Una canción irlandesa (Hermanas O’Hara 2) 4
15%

4

Trabajo de campo

H ace casi una semana que volví de Cornualles.

Después de un mes tan intenso, la discográfica nos concede unos días libres para compensar todas las horas extras que conlleva la organización del festival.

No he sabido todavía nada de mis jefes. A estas alturas, creía que ya habría recibido un burofax oficial con mi despido, aunque los ingleses son tan cordiales que no me extrañaría que el mensaje en el que me citan para acudir al despacho del director general el lunes a primera hora sea para echarme la bronca del siglo y hacerlo todo más formal.

Apenas me he levantado del sofá en el ático que comparto con Riley.

Bueno, para qué engañarnos, estoy de ocupa en su apartamento, porque solo a mí se me ocurre la maravillosa idea de comprometerme con un hombre y, meses después, aceptar su propuesta de mudarnos juntos, más por necesidad que por deseo.

Era, sin duda, un paso lógico en una pareja que tenía futuros planes de boda, aunque yo no lo vi tan claro al principio. Los desorbitados precios de los pisos me dieron un empujoncito final y aparecí un día con el triple de cajas de las que había cuando llegué de Irlanda.

La convivencia fue un completo desastre durante las primeras semanas —otra red flag que decidí obviar con total libertad—, pero Riley viajaba tanto por trabajo que rara vez coincidíamos.

Pasaba la mayor parte de los días sola y me habitué a tener todo el apartamento para mí, evitando así más discusiones innecesarias.

Por fortuna, le ha salido una actuación de última hora en el extranjero —qué conveniente—, así que estará la mayor parte del mes fuera de casa, tiempo durante el cual tendré que volver a empaquetar todos mis enseres personales y buscar otro cuchitril en esta masificada ciudad.

Llevo siete días frente a la tele, con la única compañía de una tarrina de helado de cookies and cream y un reality en el que varios famosos sobreviven en una isla desierta. Entre programa y programa, veo en Instagram las fotos de desconocidos que parecen mucho más felices que yo.

¿Debería estar haciendo las maletas? Sí. ¿Debería estar buscando un nuevo piso antes de acabar durmiendo bajo el Tower Bridge? También.

Pero ahora solo quiero irme a dormir. Con todo el azúcar que llevo en el cuerpo, al menos espero estar medianamente decente para la reunión de mañana a las nueve.

No las tenía todas conmigo y, contra todo pronóstico, el lector de tarjetas de Queensland Records ha aceptado mi pase con éxito. Lo que significa que o bien no me han despedido oficialmente o bien alguien no ha hecho su trabajo y acabará de patitas en la calle junto a mí.

Subo hasta la séptima planta y, en cuanto las puertas del ascensor se abren, todos los presentes se giran hacia mí, como si fuera la villana de la película y no una víctima colateral más de toda esta parafernalia que se mueve en la industria musical.

Mientras los cuchicheos se suceden al fondo, Timmy se acerca con las orejas gachas y una expresión temerosa, como si estuviera esquivando balas.

—Buenos días, je-jefa.

—No por mucho tiempo —ironizo.

—No te he traído-do café porque no sabría si-si vendrías.

—Ya somos dos… —Me detengo un momento frente a él, le cojo de los hombros y le suelto con convicción—: Timmy, pase lo que pase ahí dentro, solo quiero que sepas que tienes un gran futuro en la discográfica. Que nadie diluya tus sueños como un azucarillo en un café.

—Ese que claramente no has to-tomado —se atreve a bromear, perplejo ante mi discurso motivacional.

—Lo digo en serio. Sé tú mismo, trabaja duro y llegarás lejos, pero nunca dejes que nadie pisotee tus principios. La gente como nosotros vale demasiado para que nos tomen el pelo de esta manera.

—¿Tengo que apuntar esto también en la libreta?

Resoplo y un mechón de pelo vuela a su libre albedrío.

—No, Timmy. Es un consejo de la vida, no un procedimiento de manual que tengas que aprender de memoria. Hay muchas cosas que no están escritas. Solo tienes que seguir tu instinto.

—Me queda cla-claro, pero lo apuntaré igualmente en la libreta.

Lo dejo divagando de fondo y me planto frente a la puerta del director general, toco con los nudillos y resuena un firme «adelante». Las piernas empiezan a temblarme.

—¿Puedo pasar?

—Tome asiento, por favor —ordena mi jefe directo, sentado junto al director.

Ambos tienen cara de pocos amigos y solo deseo acabar con todo este teatrillo para volver a casa y saber lo que pasará entre Stacey y Jordan en el siguiente capítulo de Love Island .

—Bien, la hemos citado aquí para hablar de… —carraspea y se recoloca en la silla—, del incidente ocurrido con la señorita Starlin en el festival de Cornualles.

¡Ja! «Incidente», dice. Incidente es cuando salgo de la peluquería y un coche me salpica con un charco, destrozándome mi nuevo look .

O cuando mi abuela se pasa con el licor de Baileys en una de sus tartas de café y los ancianos de la residencia alargan su fiesta hasta las tantas de la madrugada.

Quizá cuando se deslizó mi tanga rojo entre las camisetas blancas de Riley haciendo la colada la semana pasada…

Pero lo que pasó en Cornualles fue de todo menos un incidente. Fue algo que debería haber ocurrido hace demasiado tiempo: que alguien pusiera a esa mocosa en su lugar.

—Entiendo. Siento lo ocurrido, no volverá a pasar —miento. Lo repetiría una y mil veces si tuviera una máquina del tiempo.

—No, claro que no va a pasar —toma la palabra el director general—, porque la hemos apartado como su enlace. No volverá a trabajar con ella nunca más.

No podré soportarlo, es probable que esta noche no pueda conciliar el sueño pensando en ello.

—Es totalmente lógico y pido disculpas de nuevo.

Finjo una mueca de desconsuelo y trago saliva. No me lo creo, pero estoy haciendo el papel de mi vida. En serio, ¿podemos acabar con esta agonía ya?

—El señor Windsor ha pedido su cabeza; no quiere que trabaje más para Queensland Records. Starlin ha tenido que empezar sus sesiones de terapia y se perderá los próximos conciertos por una crisis de ansiedad.

Me apiado del pobre terapeuta que tenga que lidiar con la estrellita, porque puede que tenga que pedir también su propia baja por ansiedad.

—Podemos sacar algo positivo de todo esto —afirmo con total convicción.

«¿Pero qué estoy diciendo?», trato de frenarme antes de soltar cualquier barbaridad—.

La generación de cristal destaca por su sensibilidad extrema y su enorme fragilidad emocional, así que si algo bueno le caracteriza es que sea la primera en alzar su voz para hablar de las enfermedades mentales y acudir a terapia. ¡Bravo por Starlin!

«La madre que me parió».

—Visto de esa manera…, no le falta razón —manifiesta mi jefe y ambos se miran con un gesto de conformidad—. Pero eso no quita para que el señor Windsor no quiera que siga aquí.

—Ahora mismo recogeré mis cosas y…

—Señorita O’Hara —me interrumpe—, ¿cuánto tiempo hace que no se toma unas vacaciones?

—Err… —dudo sin saber adónde va esta conversación—, las últimas Navidades me ausenté unos días para el funeral de mi abuelo.

—Esas no fueron vacaciones, sino días de permiso por fallecimiento. Hablo de descansar, de verdad.

—Acabo de tomarme una semana libre.

—Esos días son para compensar todos los fines de semana que ha trabajado durante el verano.

Lleva demasiado estrés encima. Se deja la piel por esta discográfica y venimos a decirle que, después de varias reuniones con el señor Windsor, tanto el director como yo nos hemos jugado el cuello para que le den otra oportunidad.

¿Cómo? ¿Qué acaba de pasar? Yo solo estaba pensando dónde encontrar una caja de cartón —de esas que les dan a los despedidos en las películas americanas— para llevarme mis dos minicactus, y ahora me encuentro con este giro de los acontecimientos.

—No sé qué responder a eso, la verdad. ¿Gracias…?

—Nos sentimos responsables de lo que ha pasado y, por ello, le vamos a hacer una oferta para los próximos meses.

—¿Una oferta? ¿Eso significa que no estoy despedida? —Parpadeo despacio.

Si hay una cámara oculta, que alguien me diga dónde está.

—Quedan tres meses para finales de año y esta es la época en la que menos carga hay en las oficinas, así que queremos que vuelva a lo que hacía en su primer año en la discográfica.

—¿Quiere que vuelva a preparar cafés y sacar fotocopias?

Mi jefe se carcajea, porque sabe que en la oficina suelo ser yo quien contagia el optimismo entre el personal.

Pero prometo que esta vez mi comentario no tiene ni una pizca de gracia.

El director y yo compartimos la misma expresión de desconcierto: él, con el ceño fruncido como si llevara días sin ir al baño; yo, tratando de reprimir una mueca incómoda por lo surrealista de la situación.

—Para nada. Queremos que se tome un tiempo y, después, vuelva a hacer trabajo de campo, visitando los pubs de distintos pueblos y ciudades para descubrir nuevos artistas.

Somos conscientes de que puede sonar como un descenso en su carrera, pero también sabemos que siempre ha disfrutado de esta tarea y que podría devolverle la chispa en su trabajo.

Si me pincho, no me sale sangre.