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Una llamada inesperada
O jalá mis hermanas hubieran podido acompañarme durante este viaje, pero Sarah tiene que volar a Budapest para hacer un reportaje fotográfico sobre los ruins bars de la ciudad y Siobhan se queda a cargo del pub mientras Aiden supervisa las obras del nuevo local.
Habría sido demasiado bueno para ser verdad.
Aunque, pensándolo bien, tal vez hubiéramos terminado con una resaca de whisky cada dos días o tirándonos los trastos a la cabeza por pasar demasiado tiempo juntas.
Nada más llegar al bed and breakfast y dejar mi maleta, me sumerjo bajo la ducha caliente, me pongo el pijama y me acomodo entre los mullidos cojines de la cama con el portátil.
Esta noche he decidido tomármelo con calma y comenzar mañana, pero quiero ponerme al día con las últimas novedades de la discográfica.
Consulto el correo del trabajo y, aunque mis tareas habituales hayan sido delegadas a una compañera de departamento, sigo pendiente de los últimos artistas fichados, además de los conciertos que tendrán lugar bajo nuestro paraguas.
Para la información extraoficial ya cuento con Timmy. Me alegra saber que le han renovado el contrato unos meses más para seguir siendo el becario precario que las empresas insisten en llamar «una oportunidad para ganar experiencia».
Según él, mi vídeo ya ha dejado de circular por todos los ordenadores de la oficina.
Ahora es Jackson quien ha tomado el relevo, con un nuevo escándalo en el que aparece con los pantalones bajados en la sala de la fotocopiadora, ¡en plena jornada laboral!
En serio, ¿en qué clase de sitio llevo trabajando todo este tiempo?
Dejo reposar el té sobre la mesilla justo cuando un correo de una dirección desconocida aparece en mi bandeja de entrada. Al leerlo, recuerdo que se trata del servidor de mi antiguo blog de música, ese que abrí hace años y que, como muchas cosas, ha pasado a mejor vida.
Mientras leo el mensaje, me pregunto por qué dejé de escribir.
Se trataba de una de esas aficiones que nacen cuando apenas era una adolescente sin el más mínimo pudor por lo que pudieran pensar los demás.
Fingía entrevistar a artistas famosos y trataba de capturar la euforia que se respiraba en los conciertos más punteros, donde la adrenalina y el ruido hacían que me olvidara de todo lo demás.
Decido entrar en la web y leo una de mis últimas entrevistas.
Recuerdo a Shannon, una joven con un talento arrollador a la que conocí en el Gallagher’s casi una década atrás.
Su pasión, la fuerza de sus letras y esas ganas desbordantes de comerse el mundo dieron sus frutos.
Acabó convirtiéndose en una especie de Avril Lavigne con la que soñaba cuando era pequeña.
Me alegra descubrir que ahora vive en California y que acaba de ganar un Grammy a la «mejor artista revelación».
Se me ocurren varias ideas al recorrer los diferentes apartados del blog y, movida por un impulso interior, decido pulsar el botón de «renovar suscripción».
Quizá mañana me arrepienta, pero por ahora me dejo llevar y empiezo a redactar una crónica del festival de jazz de Cork, omitiendo convenientemente el desastroso episodio del paseo en barco.
No todo el mundo necesita saber que casi me convierto en una pasajera más del Titanic.
La vibración del móvil repiquetea sobre la mesita de madera y, sin mirar a la pantalla, ya puedo intuir de quién se trata.
En efecto, es Riley. Lleva toda la semana dándome la brasa entre mensajes y llamadas.
No estoy de humor para aguantar sus chorradas en este momento, aunque me pica la curiosidad por saber el motivo de tanta insistencia.
—Estoy a una llamada más de pedir una orden de alejamiento —le suelto, sin un saludo ni miramientos—. ¿Se puede saber qué coño quieres?
—Hola, cielito. ¿Qué tal está el amor de mi vida? ¿La púa de mi guitarra? ¿Los acordes que acompañan a mis letras?
—¿El cantante que se tira a unas bailarinas antes de salir al backstage ? —respondo y noto cómo me sale humo por las orejas—. ¿Sigo…?
—Cariño —continúa Riley con una voz melosa que solo utiliza en momentos de manipulación—, ¿cuándo vas a volver a casa? Te echo de menos.
«Nunca».
Por lo visto, esa palabra tiene diferentes significados en nuestro vocabulario, porque parece no acabar de entenderla.
—Si vuelvo algún día será solo para recoger mis cosas. Es más, no hace falta ni siquiera que vaya en persona. Está todo empaquetado, listo para que una empresa de mensajería pase a buscarlas cuando yo lo decida.
Oigo cómo suelta un suspiro al otro lado de la línea y ya temo que esta conversación no va a acabar bien.
—Pero, amorcito —continúa con esa voz impostada que me saca tanto de quicio—, ¿no crees que te estás precipitando? Ya sabes cómo eres, tomas decisiones muy a la ligera. Podrías esperar a… no sé, que no esté a punto de bajarte la regla.
Madre de la santa paciencia. ¿He escuchado bien lo que acaba de decir? Resoplo tan fuerte que los vecinos de la habitación de al lado tocan varias veces la pared para que baje la voz.
Yo te invoco, Morrígan, diosa celta de la guerra. Dame toda la fuerza necesaria para hacer pedacitos a este hombre, empezando por ese pene blandengue que no puede dejar guardado en su bragueta.
—Haré como que no he oído tu último comentario, Riley. Por si no te había quedado claro, echaste a perder lo nuestro el día que te acostaste con las bailarinas de Starlin.
—Bueno, no era la primera vez que pasaba… —vacila con un tono infantil.
Yo a este hombre me lo cargo.
—Mira, si me has llamado para que volvamos juntos, olvídate, porque nuestra relación tiene menos futuro que la carrera musical de Victoria Beckham.
—Ash, no es eso, es solo que… —balbucea e intenta articular un par de palabras inconexas.
No entiendo cómo este hombre es capaz de componer un éxito. ¡Ah, claro! Que también tiene un ejército de compositores que lo hacen por él.
Una oleada de agotamiento me invade todo el cuerpo. Estoy a punto de colgar cuando oigo voces de fondo que delatan que está en una fiesta. La música retumba con tanta fuerza que parece que tengo los altavoces pegados a los oídos.
Apostaría a que lleva encima unas copas de más y que, para variar, es demasiado cobarde para ir al grano. Porque esta llamada no era para pedirme que volviera a casa. No. Lo conozco demasiado bien. Es para pedirme algo más.
—No tenemos más que hablar, Riley. Y veo que estás muy ocupado, así que vuelve a lo que estás haciendo —susurro, controlando mi frustración. No quiero que mis gritos puedan alertar a mis vecinos de nuevo y llevarme un toque de atención desde la recepción.
—Yo solo quiero saber si… Sabes que eres la mejor en tu trabajo y que consigues todo lo que te propones. Así que me gustaría que pudieras hablar con la organización del Primavera Sound en Barcelona para que… Bueno, ya sabes, estar en el cartel sería lo más para mi banda.
Me despego el teléfono de la oreja y miro a la pantalla, incrédula, tratando de no soltar una carcajada. No puede ser más rastrero. No le importa todo el daño que me ha causado en el plano personal. Sigue creyendo que soy un cheque en blanco y su asistente para gestionar su futuro profesional.
—¿Perdona? —exclamo, recuperando un tono de voz tan seco que hasta las cortinas tiemblan—. ¿Cómo tienes los santos huevos de venir a pedirme un favor profesional después de todo lo que ha pasado entre nosotros?
Oigo cómo traga saliva al otro lado de la línea. Busca alguna excusa convincente, pero no la hay.
Silencio.
—Escucha —continúo, fría como el témpano—, no voy a mover un dedo por tu gira, ni por tu ego inflado, ni por lo que un día tuvimos, que echaste a perder por un trío en un momento de calentón.
—Ash, espera, por favor —suplica con un tono de voz del que ya no siento nada.
—Adiós, Riley.
Cuelgo el teléfono y tiro el móvil encima de la cama sin ganas de hacer nada más. Solo quiero dormir para no pensar en la conversación tan surrealista que acabo de tener.
Diosa Morrígan, si me estás escuchando, date por invocada. Préstame la paciencia o, en su defecto, un botón de «bloquear» con acceso directo a tu lista negra de capullos reincidentes.