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The Spaniard
S us cálidos labios sobre mi piel, su lengua traviesa, el roce de sus manos, la forma en que todo pareció encajar entre nosotros. Las miradas cómplices, las carcajadas, los pequeños mordiscos que me erizaron el vello, los susurros al oído. Todos los besos prometidos, dormir abrazados…
Semanas de tensión que acabaron con nuestros cuerpos enredados entre las sábanas de mi habitación. Y, sin embargo, esta mañana, al despertar, algo dentro de mí se ha descolocado, como si la pieza que por fin encajó anoche hubiera vuelto a su sitio equivocado.
No sé si enfadarme o preocuparme por su ausencia. En la nota que Axel me dejó esta mañana no hay mucho margen de interpretación. Once palabras que me sacan de este sueño que aún no he terminado de procesar:
«Lo siento. He tenido que volver a casa, asunto familiar. Beso».
Y otra vez se ha evaporado, como tantas otras veces.
Despejo la cabeza de conspiraciones y marco su número para comprobar que no haya ocurrido nada, pero la señal comunica. Lo intento dos o tres veces más, hasta que se apaga. Vuelvo a leer la nota, con creciente confusión, y me quedo atrapada en la última palabra.
«¿Beso?» En serio, ¿eso es todo lo que tiene que decir?
¿Qué demonios significa eso? Un simple beso suena a despedida inocente, a mis abuelos dándome las buenas noches de pequeña antes de dormir.
Y lo que hicimos anoche no tiene nada de casto y refinado.
Por primera vez en mucho tiempo, dejamos que nuestros instintos más primitivos tomaran el control.
Tanto, que los vecinos acabaron golpeando la pared a las tres de la mañana.
Y, aun así, valió la pena. Cada segundo. Cada jadeo.
Llevo tres horas frente al volante, rogando que el coche no me deje tirada en medio de una granja de la Irlanda profunda. He derramado tantas lágrimas durante este trayecto que podría hacerle la competencia al caudal del mismísimo río Shannon.
Solo quiero llegar a casa de mi abuela en Middleton y zamparme tres cajas de galletas de chocolate o, en su defecto, cualquier bomba de carbohidratos que sirva para llenar este vacío emocional que llevo dentro.
He escuchado ya todo el repertorio de canciones de Sinéad O'Connor, Adele o Amy Winehouse. Y cuando parecía que no había sufrido lo suficiente con sus estribillos más crueles, volvía a reproducirlas en bucle, una y otra vez, una y otra vez, como una auténtica masoca.
¿Cómo puedo ser tan idiota? ¿Cómo me he podido dejar embaucar de esta manera? Después de todo lo que hemos pasado, ¿me deja tirada en un hotel, como la colilla de un cigarro?
Adiós a mi regla de «no más citas».
Adiós a no volverme a involucrar emocionalmente con otra estrella de la música que me deje tirada.
Adiós a mi dignidad…
A medida que me aproximo a Cork, me encuentro con el cruce para desviarme a la izquierda hacia Middleton.
En unos minutos estaré en casa y, con los mimos de mi abuela y el cariño de mis hermanas, dejaré esta pesadilla atrás.
Sin embargo, otro letrero llama mi atención y las siete letras que componen el nombre de la ciudad de Kinsale adquieren unos tonos fluorescentes y comienzan a saltar dentro del cartel.
No hay duda, he perdido la cabeza. O quizá tenga que cambiar de proveedor de té, porque estas alucinaciones son más propias de un coffee shop holandés.
Sin darme cuenta, me he quedado congelada, con las manos aferradas al volante, esperando a tomar una decisión. Los segundos se estiran hasta volverse eternos y solo reacciono cuando el conductor de atrás me sacude con un claxon desesperado.
Giro hacia la izquierda para tomar el desvío de Middleton, pero en el último instante, mi subconsciente maquiavélico me incita a desviar la ruta hacia Kinsale, provocando la ira de todos los coches que me rodean.
—Perdón —musito entre dientes, más como una disculpa para mí misma que para los energúmenos que llevo detrás.
Si supieran cómo está terminando mi año, me pondrían una alfombra roja en lugar de querer lincharme y quemarme en la hoguera. Pero evito pensar en los demás y continúo mi trayecto.
En menos de media hora, llego al centro del municipio. No sé qué estoy haciendo aquí. Desconozco por dónde empezar a buscarlo, o ni siquiera si deseo hacerlo después de lo que ha pasado.
Repaso todas las conversaciones que hemos tenido en busca de algún detalle que arroje algo de luz.
Tan solo conozco que el pistacho es su sabor preferido de helado; que detesta la cerveza negra, aunque en ocasiones se vea obligado a tomar una Guinness para cumplir con los aburridos convencionalismos irlandeses; que tiene una pequeña brecha en forma de medio corazón en la ceja izquierda, provocada por una caída con la bici cuando tenía cinco años; y que podría morirse en paz si tuviera la oportunidad de actuar como telonero de los Rolling Stones.
Las fachadas policromadas llaman mi atención mientras conduzco por las estrechas vías del pueblo.
Apenas veo a un par de personas entrar en sus casas.
Parece que en un momento he viajado a otro país, a otro continente, e incluso a otra estación, porque hasta unos tímidos rayos de sol me dan la bienvenida, con un peculiar microclima que invita a quedarse.
Aparco cerca del puerto, frente a una hilera de barcas que se mecen en una cadencia, como si el mar les dictara los pasos y estuvieran a punto de arrancar en una danza perfecta.
Esa tensa calma debería tranquilizarme, pero me obligo a apartar la mirada para evitar enfrentarme a la «talasofobia».
Sí, esa nueva palabra que me ha enseñado mi terapeuta, ese pánico absurdo a cualquier charco de agua que contenga más de cinco centímetros de profundidad.
Según venía, he visto un curioso pub que ha llamado mi atención.
The Spaniard parece uno de esos locales con historia que Axel mencionó durante una visita a Derry.
Si no me falla la memoria, me dijo que se construyó sobre las ruinas de un castillo y el nombre estaba relacionado con un militar español que ayudó a los irlandeses a luchar contra los ingleses hace siglos.
—Bienvenida a The Spaniard, ¿qué ponemos por aquí? —pregunta la joven camarera.
Observo el cartel colgado de la pared y ni siquiera hago el esfuerzo de pedir el menú. Necesito comida que me caliente el alma y algún brebaje fuerte para cicatrizar las heridas.
—Ponme la sopa del día y una Bulmers, por favor.
—Marchando.
No hay mucha gente en el bar a esta hora, aunque el restaurante contiguo parece repleto, así que la camarera me mira con curiosidad mientras deposita un posavasos y la jarra frente a mí.
—¿No eres de por aquí, verdad?
Su pregunta me sorprende y alzo la mirada para encontrarme con unos ojos grandes y unas pestañas tan largas que dulcifican aún más su rostro.
—Soy de Galway —respondo sin faltar del todo a la verdad, pues siempre me identifico más con Cork— y, si no me equivoco, esta es la primera vez que vengo a Kinsale. Tenéis un pueblo precioso.
—Lo es, no te lo voy a negar… Aunque aquí la vida pasa muy despacio y somos los mismos cuatro gatos de siempre.
Por eso identifico enseguida a una persona cuando viene de fuera.
—Sonríe y en su mirada aparece un brillo que irradia confianza por los cuatro costados—. ¿Y qué te trae a este recóndito paraje?
Dudo si confesar, aunque considero que es demasiado pronto para someterle a un tercer grado más propio de la CIA americana, así que opto por otra verdad a medias. Al fin y al cabo, dos medias verdades hacen una entera. ¿O no era así?
—Estoy recorriendo el país para cazar nuevos talentos en la música y me recomendaron no perderme este pub .
—¿En serio? —Muestra un gesto de satisfacción mientras seca los vasos con un trapo y los coloca en fila india—. Kinsale está atrayendo mucho turismo en los últimos años, así que no me extraña que lo hayan puesto ya en el mapa de los conciertos musicales.
Examino todos los rincones del local y observo un pequeño escenario improvisado al fondo.
—¿Tenéis muchas actuaciones en el bar? ¿Quizá algún artista local? —intento probar suerte, inclinando la cabeza en dirección a la tarima de madera.
La joven levanta la mano en señal de disculpa y se aleja sin contestar a mi pregunta.
¡Mierda! He perdido la oportunidad de indagar sobre Axel.
Veo cómo se dirige a contestar una llamada y charla con alguien sobre unas sobras de comida, una conversación personal de la que me desconecto para darle un poco de privacidad.
—Perdona —se disculpa cuando regresa al cabo de un par de minutos—, ¿qué me preguntabas?
Allá vamos, ahora o nunca.
—Tranquila. —Sonrío amablemente—. Me parecía haber escuchado que tenéis un artista de Kinsale que ha dado el salto al estrellato hace poco.
¿Cómo se llamaba…? —Clavo un codo sobre la barra y apoyo mi cabeza fingiendo hacer memoria—.
Tengo la letra de su canción en la punta de la lengua.
Ah, es esa que dice « By your side, there is no need to fear… ».
Candidata a los próximos premios Oscar, Aisling.
—¡Axel! —exclama entusiasmada.
—Ese mismo. —Me aplaudo por dentro cuando veo el brillo en los ojos de la camarera y compruebo que por fin estoy más cerca.
—Ayy, mi Axel, estoy tan orgullosa de él —apunta y suspira como una adolescente enamorada—. Es muy humilde y no quiere reconocerlo, pero siempre supe que llegaría lejos. Se merece todo lo mejor. Lo quiero tanto…
«¿Lo quiero tanto?»
«¿Mi Axel?»
¿Cómo que «mi Axel»?
El corazón me da un vuelco y, por un instante, olvido cómo respirar. Me aferro con las manos al taburete, porque juro que estoy a un microsegundo de colocar el dorso de la mano en la frente y desmayarme como una dama victoriana.
Se disculpa de nuevo con la mirada y se aleja para servir a un par de hombres que acaban de entrar al bar.
Sigue llevando esa estúpida sonrisa en la cara y…
y… Ni siquiera puedo enfadarme con ella.
Es una chica monísima, encantadora y muy sencilla, de esas que atraen todas las miradas allá por donde va.
Es risueña, servicial y… perfecta para Axel.
¿Así que era ella el asunto personal por el que siempre tenía que volver a casa?
Doy un trago largo a la jarra de sidra. Tengo la boca tan seca que no puedo parar de beber. Dejo la humeante sopa sobre la barra sin siquiera tocarla y me acerco al baño, sintiendo las lágrimas brotar desde lo más hondo, listas para romperme en cualquier instante.
Necesito contenerme, salir de aquí con la poca dignidad que me queda y coger el coche para volver sin demora a casa. Me lavo la cara e inhalo un par de bocanadas de oxígeno, dispuesta a pagar la cuenta y coger las llaves del coche que he dejado sobre la barra.
Sin embargo, una voz familiar me detiene justo al entreabrir la puerta del baño.
Es él, Axel. Está hablando con la camarera, y ella le entrega un par de bolsas con lo que parecen ser táperes de comida. Intercambian unas palabras y ella le acaricia el brazo con ternura.
Mientras tanto, yo me quedo escondida como una cría, pegada a la puerta del aseo conteniendo la respiración. Observo la escena a través de la rendija, como la espectadora de una película, sentada en la butaca de un cine con un bol de palomitas, pero cero ilusión.
Sus rostros permanecen serios al principio. Después, ella le dedica una sonrisa cálida, le roza la mano con una familiaridad que me descoloca, y terminan fundidos en un abrazo. Un abrazo largo. Demasiado largo para ser simples amigos.
Ya está. Caso cerrado, señoría. Has vuelto a tropezar con la piedra, no una, sino dos veces.
Monjas de la Santísima Orden de Jesús, id preparándome el hábito, que me voy a vivir con vosotras para el resto de la eternidad.