Una canción irlandesa (Hermanas O’Hara 2) 6
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El Red Lion

K irenia teletrabaja dando clases de yoga online y, un par de días a la semana, se desplaza hasta la casa de alguna mujer de mediana edad con pasta, que le paga lo suficiente como para vivir el resto de su vida con las pocas comodidades que se permite.

Así que esta semana he aprovechado para explorar Edimburgo y sus alrededores sola mientras ella atiende sus obligaciones.

El pasado fin de semana estuvimos en las Tierras Altas y en el lago Ness, donde visitamos las ruinas del castillo de Urquhart, además de las vacas con flequillo tan propias de la zona.

Y, hablando de animales, todos los días practicamos la postura del gato feliz, la del perro boca abajo y otras tantas torturas espirituales.

Hemos abrazado tantos árboles que creo que ya me he reconciliado con la Madre Tierra para tres vidas enteras.

Echaba de menos a mi amiga y no sabía cuánto necesitaba este viaje hasta que contemplé la panorámica de la ciudad desde lo alto de Calton Hill, uno de sus puntos más emblemáticos.

Además de visitar el castillo, he descubierto la pintoresca área residencial de Dean Village, he paseado entre las tumbas del cementerio de Greyfriars y he recorrido la Royal Mile de punta a punta para perderme por los pasillos del Palacio de Holyrood, la residencia estival de la Casa Real británica.

Aunque todavía quedan un par de meses para la Navidad, las calles ya se encuentran engalanadas con luces y motivos festivos, que embellecen aún más la ciudad para acoger a locales y turistas provenientes de todas partes.

Lo mismo pasa con Middleton. A estas alturas, ya habrán inaugurado la campaña navideña con el alumbrado oficial de mediados de octubre.

En un par de días volaré a Cork para visitar a mi familia y asistir al festival de jazz de la ciudad que se celebra por estas fechas.

Aunque esté de vacaciones, no me he olvidado de la nueva tarea que me han asignado, así que he repasado la agenda de los pubs para esta noche y he apuntado un par de conciertos de música en directo que me apetece escuchar.

De hoy no pasa que vea al cantautor Axel.

Me lo perdí en el festival de Cornualles y he tenido la suerte de comprobar que actúa en uno de los bares de la ciudad antigua.

Así que aquí estoy, intentando entrar en calor con una pinta de Murphy’s, mientras espero a que Kirenia acabe su clase de yoga para que se una a tomar una copa.

—Perdona —le pregunto a uno de los camareros que sirve una sidra detrás de la barra—, ¿sabes a qué hora empieza el concierto?

—A las nueve.

—Ah, tenía entendido que era a las siete.

—Eso suele ser entre semana. Hoy es sábado.

—Perfecto, gracias.

Atisbo a Kirenia a lo lejos y le hago un ademán con la mano para que se acerque.

Nos movemos hacia una mesa y pedimos un agua con gas para ella.

Con lo fiestera que era en su día y ahora casi ni toca el alcohol, salvo algún whisky local que se da el lujo de probar de vez en cuando. A eso no le hace ascos, la muy pájara.

Nos reímos, recordamos anécdotas del pasado y el tiempo pasa volando. Estoy un poco confundida con el concierto, porque son cerca de las nueve y hay una mujer de mediana edad afinando su arpa para actuar en unos minutos.

¿Serán las tres pintas de más que llevo o es que toda esta ciudad se ha unido en secreto para hacerme la vida imposible?

Respiro hondo y me recuerdo que he venido aquí de vacaciones para relajarme.

Si sigo frunciendo el ceño más veces de las necesarias, mi amiga me someterá a otras tantas sesiones de mindfulness hasta que coja el avión de vuelta.

—No lo entiendo. Es la segunda vez que intento venir a un concierto de este artista y, por una cosa o la otra, siempre me lo pierdo.

—¿Dónde has visto la programación? —me pregunta y le enseño el post de Instagram donde he revisado la agenda de conciertos. En él solo se muestra una guitarra de folk junto a las botas del cantante.

—Qué raro, es verdad, pone a las siete. —Se detiene en seco—. ¡Oh!, pero espera. Es en el Red Lion.

—Pues eso, en el pub del león rojo, donde estamos.

—No, Ash. Este es el Red Lion II, el otro es el original y está a un par de manzanas de aquí.

—Oh, joder —me lamento—, ¿por qué diablos se tienen que llamar igual?

—No te preocupes, voy a pagar y en cinco minutos estamos allí. A ver si con suerte todavía no ha acabado el concierto.

Nos apresuramos hacia el nuevo bar y, cuando llegamos, comprobamos que, en efecto, ha terminado. ¡Maldita suerte la mía!

Aun así, decidimos quedarnos. Creo que ya he bebido demasiado por esta noche y la vista se me empieza a nublar, pero necesito ir al baño y todavía tardaremos más de una hora en llegar a su casa, hasta que venga a recogernos nuestro Uber.

Dejo a Kirenia en la barra y me dirijo al servicio para ponerme en la cola.

Cinco mujeres están esperando con paciencia, mientras el baño de hombres parece estar vacío.

Una pierde la vergüenza cuando necesita vaciar la vejiga.

De no ser así, me mearía encima, que sería peor.

Viendo que todas prefieren esperar, entro directa al de hombres, hasta que me doy de bruces con un pectoral y me quedo unos segundos intentando identificar a quién pertenece.

—¿Aisling?

—¿McKenzie? ¿McKenzie a secas? ¿Qué…? ¿Qué haces tú aquí?

—Lo mismo digo. ¡Qué casualidad!

Esboza una sonrisa preciosa y, a pesar de la oscuridad del local y de lo achispada que voy, reconozco cómo sus ojos verdes me atraviesan con intensidad.

—Al final te hice caso y vine a visitar a una amiga —comento rememorando nuestra conversación sobre Escocia.

—Espero que te hayas enamorado de mi segunda tierra.

—Es una belleza —respondo, y no me refiero solo a los paisajes.

—Ya lo creo —coincide con una voz ronca—. Veo que, además, te ha devuelto la sonrisa.

—¿Qué quieres decir?

—Cuando nos vimos la primera vez, noté demasiada tristeza en tus ojos. Y me gusta saber que, pasara lo que pasase entonces, nadie ha conseguido llevarse esa luz.

Sus labios se curvan en un gesto ladeado y por mi mente desfilan escenas de aquella tarde.

—Sucedieron demasiadas cosas que me costará tiempo olvidar, pero siempre encuentro motivos para seguir adelante.

Nos sostenemos la mirada y percibo cómo su aroma me envuelve. Sus ojos descienden con una lentitud peligrosa desde los míos hasta mi boca. No sé si será por las cervezas que llevo encima, pero siento un irrefrenable impulso de lanzarme a besarlo.

«Contrólate, Aisling. Habíamos dicho que no más hombres por el momento».

Un leve carraspeo nos interrumpe a nuestro lado y no nos damos cuenta de que estamos bloqueando la puerta de los baños.

Salvada por la campana.

Nos apartamos hacia un lado para dejar pasar al hombre y me doy cuenta de repente:

—Por cierto, me quedé con tu camisa. Te olvidaste de ella cuando te fuiste corriendo.

—Lo siento, me llamaron por un tema familiar. No te preocupes, te la puedes quedar como un souvenir de un amigo medio escocés.

—No, insisto. De hecho, la he traído a Edimburgo, te la podría devolver. ¿Hasta cuándo te quedas?

No entiendo cómo ha salido eso de mi boca.

Parezco desesperada y me muero de vergüenza en cuanto me doy cuenta.

Pero lo cierto es que su camisa fue un buen recuerdo de un día de mierda.

Como un oasis en medio del desierto que me recordó que, incluso con el calor más asfixiante, siempre hay un rincón donde ponerse a la sombra.

—Me voy esta misma noche, tengo un evento benéfico mañana a primera hora en Inverness. ¿Hasta cuándo te quedas tú?

—Pasado mañana cojo el vuelo de vuelta.

Traga saliva y el silencio se vuelve casi tangible entre nosotros. Ninguno de los dos quiere que se acabe esta noche, pero no encontramos las palabras adecuadas para confesárselo al otro. Al fin y al cabo, solo somos dos desconocidos que apenas han intercambiado un par de palabras.

—Vale, hacemos una cosa. Tengo el móvil sin batería, pero puedes apuntar mi número y vemos la forma de vernos de nuevo… —se corta a sí mismo—, quiero decir que me devuelvas la camisa, aunque ya te he dicho que no hace falta.

Se atusa el pelo con un deje nervioso. Aun así, me dedica una mirada esperanzada.

—Oh, mierda, también he dejado el bolso donde mi amiga.

Él desvía la mirada a las mujeres que siguen esperando en fila india su turno para el baño. ¿Cómo puede ser que siempre tardemos tanto?

—¿Alguna tiene un boli?

La más cercana nos ofrece el suyo y McKenzie me apunta su número en el brazo.

—No te vayas todavía. Dame un segundo, necesito ir al servicio con urgencia o me lo haré encima.

Se ríe y asiente mientras entro en el cubículo y, en menos de un minuto, ya he evacuado por completo.

—¿Lo ves? No he tardado tanto —digo al salir, pero me doy cuenta de que no hay nadie donde lo había dejado.

Pregunto a las chicas que hacen cola y me dicen que parece que se ha ido con alguien más. Con un gesto de inquietud, bajo las escaleras y echo un vistazo rápido por todo el local. Me empieza a entrar el pánico porque no ha dejado ni rastro. Otra vez.

Kirenia me saluda desde lejos con la mano y, al volver a nuestra mesa, le explico lo sucedido. Ninguna de las dos logra dar con él durante la siguiente media hora. Pero esta vez tengo su número apuntado y estoy segura de que pronto nos volveremos a ver.