Una canción irlandesa (Hermanas O’Hara 2) 10
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El legado familiar

M enos mal que anoche no me pasé con los martinis, porque si no hoy habría tenido que posponer el viaje una vez más. Y no estoy en posición de seguir cabreando a mis jefes después de todo lo que ya llevo acumulado en mi historial.

Mis hermanas han salido temprano para ayudar a Aiden a limpiar el local, así que he desayunado con mi abuela, saboreando su bizcocho de limón recién horneado y los últimos minutos con ella.

—Aisling, cariño —su dulce voz me despierta cuando remuevo la cucharilla dentro del té—, sé que llevas un año un poco complicado entre lo de tu prometido y el trabajo, pero estoy muy preocupada por ti.

—Abuela, estoy bien. Ha sido una mala racha, sin más.

Una mala racha que se está prolongando más de lo que hubiera imaginado.

—Sabes que tus hermanas y yo estamos aquí para cuando nos necesites, ¿verdad?

—Lo sé. —Son mi mayor apoyo; sin ellas no podría vivir.

—Ojalá pronto me digas que vuelves a casa, como lo ha hecho Sarah, pero tienes que encontrar tu camino y echar raíces donde seas feliz.

—Middleton siempre será mi hogar.

—No lo pongo en duda. Pero lo más importante es que, vayas donde vayas, recuperes la sonrisa de esa joven risueña que se comía el mundo cuando se marchó de aquí.

Posa su mano sobre la mía para evitar que siga removiendo la cucharilla en el té. Si no, acabaré mareándola más que a mis propios pensamientos.

—Solo estoy cansada, supongo. Ya sabes, demasiadas horas de trabajo este verano, poco descanso… A partir de ahora prometo que, al menos en lo personal, habrá cero drama amoroso. Ya he cubierto mi cuota para los próximos diez años.

La abuela responde dibujando una sonrisa complaciente en su arrugado rostro, de esas que te dan la razón para animarte, pero que en realidad quieren decir «te conozco demasiado bien».

—Eso de «cero drama amoroso» me da que va a durarte menos que este bizcocho durante el viaje.

—Qué poca confianza tienes en mí, señora Callaghan.

Soy una mujer renovada. —Finjo esbozar una mueca de felicidad alzando las dos comisuras de la boca con mis manos.

Un gesto que, sin duda, la abuela no se traga—.

Y me refiero a lo de las relaciones, que no te quepa duda de que este bizcocho no llegará a Galway.

Según lo digo, me meto otro trozo en la boca y la esponjosidad del dulce, unido a sus toques cítricos, me envuelve en una calidez que necesitaba más de lo que desearía admitir.

—No es falta de confianza, es la experiencia de los años, cielo.

—Se encoge de hombros con esa serenidad propia de su edad—.

No tienes que cerrar las puertas al amor.

En el momento menos pensado, llegará esa persona que ponga patas arriba tu vida y se convierta en el mejor desastre emocional que merezca tu corazón.

El brillo de sus ojos me hace pensar que está recordando al abuelo. Nos dejó hace menos de un año y su ausencia todavía se percibe entre las cuatro paredes de esta casa.

Echo de menos estos momentos de complicidad con ella, pero siento que me estoy rompiendo por dentro, así que ahogo un gemido mientras tomo el último sorbo de té y me levanto para prepararme.

—Me da mucha pena irme, pero quiero llegar pronto a Galway para visitar a mamá y a papá.

—Dales un beso de mi parte —me pide con ternura mientras acuna mi mejilla con la mano.

Recojo las últimas cosas y me dispongo a salir en ruta. Necesito algo de música potente para el viaje, algo que me despeje la cabeza y me ayude a sacudir el embrollo emocional que me ha dejado la conversación.

El coche es tan viejo que ni siquiera tiene la opción de conectar el móvil por bluetooth para escuchar mis listas de reproducción, así que decido sintonizar las emisoras locales.

Quién sabe, quizá así descubra nuevos artistas que me ayuden a ampliar la perspectiva en este absurdo trabajo de campo, o al menos a no quedarme dormida antes de llegar a Galway.

Las notas de Nothing Compares 2 U , de Sinéad O’Connor, suenan por los altavoces y cambio enseguida. Lo último que necesito ahora es otro drama sobre el desamor. Y mucho menos recordar la historia de una artista cuya madre también murió en un accidente de coche.

¡Mira! Podría ser la banda sonora de mi vida.

Sigo pasando por las estaciones. No tengo ganas de escuchar las noticias, ni el último reportaje de la liga irlandesa de hurling , así que, cuando el locutor presenta al grupo The Cranberries, me convenzo de que la banda será la que me acompañe en este viaje.

Entonces, reconozco los primeros segundos de la maldita canción Linger.

Y llega para recordarme cómo la vocalista del grupo, Dolores O’Riordan, se inspiró para escribir la letra de la canción en una experiencia personal en la que el chico que le gustaba de joven la rechazó en público.

Según recuerdo haber leído en una entrevista, sentía decepción y frustración por el desamor, por la imposibilidad de dejarlo ir a pesar del sufrimiento que causa.

De verdad, universo, estoy esforzándome por huir del drama, pero tú te empeñas en repetir la lista de reproducción de mis desgracias.

Me dispongo a apagar la radio y disfrutar del paisaje que me acompaña, justo cuando el último single de Axel suena como el mejor regalo para mis oídos.

Suelto el aire que llevaba retenido en los pulmones y siento cómo la tensión se disuelve a medida que la melodía By Your Side emana de los ajados altavoces.

No me sorprende que Oliver y Liz lo hayan fichado para su agencia.

Es uno de esos artistas sencillos que componen canciones sobre el amor propio, la familia o la tierra que los vio nacer, fusionando el folk tradicional con versiones modernas del pop rock .

Con su música llego a los portones del cementerio de Galway y recorro los angostos pasillos hasta encontrar una imagen del pasado que preferiría dejar en el olvido.

Llevo años sin pisar este lugar, más por los recuerdos que lo habitan que por el hecho de visitar a mis padres, que se marcharon demasiado pronto, cuando apenas era una niña.

Un puñado de hojas cobrizas revolotean a mi alrededor, formando un pasillo que me lleva hasta el nicho donde reposan.

Allí descubro que alguien ha dejado unas flores frescas, por la humedad que todavía se aprecia en la base de la maceta.

Tras Samhain llega el Día de los Fieles Difuntos, una jornada para orar, rendir los respetos y dejar un ramo a los seres queridos que ya no están.

No me extrañaría que las hubiera traído mi tío Sam, el hermano de mi padre, con el que hace siglos perdimos el contacto.

Me sumerjo en mis pensamientos más profundos, cuando el sonido de las hojas al mecerse me saca del trance.

—No creías que te íbamos a dejar aquí sola hoy —me susurra una voz al oído y doy un respingo.

—¡Sorpresa! —añade la segunda voz, y me giro para descubrir que son mis hermanas.

—Por Dios, ¿se os ocurre que darme un susto en medio del cementerio es una buena idea? —Las fulmino con la mirada—. Sabéis que soy muy aprensiva.

—Hemos venido a hacerte compañía —añade Shiv, cogiéndome del brazo—. Pensaba que nunca diría esto, pero, después de quince días en Middleton, nos hemos dado cuenta de que te vamos a echar de menos.

—Ya. Era venir a estar conmigo o limpiar el pub . ¡Menudo planazo! —Arqueo una ceja.

Sarah enciende una vela y la deja reposar al lado de la lápida.

Las tres permanecemos en silencio, cada una sumida en sus propios pensamientos.

Hace más de veinte años que ya no están y hemos crecido con los pocos recuerdos que nos dejaron.

Recordar es sin duda la mejor manera de mantenerlos presentes.

Todo lo material es efímero, pero las imágenes de quienes amamos nos acompañarán para siempre.

Salimos del recinto, con la luz crepuscular tiñendo el horizonte de tonalidades cálidas. Mis hermanas se agarran a mí de ambos lados para transmitirme todo el cariño que nunca imaginé merecer.

—Ellos estarían muy orgullosos de ti, Ash —responde Sarah, que parece leerme el pensamiento.

—¿También del vídeo en el que estoy gritando como una posesa en medio del festival?

—¿Cómo? ¿Me estás diciendo que está todo grabado? —pregunta Siobhan con los ojos bien abiertos—. Pero… ¿se puede saber por qué tengo que enterarme de todas tus tonterías y luego no se me informa de las cosas importantes?

Las dos nos reímos. Ella bufa antes de unirse a la carcajada.

—Vale, ahora te toca a ti conducir de vuelta a Middleton, Sarah. Yo, mientras, buscaré ese vídeo y prometo contener mis impulsos para no hacer memes de los mejores momentos.

—Ni en sueños —la amenazo mientras le doy un manotazo juguetón—, o te juro que mezclaré los botes de la sal y del azúcar para dar un nuevo sabor gourmet a tus galletas. Cortesía de tu hermana favorita.

—Todavía te debo una después de que anoche Jerry Blossom se me pegara como una lapa… gracias a ti.

—No hace falta que me las des —ironizo—. ¡Piénsalo! Haríais una pareja preciosa. Imaginaos a vuestros hijos: serían una versión en miniatura de Ed Sheeran, con el pelo color zanahoria.

—¡Puaj! —compone una mueca de asco—. El amor está sobrevalorado, mejor estar sola que mal acompañada —afirma con una altanería más bien fingida.

—Eso es porque todavía no habéis encontrado a la persona que os aguante las tonterías que lleváis encima —nos reprocha Sarah y la miramos con incredulidad, porque es muy fácil hablar cuando Aiden es un ángel caído del cielo—.

Sí, Shiv, a ti también te llegará, no hagas como que contigo no va la cosa.

Mi hermana pequeña refunfuña y, entre carcajadas, las atraigo hacia mí para fundirnos en un abrazo de oso del que no me quiero desprender. El peso de la ausencia de mis padres se hace ahora menos denso con la complicidad que nos han dejado como legado.

Si puedo extraer algo positivo de su marcha, es que las tres hemos aprendido a cuidarnos y sostenernos mutuamente, pese a los años y la distancia que nos han separado.

A reír juntas incluso cuando el dolor amenaza con aplastarnos y a encontrar en cada recuerdo compartido una fuerza que sigue manteniéndonos unidas.