamos a ver a Papá Noel al Polo Norte, tendré que dar buena imagen. Aunque con la lista de malas decisiones que he acumulado este año, me temo que no me va a dejar ni un solo regalo.

—Veinte minutos, ni uno más ni uno menos —ordena, poniendo los ojos en blanco—. Si te portas bien, llevaré algo de desayuno para el camino.

—Sabes cómo ganarme con comida… —canturreo mientras subo las escaleras del hostal—, pero te advierto que no será antes de media hora.

Tras una pequeña caminata, llegamos al puerto, donde veo a mi pobre Corolla congelado y desvalido.

Cuando sea una hora prudencial, tendré que llamar a Jerry para que me venga a remolcar con la grúa y llevarlo de vuelta a Middleton.

Mientras tanto, le pido a mi querido abuelito que me envíe un transporte seguro desde los cielos.

—Ya hemos llegado. ¡Sorpresa!

Lo miro, incapaz de ocultar mi desconcierto en cuanto se presenta ante mí un viejo conocido: el barco con el que recorrimos la bahía de Cork en el festival de jazz un par de meses atrás.

—¡Noooo! ¡No, no y no! —reniego para mis adentros.

Pero, yayo, ¿se puede saber qué te he hecho yo para que me trates así? ¿Es por aquella vez que te amenacé con castigarte sin el bizcocho de limón de la abuela hasta que te tomaras todas las pastillas de la tensión?

Miro al cielo, como si estuviera esperando alguna respuesta. Axel me observa estupefacto. A estas alturas, ya empieza a acostumbrarse a mis pequeños momentos de desvarío.

—¿Qué te pasa? —pregunta, asustado.

—¿Que qué me pasa? —vocifero mientras realizo aspavientos con las manos y apunto hacia la embarcación—. La peor pesadilla de mi vida. Eso es lo que me pasa. Dime dónde está la cámara oculta, porque esto tiene que tratarse de una maldita broma.

—Es el Slane, el barco de mi padre, del que te hablé.

—¿Cómo? —Se me descuelgan los ojos—. ¿Es el mismo que participó en el festival de jazz ?

—El mismo —afirma, aún confuso—. Mi padre quería que yo siguiera sus pasos y, aunque me saqué la licencia de navegación hace unos años y le ayudaba con algunos de sus trayectos, no me veía en el futuro trabajando entre turistas.

Así que, desde que lo obligaron a retirarse, lo alquilamos a empresas y particulares para paseos privados y eventos.

De esta manera, podemos sacar algo de dinero extra para su tratamiento y, de paso, evitar que este viejo cacharro se oxide.

—Ya… —asiento sin estar muy convencida.

—Vamos, no hay tiempo que perder. Si tenemos suerte, podremos ver algún delfín o ballena por aquí cerca.

—¿Estás de broma? —Amago con darme la vuelta, pero Axel me alcanza y me rodea la cintura—. No, yo no me voy a montar en ese peligro con anclas.

—Ash, este barco es muy seguro. Prometo que no nos alejaremos mucho de la costa.

Esboza una preciosa sonrisa a la que jamás podría decir que no, pero un sentimiento de angustia comienza a prenderme por dentro, como un incendio que amenaza con descontrolarse. Y, definitivamente, no hay sonrisa —ni tatuajes de Axel— que puedan hacerme cambiar de opinión.

—Es… Es solo que… Tengo fobia al agua, al mar y a cualquier pozo de agua más grande que el lavabo de mi casa —confieso al fin con las piernas temblorosas.

—Entiendo —me coge de la mano y entrelazamos nuestros dedos—, no eres la primera persona con ese temor. Pero estás en buenas manos, cielo. No voy a dejar que nada malo te pase. ¿Confías en mí?

Asiento con todas las dudas del mundo rondándome la cabeza. Axel me rodea con sus brazos y deposita un beso en mis labios, un roce tan convincente que, incluso con todos mis demonios protestando, consigue que empiece a relajarme poco a poco.

Apoya su mano en la parte baja de mi espalda y me guía por la rampa hasta dejarme dentro de la cabina.

—Quédate aquí mientras desato las amarras y recojo el ancla. No tardo nada.

—No te vayas… por favor —le ruego, aunque creo que ya no me ha oído porque, cuando la súplica se escapa de mis labios, Axel ya se encuentra en el estribor del barco.

Regresa a mi lado y se dispone a tocar varios botones, cuando un estridente sonido dispara todas mis alarmas.

—¿Lista?

—¿Qué es ese ruido?

—Es el motor, lo normal para ponerlo en marcha. De momento no es una embarcación a vela. —Se ríe complaciente y se sitúa detrás de mí para rodearme con los brazos.

Abandonamos el pintoresco puerto de Kinsale y, aunque tengo que reconocer que estoy temiendo por mi vida, el calor de su cuerpo y de la propia calefacción de la cabina consiguen destensar mis músculos por momentos.

—¿Quieres contarme algo?

Vacilo unos segundos y, al final, suelto sin remordimientos:

—Solo dile a mi abuela y a mis hermanas que, si me pasa algo, las quiero mucho a las tres, y que se repartan los trescientos euros que me quedan en la cuenta corriente —balbuceo con voz temblorosa—.

Sarah puede quedarse con mis Manolos, calzamos el mismo pie.

Siobhan puede empeñar la foto firmada de Madonna que compré en Camden Town.

Siempre sospeché que podría ser falsa, pero con suerte le dará para abrir su negocio de tartas.

»Y a mi yaya… Ay, la yaya —suspiro—. Dile que me entierre con, al menos, cuatro cajas de sus galletas de chocolate. Me aseguraré de zampármelas todas, aunque sea cuando traspase las puertas de San Pedro.

Axel suelta una carcajada, me llama exagerada y hunde la cabeza en mi cuello para darme un beso.

—Sabes que no me refiero a eso… ¿Vas a contarme ahora a qué viene lo de tu fobia al mar? Eres la persona más valiente que conozco, le echas ovarios a cualquier cosa en la vida y ¿me dices que le tienes miedo a este charco de agua…?

Veo cómo arquea sus cejas a través del reflejo del cristal.

—Creo que de pequeña me daba miedo bañarme en casa. Un día mi madre se puso a hablar por teléfono con mi abuela mientras yo estaba a remojo y, bueno, se olvidó de mí durante la friolera de… media hora —dramatizo para parecer convincente—. Salí tiritando y con los dedos como uvas pasas.

Axel permanece en silencio, como si decidiera dejar mi historia en punto muerto justo cuando, a lo lejos, aparecen dos delfines color ceniciento. Se mueven al unísono, tan coordinados que parecen una pareja feliz bailando al ritmo de las olas del mar.

La imagen me arranca una sonrisa serena. Axel apaga el motor a mitad de camino, procurando no romper la armonía del momento ni molestar al resto de los cetáceos.

Durante unos segundos, la calma nos engulle, solo interrumpida por el leve graznido de las gaviotas sobrevolando la embarcación.

Nos quedamos abrazados, cada uno con una taza de café entre las manos, contemplando el precioso espectáculo que se despliega ante nuestros ojos.

Es una de esas escenas que no solo calientan el cuerpo, sino también el alma.

Y mis palabras comienzan a fluir solas, arrastradas por la complicidad del momento.

—Nunca me lo había planteado hasta que empecé a ir a terapia el verano pasado.

—¿A qué te refieres? —musita muy cerca de mi oído.

—Al principio, fui solo para lidiar con los problemas que estaba sufriendo con Riley, pero la terapeuta, muy astuta ella, comenzó a hurgar en el pasado y sacó a la luz muchas cosas de mi personalidad.

—Sigue hablando, por favor.

—No sabía qué me provocaba ese temor al agua, pero algo cambió la Navidad pasada, cuando fui con mis hermanas a la pista de hielo de Middleton —reconozco con una cierta inquietud—. Así que le conté aspectos de mi infancia, como la muerte de mis padres. Y ahí, ató cabos enseguida.

Axel se aparta, lo justo para girarse hacia mí. Su expresión, antes relajada, se ensombrece en un instante. Toma mi mano, la resguarda entre las suyas y me alienta a continuar.

—Cuando mis padres tuvieron el accidente, su coche…

su coche cayó en un lago semicongelado —revivo aquel amargo episodio del pasado—.

Yo era demasiado pequeña y no conozco todos los detalles, pero lo que sí recuerdo con una sorprendente claridad es que estaba con Sarah y mi abuela, patinando sobre hielo, cuando el abuelo llegó con la noticia.

—Oh, Aisling, eso es terrible.

—Si no hubiera pedido ayuda profesional, quizá nunca lo habría descubierto —admito, tratando de extraer el mensaje positivo.

—Nunca es tarde, si eso te sirve para afrontar los problemas. Hiciste bien en buscar apoyo.

Me aprieta la mano con más fuerza y clavo la vista en el suelo.

—La cosa no quedó ahí… Después de hablar largo y tendido, me dijo algo que me removió por dentro: que siempre usaba mi forma de afrontar la vida para aliviar el dolor de los demás.

Primero, cuando era pequeña, para proteger a mis hermanas del sufrimiento y, de mayor, para diluir mis propios dramas personales.

—Supongo que era tu manera de sobrevivir. Cada cual gestiona el duelo de un modo diferente y está bien que lo hagas, siempre y cuando no dejes de afrontar lo que de verdad importa: tú.

—Ya...

Me sostiene la mirada y curva los labios en una sonrisa sincera.

—En cualquier caso, esa cualidad te hace mejor persona. Eso es… Eso es lo que me ha enamorado de ti.

«Oh».

—¿Mis bromas absurdas? —Busco una respuesta rápida para no quedarme atrapada en sus palabras—. Dale las gracias a mi abuelo. Él conquistó a mi abuela a base de encanto y de ocurrencias. Yo solo continúo la tradición familiar.

—No, Chica de Galway. No es solo tu cabecita loca la que me ha fascinado —niega con la cabeza—.

Es la manera en la que piensas siempre en los demás y proteges a quienes más quieres.

Cómo logras ver el lado positivo de las cosas, incluso cuando el mundo se derrumba a tu alrededor.

Esa manía de morderte el labio cuando estás nerviosa, que a mí solo me provoca ganas de…

ganas de devorarte, porque esa boca me vuelve completamente loco.

Y así podría seguir si tuviera todo el día.

Lo quiero todo, señorita O’Hara. Lo quiero todo de ti.

Jo-der.

—Axel… —mi voz sale apenas como un susurro.

Él no responde, solo me mira. Con esa mirada capaz de despojarme de todas mis capas: los miedos, las heridas, las cicatrices… hasta quedarme desnuda ante él y, aun así, decidir quedarse.

—No tienes que darme una respuesta ahora —traga saliva—.

Solo quería que supieras lo que siento por ti.

Estas semanas viajando juntos han sido… —hace una pausa y juega con un extremo de mi bufanda, como si estuviera buscando las palabras exactas—.

Han sido del todo inesperadas. Un soplo de aire fresco, alguien que no sabía que estaba buscando, pero que necesitaba en mi vida.

Mi corazón retumba tanto que temo que vaya a salirse de mi pecho. Las piernas me tiemblan como dos flanes, y no es por el frío que hace ahí fuera, sino por el sinfín de emociones que necesitan salir de mi boca y que he estado reprimiendo durante demasiado tiempo.

—Sé de lo que hablas, porque a mí me pasa lo mismo...

—Mi voz no puede evitar temblar. Llevaba semanas buscando convertir en palabras estos sentimientos—.

Gracias por haberte cruzado en mi camino cuando todo se iba a la mierda.

Has llegado en el momento exacto para recomponer todas las piezas. Siento que…

—Dímelo, dime qué sientes.

—Siento que contigo no necesito ser la persona que no soy. No tengo que fingir nada y, aun así, has decidido elegir quedarte.

Axel exhala todo el oxígeno contenido, como si esas palabras le hubieran atravesado el pecho. Acerca su mano hasta mi mejilla y me susurra:

—¿Qué querías que hiciera? Después de conocerte en Cornualles, supe que tendría que recorrer toda Inglaterra, Escocia e Irlanda para volver a verte otra vez.

Nos reímos y él inclina la cabeza hacia mí, lo justo para que nuestras frentes se rocen y nuestros alientos cálidos se fundan en uno solo.

Cierro los ojos y siento cómo sus labios entran en contacto con los míos de manera pausada, sensual, íntima.

Todo a nuestro alrededor se desvanece y solo quedamos él y yo. Por un instante, el mundo y todas sus tormentas se repliegan, dejando paso a nuestra propia burbuja frente al mar.