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Atravesar una tormenta
—P erdona, no quería ser un aguafiestas. Dejemos de hablar de mí. Cuéntame tú algo, seguro que tienes anécdotas más emocionantes.
—Si te contara cómo está mi vida ahora mismo, te reemplazaría en el primer puesto de los seres más aguafiestas del planeta.
Me río sin ganas y él arquea una ceja.
—No será para tanto… Aquella explosión en el festival de Cornualles estaba más que justificada. Tu trabajo debe de ser muy estresante.
—¡Ayyy, no! —Me llevo las manos a los ojos y pido un deseo para que la Tierra me trague en este mismo momento—. No me digas que has visto el vídeo.
—Lo mencionaste ayer por la noche, después de la cuarta cerveza, y no pude reprimir las ganas de verlo en cuanto llegué al hotel —sonríe, divertido—. Pero, tranquila, así puedo conocerte un poquito más.
Vamos caminando y el roce de nuestras manos provoca una descarga eléctrica. Desconozco si lo ha hecho a propósito, pero me reconforta saber que su cercanía hace que todo parezca un poco más llevadero.
Nuestras miradas vuelven a encontrarse y siento la necesidad de romper esa tensión de alguna manera, antes de que termine arrancándole la ropa y nos detengan por escándalo público en este popular paraje natural.
—¿Ahora entiendes cómo una loca echó a perder su carrera y su vida sentimental en lo que dura una canción de Taylor Swift? Deberían incluirme en alguna de esas categorías del Guinness World Records.
Se carcajea y nos paramos hasta quedar frente a frente. Su gesto se va suavizando hasta que su sonrisa se desvanece por completo. Temo haber metido la pata con algo que he dicho. Daría lo que fuera por saber qué está pensando.
—¿Siempre usas tu sentido del humor para protegerte de lo que te pasa por dentro?
¿Pero qué está diciendo? ¿Y…? ¡Mierda! ¿Por qué me conoce tanto este hombre?
—Yo no… Yo no uso nada para protegerme, soy así —me excuso y me cruzo de brazos.
—Chica de Galway, no te estoy juzgando. —Me dedica una estúpida sonrisa tan sexy que me ablanda hasta el alma—.
Todos lo hacemos. En mi caso, uso la música para refugiarme de las mierdas que tengo en el día a día, y venir aquí siempre me ayuda a desconectar —confiesa mientras señala el paisaje de ensueño que parece sacado de un lienzo.
Ojalá pudiera grabar esta imagen en mi memoria y recuperarla cada vez que me quede sin fuerzas.
Dudo de si contarle todo lo que ha sucedido, pero me expongo a que se asuste de mis dramas y salga corriendo.
Sin embargo, hay algo que me alienta a confiar en él y, por lo poco que lo conozco, me ha demostrado que es una persona que sabe escuchar por encima de todo.
Así que inhalo todo el aire que cabe en mis pulmones y, tras unos instantes de quietud, suelto a bocajarro:
—Mis padres y una de mis hermanas tuvieron un accidente cuando yo era pequeña.
Mi madre murió al instante y mi padre se quitó la vida dos semanas después.
Nos trasladaron de Galway a Middleton con mis abuelos y, al cambiarme al nuevo colegio, tuve que llevar el cartel de «huerfanita» durante mucho tiempo.
Mi hermana mayor se marchó de Irlanda hace más de diez años y yo hice lo mismo unos años después.
Necesitaba salir del pueblo y de los recuerdos, aunque eso supusiera dejar atrás a mis abuelos y a mi hermana pequeña, a la que le ha costado levantar cabeza desde entonces.
—No tenía ni idea de que todo fuera tan…
—Espera, no he acabado —lo interrumpo—. Mi abuelo murió el año pasado y todavía sigo sufriendo por su ausencia, pero, en contrapartida, mi hermana mayor volvió a casa.
Mi prometido, RJ, me puso los cuernos en el festival de Cornualles.
No una ni dos veces, sino tres, y tal vez más.
Por eso me enfurecí y, en medio de toda la plantilla de mi discográfica y de los asistentes al concierto, le grité a una adolescente insoportable por la que casi pierdo mi trabajo.
Y, por si fuera poco, mi cara aparece en un vídeo de YouTube y seguro que lo han visto hasta las tribus indígenas más aisladas de Papúa Nueva Guinea.
Me fui a Edimburgo, a desconectar con mi amiga Kirenia, y ahora no sé si quiero convertirme al budismo o cortarme las venas con una varilla de incienso.
Todo esto mejor me lo guardo para mí. Creo que ya hemos tenido suficiente por hoy.
—Sinceramente, ahora entenderás por qué tiro de ironía para sobrevivir, en lugar de presionar un botón y eyectarme del planeta Tierra —concluyo.
Silencio. Demasiado silencio. Axel me mira como si acabara de ver un ovni aterrizar delante de él. Tan solo el lejano graznido de las gaviotas interrumpe el aura de tensión que acabo de crear.
Mierda, ¿por qué le habré contado todo esto? Ahora saldrá disparado de aquí y me tocará buscar cobijo en alguna granja cercana.
Entonces, su reacción me sorprende. Me aprieta contra su cuerpo y entierra el rostro en mi pelo. El aroma a coco de mi champú flota entre nosotros.
—Lo siento, Aisling. De verdad que lo siento.
No puedo siquiera articular una palabra, porque estoy aprisionada entre sus brazos y, aun así, es la sensación de protección más reconfortante que he sentido en mi vida. El nudo de mi pecho empieza a suavizarse y hasta el de mi garganta se deshace tras haberme desahogado de esta manera.
—No, perdóname tú. No debería contarle todas mis penas a un desconocido —me disculpo, sorbiéndome los mocos.
—Ya no somos desconocidos, Chica de Galway. Formas parte de mi vida desde que nos cruzamos en aquella colina de Cornualles.
Desliza una mano por mi cabello y poco a poco me separa de él para acabar dándome un beso en la frente.
Desvío la mirada hacia el acantilado, tratando de armarme de fuerza, y después vuelvo hasta él.
—Gracias por escucharme y… por no juzgarme.
—Cuando nos conocimos por primera vez, pude ver a través de tus ojos que estabas atravesando una tormenta. —Compone un mohín con su boca.
—¿Cómo te diste cuenta?
—Porque solo una persona que está pasando por lo mismo reconocería ese dolor al instante —confiesa.
—Lo siento. —Me tapo la boca y abro los ojos como platos—. Me siento una idiota aquí hablándote de mis cosas y resulta que tú estás pasando por una mala racha también.
Aunque bueno, no sé si a lo mío se le puede llamar «mala racha» cuando supera ya los veintiocho años.
—No te preocupes, hoy te he traído a este recóndito lugar para desconectar. —Me sonríe, cambiando de tema con naturalidad. La conversación se estaba volviendo demasiado intensa—. Así que RJ, ¿eh? Qué nombre tan peculiar. No conozco a nadie con ese nombre, aparte del cantante de rock .
Alzo la mirada y muestro un gesto de culpabilidad. Sus pupilas se dilatan y suelta a bocajarro:
—¡Noooo!
—Sí —murmullo en un tono casi imperceptible.
Suelta una carcajada estridente y no puedo evitar fulminarlo con la mirada.
—Perdona, perdona —sigue riéndose, aunque ahora finge contenerse—. Nunca habría imaginado que una chica como tú pudiera estar con un tipo como él.
—¿¿Perdona?? —suelto, indignada—. ¿Qué quieres decir con eso? ¿Que una chica de pueblo como yo no podría nunca estar con una estrella del rock millonaria como él?
—¡Noooo! Todo lo contrario. Lo que jamás imaginé es que una mujer preciosa, inteligente y con una gran personalidad como la tuya estuviera con un tirillas mujeriego con el ego inflado.
Me cruzo de brazos asimilando sus palabras y mis músculos se destensan poco a poco, hasta que estallo en una carcajada.
—¿Verdad? —pregunto al aire—. Siempre pensé que su éxito era merecido, pero ahora que lo dices…
, empiezo a dudar de lo que realmente le ha ocurrido.
Ha tenido una flor en el culo toda su vida.
Siempre ha estado en el lugar idóneo y en el instante adecuado.
No te puedes imaginar la de gallos que suelta cuando se ducha.
La risa se le escapa por la nariz.
Seguimos paseando por los acantilados, hasta que Axel sugiere volver a Galway, con una parada previa en el castillo de Dunguaire. Me parece una idea excelente, sobre todo si eso implica que el día no termine tan pronto a su lado.
Nunca me cansaré de recorrer estas fortificaciones. Hace poco leí que existen cerca de treinta mil en todo el país y necesitaría tres vidas enteras para visitarlas todas.
Es invierno y el recinto permanece cerrado. Aun así, merece la pena dar un paseo por sus alrededores para deleitarse con las vistas. A pesar de que la bruma oculta parte de sus encantos, todavía se distinguen algunos rayos de sol perezosos desvaneciéndose tras el horizonte.
Nos detenemos unos minutos a contemplar el espectáculo.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de los atardeceres? —pregunta Axel, colocando su mano en la parte baja de mi espalda.
—Sorpréndeme.
—Que están ahí para recordarnos que, por muy complicado que sea el día, siempre tenemos otra oportunidad para empezar de cero.
Sonrío, dejando que sus palabras se acomoden en mí.
—Quizá tengas razón —admito—. Mañana será un nuevo día y vendrá cargado de nuevas razones para sonreír.