Una canción irlandesa (Hermanas O’Hara 2) 3
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La chica de Galway

S on las ocho de la tarde y llevo un par de horas sentada en la colina, un pequeño remanso de paz en el que permanezco con la única compañía de mis pensamientos.

Las gélidas temperaturas me erizan el vello, la fina tela de mi camiseta apenas logra protegerme y, aun así, ya no siento nada, absolutamente nada.

Mi móvil no ha parado de sonar desde que me marché del camerino y me he visto en la obligación de apagarlo por salud mental.

Se agolpan en mi cabeza escenas de los últimos años en la discográfica: los festivales, las entrevistas, las fiestas, las giras…

Todo lo que he luchado por conseguir durante años para mi carrera profesional lo he tirado por la borda en tan solo cinco minutos.

Cinco míseros minutos en los que he dinamitado mi presente y mi futuro en la industria musical.

Y, por raro que parezca, no me arrepiento de nada. Todo esto ha sido un cúmulo de estrés del último año. La obsesión por tenerlo todo controlado, por ser la mejor profesional, por estar a la altura de una estrella como Riley, por ser la mujer perfecta…

Me abrazo para mitigar el frío y me limpio la cara.

Ya no me quedan lágrimas. Me siento vacía por dentro a todos los niveles y me imagino transportándome a un solo lugar.

Ojalá poder estar con mis hermanas y mi abuela en Middleton.

Si me concedieran un solo deseo ahora mismo, sería volver a casa con ellas.

¡Qué ironía! Quizá sea lo único que me quede a partir de ahora.

No podré volver a trabajar en nada relacionado con la música.

A estas alturas, seguro que mi cara aparece en todos los carteles de las discográficas con un «Se busca», como si fuera una forajida del Lejano Oeste.

Y no precisamente por mi brillante carrera, sino porque ya debo figurar en la lista negra de todas ellas.

Siempre me quedará la opción de volver a casa y, a lo mejor, mi cuñado Aiden podría contratarme de camarera en el Gallagher’s o de duendecilla en el mercado navideño de mi pueblo.

Sigo con mi monólogo interno sin darme cuenta de que tengo compañía.

Un tipo lleva unos minutos mirándome con curiosidad.

La verdad es que no tengo ganas de mantener una charla con ningún ser humano en este momento y, mucho menos, de aguantar a algún depravado.

Aun así, despierta mi curiosidad y lo examino de arriba abajo tomando una fotografía mental.

Lleva una camisa de pana a cuadros sobre una camiseta blanca básica y unos vaqueros desgastados.

El pelo, recogido en un moño alto y despeinado, asoma bajo una gorra calada que le oculta el rostro.

Del cuello le cuelga una correa con un motivo tribal.

Eso, al menos, lo que alcanzo a ver desde aquí, porque parece que va en modo incógnito.

—¿Puedo? —Señala una roca plana a una distancia prudencial.

—Adelante, vivimos en un país libre.

—No quería invadir tu espacio.

—Estamos en un festival, es imposible no hacerlo —ironizo.

Se sienta, a pesar de la brusquedad de mi tono, y permanecemos unos segundos en silencio.

—Y qué difícil es encontrar un remanso de paz —responde con una voz ronca.

—Demasiado tranquilo, hasta hace solo unos segundos.

—Oye, perdona, no quería molestarte. También venía buscando un poco de calma. Hay demasiado barullo ahí abajo, pero ya veo que no soy bienvenido.

Amaga con levantarse y lo detengo en seco. Se queda congelado. La sombra de la gorra le cubre parte del rostro, pero sus ojos verdes son tan intensos que consiguen que me olvide de mi mal humor.

—Perdóname tú a mí. Quédate, por favor. He tenido un día de mierda y no quiero pagarlo contigo.

—Está bien. Podemos empezar de nuevo. —Se aclara la garganta y me dice—. Hola…, desconocida. ¿Me permites hacerte un poco de compañía? Prometo no hacer mucho ruido. Si no, me iré de aquí y no volveré a molestarte más.

Me tiende la mano y sonrío por su espontaneidad.

—Hola, desconocido. Encantada, aunque te aconsejo no prometer nada que no estés seguro de poder cumplir —replico con sarcasmo y le devuelvo el saludo—. Soy Aisling, Aisling O’Hara.

—Un placer, Aisling O’Hara. Yo soy… —duda unos segundos— McKenzie. McKenzie a secas.

—Hola, McKenzie a secas.

Nos reímos. Hacía horas que no lo hacía. Me sorprende que mi cuerpo todavía recuerde cómo hacerlo.

Sus ojos se detienen en mí unos segundos más de la cuenta. Hay algo que me resulta familiar en él. Tal vez me lo haya cruzado en el festival. Cuando alzo la barbilla para estudiar su cara, me interrumpe con una pregunta:

—Así que ¿eres irlandesa?

—Vaya, ¿qué me ha delatado? ¿Mi nombre? ¿Mis pecas? ¿Mis buenos modales de pub irlandés?

—Tu acento, pero me tiene un poco desconcertado. —Me examina con curiosidad y una preciosa sonrisa ladeada—. Apostaría todo el dinero que llevo en mi cartera a que eres del oeste o quizá del sudoeste. ¿Galway, quizá? ¿Cork? Aunque suena a que lleves ya unos años en Londres… ¿He acertado?

—¡Joder, qué precisión! No sabía que era como un libro abierto. ¿No serás un acosador?

—¡Culpable! Llevo un rato espiándote desde allí abajo.

Un mechón de pelo se le resbala del moño y lo recoge, sonriendo de manera inocente. Aparto la vista, antes de que note que me he quedado observándolo, y respondo a su pregunta original:

—Nací en Galway, pero me mudé a un pueblo de Cork cuando era todavía muy pequeña —explico sin entrar en muchos detalles.

—Así que, ¿la chica de Galway?

—Adoro esa canción.

—Es de mis favoritas, la suelo tocar… —se corrige a sí mismo—, la suelo escuchar a menudo, la versión de Mundy con Sharon Shannon.

—Es la mejor de todos los tiempos.

—No puedo estar más de acuerdo.

—¿Te puedes creer que los más jóvenes creen que la canción la inventó Ed Sheeran? —pregunto indignada, arrugando la frente.

—¡Nooo! Nos hacemos mayores —finge moquear.

—«¿Mayores?» Habla por ti, yo estoy en la flor de la vida.

Reímos y el castañeo de mis dientes se cuela entre la conversación.

—Oye, estás muerta de frío, ponte mi camisa.

—No, de verdad, no hace falta.

—Insisto —dice, acercándose un poco más—. Vengo calentito de ahí abajo.

Se desabrocha la camisa con calma y el movimiento deja al descubierto varios tatuajes que asoman por debajo de la manga de su camiseta.

Me rodea los brazos con la prenda y, cuando su mano roza la piel de mi hombro, siento un leve cosquilleo.

Durante unos segundos, el ruido de mi cabeza desaparece. Solo unos segundos.

Le agradezco el gesto y noto el calor subirme a las mejillas. El frío desaparece. Y no es solo por la camisa.

—Así que McKenzie a secas, tú también me tienes muy intrigada. Tienes acento irlandés, pero tu apellido es escocés. ¿No serás un highlander como los de mis novelas?

Suelta una carcajada y el sonido llena el silencio que me acompaña desde hace horas.

—Soy irlandés, pero mi padre es escocés. No vas mal encaminada.

—Me encantaría ir a Escocia. Llevo años viviendo en Londres, pero el trabajo me tiene tan absorbida que no he tenido tiempo de conocer las Tierras Altas, la isla de Skye y todos esos rincones que llevo años imaginando en mis libros.

—Yo suelo ir de vez en cuando, más por trabajo que por otra cosa; apenas me queda familia allí. Tiene unos paisajes increíbles. Cualquier escenario de película se queda corto comparado con lo que ves en la realidad.

—No me des envidia, que me dan todavía más ganas de ir… —Una idea fugaz sobrevuela mi cabeza—. Pensándolo bien, quizá ahora tenga algo de tiempo libre. Una de mis mejores amigas vive allí. Tal vez sea hora de hacerle una visita.

Su móvil empieza a vibrar y se disculpa para coger la llamada. Se levanta y saluda a un tal Oliver mientras escucha la conversación al otro lado de la línea.

Me pongo a planear ese viaje por Escocia ahora que, sin remedio, me quedaré en el paro.

Me giro para observar al desconocido y me sorprendo esbozando una media sonrisa.

No puedo quitarme de la cabeza lo traicionada que me siento después de lo de hoy.

Aun así, pensaba que este día de mierda no podría tener arreglo y resulta que el tal McKenzie ha sido capaz de encender una pequeña chispa en mi estado de ánimo.

Sigo soñando despierta y no me percato de que regresa junto a mí con expresión compungida.

—Perdona, me tengo que marchar. Ha sido un placer, Aisling.

Antes de que pueda responder, se aleja ya a grandes zancadas.

Me quedo con la palabra en la boca, sin ser capaz de reaccionar ante su marcha y, cuando lo veo ya desde lejos, me doy cuenta de que ha olvidado llevarse la camisa.

La tristeza vuelve a instalarse en mi pecho, pero su prenda de pana me envuelve con una calidez inesperada y el sutil aroma de ese desconocido.

Aprieto la tela entre los dedos y sonrío para mí. Sin saberlo, ha teñido mi ánimo de un gris menos intenso. Quizá este día no esté perdido del todo.