18
The Slane Inn
D espués de esperar unos segundos prudenciales para asegurarme de que Axel no va a volver a aparecer por allí, salgo decidida del baño y vuelvo a situarme al lado del taburete, preparada para marcharme.
—¿Me puedes poner la cuenta, por favor?
Ni siquiera alzo la cabeza; no quiero enfrentarme a los ojos de la mujer que le ha ganado el corazón.
—¿Te encuentras bien? ¿No te ha gustado la sopa? Te la puedo poner en un táper para llevar, si prefieres. Apenas la has tocado.
—No creo que te queden más táperes para llevar —mascullo para mis adentros. Me arrepiento de inmediato de ser demasiado fría cuando ella me ha dado una cálida bienvenida desde el principio.
—¿Perdona? —Me dedica una mirada alicaída y deposita la cuenta sobre la barra.
—Nada, disculpa. Acabo de recibir una mala noticia y me tengo que marchar. Me alegro de haberte conocido.
—Chiara, soy Chiara Walsh. Si pasas por aquí otra vez, pregunta por mí.
Deposito un billete de veinte sobre el mostrador y dudo de si decirle mi nombre real, así que me presento con el apellido de soltera de mi madre.
Salgo a toda prisa en dirección al coche. Empieza a oscurecer y, aunque el trayecto no sea demasiado largo, no quiero llegar tarde a casa.
Meto la llave en el contacto y, al girarla, el coche responde con un amago de ignición ahogada, como si también estuviera al borde de un ataque de nervios. Lo que me faltaba.
Lo intento otra vez. Y otra. Tres, cuatro, cinco veces. Nada.
No puede ser. No ahora. No me dejes tirada justo cuando más necesito escapar y desaparecer del mapa.
Llamo a Jimmy, el mecánico del pueblo, para ver si me puede remolcar con su grúa hasta Middleton.
Odio tener que hacerlo. Lo odio desde que íbamos juntos al instituto y se pasaba el día babeando por cualquier ser con dos pechos.
Tendré que comerme mis palabras y no caer ante sus provocaciones.
Sin embargo, respiro con cierto alivio cuando no me coge el teléfono.
Tampoco Sarah, ni Siobhan. A estas alturas, ni el gato de mi abuela me respondería, y eso que nunca sale de casa. ¿Qué está pasando?
Cuando mi paciencia está a punto de agotarse, entra una llamada de Axel.
Dudo durante unos segundos si contestar, aunque sea por los buenos recuerdos, o simplemente para preguntar cómo salir de aquí.
Cuando por fin me decido, me doy cuenta de que apenas queda un uno por ciento de batería.
La pantalla parpadea, se funde a negro y, con ella, cualquier esperanza que me pudiera quedar.
Resoplo y me armo de valor para volver al pub a pedir ayuda, a menos que quiera pasar la noche aquí. Y lo juro, por quedarme sin ver la final de Love Island, que caminaré hasta casa si hace falta.
—Hola, Chiara.
—Callaghan… ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?
Por la forma en que pronuncia el apellido de mi madre, creo que ha intuido que no era mi nombre de verdad. Y, aun así, a pesar de haberme comportado como una auténtica bruja con ella, se muestra conmigo atenta y cordial.
Gruño por dentro.
—Mi coche ha muerto. —Y con él, mis ilusiones—. ¿Sabes si hay algún taller mecánico por aquí?
—Creo que hoy estás de suerte —alza las comisuras de sus labios, comprensiva—. ¡¡McAuley!! ¿Podrías echar una mano con el coche a esta chica?
Un hombre que parece rozar los cien años levanta la cabeza de la barra donde bebe amorrado a un vaso de whisky . Chiara dibuja en su cara un gesto inocente y yo le devuelvo una mueca incrédula.
—¿Ese señor es el mecánico del pueblo? —Levanto una ceja con la poca paciencia que me queda.
—Lo era… hace unos cuantos años. Se jubiló y nadie quiere reemplazarlo, aunque suele echar una mano a los vecinos del pueblo cuando tienen algún percance mecánico.
—No creo que esté en condiciones de conducir.
Ni parece tener ganas de vivir. Ni hoy ni nunca.
—Oye, se hace tarde —afirma, mirando el reloj—. No sé si tienes dónde dormir, pero mi tía tiene un pequeño hostal aquí cerca. Si quieres, puedo llamarla para preguntar si queda alguna habitación libre.
Sopeso mis opciones y parece que no me queda más alternativa en estos momentos. Asiento. Ella se retira para hacer la llamada y, tras unos segundos, se vuelve hacia mí sonriente, levantando los dos pulgares en señal de victoria.
Por fin, algo sale bien hoy.
Salgo del pub , y con el mapa que me ha dibujado en un papel —como si estuviéramos en 1975—, me dirijo a una casita de las afueras, con vistas al mar. Del porche cuelga un ajado cartel metálico con el nombre de «The Slane Inn» en letras grandes.
Una mujer de unos sesenta años me recibe detrás del mostrador. Su cabello, salpicado de hebras plateadas, y las finas arrugas que surcan su rostro son testigos de los años que acarrea a sus espaldas. Aun así, no me cabe duda de que debió de ser una mujer preciosa en su juventud.
—Bienvenida. Tú debes de ser Callaghan.
—Llámame Aisling, por favor.
Me dedica una sonrisa llena de ternura. Si mi madre viviera, debería tener casi su edad, y me entristece saber la cantidad de momentos que he perdido a su lado y que no podré volver a recuperar.
—De acuerdo, Aisling. Yo soy Eileen. Ahora mismo, eres la única huésped del hostal. Hace un tiempo que mantenemos el alojamiento cerrado, por un tema familiar, pero esperemos que The Slane Inn te acoja como si estuvieras en tu propia casa.
—¿De dónde viene el nombre del hostal? Me resulta familiar —le pregunto con curiosidad, sin querer invadir su privacidad—. Si no es mucha molestia.
—Ayy, querida. Es un sitio muy especial. Allí es donde conocí a mi marido hace treinta y cuatro años. —Un brillo asoma en su mirada y suspira hundiendo sus ojos en los recuerdos del pasado.
—¡Qué bonito!
—Nunca podré olvidar aquel concierto de Guns N' Roses. Me corté con el cristal de la botella y apareció un joven guapísimo que me llevó hasta el puesto de enfermería. Nos enamoramos en unas horas y allí concebimos a nuestro hijo. Se lo recordamos todos los años en su cumpleaños.
—¡¿Cómo?! —Me quedo ojiplática ante su revelación.
Esto tiene que ser una coincidencia. No puede ser que esté reviviendo este déjà vu . ¿Qué tipo de broma es esta? ¿Acaso estoy ante una cámara oculta y no me he enterado?
—¡Mamá! ¿Se puede saber dónde has dejado las pastillas de papá?
Y entonces aparece él. Con esos ojos esmeralda que me penetran en cuanto cruza por la puerta. Se tensa al verme allí postrada, con la llave metálica en una mano y la maleta en la otra. Traga saliva y veo su nuez de Adán moviéndose de arriba abajo varias veces en señal de inquietud.
Ambos nos quedamos congelados, sin saber qué decir ni qué hacer, porque lo último que esperaba era encontrarme en su casa de Kinsale charlando de manera amigable con su madre.
—¡Aisling! ¿Qué…? ¿Qué haces aquí?
—Ni yo misma lo sé, si te digo la verdad.
—¿Os conocéis? —pregunta su madre, a la que ambos hemos dejado en un segundo plano. Asentimos muy despacio, como si lo que hemos vivido en este viaje hubiera sido producto de nuestra imaginación.
—Mi coche me ha dejado tirada y no puedo volver a casa.
—Joder, Ash, lo siento. —Se lleva las manos a la cabeza y aprieta los puños con brío—. He sido un capullo al dejarte esta mañana en Dublín sin acordarme del problema con el motor.
—¡Oh! ¿Así que tú eres la Chica de Galway? —pregunta Eileen, permitiendo que una sonrisa se despliegue en todo su esplendor.
—Parece que soy yo… a menos que haya otra más —mascullo, con cierta inquina en la voz.
La mujer sale de detrás del mostrador y se acerca a su hijo. El gesto divertido que minutos antes iluminaba su rostro se ha esfumado, dejando paso a un semblante serio.
—¿Cómo has podido dejar tirada a esta chiquilla? Yo no te he educado para que trates a una mujer así, Axel Cormac McKenzie.
—Mamá, abandonarla sería lo último que haría en la vida. —Su mandíbula se tensa y rechina los dientes con frustración—. Si no recuerdas mal, he tenido que volver a casa cuando me has llamado desde el hospital a las cuatro de la mañana.
¿El hospital? ¿De qué están hablando? No quiero interrumpirlos, así que dejo que sigan su conversación.
—Lo sé, hijo. Es mi culpa. Ya ni siquiera puedes vivir tu vida por mí y por tu padre.
—No, mamá. No te pongas así, es solo que…
—Perdonad, yo… —les interrumpo ante una discusión familiar en la que no tengo cabida—, subo a la habitación a descansar.
—Hijo, sube a ayudarla con la maleta. Yo voy a buscar las pastillas.
—No hace falta, de verdad. Seguid con lo que estabais haciendo. No quiero molestar —insisto.
Veo un gesto de confusión en la cara de Axel. Vacila entre acompañarme a la habitación o seguir discutiendo con su madre. Le hago creer con la mirada que todo está bien. Y la verdad es que nada está bien. Pero no quiero que se sienta culpable por no poder atender a su familia.
Sin mediar palabra, subo a la habitación y lo dejo con la palabra en la boca. Ahora mismo solo necesito darme una ducha caliente y dormir hasta el amanecer.