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La noche de Samhain
L a conversación con Oliver y Liz sigue rondándome la cabeza días después de nuestro reencuentro.
Por más que intento asimilar todo lo ocurrido estos meses, no puedo evitar pensar que tienen razón.
Me han engañado como a un inglés convencido de que el fish and chips es alta cocina.
Así que no me queda más que lamerme las heridas y seguir adelante con mi «trabajo de campo».
¡Ajj! Cada vez que lo pronuncio, siento que bajo un peldaño más en la escalera de la dignidad. Podría incluirlo en mi currículum, justo al lado de «experta en desastres sentimentales» y tendría así el expediente más brillante de toda mi promoción.
En fin, volviendo al tema del viaje. He decidido variar la ruta y empezar por Galway, la ciudad donde nací y donde descansan mis padres.
Hace años que no paso por el cementerio y siento que es hora de visitarlos como se merecen.
Mañana me subiré al viejo coche de mi abuelo, un Toyota Corolla de más de veinte años que aún se resiste, como buen irlandés testarudo.
Lleva varios días en el taller del hijo de Mary Blossom, la florista de Middleton, para ponerlo a punto y asegurarse de que no explote a mitad de camino.
Esta noche vengo dispuesta a pasármelo en grande y a olvidar lo que ha pasado en los últimos meses.
Al fin y al cabo, eso es lo que dicta Samhain: el fin de un ciclo y el comienzo de otro nuevo.
Es el momento del año en el que, según la tradición, el velo entre el mundo de los vivos y el de los muertos se vuelve más delgado.
Mi abuela solía contarnos antiguas leyendas celtas que siempre despertaban en mí una enorme curiosidad.
Me fascinaba esa manera de no entender la muerte como un final, sino como una transformación.
La noche en la que se quema lo viejo en las hogueras para ahuyentar a los malos espíritus y abrir paso a una nueva etapa, también de renovación interior.
—¿Estáis listas ya, chicas? —grita Siobhan desde la planta baja.
—¡Me encanta cómo nos quedan estos disfraces! ¡Vamos a quemar la noche! —exclamo, mirándome al espejo.
—Hablando de quemar… —añade Sarah, que termina de aplicarse un labial rojo a mi lado—. ¡Date prisa! Tenemos que pasar por las hogueras antes de ir al pub .
Mis hermanas y yo hemos decidido disfrazarnos de las tres protagonistas de Hocus Pocus: El retorno de las brujas , una película de los años noventa que veíamos en bucle por estas fechas cuando éramos pequeñas.
Podríamos habernos llevado a Cupcake como mascota, pero la yaya dice que él y su fiel amigo de cuatro patas se encargarán de llenar las calabazas de los niños con caramelos en esta mágica noche del año.
—¡Pero qué guapas estáis, mis niñas! —dice con una sonrisa radiante al vernos bajar las escaleras—. Vuestras antepasadas estarían muy orgullosas de ver que aún celebráis esta noche.
—Abu, esto no son más que disfraces… —la interrumpo, observando cómo su alegría se desvanece.
Intuyo cuánto le entristece que, en pleno siglo XXI, sus nietas ya no crean en ese tipo de espiritualidad. No quiero que se quede con esa expresión melancólica, así que la beso en la mejilla y añado:
—Pero sí, seguro que estarán muy orgullosas de nosotras cuatro.
—Tienes que creer más en la magia, querida —afirma y la estrecho entre mis brazos para que se quede tranquila, aunque hace ya demasiado tiempo que crecí y dejé de tener fe en ciertas fantasías.
Nos despide con la mano desde la puerta de casa y, entre el sonido de nuestras risas y el de los tacones, las tres nos encaminamos hacia la plaza central del pueblo. El aroma a boniato y manzana asada se intensifica en el aire, y el humo de las hogueras se distingue ya desde la distancia.
—¡Qué pasada! Es mi primer Samhain en Middleton desde hace diez años —dice Sarah con nostalgia, ajustándose la capa que lleva sobre los hombros.
—Pues espérate a ver la decoración tan chula del Gallagher's. Llevamos una semana poniéndolo todo a punto —añade Shiv, que salta como si fuera una niña.
—Hasta que entremos las tres brujas y ardamos con todo —bromeo, moviendo las cejas arriba y abajo con una mueca descaradamente sexy .
Las crepitantes llamas nos dan la bienvenida a la plaza, donde los niños bailan y ríen alrededor de la fogata. Todos escriben sus deseos ocultos en un papel y arrojan al fuego los malos augurios, para dar comienzo a un nuevo ciclo.
—Feliz Samhain —susurro para mis adentros.
Siobhan me mira de reojo y sonríe.
—Feliz Samhain, hermanitas —responde—. ¡Que arda lo viejo y empiece lo nuevo!
Caminamos entre carcajadas, cogidas del brazo, hasta que llegamos a la calle principal. El pub está a rebosar, un detalle que se nota en el ambiente en cuanto traspasamos la puerta de madera y el vaho nos engulle por completo.
Mi hermana pequeña se dirige hacia el almacén a coger el delantal para empezar su turno en el bar.
Las fiestas de San Patricio, Samhain y Nochevieja son algunas de las noches más importantes del año en Irlanda y quienes trabajan detrás de la barra, como es el caso de Aiden y Siobhan, no dan abasto con las comandas en fiestas como la de hoy.
Si el infierno tiene barra libre, se debe parecer bastante a esto.
—¡Vamos, que nos quedamos sin sitio! —me grita Sarah, soltándose de mi mano para lanzarse a los brazos de su novio por encima de la barra.
Le besa en la mejilla y le deja marcada la cara con el rojo de su pintalabios, que contrasta con el tono níveo de su piel al haberse disfrazado del mismísimo Conde Drácula.
—¡Qué estampa más bonita! —ironizo con el morro fruncido—. Aunque podríais buscaros un motel, ¡pervertidos!
—Calla que para ti también habrá esta noche, Ash.
La pareja me mira divertida y me echo a temblar porque soy consciente de que están tramando algo.
—A mí con que me pongáis una copa de martini con dos aceitunas ya me doy por satisfecha. —Doy dos golpes sobre la barra como quien lleva dos semanas sin beber y se muere de sed.
Mi hermana se sienta a mi lado y se inclina hacia mí, pero los altavoces rugen tan fuerte que apenas oigo lo que me grita al oído.
—¿Te acuerdas del amigo de Aiden del que te hablé?
—¿El músico? ¡Ah, no! ¡No, no y no! —Cierro los ojos muy fuerte y me niego a seguirla escuchando—. Te dije que nada de hombres… hasta que no cumpla los cincuenta, por lo menos. Y mucho menos cantantes. Lo de ahí abajo está cerrado con candado y he tirado la llave al mar.
Sarah se ríe y, a pesar de la ensordecedora música, intuyo cómo vocaliza un «qué exagerada eres» con su boca.
Nos giramos al escuchar los acordes de una guitarra sobre el escenario. Una banda comienza a tocar una versión moderna de The Veil is Thin , una canción inspirada en las leyendas de Samhain que invoca a los ancestros para pedirles sabiduría y guía.
—Es ese de ahí, el cantante —señala hacia el escenario y una carcajada me sale del fondo del alma.
—Menudo bellezón, ¿por qué no me lo habías presentado antes? —me burlo, viendo cómo la máscara de Scream , con la boca abierta en un grito infinito, le cubre el rostro—. Aunque pensándolo bien, mi ex no llevaba ninguna máscara y mira la doble cara que ha resultado tener.
—Vamos, Ash. No tienes por qué cerrarte al amor… ni tampoco a los cantantes. Solo tienes que encontrar alguno que merezca la pena. Además, Axel es un encanto de persona.
Giro la cabeza de golpe, como si fuera la niña de El Exorcista , tratando de averiguar si he oído bien.
—¿Axel? ¿Su nombre es Axel?
Asiente. Me quedo unos segundos pensativa escuchando la canción.
Los gritos del local empañan la voz del cantante.
Aun así, hay algo en su timbre que me resulta familiar de las tantas veces que lo he escuchado en Spotify.
Sé que ya tiene representante, pero eso no impide que me muera de curiosidad por conocerlo después de todo lo que he oído sobre él.
—¿Qué pasa? ¿Lo conoces?
Vuelvo la vista hacia el escenario, procesando la información. De reojo veo cómo Sarah da un trago a su martini mientras espera mi respuesta.
—¿Me estás diciendo que el amigo de tu chico es Axel? Pero si ahora es famosillo. —Me llevo una mano a la cabeza, entre divertida e incrédula—. De verdad, ¿cómo no me lo habías contado antes?
—Sí, creo que ha cogido algo de fama estos últimos meses.
—«¿Algo de fama? » —pregunto incrédula—. Algo de fama es cuando el vídeo de tu amiga Anna, peleando con un mono por una banana en las playas de Bali, corrió como la pólvora en la red.
Sarah suelta una carcajada tan fuerte que varias personas se giran a nuestro alrededor. Yo también me río, hasta que el recuerdo de mi propio vídeo viral en YouTube cambia mi expresión y me hace llorar un poco por dentro.
—Ay, por favor, Ash, no pongas esa cara —niega entre risas—. No es Justin Bieber; es solo un chico tocando la guitarra.
—Ya, claro —respondo—. Un chico con una guitarra, miles de reproducciones y una gira de conciertos por toda Gran Bretaña e Irlanda.
—Pues mira, igual esta noche acaba firmándote algo más que un autógrafo. —Me guiña el ojo y agita sus brazos como si estuviera bailando de manera sensual.
—Y luego decís que la colgada de la familia soy yo…
No puedo evitar sacudir la cabeza mientras me bajo del taburete. Nos acercamos con las copas para disfrutar más de cerca de la actuación. Creo que ya estoy algo achispada, porque me parece ver asomar del cuello del cantante un collar con un motivo tribal.
¿De qué me suena ese diseño celta? ¿Dónde he visto ese colgante antes?
Mi mente viaja al inolvidable día del festival de Cornualles, cuando conocí a McKenzie. Llevaba el mismo collar y, si no me fallan los recuerdos, también el tatuaje de una guitarra eléctrica en la muñeca que me pareció ver de pasada en el pub de Edimburgo.
Creo que me estoy volviendo loca. Todo esto me está afectando más de lo que imaginaba, y mi mente está mezclando recuerdos. Así que decido esperar a que termine el concierto para quitarle la máscara y descubrir, de una vez por todas, quién se esconde detrás.
Cuando el espectáculo llega a su fin, me deslizo entre la gente para alcanzar las primeras filas, pero una marabunta de disfraces me impide ver más allá.
¡Maldita sea, si solo midiera diez centímetros más! Debería haberme puesto los tacones que me regaló Riley por mi cumpleaños, en lugar de haber destrozado su PlayStation con ellos.
—¿Aisling? —Una mano masculina me agarra del brazo y, cuando alzo la mirada, descubro al hombre con la máscara de Scream .
—Hola… Te… te estaba buscando —balbuceo, con la voz temblorosa.
—Yo también te buscaba a ti —me grita al oído, y siento cómo mis piernas empiezan a flaquear.
Alargo la mano hacia la máscara para quitársela y ver su cara, pero se adelanta. Con un gesto rápido, se la baja y… entonces lo veo.
Una cara conocida.
—¿Jerry…? Espera… ¿Jerry Blossom? —No puedo estar más confundida, porque tengo delante al hijo de Mary, el mecánico del taller.
—El mismo —responde, quitándose la máscara del todo—. Perdona, no me habías reconocido. Solo quería preguntarte qué tal va el coche.
—Ehh… —Estoy tan desconcertada que no sé ni qué decir—. Parece que va bien. Aunque ya te lo confirmaré cuando vuelva el mes que viene, si es que los amortiguadores sobreviven al viaje.
Jerry se carcajea.
—Siempre me ha encantado lo divertida que eres. Me preguntaba si te apetecía tomar una copa. He oído por ahí que ahora estás soltera.
Se inclina sobre mí y quedo atrapada entre sus brazos y la barra del bar. Mi mirada busca desesperada una señal de auxilio.
—Oye —le interrumpo, esquivando su invitación—, pero tú no eras el cantante que estabas sobre el escenario, ¿verdad?
—No, pero por ti canto lo que quieras, muñeca.
Niego con cara de perplejidad y me giro hacia la barra, donde Siobhan seca unos vasos.
—¿Sabes quién está también soltera? Mi hermana pequeña. Y hace unas tartas de chocolate para chuparse los dedos.
—¡Serás cabrona! —murmulla y reprime un grito ahogado.
Me lanza una mirada de auténtico pánico desde el otro lado del mostrador, y yo aprovecho para escabullirme por debajo de sus brazos. El pub ha comenzado a vaciarse y ahora resulta más sencillo buscar la maldita máscara. Sin embargo, no veo ni rastro de ella en toda la sala.
Aiden me ve angustiada y se acerca para preguntarme si estoy bien.
—Oye, cuñado, si quieres entrar en la familia, hazme un favor y haré todo lo que esté en mi mano.
—¿Qué estás liando ya, Ash?
—¿Dónde está Axel? Tu amigo, el cantante.
—Así que… ¿al final has roto tu promesa de no implicarte emocionalmente con nadie, eh? Genial, tu hermana me debe veinte pavos. —Esboza una sonrisa ufana y agita el puño en señal de victoria.
—No estás ganando muchas papeletas conmigo, Gallagher.
—Lo siento, tendrá que ser otro día. Axel ha tenido que marcharse por un tema personal.
¡Noooo! ¡Esto no puede estar pasando otra vez!