7
¡Hogar, dulce hogar!
—¡M ierda! ¡Mierda, mierda y mierda!
Llevo veinticuatro horas maldiciéndome a mí misma. Ayer me levanté por la mañana y, con la resaca que llevaba, no se me ocurrió otra cosa que pegarme una larga ducha caliente, borrando de un plumazo la mitad del teléfono de McKenzie y mi única oportunidad de volverlo a ver.
¿Cómo puedo ser tan estúpida? No tengo remedio.
Como último resquicio, me aferro a las palabras de Kirenia, que opina que, si el karma así lo desea, estaremos predestinados a encontrarnos de nuevo. Le agradezco que sea tan positiva, pero con la mala suerte que me persigue últimamente, dudo que esto se haga realidad.
Esta mañana me he despedido de ella con pena.
No porque vaya a echar de menos oler como un templo balinés.
A decir verdad, eso es lo que más agradezco.
El intenso aroma a incienso se me estaba metiendo hasta las entrañas y ya no podía prolongar mi tiempo en su casa ni un minuto más.
Aun así, reconozco que echaré de menos su cercanía y sus abrazos de oso.
Estos días han sido reparadores y, aunque jamás lo reconoceré delante de ella, sus sesiones de meditación me han hecho reconciliarme conmigo misma un poquito más.
Acabo de aterrizar en Cork. Sarah me espera con el coche para pasar unos días de descanso en casa. Y digo descansar, por decir algo, porque todos sabemos que pasar unos días en familia siempre viene acompañado de algún drama innecesario.
¡Hogar, dulce hogar!
—¿Quién es mi hermana mayor favorita? —le grito desde dentro de la terminal, sabiendo que la estoy dejando en vergüenza ante el resto de los pasajeros que llegan en el mismo vuelo que yo.
Me abraza unos segundos y después se aparta. Me quedo enganchada a ella un instante más de lo habitual, un detalle que nota enseguida al dedicarme una mirada cálida.
—Solo tienes una hermana mayor, así que no hay más donde elegir, petarda.
—¿Quién sabe? Después de lo que descubrimos el año pasado con James, cualquiera se fía de lo que nos depare esta Navidad.
—Calla, no me lo recuerdes. Han pasado meses y todavía pienso que sigue siendo una broma del destino.
Según salimos del edificio, ya percibo la humedad del clima irlandés colándose por los poros de mi piel. La mayor parte de la gente piensa que el tiempo aquí es similar al de Inglaterra, pero este país tiene tantas peculiaridades que me hacen sentir enseguida en casa.
Esbozo una sonrisa melancólica y salimos del aeropuerto mientras Sarah me cuenta los últimos cotilleos del pueblo. No es algo que eche de menos, aunque los vecinos de Middleton son como esa gran familia a la que, a pesar de tener tus desavenencias, no puedes dejar de visitar cada Navidad.
Voy sumida en un inquietante silencio que mi hermana percibe en cuanto mi pierna no para de repiquetear contra el suelo. Posa su mano en mi rodilla para tratar de tranquilizarme e inhalo todo el oxígeno que puedo para asimilar lo que me espera en casa.
Siempre he sido la más risueña de las tres hermanas. Intento encontrar la parte positiva de la vida, incluso en los días de mierda. Aun así, me voy dando cuenta de que los últimos meses he fingido más de lo que mi cuerpo podía soportar.
Lo hago con todo el mundo menos con mi hermana, porque me conoce tanto que soy incapaz de simular una sonrisa falsa ante ella.
Agradezco tenerla más cerca de casa. Después de una década en Nueva York, Sarah decidió volver a principios de año, y ahora siento lo mismo que ella: vayamos donde vayamos, este siempre será nuestro lugar.
—¿Tomamos un café? —dice, más como una orden que como una sugerencia.
Es consciente de que necesito hablar antes de llegar a Middleton y darme de bruces con la realidad.
Siempre hemos tenido esa complicidad, a pesar de llevarnos cuatro años de diferencia.
Así que, sin dudarlo, se desvía por una carretera secundaria, tras bordear la ciudad de Cork, para llegar a un pequeño pueblo costero donde aparca en una explanada junto al mar.
Mi hermana pide dos lattes para llevar, con sirope de calabaza especiada y nata montada, en un foodtruck cercano. Se nota que Halloween está a la vuelta de la esquina, aunque en Irlanda somos más de celebrar Samhain, el verdadero origen de la fiesta que se ha popularizado por el mundo entero.
Me tiende uno de los cafés y nos sentamos en un banco de piedra, con la brisa del mar acariciándonos el rostro. Sumidas en una calma incierta, contemplo a lo lejos la línea donde el cielo se funde con el mar, justo donde parece a punto de desatarse una tormenta.
Las olas se agitan desacompasadas, como si comprendieran el caos mental que llevo dentro. Trato de mantenerme entera, pero un repentino nudo en la garganta me traiciona.
Ya no tengo escapatoria. No puedo soportarlo más. Las lágrimas comienzan a brotar a raudales, ignorando cualquier intento por retenerlas.
—Ash, ¿qué te pasa, cariño? —Me envuelve con sus brazos para apoyarme en su pecho.
Soy incapaz de pronunciar una palabra. No había vuelto a derramar una lágrima desde el último día del festival, cuando dejé todas mis penas en aquella colina. Parecían haberse enquistado, y ahora las muy perras se niegan a abandonarme.
Y no hay duda del motivo: ni mis hermanas ni mi abuela saben nada de lo que ha pasado estas últimas semanas.
Intuyen que no estoy en mi mejor momento con Riley, pero ni siquiera conocen que su última infidelidad provocó que dinamitara toda mi vida por los aires y que ahora me encuentro más perdida que un violín clásico en un concierto de David Guetta.
Ha llegado el momento de la verdad, así que vomito todo a bocajarro mientras mi hermana me mira ojiplática.
Le cuento lo de Starlin, lo del trío en la caravana, mi promesa de no volver a involucrarme emocionalmente con ningún cantante, mi nueva tarea profesional y las dos semanas que parece que haya estado en una nube de marihuana respirando incienso en el apartamento de Kirenia.
No puedo evitar encontrarle el lado irónico a todo lo ocurrido y, aunque solo hayan pasado unas semanas, me sorprende ser capaz de hablar de ello casi como si fuera una comedia, en lugar del desastre que fue.
Mi hermana no para de reírse y le dedico una mirada llena de desdén que dura pocos segundos, porque enseguida me sumo a sus carcajadas.
—Vale, ya está. Ya lo sabes todo. Ahora es el momento en el que me dices «te lo dije».
—Jamás te diría eso, Ash. —Pasa el dedo pulgar por mi mejilla para secarme el lagrimal.
—¿Qué has hecho con mi hermana? La Sarah que vivía en Nueva York hace un año, me lo habría tatuado en el culo y en la frente para que lo viera todas las mañanas frente al espejo.
—¡Eso no es verdad! —Se indigna y levanta los brazos—. Aunque he de confesar que la Sarah de hace un año te echó alguna que otra bronca de la que ahora me arrepiento.
—¡Guau! Sí que te ha cambiado la vida volver a Middleton. ¿Es el aire puro que se respira aquí o el whisky de la destilería local que te hace beber para olvidar? —pregunto con curiosidad, fingiendo una mueca de sabiduría absoluta.
Bebe el último sorbo de café, se moja los labios y se toma unos instantes antes de confesar:
—La abuela me dijo algo el año pasado que me hizo reflexionar.
—Esa anciana adorable debería haberse dedicado a ser pitonisa, en lugar de pastelera —admito, pensando en ese sexto sentido suyo del que siempre ha presumido.
—Me aconsejó que dejara de ser tan protectora con vosotras dos; que teníais que equivocaros para que aprendierais de los errores de la vida.
—Siempre ha sido medio bruja… —frunzo el morro mientras asiento lentamente en señal de conformidad.
—Cuando te vi salir del baño del Gallagher's con aquel cantante de country la Nochebuena pasada, pensaba que estabas cometiendo el peor error de tu vida.
—Sarah, respecto a aquello… —la interrumpo, echando la vista atrás—, nunca te hablé de lo que pasó en realidad.
—No me digas que no echasteis un polvo en el baño, porque escuché con demasiada claridad los gemidos de cierto macho alfa que todavía me persiguen en mis pesadillas por la noche.
Clavo los ojos en el suelo y retengo el aliento.
—Me acababa de enterar de que Riley me había sido infiel, por primera vez, días después de haber enterrado al abuelo —hago una pausa—.
En uno de los momentos más tristes de mi vida, mi prometido me la estaba pegando con otra en nuestra cama.
Estaba tan cabreada que aquella noche bebí para olvidar.
Tanto que acabé con aquel melenudo en el servicio.
Mi hermana dibuja una mueca de compasión y posa la mano en mi brazo en señal de consuelo.
—¿Por qué no me lo contaste?
—Porque no quería que me echaras el sermón.
—La miro de reojo para descubrir una expresión de decepción en su gesto—.
Sarah, yo no soy el tipo de persona que engaña a su pareja.
Jamás lo habría hecho. Es más, me arrepentí en el mismo instante y, en cuanto volví, se lo conté todo a Riley.
Tuvimos una bronca monumental, que estoy segura de que nos oyeron hasta en Manchester, pero después lo arreglamos y todo parecía ir bien…
Hasta que este verano, mientras él estaba de gira por Estados Unidos, me engañó otra vez.
—Será hijo de…
—Da igual, ya no importa nada. Si la primera vez me engaña, la culpa es suya; si lo hace dos veces, la culpa es mía. Y la tercera ya ni te cuento… —Pongo los ojos en blanco y me golpeo la frente—. Aunque lo peor de todo es que yo lo sabía. He sido una imbécil todo este tiempo.
—No eches más leña al fuego. Tú vales demasiado como para entregarle así tu corazón a nadie. Estoy segura de que alguien que te merece te está esperando a la vuelta de la esquina —me sonríe y me envuelve en un cálido abrazo.
—¡Ah, no! ¡No, no y no! Ya he tropezado varias veces con la misma piedra. Me declaro en huelga de hombres de manera indefinida, y mucho menos de cantantes. Es ver una guitarra y salir corriendo por patas.
Solo de pensarlo me entran náuseas. Sacudo la cabeza al levantarnos del banco para regresar al coche.
—¡No seas dramática, Ash! De hecho, quería presentarte a un amigo de Aiden. Es cantautor y suele venir mucho al pub . Es un auténtico amor y seguro que hacéis buena pareja.
—¡Na-na-na-na-nahhh! —Me tapo los oídos y finjo no escucharla al canturrear en voz alta. Ella se parte de risa con mi reacción.
Sarah sigue hablando a mi espalda y una sonrisa se dibuja en mi cara. Necesitaba a mi hermana. Necesitaba volver a casa.