Una canción irlandesa (Hermanas O’Hara 2) 12
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¿Así que eras tú?

D espués de un sueño reparador y de un desayuno digno del mejor hotel cinco estrellas, salgo a pasear por la ciudad.

Es curioso lo poco que conozco el lugar que me vio nacer.

Tras la muerte de mis padres, mis hermanas y yo nos fuimos a vivir con mis abuelos siendo todavía unas niñas.

Tardamos años en volver a Galway y, cuando lo hacíamos, la visita apenas consistía en pasar por el cementerio antes de emprender el camino de regreso a casa.

Entiendo que mis abuelos no quisieran hurgar en las heridas del pasado, y nosotras éramos unas crías como para decidir por nosotras mismas, así que el tiempo hizo el resto del trabajo y dejamos atrás la ciudad para seguir adelante con nuestras vidas.

Siempre he tenido pendiente regresar y me alegra al fin poder tachar esta tarea de mi lista.

Galway rezuma un aire bohemio por los cuatro costados.

Comienzo el recorrido en la plaza Eyre, donde los jardines ya se engalanan para dar la bienvenida a la tan ansiada Navidad, con figuras gigantes de luces LED que se encienden al atardecer.

Aprovecho para visitar el castillo de Lynch y me pierdo por las calles adoquinadas del Barrio Latino mientras disfruto de unas patatas fritas y dejo que la música callejera invada mis cinco sentidos.

Aiden vivió unos años en la ciudad y, como buena lectora, no ha dejado de recomendarme una visita a la librería Charlie Byrne, donde me he perdido entre auténticas reliquias literarias de segunda mano.

Y sí, lo reconozco, no he podido evitar comprar Seduciendo a Lord MacAlister , la última novela de mi autora escocesa preferida.

Me acompañará durante este viaje para recordarme lo desgraciada que es mi vida sentimental.

Tras horas pateando las calles, decido que merezco un descanso digno, así que entro en un pub con el portátil bajo el brazo para picar algo. En el alojamiento en el que me hospedo, me han recomendado venir al Fitzgerald’s, un clásico donde cada noche ponen música en directo.

La atmósfera de bar centenario me da la bienvenida nada más entrar: ese inconfundible aroma a madera mojada, su cocina tradicional y la amalgama de tiradores de cervezas.

Los muros de piedra y el suelo de madera podrían contar más leyendas que cualquier libro.

Por un instante, pienso que podría quedarme aquí unas horas o, al menos, hasta que se vaya el último parroquiano a casa.

No es un bar demasiado grande, pero tiene el tamaño justo para dar cobijo a varias mesas y a un escenario improvisado en la esquina, donde veo a una banda de música prepararse para su próxima actuación.

Según he visto en el cartel de la entrada, esta noche tiene lugar un open mic, es decir, cualquier persona con alguna habilidad artística puede salir a exponer su talento.

Por un momento, me tienta la idea de hacer un monólogo sobre mis dramas personales. Estoy segura de que los asistentes se reirían de mí, y no precisamente por mis aptitudes escénicas.

—¿Qué tomaremos por aquí? —me pregunta la camarera, con un smartphone en la mano, listo para anotar el pedido.

Ojeo el menú y me decanto por un estofado irlandés con escalopines de soja, acompañado de una sidra Bulmers.

La chica me mira como si hubiera pedido un plato de sushi en un sitio como este.

Lo sé, esto cuenta como sacrilegio culinario en este país y, si alguien me viera, me retirarían el pasaporte.

Pero desde que vivo en Londres estoy más concienciada con mi entorno, así que he dejado de comer carne.

Mi abuela sigue convencida de que es una fase.

—Buena elección —comenta escueta, aunque estoy segura de que es una de esas frases manidas que lanza a todos los clientes para hacerlos sentir bien.

Mientras preparan mi plato, me concentro en la redacción del artículo sobre el festival de jazz .

Hoy me he levantado convencida de que quiero retomar el blog y espero que este propósito dure más que mi visita al gimnasio, donde suelo dejar de acudir a principios de febrero.

Creo que me vendrá bien en mi intención de renovar mi pasión por la música.

El pub se va llenando y puedo comprobar cómo el talento de poetas en pijama, monologuistas con algo de desparpajo y cantantes amateurs supera con creces lo que imaginaba en un inicio.

Sigo la actuación con una oreja mientras finalizo el post y lo subo a mi web.

¿Tres años ya desde la última vez? No me puedo creer cómo pasa el tiempo.

Estoy enfrascada en los últimos comentarios cuando una canción llama mi atención. The Galway Girl suena por los altavoces. Claro, no podía faltar en esta ciudad. La adoro en todas sus versiones, aunque mi favorita sigue siendo la de principios de los dosmil.

Y… ¡oh, espera! ¿De qué me suena esa voz?

Saco la cabeza por encima del portátil y me fijo en el escenario, pero los focos son tan agresivos que apenas puedo distinguir al cantante.

Me levanto, un poco nerviosa, como si fuera una groupie desesperada por ver a su artista favorito.

Cuando al fin logro mejor visibilidad, lo veo. Sin lugar a dudas, es él.

McKenzie.

Pero espera. ¿Es McKenzie cantante también?

La máscara de Scream vuelve a aparecer en mi mente en la noche de Samhain, la primera vez que nos conocimos en la colina del festival de Cornualles, el tropiezo en el pub de Edimburgo…

Creo que me estoy volviendo loca y necesito llamar a mi terapeuta para retomar las sesiones.

Me muevo nerviosa, trastabillo y casi derribo a la camarera que lleva consigo una bandeja con diez pintas de cerveza. Logra enderezarse con la habilidad de una trapecista de circo y, aun así, eso no evita que me fulmine con la mirada.

—Ehh… Lo siento —me disculpo entre dientes—. ¿Me podrías decir cómo se llama ese cantante?

Me lanza una mirada cargada de desdén —otra vez— como si pensara «tengo mejores cosas que hacer que atender a una fangirl como tú».

—Axel —responde con un tono seco, nada sorprendente—. ¿Es que no escuchas la radio?

—Soy una ermitaña. Vivo en una isla perdida del Atlántico norte —ironizo. Alza una ceja, examinándome incrédula, y se marcha por donde ha venido—. Gracias por la información.

Me giro de nuevo y reduzco la distancia que me separa del escenario hasta quedarme frente a él.

Mi pecho sube y baja como si el corazón quisiera desbocarse de mi cuerpo.

Se me entrecorta la respiración y siento que, entre toda esta gente, mi aliento ya no quiere salir.

Pero no es una sensación de angustia, sino de pura emoción por volver a encontrarme con él.

No puedo creer que esté delante de Axel, o McKenzie. Ya no sé ni cómo llamarlo.

Repaso en mi cabeza las últimas semanas y, de pronto, todo encaja. La ausencia de fotos del cantante en redes, los reencuentros casuales en cada lugar donde él daba un concierto, su voz ronca cuando hablábamos en contraste con el timbre perfecto sobre el escenario…

Yo estaba demasiado triste aquel día en la colina y demasiado achispada en el pub de Edimburgo como para atar cabos y darme cuenta de que se trataba de la misma persona. Menuda idiota me siento.

Su voz se interrumpe para dejar que el público continúe cantando el popular estribillo. Recorre la sala con la mirada y, entonces, nuestros ojos se encuentran en un punto intermedio.

Su sonrisa se abre por completo. La mía lo imita sin esfuerzo, pues no hay mayor placer que descubrir que una fuerza caprichosa me ha vuelto a traer junto a él.

—¿Así que… eras tú? —pregunto sin dar crédito, en cuanto acaba su actuación.

—Axel, Axel McKenzie, ese soy yo. Tocando The Galway Girl , nada más y nada menos que para mi Chica de Galway.

Un rubor sube hacia mis mejillas cuando pronuncia las últimas palabras.

—McKenzie a secas, ¿por qué me has estado ocultando todo este tiempo que eras un cantante famoso?

—Bueno… nunca has preguntado —responde, frotándose la nuca, visiblemente inquieto—. A decir verdad, no es que nuestros últimos encuentros hayan sido muy duraderos.

Me río recordando los pocos minutos que hemos conversado en el pasado y, sin embargo, parece que llevemos siglos conectados.

—¿Qué probabilidades hay de que coincidamos una vez al mes en rincones opuestos del mapa? Primero Cornualles, luego Edimburgo y ahora Galway... Parece cosa del destino —afirmo, evocando las palabras de Kirenia, convencida de que algunas almas siempre encuentran el camino de vuelta.

—Pensé que no querrías verme. Estuve esperando tu llamada después de Edimburgo y…

—Perdona —lo interrumpo con una risa incrédula. Ahora me río, sí, pero aquel día, al salir de la ducha, estuve a punto de sacar el látigo y fustigarme hasta quedarme sin piel—. Tuve un pequeño incidente doméstico y digamos que se me borró parte de tu número de teléfono.

—Mmmmh, parece una explicación razonable. Me dejas más tranquilo. —Exhala como si acabara de liberar todo el oxígeno que llevaba días conteniendo—. Así que ahora no te escapas de mí.

Saca el teléfono del bolsillo, me lo da para que apunte mi número y me hago una perdida para guardar de una maldita vez el suyo. Yo lo anoto como «McKenzie a secas», tal y como se presentó cuando lo conocí, y una sonrisa de lo más sexy se escapa de sus labios cuando lo ve.

—Y ahora es cuando desapareces, como si regresaras a otro espacio temporal, y no te volviera a ver hasta el mes que viene. ¿Podría ser en Cork?

Esbozo una sonrisa cargada de tristeza. Aunque se lo digo en plan broma, la realidad es que su ausencia me dolió las últimas veces que lo vi esfumarse de mi vista con un chasquido de dedos.

Por un momento, pensé que solo existiría en mi imaginación y quizá fuera un primo lejano de Jamie Fraser, el prota masculino de Outlander, venido directamente del siglo XVIII.

En serio, necesito plantearme seriamente dejar de leer novelas sobre highlanders .

—Precisamente en Cork es donde más estoy. Soy de Kinsale, así que, cuando los conciertos me lo permiten, paso mucho tiempo en casa.

—¿Kinsale? ¿En serio eres de allí? —frunzo el entrecejo haciendo memoria de mis últimos días—.

Dime que la semana pasada estuviste en Middleton por Samhain.

Que llevabas la máscara de Scream , esa que me daba tanto miedo de adolescente, pero que el otro día la perseguí como si fuera una niña pidiendo caramelos de puerta en puerta.

—¿Cómo lo sabes? ¿No serás una acosadora?

A pesar de la oscuridad del local, la luz de los focos ilumina sus ojos, reflejando un destello de curiosidad y diversión. Me carcajeo, le doy un manotazo en el pecho y, por un instante, un hormigueo me recorre todo el cuerpo.

—No, idiota. Mi cuñado Aiden es dueño del pub más famoso del pueblo y me avisaron de que Axel actuaba allí esa noche. Tengo que confesarte que, a nivel profesional, llevo unas semanas persiguiéndote…

Me encojo de hombros, avergonzada, mientras él me mira con los ojos muy abiertos.

—¿Cóóómo? A ver, para el carro, aquí hay demasiada información. Esto se merece que tomemos una copa y me lo cuentes todo.

—¿Prometes que no saldrás huyendo y me dejarás plantada otra vez?

—Esta noche no —responde con una sonrisa—. Espero de todo corazón que no.