Una canción irlandesa (Hermanas O’Hara 2) 8
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El festival de jazz

L levo una semana comiendo y bebiendo como si no hubiera un mañana.

Mi abuela dice que no hay penas que resistan la repostería de Grace; es decir, la suya propia, horneada con toneladas de vainilla y sus ingredientes secretos: cariño y amor.

He perdido la cuenta de los cupcakes , tartas, muffins y galletas de chocolate que me he metido entre pecho y espalda.

Entre ella y mi hermana pequeña están probando nuevas recetas, y no hay mejor conejillo de indias que una mujer despechada.

Aun así, la vida continúa, y, aunque trato de tomármelo con calma, sigo trabajando para emprender una ruta a principios de noviembre que me lleve por toda Irlanda: Kilkenny, Dublín, Belfast, Westport, Galway, Limerick, Dingle y Kinsale, para volver finalmente a Cork, donde pasaré la Navidad con mi familia en casa.

Necesito que este viaje tenga un sentido, que no sea un mero parche con el que prolongar una carrera profesional que me tiene exhausta. Siento que debo buscar un propósito en la vida y volver a reencontrarme con la semilla que planté el día que decidí dedicarme profesionalmente a la música.

Mi discográfica me ha facilitado algunas entradas para el festival de jazz, que se celebra por estas fechas en Cork desde hace casi medio siglo.

No es un género con el que trabaje de manera habitual, aunque suele relajarme a nivel personal.

No puedo evitar imaginar lo bien que combinaría esta música con aquellos cigarrillos mágicos que fumé con Kirenia.

—Ash, ¿piensas subirte de una vez? —me apremia mi hermana Siobhan mientras tres pares de ojos me observan desde la borda del barco, listos para zarpar.

—Sois unos desagradecidos —refunfuño—. Os invito a venir conmigo a un festival y así me lo pagáis, enfrentándome a mi peor miedo.

Shiv y Sarah se ríen apoyadas en la barandilla, disfrutando de mi tortura.

Desde que era pequeña, tengo auténtico pánico a las grandes masas de agua en cualquiera de sus formas.

Ellas piensan que es porque odiaba meterme en la bañera de cría, pero fue mi terapeuta quien lo descubrió y solo ella conoce la verdadera razón.

—Venga, Ash, que el barco no te va a morder —dice Aiden, cruzando de nuevo el puente levadizo para ofrecerme la mano.

Resoplo, pero al final se la tomo. Total, si voy a morir, que al menos sea con música de fondo.

Al parecer, uno de los grandes atractivos del festival —y, para mi desgracia, también uno de los más populares— es un concierto de jazz mientras el barco navega por las aguas de la bahía de Cork.

Solo a un lumbreras con demasiado tiempo libre se le ocurriría combinar mi pánico al mar con música improvisada y bandejas de vino tambaleándose más que mi estómago a punto de echar la pota.

Aun así, paso el día con mis hermanas y con Aiden, y eso basta para intentarlo. Cierro los ojos, respiro hondo y dejo que el miedo se disuelva un poco para afrontar, como la adulta funcional que se supone que soy, este día de… ¿alegría?

Tras más de cuarenta y cinco minutos aferrada al brazo de Siobhan, me ofrezco voluntaria para bajar a tierra firme entre las primeras.

Me excuso con ir al baño mientras los tres se dirigen a uno de los foodtrucks a comer algo.

Los miro con cara de incredulidad. Si me metiera algo en el estómago ahora, vomitaría hasta la purpurina de la Navidad pasada.

Aunque, conociéndome, seguro que en diez minutos me entra la gula de nuevo y acabo zampándome unas patatas fritas en ese puesto donde veo una cola infinita.

No me voy a engañar. No es hambre lo que tengo, a decir verdad. Es ese vacío que me retumba por dentro, y la imagen de Sarah y Aiden comiéndose a besos, como dos enamorados en plena luna de miel, no ayuda precisamente a olvidarme del imbécil de Riley.

Anoche me escribió en plena madrugada para preguntarme cuándo volvería a casa.

¿Pero dónde demonios ha estado todo este mes?

Me entraron ganas de soltarle de todo, pero no estaba dispuesta a gastar ni un ápice más de energía en causas perdidas. Así que apagué el móvil y me dormí hecha un ovillo hasta que los ronroneos de Cupcake, el gato de mi abuela, me despertaron con los primeros rayos del alba.

—¿Aisling? —una voz remotamente familiar interrumpe mi monólogo interno.

Me giro y reconozco dos caras conocidas de mi pasado que me levantan el ánimo en apenas un instante.

—¡Oliver, Liz! ¿Pero qué hacéis aquí? —les pregunto sorprendida a quienes fueron las personas que más me apoyaron en la discográfica en mi primer año.

—Somos parte de la organización del evento, así que no podíamos faltar.

—¡Qué alegría veros! ¿Cómo os trata la vida?

—No nos podemos quejar, para qué mentir. Ahora vivimos en Dublín y hemos montado nuestra propia empresa. Gestionamos una gran cartera de artistas y cada día estamos creciendo más.

Cruzan una mirada de complicidad, que dura un par de segundos más de los estandarizados, para dejar en evidencia que entre ellos hay algo más que una relación profesional.

—¿Sigues en Queensland? —me interroga Liz, pero enseguida cambia su expresión y matiza sus palabras—. Bueno, sé que seguías allí hasta el festival de Cornualles, al menos.

—Pff, ¿os habéis enterado de lo que pasó? —suelto alzando las cejas para después dejar caer los párpados con resignación.

—Hay… un vídeo de ti corriendo por YouTube.

«La madre que me parió».

—No puede ser. ¿Me estás tomando el pelo? —Resoplo y me llevo las manos a la cara.

Genial, justo lo que necesitaba para rematar mi carrera profesional. Tengo que actualizar el currículum sin falta antes de que el señor Windsor me eche a patadas.

—Hiciste bien —comenta Oliver, y mis ojos se abren de par en par ante su inesperada respuesta—.

Esa fue una de las razones por las que nosotros dejamos la discográfica.

Trabajar en Queensland era un sueño hecho realidad, pero con el tiempo descubres que la pasión se esfuma cuando te pasas el día intentando convertir a adolescentes repelentes en la próxima gran promesa del pop.

Al final, solo sirves para inflar el ego de personajes sin talento y llenarles los bolsillos a los cuatro jefazos de turno.

—¡Guau! —exclamo perpleja por la firmeza de sus palabras—. No podría haberlo expresado mejor.

—¿Y no te han dado la patada? Tengo entendido que la nueva «estrellita» —matiza Liz entrecomillando con los dedos— es la sobrina del señor Windsor.

—Casi. Me dieron un premio de consolación y un aviso amable de que no lo volviera a hacer. Por eso estoy tomándome unas semanas de descanso.

Liz y Oliver intercambian un gesto cómplice.

—Te han dicho que estás muy estresada, ¿verdad? Que necesitas unos días de vacaciones y que, después, hagas trabajo de campo buscando artistas por los pubs …

—¿Cómo…? ¿Cómo sabes eso?

—Seguro que añadió que no tenías de qué preocuparte, que no era una degradación profesional. Solo una tarea temporal para que volvieras a recuperar la pasión por tu trabajo.

¿Estaba Oliver escondido en el despacho de mi jefe y he sufrido una conmoción cerebral? Porque no lo recuerdo.

—En serio, ¿qué me estoy perdiendo?

Liz y Oliver se ríen al unísono, pero enseguida suavizan la efusividad cuando ven que en mi cara no se refleja un atisbo de gracia.

—Perdona, Aisling. Nos reímos porque es justo lo que nos pasó a nosotros meses antes de marcharnos de allí —explica Oliver y mi mente sigue tratando de encajar las piezas.

—No sé si recuerdas a Axel, aquel cantante de folk pop al que intentamos impulsar. Quizá te suene su nombre porque lleva un par de meses sonando en todas las emisoras de radio.

¿Que si me suena? Llevo semanas persiguiéndolo... Es como un fantasma que se desvanece cada vez que intento dar con él en algún concierto. Pero… espera.

—¿Él llegó a estar en la cartera de Queensland?

—No, no llegó a estar porque así lo decidieron desde arriba. Tanto Oliver como yo vimos mucho futuro y apostamos por él. Pero los jefazos dijeron que solo había pasta para una influencer de TikTok que se creía una copia de Rosalía con sus versiones baratas de trap urbano.

—Pues ha resultado ser un bluf, al menos en ese mundillo. Lo último que sé es que participó en la última edición de Love Island .

—Tenía que encontrar su sitio y no era precisamente en la música…

Nos carcajeamos y Oliver continúa:

—Le propusimos a Axel que, si tenía paciencia, cuando montáramos nuestra propia empresa, lo ficharíamos como nuestro primer cliente. Aceptó y la paciencia ha dado sus frutos. Ahí lo tienes.

—¿En serio? Pues parece que tiene mucho talento. Lo raro es que haya tardado tanto en triunfar…

—Es bastante humilde y lleva un par de años lidiando con una situación personal compleja. De no ser por eso, ahora estaría en lo más alto del Official Singles Chart de Reino Unido y hasta del Billboard americano.

La pareja sonríe orgullosa del trabajo realizado y no puedo evitar sentir cierta envidia de cómo han conseguido reconducir sus carreras sin renunciar a sus sueños.

Pienso también en la historia de ese desconocido y en cómo ha logrado, de la nada, abrirse camino y triunfar en un mundo tan hostil como el nuestro.

—Me alegro de verdad por vosotros, se os ve muy felices.

—Aisling, lo que queremos decir es que nosotros estuvimos en tu lugar. Nos dijeron que debíamos volver a recuperar la pasión por nuestro trabajo, degradándonos de posición —explica Oliver y remato el puzle de mil piezas cuando Liz continúa dando sentido a la historia.

—Es su estrategia: quitar de en medio por una temporada a quien no sigue a pies juntillas las órdenes de arriba.

Te hacen dudar de tu valía, de tu pasión y se sirven de ello como castigo para que no repitas el error de nuevo.

Y con ese juego sucio, hemos visto tirar la toalla a multitud de compañeros, abandonando así la industria musical para siempre.

Me cruzo de brazos y siento cómo mi mandíbula se tensa. Me siento engañada. Manipulada. Todo lo que dicen cobra sentido en mi cabeza. Estoy convencida de que en esos cursos de liderazgo a los que envían a los ejecutivos durante semanas no aprenden otra cosa más que ese tipo de sucias estratagemas.

¡Serán capullos!

Oliver me tiende una tarjeta, me dedica una sonrisa cargada de esperanza y me da una palmada en el brazo.

—No te vamos a engañar, lo nuestro no ha sido un camino de rosas. Nos hemos matado para construir nuestra empresa desde cero. Pero lo más importante es que somos leales a nuestros principios y llevamos la cabeza bien alta con todo lo que hemos conseguido.

—Nos hace falta gente como tú en la agencia —indica Liz, acercándose más hacia mí—. Tómate tu tiempo y llámanos cuando decidas qué hacer con la discográfica. Te estaremos esperando.