Una canción irlandesa (Hermanas O’Hara 2) 19
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Confesiones ante el fuego

M e despierto empapada, con el corazón acelerado, después de revivir una pesadilla que parecía demasiado real. En el sueño, una espesa bruma cubría la entrada de Middleton, formando un muro de niebla que me impedía avanzar hacia la casa de mi abuela, donde ella y mis hermanas estaban atrapadas.

Miro el reloj y apenas son las siete de la tarde. Juraría que había dormido más de doce horas cuando, en realidad, ha sido poco más de una. Últimamente parece que vivo en un sueño continuo y necesito un milagro que me devuelva a la realidad.

El estómago me ruge. No he probado nada desde esta mañana, salvo la mitad del té rancio que tomé a primera hora y media jarra de sidra en el pub .

Un menú equilibrado, digno de alguien que está gestionando su vida a las mil maravillas.

No sé si habrá algo abierto a estas horas, pero me enfundo unos vaqueros y un jersey mullido y salgo a la calle a probar suerte. Si no, una buena bocanada de aire fresco para espabilarme no me vendrá mal.

Cuando abro la puerta principal, oigo mi nombre a lo lejos y me detengo en seco con el pomo aún en la mano.

—Aisling, cariño, he tocado tu puerta, pero no me has respondido —me interrumpe Eileen con un tono maternal—. Quería saber si querías algo de cenar. También puedo llevártelo a tu habitación, si prefieres.

Apuesto a que no ofrece este servicio a todos sus huéspedes.

—No te preocupes, eres muy amable, pero no quiero molestar… Iba a salir a picar algo.

—Bobadas, tú te quedas aquí con nosotros a cenar. Las amigas de Axel son de nuestra familia.

«¿Amigas?». Lo que me hacía falta, que encima sea en plural.

—Te lo agradezco de verdad, pero…

Sin que me dé tiempo a reaccionar, pasa un brazo por mis hombros y me invita a entrar.

Antes de darme cuenta, ya estoy en la casa de los McKenzie.

La puerta de la recepción conecta directamente con su vivienda y, en cuanto pongo un pie en el umbral, el aroma a comida casera me envuelve como una manta caliente recién salida de la secadora.

—Buenas noches —saludo a los dos hombres que están sentados alrededor de la mesa.

El hombre que está junto a Axel es, sin duda, una versión envejecida tres o cuatro décadas más.

No tenía ni idea de que su padre fuese tan mayor, hasta que me fijo en la bata, en su respiración forzada y en la pila de pastillas acumuladas sobre la mesa.

Ato todos los cabos con la conversación del hospital de hace unas horas y entiendo de golpe que el hombre está enfermo. Menuda estúpida me siento.

Axel agacha la cabeza con pudor y se lleva la mano al cabello para frotarse la nuca. Se levanta inquieto y me sirve una crema de setas en el plato que acaba de traer su madre de la cocina.

—Gracias —susurro. Las palabras se me quedan atascadas.

Un silencio espeso se asienta en el comedor, solo interrumpido por las noticias vespertinas que suenan de fondo en la tele, anunciando un incendio catastrófico que ha tenido incomunicados a sus vecinos durante varias horas.

—Basta ya de tragedias, que bastante tenemos con las nuestras. —Eileen apaga la tele y regresa a la mesa a cenar.

—Así que tú eres la Chica de Galway, la que ha mantenido a mi hijo lejos de casa durante el último mes —apunta Cameron, como así se presenta, y siento un repentino remordimiento, pues nunca lo habría alejado de casa si supiera cuál era su situación real.

—Papá, no sigas por ahí… —le reprocha Axel, resopla y deja la cuchara en el plato para cruzarse de brazos.

—Enhorabuena, hija. Mi chico necesitaba una distracción. Es joven y tiene que hacer su vida, no pasarse los días en casa cuidando de su viejo.

Sonrío con educación y comprendo al fin que su padre no quiere retenerlo en casa, sino que viva de lleno su juventud.

Alzo la mirada y me topo con los ojos de Axel en los que veo una mezcla de sentimientos enfrentados.

Entiendo ahora las conversaciones que hemos mantenido sobre su familia, sin conocer los detalles concretos de la enfermedad.

Esa dicotomía entre el deber familiar y la ilusión de triunfar con su pasión le lleva carcomiendo demasiado tiempo.

El matrimonio se encarga de amenizar la cena y poco a poco la tensión se disuelve.

Descubro que el escocés tiene un gran sentido del humor, algo que ha heredado su hijo.

Nos cuentan historias de Kinsale, de su trabajo como capitán de un barco que usan como transporte recreativo para avistar delfines y ballenas en la costa de Cork, mientras la mujer gestiona el hostal.

—Creo que es hora de irse a dormir —comenta Eileen, empujando la silla de ruedas de su marido—. Así os dejamos solos. Seguro que tenéis muchas cosas que hablar.

Me guiña un ojo y le toca un hombro a su hijo, que se levanta enseguida para ayudarlos.

—Espera, mamá, ya lo acuesto yo.

—Oye, que también puedo hacerlo yo solito —añade Cameron, tratando de levantarse con dificultad—. Ya no puedo moverme como Mick Jagger sobre el escenario, pero todavía me queda algo de movilidad.

—De acuerdo. Buenas noches, que descanséis.

—Buenas noches, hijos —se despiden, y ese apelativo me atraviesa el alma como un aguijón.

Axel da un último trago a su cerveza, como si quisiera ganar unos segundos antes de la conversación que estamos a punto de mantener.

—Oye, Ash…

—Axel —digo al mismo tiempo.

—Ven, vamos al salón que prendo la chimenea.

Asiento y me acomodo en el sofá con el té entre las manos.

La casa de sus padres es un calco de cualquier hogar rústico irlandés de hace tres décadas: vigas de madera cruzando el techo, un leve olor a humedad y ese aire cálido y familiar que parece impregnar de amor cada rincón.

Apenas recuerdo la de mis padres en Galway, pero esta se parece muchísimo a la de mis abuelos en Middleton, donde crecí junto a mis hermanas.

Un gigantesco árbol de Navidad domina la estancia.

A pesar de la enfermedad de Cameron, que pesa en el ambiente y en el ánimo de los tres, no me pasa desapercibida su intención de celebrar estas fiestas, de mantener la buena sintonía y aferrarse a cualquier motivo que les recuerde que aún hay razones por las que brindar.

—Tus padres son increíbles —digo mientras Axel se encuentra de espaldas a mí, tratando de avivar las crepitantes llamas.

La manera en la que se cuidan y se protegen los unos a los otros es envidiable, a pesar de las circunstancias.

—Lo son… aunque a veces me vuelvan loco. —Sonríe, girándose, y cuando clava sus ojos en mí, me doy cuenta del buen trabajo que han hecho con su hijo.

—Oye, siento haberme presentado hoy aquí. No tenía ni idea de que el hostal fuera de tu familia y mucho menos de lo de tu padre. Si me lo hubieras dicho, yo…

Axel niega con la cabeza y se acerca hasta el sofá para sentarse junto a mí.

—No, el que lo siente soy yo. —Coloca su mano sobre la mía y agacha la mirada—. Esta es una enfermedad muy complicada y no quería involucrarte en un tema familiar. Bastante tienes ya con gestionar tu vida ahora mismo.

Pensar en perder un trabajo de mierda en el que me explotan y romper con el engreído de mi ex no es nada en comparación con lo que supone acompañar a los seres queridos en los momentos más complicados.

—¿Puedo preguntar qué le pasa a tu padre? Solo si te apetece contármelo, claro.

Asiente despacio y se recuesta sobre el sofá, como si necesitara poner en orden los recuerdos:

—Todo empezó hace unos cinco años, cuando se tropezó un día viniendo de trabajar. Al principio no le prestamos mucha atención, eran pequeñas cosas sin importancia, pero meses después…

—¿Qué ocurrió? —lo animo a seguir. Él clava la mirada en el suelo.

—Con el tiempo se volvió más torpe. Perdía fuerza en las manos, le costaba hacer movimientos simples y hasta tragar comida sólida comenzó a ser todo un reto.

—Hace una pausa y se aparta un mechón de la frente—.

Hasta que llegó el diagnóstico: una enfermedad degenerativa que ha ido apagando sus músculos poco a poco.

—Cuánto lo siento, Axel.

Su confesión me llega como una bofetada en la cara. Le cojo de la mano y entrelazamos nuestros dedos. Su mirada se desliza hacia ese contacto y noto cómo, con ese simple gesto, parece reunir fuerzas para continuar.

—La enfermedad se volvió más cruda. Los médicos le recomendaron dejar de trabajar en el barco por seguridad.

Entonces, mi madre y yo nos volcamos en su cuidado, dejando nuestras respectivas obligaciones en un segundo plano.

Mi prima Chiara también nos echaba una mano cuando no estaba de turno en el bar.

—Oh, ¿tu prima? —musito con un sonido casi imperceptible.

Qué estúpida me siento al haber pensado que ella podía ser algo más. Ahora reconozco que tienen el mismo color de ojos y las mismas pestañas largas. Hasta podrían pasar por hermanos.

—Ahí fue cuando me refugié en la música —explica Axel con un hilo de voz, desviando la atención hacia la chimenea—.

Me encerraba horas en casa, a veces hasta días, tocando la guitarra y grabando maquetas.

Con el tiempo empezaron a llegarme ofertas de discográficas, pero tuve que rechazarlas para poder quedarme cerca de casa.

—Tiene todo el sentido.

—Mi madre tampoco podía encargarse del hostal, así que, cuando conocí a Oliver y Liz, entendieron mi situación y me ofrecieron una suma de dinero para cubrir las facturas médicas, a pesar de los pocos recursos que tenían.

También me ayudaron a gestionar la agenda de conciertos y giras para que pudiera pasar todo el tiempo que necesitara con mi familia.

Siento una punzada de ansiedad atravesarme el pecho. Todas esas veces que Axel desapareció de mi vista mientras yo me ponía en lo peor, convencida de que había otra, cuando la realidad era que debía volver a casa para cuidar de su padre.

—Por eso te marchaste en Cornualles, en el pub de Edimburgo, el día de Samhain en Middleton y… esta mañana en Dublín.

—Son todas las veces que han tenido que hospitalizar a mi padre.

Las más graves —matiza—. La última fue hace tres días, cuando estábamos en Belfast. Mi madre no quiso decirme nada para no preocuparme, pero anoche mi padre tuvo un susto: dejó de respirar y casi no lo cuenta.

Ella tiene miedo a que llegue el momento inevitable, el que ninguno de nosotros se atreve a mencionar en voz alta.

Así que me llamó, desesperada, llorando a las cuatro de la mañana.

Quise despertarte y contártelo, pero estabas tan preciosa durmiendo que solo pude recoger mis cosas y dejarte una nota sobre la mesilla.

—Comprendo —afirmo, apretando su mano con más fuerza, y veo cómo él sacude la cabeza en señal de negación.

—Lo siento de verdad. Me he portado como un imbécil.

No debería haberte dejado allí. Pensé en llamarte esta mañana, pero estábamos debatiendo con los médicos cuál era la mejor opción para llevarlo a casa.

Él insiste en que, si algo le llegara a pasar, no quiere que sea en el hospital, rodeado de tubos y morfina.

Quiere que ese momento suceda en su hogar, acompañado de su familia.

Esbozo una mueca cargada de tristeza y acaricio su mejilla con los dedos. Él envuelve mi mano y la lleva a sus labios, depositando un suave beso en el dorso.

Noto su cálido aliento antes de que nuestros labios vuelvan a encontrarse. Pero esta vez, en cambio, no es un beso pasional ni salvaje, como los que nos dimos anoche; sino uno tímido, delicado, lleno de consuelo.

Solo me queda una cosa por decirle.

—Ahora ya no estás solo, me tienes a mí.