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¿Adiós al celibato?
A la mierda el planning inicial. Pensaba que lo tenía todo controlado, pero desde que me reencontré con Axel en Galway, el muy listo se ha dedicado a sugerirme nuevos pubs, conciertos y eventos donde «cazar nuevos talentos».
La verdad es que hacía años que no visitaba el Condado de Donegal, y puedo decir que ha sido todo un acierto fiarme de la persona que ha recorrido más lugares que Willy Fog.
Me consta que, aunque lo niegue de manera categórica, él también ha movido los hilos para conseguir nuevos bolos que coinciden casualmente con mi itinerario. Lo disfraza con la excusa de querer ampliar horizontes en su carrera y, ya de paso, descubrir así diferentes rincones del país.
Supongo que es una mentira piadosa que no me creo ni borracha de Guinness. Un detalle que me resulta de lo más adorable.
Estamos a las puertas del mes de diciembre y llevamos una semana sin vernos. Axel tuvo que volver a casa para lidiar con algunos asuntos personales, mientras que yo he reanudado mi ruta centrada en mis tareas profesionales, o al menos finjo que lo intento.
Acabo de hacer el check-in en el pequeño hotel donde me hospedaré en Belfast. Él llegará unas horas más tarde y ha decidido alojarse en el mismo lugar para pasar más tiempo juntos.
Me sorprendo con una sonrisa bobalicona dibujada en la cara y, al instante, me doy cuenta de que estoy actuando como una adolescente con las hormonas desatadas.
¿Qué coño estoy haciendo? ¿Y qué ha pasado con mi regla de «no más citas»?
Técnicamente, la estoy cumpliendo… O eso es lo que intento decirme a mí misma. ¡Maldita ingenua!
Sin embargo, no dejo de darle vueltas a la cabeza.
No sé si somos solo amigos o hemos traspasado ese umbral.
Nos hemos contado los detalles más insignificantes de nuestras vidas, nuestros mayores deseos y los peores temores.
Nunca antes había compartido tantas intimidades con alguien, y mucho menos con un desconocido que, siendo sincera, ya ha dejado de serlo.
En una ocasión, acabamos en una guerra de almohadas en la habitación del hotel y esa misma noche me quedé dormida entre sus brazos.
Nunca ha pasado nada entre nosotros, ni siquiera un tímido beso.
Y no será por falta de ganas, porque cada vez que lo veo actuando sobre el escenario, me entran unas ganas impulsivas de arrancarle la ropa a pedazos.
La última vez que nos vimos, nos quedamos muy cerca de besarnos, pero su teléfono decidió sonar justo en el peor momento posible y tuvo que salir corriendo para lidiar con un asunto en Kinsale.
Y esa es otra; siempre está lidiando con urgencias en casa. Espero que esos asuntos no incluyan una esposa y dos hijos esperándolo, porque juro que, de ser verdad, me entrego al celibato de por vida.
Doy un respingo cuando noto un suave roce en el cabello.
—Si me habías echado de menos, ya he vuelto a tu lado, Chica de Galway —susurra muy cerca de mi oído mientras observo anonadada la fachada de la Universidad de Belfast.
—La verdad es que no me ha dado ni tiempo de notar tu ausencia ni un poquitito, señor McKenzie.
Le guiño un ojo y él acorta la distancia para darme un beso en la mejilla. Un beso tan casto que incluso ese mínimo roce basta para que una ola de calor me arda por dentro.
—No mientas. Seguro que has echado de menos alguien que te robe las patatas fritas.
—Vale, ahí te doy la razón —gruño, porque sabe que odio que me roben la comida, aunque con él hago una excepción—. Cualquiera diría que te pagan en pintas de cerveza cada vez que actúas en un bar.
Axel se aparta un mechón de pelo detrás de la oreja y se ríe.
—Pues casi, casi. Te sorprendería descubrir las miserias que pagan en algunos pubs que facturan miles de euros todas las noches. Si no fuera por Liz y Oliver, todavía seguiría malviviendo en la calle.
—Son estupendos, echo de menos trabajar con ellos.
—¿Y por qué no lo haces? Siempre se quejan de que les faltan manos para abarcar todos los artistas que representan. Cada día están creciendo más y más. Se lo merecen.
—¿Y trabajar contigo todos los días? —Arqueo una ceja—. Imagínate. Acabarías agotado de mis chistes malos y yo te perseguiría para cortarte esas greñas que llevas.
—¡Oye! ¿Qué le pasa a mi pelo? Tengo una legión de mujeres que se vuelven locas por él.
Sonríe de medio lado y tengo que desviar la mirada para no caer en la tentación de ese irresistible moño que lleva en lo alto.
—No me cuesta imaginarlo… —mascullo, enterrada bajo tres vueltas de bufanda.
—Señorita O’Hara, ¿qué has dicho? Dilo más alto, que no te he escuchado bien.
—He dicho que la humildad te persigue, pero tú eres más rápido.
Suelta una carcajada y rodea mi cintura para atraerme hacia él. Una mujer mayor pasa a nuestro lado y no puede reprimir un gesto de emoción al acercarse.
—Ay, qué bonita pareja hacéis, jóvenes. Me recordáis a cuando mi marido y yo salíamos a bailar de novios.
—Errr… —no sé ni qué contestar y me separo de Axel de golpe.
—Tengo la mujer más guapa de toda Irlanda. ¿Lo ve, señora? —contesta él, encantado de escucharse, volviéndome a atraer hacia su cuerpo.
Ella se despide con la mano y seguimos caminando hacia el centro en silencio. De repente, me paro en seco y le dedico una mirada de desdén.
—¿Por qué le has mentido a la mujer? —refunfuño—. Vas a arder en el infierno por jugar con los sentimientos de esa adorable ancianita.
—¿Por qué no? ¿Acaso no crees que pegamos bien como pareja?
—¡Qué más quisieras tú! —le doy un manotazo en el brazo y… ¡madre mía! Incluso con el abrigo puesto, siento su fornido bíceps.
Por Dios, acaba ya con esta tortura.
¿Cómo se supone que voy a mantener mi dignidad en pie con este pedazo de hombre a mi lado?
No es solo su belleza o esas pestañas infinitas con las que parece querer atravesarme el alma.
Es su forma de ser, su sentido del humor, la forma que tiene de escucharme con suma paciencia —incluso cuando yo misma me enredo con mis propias historias y pierdo el hilo de lo que estoy contando—, la manera en que me protege de todos mis demonios…
Este hombre lo tiene todo.
Y yo, idiota de mí, he jurado no involucrarme emocionalmente, justo cuando el universo decide lanzarme a este ángel con tatuajes para pulverizar cualquier intento de reprimir mis pensamientos impuros.
Él nota mi inquietud. Me mira como si estuviera disfrutando de todos mis intentos fallidos de aparentar normalidad. Ya voy conociendo esa media sonrisa, tan sensual como peligrosa, que debería de venir con una advertencia de las autoridades sanitarias.
—¿Todo bien?
—Ajá. Genial. Estupendo. Todo perfecto —miento con descaro mientras desvío la mirada a cualquier otro sitio más allá de sus labios.
—Si tú lo dices… Te noto un poco tensa.
—Es el frío del norte, que te cala hasta los huesos —contesto, y noto cómo las piernas me flaquean. Y no precisamente de frío.
—Eso tiene fácil arreglo —afirma y me rodea con la rotundidad de sus brazos.
—O también podemos llegar ya al pub y tomar unas pintas para calentarnos —propongo con un hilo de voz—. El concierto debe de estar a punto de comenzar.
—Aisling.
—¿Sí…?
Se acerca un poco más y me coge un mechón de pelo para acomodarlo detrás de la oreja. Un simple gesto que hace que mi corazón bombee con brusquedad, como si un concierto de percusión estuviera tocando en mi pecho.
Se inclina despacio, hasta que nuestras respectivas zonas de confort se fusionan en una sola. Su nariz casi roza la mía y siento el vaho de su aliento como la más deliciosa de las fragancias.
Me va a besar.
Nos vamos a besar.
Ya no hay vuelta atrás.
¡Adiós al celibato!
—Aisling —carraspea, separándose de mí—. No te voy a besar.
Doy un brinco hacia atrás.
—¿Cóómo?
—Espero hacerlo. Algún día no muy lejano. Pero no daré ningún paso hasta que tú estés preparada.
«Pero si nací preparada para besar esos labios carnosos».
—Entiendo —murmuro decepcionada, más por decir algo que por quedarme callada como una auténtica idiota.
Me ofrece su mano y seguimos caminando hacia el centro con la brisa del frío polar revolviéndonos el pelo, hasta que damos con el bar en el que comeremos algo.
Axel y Aiden se conocieron aquí trabajando hace unos años y desde entonces forjaron una bonita amistad que se ha mantenido hasta el día de hoy.
Caminamos en silencio, sin atrevernos a mencionar lo ocurrido. Me invade una sensación agridulce. Me habría gustado que se lanzara, pero al mismo tiempo me parece tremendamente noble lo que ha decidido hacer. Esperarme.
Voy más callada de lo normal, un detalle que percibe al instante. Me aprieta la mano y comienza a hablar:
—Oye, siento si te he hecho sentir incómoda antes. No era mi intención.
—No, no es eso. Es solo que… —vacilo—. No me has hecho sentir incómoda. Me has hecho sentir algo. Por primera vez en mucho tiempo.