Una canción irlandesa (Hermanas O’Hara 2) 16
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Molly Malone

A yer fue nuestro último día en Irlanda del Norte, y dedicamos la mañana a visitar la Calzada de los Gigantes, un paraje natural sacado de una película de fantasía.

Miles de columnas hexagonales emergen del mar como si un ser colosal hubiera decidido construir una escalera para espiar a los mortales.

En realidad, lo creó la lava de un volcán incandescente, pero yo me quedo con la leyenda celta del gigante, que siempre tiene más encanto.

Era la primera vez que visitaba ese atractivo turístico, declarado patrimonio mundial de la UNESCO.

Parece mentira que lo tenga a tan solo unas horas de casa y haya tardado tanto tiempo en venir a verlo.

Pero claro, mis abuelos se pasaban la vida en la panadería del pueblo, amasando hogazas y horneando galletas desde el amanecer, así que apenas les quedaba tiempo para escapadas familiares.

Bastante tenían con criar a tres niñas tras la repentina muerte de mis padres.

A veces pienso que los pobres sobrevivieron a fuerza de harina, té y el cariño que les daban los vecinos del pueblo.

Este viaje me está curando a todos los niveles, y ya no solo por la compañía, aunque esa parte está ayudando más de lo que habría imaginado.

Después del episodio no-beso, tuve que pegarme una ducha fría en cuanto llegué al hotel para aliviar la temperatura corporal y, de paso, despejar la maraña de pensamientos que me carcomían por dentro.

Axel y yo hemos dejado aquel momento congelado y nos dirigimos a Dublín para encontrarnos con Oliver y Liz.

Se ha ofrecido a seguirme con su coche, después de que mi viejo Corolla comenzara a dar signos de estar viviendo sus últimos años de vida útil.

Solo pido que aguante unos días más, hasta llegar a Middleton, y que no se quede por el camino junto a mis ilusiones.

—Tenemos que hacer la ruta de primero de turistas —propongo a Axel mientras lo arrastro calle arriba—. Venga, vamos a hacernos un selfie con Molly Malone; si no posamos junto a esta señora, nadie va a creer que hemos pisado la capital.

Axel asiente con desgana, pero cede porque me ve entusiasmada. Nos colocamos a los lados de la estatua, un icono indiscutible de la ciudad, y sonrío al presionar el botón en la pantalla de mi iPhone.

—Y ahora me pedirás una con la estatua de Oscar Wilde en el parque de Merrion Square.

—No, gracias. Con él no. Era un señor tan sexista como la absurda tradición de tocarle los pechos a esta pobre mujer —indico, refiriéndome al desgaste del bronce en el busto de Molly Malone—. Aunque no me importaría visitar la biblioteca del Trinity College.

—Sus deseos serán mis órdenes, Chica de Galway. —Finge una reverencia y entrelaza los dedos de nuestras manos al pasar junto a mí—. Tenemos tiempo de sobra hasta la cena.

Seguimos recorriendo la ciudad hasta llegar a The Church, una antigua iglesia del siglo XVII reconvertida en pub .

Al cruzar la puerta, alzo la cabeza para absorber el ambiente y me quedo sin aliento.

El antiguo órgano del templo se alza imponente sobre el fondo, mezclándose con las estanterías repletas de cervezas y licores que rodean la enorme esfera central que preside el bar.

La ornamentación navideña se extiende por las paredes y las lucecitas titilan con un brillo cálido, envolviendo el lugar en una atmósfera casi mágica. Menuda preciosidad.

Tomamos asiento y, mientras esperamos, Axel posa su mano sobre la mía.

Con ese simple gesto, vuelve a recorrerme ese calor familiar que se ha instalado entre nosotros estas últimas semanas.

Hemos compartido tantos días a solas que, por un instante, olvidamos que estamos en un lugar público y no en nuestra pequeña burbuja diaria.

Tanto es así que nos sobresaltamos al ver entrar a Oliver y Liz por la puerta. Yo incluso pego un pequeño respingo en el sitio. Me siento como si tuviéramos quince años y estuviéramos escondiendo lo que sea que sea esto.

—Pero bueno, ¿qué hacen mis dos pupilos preferidos por aquí? —exclama Liz, con esa mueca entrometida que delata su afán por querer saberlo todo.

Sus miradas se cruzan y ambos arquean las cejas, divertidos, intentando averiguar qué está pasando aquí.

—Oye, Ash —pregunta Oliver con picardía—, ¿no estarás pensando en robarnos a nuestro cliente estrella?

—A menos que haya decidido aceptar nuestra oferta de trabajo —lo interrumpe Liz—. Entonces, ahí pasaría a ser su cliente también.

Me guiña un ojo y todos sonreímos con complicidad.

—Y yo que pensaba que habíamos venido aquí a hablar de música y cenar con tranquilidad, y resulta que esto se ha convertido en una entrevista de trabajo inesperada —bromeo, sintiendo cómo el peso de la conversación cae sobre mí como una losa.

—De acuerdo, dejemos los trabajos a un lado por una noche y pidamos algo para cenar. Me muero de hambre —expresa Axel, llevándose las manos al estómago.

Le agradezco con la mirada haber desviado la conversación.

No tengo muy claro qué rumbo va a tomar mi carrera profesional después de Navidad, pero aún debo volver a Londres, hablar con mis jefes y poner mi vida en orden.

Si es que hay alguna manera de arreglarlo después de haber explotado delante de miles de personas.

No puedo saltarme estos pasos ni tomar una decisión así a la ligera, aunque he de reconocer que suelo actuar con impulsividad: aprovecho cada oportunidad que la vida me ofrece y salto al vacío para ver qué sucede.

Suelen decir que solo así, con la mente abierta y la predisposición a reinventarte cada dos por tres, encuentras nuevos caminos. O, en mi caso, nuevos líos en los que meterme.

La cena está resultando más placentera de lo que esperaba.

La pareja, que nos ha confesado entre risas que se ha prometido hace poco, nos está poniendo al día de los nuevos planes en los que están trabajando para el año que viene.

Uno de los que más me ha llamado la atención es su colaboración con una asociación que conecta a jóvenes provenientes de familias desestructuradas con artistas y proyectos musicales, para favorecer su integración social cuando dan el salto a la vida adulta.

Mientras la última conversación pulula en mi cabeza como una desbandada de pájaros desorientados, salimos del bar y nos despedimos de ellos con un abrazo, bajo la promesa de volvernos a ver pronto.

Pienso en el señor Windsor y en el modelo de negocio que ha creado alrededor de la discográfica.

Luego pienso en la labor que Oliver y Liz llevan a cabo en la agencia y comprendo lo satisfactorio que resulta descubrir que nuestras carreras profesionales pueden servir para algo más que llenar los bolsillos de cuatro peces gordos.

—Oye, no tienes que tomar una decisión ahora —asegura Axel cuando nos encaminamos de vuelta hacia el hotel—. Espero que no te haya agobiado la conversación de esta noche.

—¿Cómo?

Lo miro de reojo, despertando de mi monólogo interno, mientras me envuelvo con la bufanda.

—Que ya te voy conociendo lo suficiente como para saber qué pajas mentales te estás creando en esta cabecita —responde, besándome el pelo.

Resoplo y me acurruco un poco más junto a él.

—Si te digo la verdad, me ha hecho pensar en cosas que no había tenido en cuenta hasta ahora —admito, dejando escapar un suspiro que se desvanece en el aire frío—. No sé, creo que oírlos hablar con tanta pasión de lo que hacen me ha removido algo por dentro.

—Es normal, Chica de Galway. Cuando ves a alguien vivir de manera auténtica su vida, te replanteas muchas cosas… Pero no tienes por qué decidirlo hoy.

Me estrecha con más fuerza contra su pecho, en ese gesto tan particular de protección que ya comienza a sentirse como un hogar seguro, placentero, familiar...

—Quizá no sea hoy, pero si no lo hago mañana, igual me arrepiento y acabo volviendo al mismo trabajo que me destrozó por dentro. No quiero volver a convertirme en esa persona.

—Esa persona ya no eres tú. Has cambiado —reconoce y demuestra que me va conociendo mejor de lo que lo hago yo misma—. Sea lo que sea que decidas, yo estaré aquí para tenderte la mano.

Levanto la cabeza y lo descubro mirándome con esos ojos grandes que podrían pedirme la luna y yo subiría en un cohete para bajársela en lo que dura un parpadeo.

Mierda. Esto no tendría que estar pasando. ¿Cómo puedo frenar estos sentimientos? He metido la pata hasta el fondo. No me puedo estar enamorando.

—Gracias —murmuro con un sonido casi imperceptible. Las palabras se han atascado en mi garganta y soy incapaz de seguir.

—Gracias a ti por aparecer en mi vida cuando más lo necesitaba.

¡ Boom ! Tocada y hundida.

Siento cómo una flecha me ha atravesado el pecho. Una advertencia silenciosa de que me estoy metiendo en un berenjenal del que no tendré escapatoria.

Su sonrisa se suaviza y lleva la mano hasta mi mejilla para acariciarla con delicadeza. Sus labios están tan cerca de los míos que creo que va a besarme de un momento a otro.

Nos rozamos de forma peligrosa, y ahora sí, ya no hay escapatoria. Ya no hay vuelta atrás. Estoy más preparada que nunca.

Cierro los ojos y…

—¡¡ All I want for Christmas is you… !! —canturrea un grupo de adolescentes que nos zarandean al pasar por nuestro lado.

—¡La madre que parió a Mariah Carey y a su maldito villancico navideño! —les suelto mientras se alejan hacia el puente del Medio Penique.

Refunfuño y aprieto los puños. Axel rueda los ojos y suelta una carcajada.

Miro al cielo y lo veo tan negro como mi futuro. Imagino que las chicas estarán teniendo una noche mejor, porque el destino está conspirando contra mí una y otra vez. A menos que el temporal arruine sus malditos planes, igual que esas pequeñas saboteadoras lo han hecho con los míos.

Una ligera lluvia empieza a caer sobre nuestras cabezas al tiempo que un fuerte vendaval nos golpea. Está claro que vamos a acabar empapados de un momento a otro.

—¡Corre! —ordena, tirando de mi mano.

Llegamos enseguida al hotel, completamente calados, rompiendo toda la magia que se había creado esta noche. Como si lleváramos construyendo un castillo de naipes todo el día y alguien hubiera venido a derribarlo de una simple patada de kárate.

Las puertas del ascensor se abren y avanzamos despacio por el pasillo, dilatando el tiempo, como si cada paso alargara los últimos minutos que nos quedan juntos.

Ninguno quiere que acabe esta noche. Lo noto en la forma en que sus dedos rozan los míos, como si quisiera entrelazar nuestras manos y no soltarnos en las próximas horas.

Aun así, terminamos plantados frente a nuestras respectivas habitaciones, separados por apenas un metro y por todo lo que no nos hemos dicho.

Nos miramos con una mezcla de ternura y nostalgia, pero sabemos que es el momento de decir «adiós».

—Buenas noches, McKenzie.

—Buenas noches, Chica de Galway.

Pasamos las tarjetas por los lectores y dos clics idénticos resuenan en el silencio que nos rodea.

Permanezco quieta, agarrada al pomo de la puerta, con mil pensamientos pisándose entre sí en mi cabeza.

Soy consciente de que la decisión que tome ahora puede cambiar mi rumbo para siempre, así que me dejo llevar por el impulso que emerge desde mi interior.

—Axel —susurro al fin con un hilo de voz.

—Aisling —me llama él al mismo tiempo.

Ambos nos quedamos un segundo congelados. Entonces él suelta el pomo de la puerta sin apartar la vista de mí. En dos zancadas ya lo tengo delante, tan cerca que me tiemblan las piernas.

—Dime que estás preparada —ordena con una voz ronca que delata sus ganas de devorarme—. Dímelo o me volveré loco si paso una noche más sin probar tus labios.

—Nací preparada. Bésame ya de una maldita vez.