13
Saltar al vacío
M e despierto en el hostal con la sensación de que todo lo vivido anoche fue producto de mi imaginación, como si hubiera sido un sueño demasiado real.
Axel y yo seguimos un rato más tomando copas, hasta que el local empezó a vaciarse y terminamos solos los dos.
La camarera, con su eterna amabilidad, golpeaba la esfera de su reloj una y otra vez, dejándonos muy claro que era hora de irnos a casa.
Axel me contó que se encontraba de gira por Irlanda y que anoche actuó por sorpresa en el Fitzgerald’s.
Hoy disponía del día libre, así que me propuso acompañarlo a visitar los acantilados de Moher.
Yo, como ahora gestiono mi tiempo a mi manera y esquivo por primera vez los interminables horarios de oficina de la discográfica, pensé: «¿Por qué no? ».
Y aquí estoy, en la puerta del alojamiento, esperando a que pase a recogerme después de haberme cambiado de ropa unos tres millones de veces.
No me juzgues. Dudo que la mejor influencer de moda consiga averiguar cuál es el mejor atuendo para una excursión en medio de un paisaje asalvajado.
Y digo excursión, por usar cualquier eufemismo para evitar llamarla «una cita con un macizorro lleno de tatuajes que me trae loquita desde la primera vez que lo vi».
Me muerdo el labio inferior una y otra vez mientras miro en todas las direcciones. Hemos quedado a las diez y ya han pasado quince minutos desde entonces. O bien es una persona que llega tarde a todas partes o se ha vuelto a esfumar y no volveré a verlo nunca más.
¿Qué demonios estoy haciendo? Llevo semanas manteniendo la promesa de no involucrarme con ningún hombre, sin embargo, Axel está interfiriendo en mis emociones de una manera irremediable.
Solo con pensar que podría pillarme otra vez por alguien que me oculta cosas ya me parece motivo suficiente para hacerme el harakiri.
Comienzo a inquietarme. Miro el móvil cada dos minutos y no hay señal de él. Estoy a punto de darme la vuelta para entrar de nuevo al hostal cuando el claxon de un coche me sobresalta desde la otra acera.
Descargo todo el aire que tenía atrapado en mis pulmones y cruzo la carretera con una sonrisa bobalicona, más propia de una adolescente que de una mujer que roza la treintena.
«Si pudiera, te abofetearía la cara, Aisling O’Hara», me regaño para mis adentros.
—Buenos días, Chica de Galway. Perdona por el retraso, he tenido que coger una llamada importante y se ha alargado más de lo previsto.
—¿Retraso? —Miro de soslayo el reloj y le dedico una sonrisa de anuncio de dentífrico—. Ni siquiera me había dado cuenta.
«No puedes ser más gilipollas. Volverás a tropezar con la misma piedra».
—Cállate, Pepito Grillo —murmuro muy bajito.
—¿Cómo? ¿Has dicho algo?
—Nada, solo preguntaba si habías tomado café.
—Uno bien cargado. ¿Estás lista? Si no, podemos parar por el camino.
Me muestra una media sonrisa y vuelve a fijarse en la carretera. No debe de tener frío, porque viste una camiseta de manga corta y veo cómo sus bíceps se marcan al acomodarse al volante.
Yo, por el contrario, voy como una cebolla, envuelta en varias capas para paliar la humedad que se me cuela hasta los huesos. Los termómetros apenas alcanzan los ocho grados, y me temo que, en los acantilados, con el viento azotándonos, la sensación será todavía peor.
Debe de estar diciendo algo interesante, aunque hace rato que he perdido el hilo de la conversación y mis ojos se han quedado enganchados en los tatuajes de sus antebrazos.
—Aisling, ¿estás bien?
—Ajá, perdona. ¿Qué me decías?
—Que, si te parece bien, vamos a probar un sitio donde no haya demasiados turistas.
Con un poco de suerte, hoy podemos ver algún delfín o ballena por allí —propone, entusiasmado, y se gira para clavarme esa mirada tan suya—.
Solo si tú quieres, claro. Si prefieres otra cosa, podemos ir a otro lugar.
«Con esos ojazos esmeralda me iría al fin del mundo».
—Hace años que no piso los acantilados, así que venir aquí es como hacerlo por primera vez. Donde me lleves estará bien.
Sonrío por primera vez en mucho tiempo. Que alguien me pregunte qué me apetece hacer es un lujo al que no estaba acostumbrada con Riley. Él siempre decidía los planes y yo tenía que aceptarlos, por el bien de su carrera musical, claro.
Ahora bien, cuando yo sugería acudir a un concierto que me entusiasmaba o salir a cenar con mis amigos, él jamás me acompañaba. Me dejó clarísimo, más de una y de dos veces, que mis planes eran infantiles, mientras que su profesión era algo que tenía que tomarse muy en serio.
Sobre todo, la parte de tirarse a un par de bailarinas antes de una actuación. Esa, desde luego, era la parte más seria del asunto.
—Perdona por no haberte contado la verdad sobre mi nombre desde el principio, no estuvo bien —reconoce, sacándome de la pelea mental en la que estoy metida con mi ex.
—¿Por qué lo hiciste? Axel me parece un nombre precioso. Siempre he sido fan de Guns N' Roses.
—Lo mismo pensaron mis padres cuando nací —se ríe entre dientes y amasa su pelo hacia atrás—. Pocas personas conocen esta historia. Me da hasta vergüenza admitirlo, pero, según me contaron, me concibieron en el primer concierto que la banda dio en Irlanda en el noventa y dos.
—Oh, he leído mucho sobre aquel evento. Parece que llegaron bastante tarde a la cita, el público se puso histérico y empezaron a lanzar botellas al escenario.
—Eso me han contado también. Y entonces Axl Rose paró el concierto y todos se largaron. La gente echaba humo por las orejas. Mi madre debió de cortarse con uno de los cristales de una botella rota y mi padre la encontró sola y la acompañó hasta el puesto de auxilio.
—¡Me encanta! Es como la trama de una romcom : «Cómo concebimos a nuestro hijo». Con el castillo de Slane de fondo, rodeados de vasos de Guinness, masas de fans histéricos y el caos absoluto como banda sonora —fantaseo, sintiendo un pellizco de envidia por no haber estado allí.
Axel suelta una carcajada y se frota la nuca. Ya he descubierto que cuando algo le inquieta, tiende a tocarse el pelo como un tic nervioso imposible de ocultar. Me resulta de lo más adorable.
—Un romance de lo más épico, que odio que me recuerden cada cumpleaños… —resopla y pone los ojos en blanco—. Pero sí, a los meses, mi padre decidió poner tierra de por medio, dejó Escocia y se instaló en Irlanda para pedirle la mano a mi madre.
—¿En serio? ¡Pero qué romántico! —exclamo, llevándome una mano al pecho—. Por favor, sigue hablando. En cuanto escriba un par de líneas más, podré vender la idea a Netflix.
Él niega con la cabeza, divertido.
—Me gustaría que fueran menos explícitos cuando me lo cuentan, para qué te voy a engañar. Aunque, en el fondo, me recuerda que siguen enamorados como el primer día. Son geniales, la verdad —admite con una media sonrisa.
—Se nota que han hecho un trabajo increíble contigo —afirmo y, en cuanto oigo mis propias palabras, abro los ojos como platos. «Mierda, ¿acabo de decir eso en voz alta?»—. Quiero decir… en tu educación musical. Mira la estrella en la que te has convertido.
Me muerdo el labio y Axel me dedica una mueca divertida.
No responde de inmediato, porque está concentrado en las últimas curvas que serpentean hacia el empinado acantilado.
La bruma parece desdibujar el escenario que se abre ante nosotros, aunque a medida que nos acercamos, se intuyen auténticos paisajes de película.
—Están muy orgullosos de mí —aclara mientras detiene el motor y se desabrocha el cinturón—, aunque no les hace mucha gracia todo esto de la fama.
Por eso he preferido mantenerme al margen de las entrevistas.
En el fondo, solo se interesan por mi cara, y prefiero que mi vida privada siga siendo mía todo lo que pueda.
—¿Estás de broma? Lo que te está pasando es un sueño hecho realidad. Merecías haber llegado donde estás hace muchos años.
—Todo lo que he conseguido ha sido a base de esfuerzo —matiza con un suspiro—.
Es solo que no quieren que me olvide de dónde vengo y, aunque entiendo su preocupación, me duele que duden de mí.
Kinsale siempre será mi hogar. Jamás podría dejar atrás a mis padres, a mis amigos, ni a los vecinos del pueblo que me han visto crecer tocando en el garaje de casa.
La sombra de Riley se cruza en mis pensamientos como un fuerte vendaval.
Él dejó de hablarse con casi todos sus familiares en cuanto la fama se le subió a la cabeza.
Y no me extraña, porque le salieron antiguas amistades hasta de debajo de las piedras.
Pero eso no quita que piense que nunca deberías dejar de lado a quien estuvo contigo desde el principio y a quien siempre creyó en ti.
Aquel fue, sin duda, uno de los detalles de su personalidad que me hizo abrir los ojos. Llego tarde, lo reconozco, pero todavía hay episodios del pasado que se cuelan cuando menos lo espero y que prefiero dejar olvidados en alguna caja con tres o cuatro candados.
Salimos del coche y nos quedamos en silencio frente al escarpado terreno. Las palabras de Axel resuenan en mi cabeza y puedo ver cómo se ha ensombrecido su gesto.
No lo conozco lo suficiente como para darle ningún consejo de ánimo, así que trato de alentarlo con unas simples palabras que me nacen del corazón:
—Todo irá bien, ya verás.