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Alinear los chakras
N o hace ni dos días que salí del despacho de mis jefes con una nueva «oferta de trabajo».
Aún no me puedo creer que después de todo lo que sucedió en el festival no me pusieran de patitas en la calle.
Mi primer pensamiento fue llamar a mis hermanas, pero Sarah se encuentra de viaje en Barcelona, haciendo un reportaje fotográfico, y Siobhan está al cargo del Gallagher’s mientras su jefe, Aiden —el novio de Sarah— comienza las obras del nuevo restaurante que abrirá en unos meses en las afueras de Cork.
Mi abuela, aunque lleve años jubilada de su pastelería, se involucra en todas las actividades sociales y culturales que se organizan en Middleton y tiene la agenda más ocupada que el primer ministro británico.
No quise preocuparlas más de lo necesario. Bastante tienen ya con sus vidas, por lo que decidí aprovechar el tiempo redactando una lista de prioridades y organizando un plan para los próximos meses.
Hasta que apareció mi amiga Kirenia en una conversación telefónica y, entre copa y copa de vino, nos vinimos tan arriba que acabé comprando un billete de avión para pasar un par de semanas con ella.
Así que aquí estoy, esperando con ansia la maleta en el vestíbulo de llegadas del aeropuerto de Edimburgo, mientras llamo a mi amiga, que debe de estar ya en la salida.
—¡Pero bueno! ¡Mira quién está aquí! Mi irlandesa favorita, el alma gemela de mi otra vida, mi luz interior… ¡El octavo chakra de mi alma!
Desde que volvió de su retiro espiritual en Goa, es incapaz de decir una frase sin que suene a mantra.
—¡¡Kireee!! Cómo te he echado de menos estos meses. No sé cómo he podido sobrevivir sin ti en esa ciudad despiadada.
—Ya te dije que vinieras conmigo a la India. No sabes cómo me ha cambiado la vida desde que volví. Soy una persona renovada. Debería haberlo hecho hace mucho tiempo.
—Cuánto me alegro por ti, de verdad. Se notaba que la ciudad te estaba consumiendo.
Para qué engañarnos, cuando te mudas al centro de cualquier gran ciudad como Londres, al principio la vida es de color de rosa.
La oferta cultural, los grandes conciertos, las grandes superficies comerciales, los museos…
Sin embargo, después de un tiempo, el ritmo frenético te puede llegar a enfermar hasta un nivel insospechado.
—Y por lo que veo, tú estás llevando el mismito camino que yo —comenta, como si pudiera leerme la mente.
Cierro los ojos y dejo escapar un suspiro cuando salimos del aparcamiento del aeropuerto para dirigirnos hacia su nueva casa.
—Digamos que, desde que tú te fuiste, todo ha ido cuesta abajo y sin frenos.
Kirenia desvía un instante la vista de la carretera para mirarme con gesto de pena y posa su mano en mi hombro para intentar consolarme.
—Permíteme decirte que cuando yo me marché, ya no estabas en tu mejor momento. Y la culpa de todo la tiene un roquero sinvergüenza e infiel. Lo siento, cariño, pero desde que os prometisteis el año pasado ya me saltaron todas las alarmas. Estaba claro que él no era el yin para tu yang .
A todo el mundo le saltaron las alarmas. Había luces de neón, sirenas ensordecedoras y señales de evacuación del tamaño de un camión. Y yo simplemente decidí seguir la diminuta luz de emergencia.
—Parece que yo era la única que no se había dado cuenta —admito, cabizbaja, observando las hileras de casas de ladrillo visto mientras atravesamos los suburbios de la ciudad.
—Tranquila, que ese capítulo de tu vida ya está muerto y enterrado. Ahora que estamos aquí, te vamos a buscar un highlander buenorro que te cure las penas.
En cuanto lo menciona, me viene a la mente McKenzie, el chico que conocí en Cornualles.
Reconozco que he pensado en él más veces de las que me gustaría admitir, aunque, siendo realista, se trata de esas personas que pasan de manera fugaz por tu vida y no vuelves a ver nunca más.
Solo sé cómo se llama y que tiene unos preciosos ojos esmeralda que dudo volver a encontrar.
He de confesar que intenté buscarlo en mis redes sociales y en Google, pero con solo escribir «McKenzie» aparecieron más de siete millones y medio de resultados.
¿Qué podría esperar de un apellido tan popular?
—No, por favor. No sé si estoy preparada ahora mismo para ninguna relación. Ni siquiera para un mísero rollo de una noche. Pero eso sí, te juro, como que me llamo Aisling O’Hara, que jamás volveré a estar con ningún cantante ni con nadie que tenga algo que ver con el mundo de la música.
—Eso está por ver…
Mi amiga se ríe, sube el volumen de la música y menea su cuerpo mientras conduce. Con su sola presencia, mi estado de ánimo comienza a mejorar. No me había dado cuenta de cuánto necesitaba unas vacaciones y una mano amiga para aligerar la tensión de mi cuerpo.
En poco más de media hora, llegamos a Portobello, el barrio de Edimburgo donde ha establecido su nueva residencia. Conserva el ambiente de un pequeño pueblo costero, apenas a unas millas del bullicio de la gran ciudad. La tranquilidad que se respira en el lugar invita a mudarse sin dudarlo.
Subimos las escaleras de casa y, en cuanto abre la puerta principal, junta las palmas de las manos delante de su pecho para invitarme a pasar.
—Bienvenida a mi pequeño templo budista.
«O al espacio cargado con demasiados cojines y velas aromáticas», pienso al realizar un recorrido visual desde la entrada.
—Me encanta, es muy… muy tuyo —sonrío, pero de repente empiezo a toser cuando el intenso aroma del incienso se me cuela hasta la laringe.
—Tranquila, ya te acostumbrarás. Puede que incluso te quieras mudar y acabemos compartiendo piso de nuevo.
Entramos al salón y puedo comprobar cómo todo el apartamento respira un minimalismo zen.
Paredes blancas que susurran paz y tranquilidad, varios cuadros con la imagen de Buda que me observan como si estuvieran examinando mi karma, y una amplia variedad de mandalas colgadas en las dos habitaciones principales.
Vamos, el lugar perfecto para una sesión de meditación o para un club privado de marihuana.
—Ponte cómoda, que te traigo un té para que comiences a sentirte como en casa.
—Pensaba que llevabas más tiempo en este piso —le pregunto sorprendida mientras me siento en uno de los tres millones de cojines mullidos esparcidos por el suelo—. ¿Todavía no te ha dado tiempo a comprarte un sofá?
—Qué tonta eres, Ash. Echaba de menos tus ocurrencias —se carcajea y deposita sobre la mesa dos tés de hierbas tibetanas cuyo aroma me transporta directamente al hogar del mismísimo Dalái Lama—.
Una de las cosas que aprendí durante mi viaje a la India fue a desprenderme de todo lo material.
La mayor parte del tiempo compramos cosas para llenar el vacío que sentimos por dentro.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con la mujer que llegaba todas las semanas a casa cargada de ropa y zapatos nuevos?
Ignora mi comentario y me examina con los ojos achinados, como si fuera mi optometrista a punto de recetarme unas gafas nuevas.
—Necesitas una buena cura de cuerpo y alma, así que esta semana vamos a aprovechar para limpiar tu aura, que está más gris que el hollín de la chimenea de Mary Poppins.
Abre los brazos, como si estuviera abrazando al universo y tuviera todas las respuestas que ofrecer.
Yo solo quería venir a visitar a mi amiga en Escocia y resulta que me la han cambiado por una vendedora de la teletienda con remedios holísticos para abrir chakras y alcanzar el Nirvana antes de la cena.
—Claro, estoy en tus manos.
Total, en este punto de mi vida ya no tengo nada que perder.
—Cierra los ojos y deja que mi voz te lleve a un lugar sin estrellas de rock infieles ni jefes autoritarios —susurra con un hilo de voz.
—Kire, eso no me está ayudando a desconectar.
Abro un ojo, pero parece que ella ya ha traspasado a otra dimensión espacio-tiempo, así que me encojo de hombros y la dejo continuar.
—Shhh, repite conmigo: todo fluye, todo llega, todo pasa.
—Todo fluye, todo llega, todo pasa —reitero, como si fuera una fórmula capaz de acabar por arte de magia con todos los males del mundo.
En realidad, estoy tan cansada que actúo en piloto automático. Empiezo a bajar revoluciones. Mi cuerpo se destensa tan rápido que apenas me doy cuenta hasta que uno de mis propios ronquidos me despierta de golpe.
—Bien, mi querida alumna aventajada, creo que por hoy ya hemos terminado. Vamos a cenar un ramen con tofu y después nos pondremos a pintar mandalas para que los colores hagan magia con tu estrés.
—No creo que funcione, pero hemos venido a jugar, así que haz conmigo lo que quieras.
—Mujer de poca fe. A las malas, siempre nos quedarán el chocolate y un buen whisky escocés —concluye.