Una canción irlandesa (Hermanas O’Hara 2) 2
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Saltar por los aires

T rato de abrirme camino entre la multitud.

Deambulo sin rumbo fijo entre la gente que se apila frente a los escenarios.

Esto parece un capítulo de The Walking Dead .

Y no solo porque ahora mismo me sienta sin vida por dentro, sino por la manera en la que la resaca y el agotamiento se hacen visibles en los rostros de los asistentes que sobreviven ya a las últimas horas del festival.

Al menos, no me siento una extraña y paso más desapercibida de lo que esperaba.

Es imposible encontrar un lugar solitario donde soltar el nudo que me oprime el pecho.

Necesito dejar salir las lágrimas que amenazan con acabar con mi entereza y entonces recuerdo uno de mis lugares favoritos, al que hace tiempo que no voy.

Me dirijo sin demora a la colina, un pequeño montículo que descubrí por casualidad hace un par de años.

Es un rinconcito un tanto solitario, desde donde se vislumbran unas magníficas vistas de los escenarios.

Cuando me deslizo entre los últimos montones de zombis que hacen cola frente a los servicios para vaciar sus vejigas, noto cómo una mano me agarra con firmeza del brazo y me impide avanzar.

—¡Aisling! ¿Dónde te habías metido? Todo el mundo te está buscando como loco.

Me giro para quedarme frente a Timmy, el becario contratado este verano para hacer las prácticas en la discográfica.

Le he cogido cariño al chaval. Es como un cachorrito recién salido de una protectora: con sus ojos grandes, orejas gachas y una actitud tan simpática como servicial.

El problema es que entra en estado de pánico a la primera de cambio.

Y no porque no sea capaz de manejar el estrés o el volumen de trabajo, sino porque comienza a tartamudear cada vez que tiene delante a cualquier adolescente famosilla y se bloquea por completo.

—Necesito un momento a solas, por favor.

—Eso es imposible. Starlin está a punto de salir al escenario y está gritando como una posesa que, como no llegue su kombucha con sabor a té verde del Himalaya, nos despedirá a todos los que estamos presentes hoy aquí.

«Señor, dame paciencia, o un millón de libras y ya me apaño yo».

—Timothy, por favor, cálmate. ¿Te acuerdas de lo que te dije en tu primer día de trabajo?

Me mira confuso, con los ojos bien abiertos. Los cristales de sus gafas se empañan y amaga con contestar, dudando hasta de sí mismo.

—¿Que hasta el agua del río Támesis sabe mejor que el café de nuestra oficina?

—Además de eso.

—¿Que jamás le confíe un secreto a Nancy, la recepcionista, o mañana lo sabrá toda la plantilla?

—Ese es el segundo mejor consejo, te olvidas del más importante —indico y comienzo a perder la poca paciencia que me queda.

—Que nunca hay que hacer ca-caso de las amenazas de una estrella ado-adolescente cuando entra en pánico.

—¡Premio para el señorito! Así que tranquilízala, en breve estaré allí.

—Pero, Aisling…

—¿Qué pasa ahora? —Pongo los ojos en blanco.

—El señor Windsor acaba de llamar y dice que…

—¡¿El señor Windsor?! —exclamo alarmada.

Había olvidado mencionar un pequeño detalle.

Y es que Starlin, la estrella del momento, es sobrina del mismísimo CEO de Queensland Records, un dato que echa por tierra toda la meritocracia que pueda existir en la industria musical.

Tiene tantos negocios bajo su mando como años de vida y, por ello, el señor Windsor jamás suele acudir a las oficinas de la discográfica —a menos que alguna adolescente enrabietada le haya llamado para quejarse del personal—.

Y, cuando eso sucede, es mejor no permanecer cerca, a menos que quieras ver rodar cabezas.

—¡Joder! Vamos para allá.

Me resigno y me dirijo con Timmy al camerino mientras escucho al presentador del evento despedir al cantante que finaliza su actuación en este instante y presentar a RJ, el siguiente artista que entrará en escena.

La imagen del trío sigue grabada a fuego en mi cabeza. Soy incapaz de borrar de mi mente a las bailarinas, las mismas que en estos momentos posan detrás de Starlin, con cara de no haber roto un mísero plato en la vida. Serán hipócritas.

—¡Ya era hora! ¿Se puede saber dónde estabas? Mi tío no te paga una nómina a final de mes para que estés disfrutando como una groupie del concierto —me suelta el veneno que lleva dentro.

Me muerdo la lengua y hago acopio de todo el aire que puedo tomar antes de soltar cualquier barbaridad. No quiero acabar el año siendo despedida, pero no será por ganas de cantarle las cuarenta a esta cría.

—He ido a recoger tus botellas de agua de Fiji; acaban de llegar —miento con descaro. Llegaron ayer por la mañana y las tenía bajo custodia en una caja en el exterior.

—Por fin haces algo para lo que se te paga, Lesley.

—Soy Aisling.

—Lo que sea… —Da un manotazo al aire y se gira hacia las bailarinas, las únicas que le siguen el juego.

Las tres se carcajean de algún comentario que ha hecho la primera mientras se sientan en el sofá para cuchichear. Starlin bebe un trago de agua y tira la botella medio vacía, tan cerca de mí que me reta con los ojos a recogerla del suelo.

No me puedo creer que sea tan tirana. Me desafía ante el personal, dejándome en evidencia. Me asignaron como su enlace en la discográfica a principios de verano para gestionar su gira y las entrevistas con los medios, no para recoger su basura del suelo.

—Creo que se te ha caído algo —ironizo con una sonrisa falsa.

—No, eso no es mío —niega con un tono petulante.

Empiezo a echar humo por las orejas.

—Sí, es tuyo, lo acabas de tirar. Así que levántate y recógelo —le ordeno.

—Hazlo tú que para eso te pagan.

Me río sin ganas mientras percibo cómo una de las bailarinas masculla un «perdedora» para sus adentros, claramente dirigido a mí.

—Perdona, ¿qué has dicho? —le insto a repetirlo en voz alta si se cree tan valiente.

El resto del personal se aproxima, atraído por la acalorada conversación que estamos manteniendo.

Se acerca la hora de su actuación y, en este momento, solo puedo escuchar a Riley tocando desde el escenario la canción con la que nos prometimos hace un año.

Un detalle que no ayuda a evitar que mis nervios se acrecienten.

No puedo más. Llevo semanas tragándome todo esto y ya no me queda espacio para una humillación más.

—¡Te he pedido que repitas lo que acabas de decir!

La bailarina esquiva mi mirada y Starlin intercede por ella:

—Ha dicho que eres una perdedora. Una pringada, vaya. —Enreda el dedo índice en un mechón de pelo y juega con él—. ¿Estás sorda? No me extraña que ni tu novio te quiera.

Tres, dos, uno…

¡ Boom !

Suelto una estridente carcajada y las tres mujeres me miran desde el sofá sin comprender qué está pasando.

Timmy se acerca y me toca con delicadeza el hombro derecho, pero me deshago de él de un manotazo.

Lo último que percibo son los murmullos del personal a mis espaldas mientras la imagen se funde en negro y algo dentro de mí salta por los aires.

—Mira, mocosa arrogante. Si estás aquí, no es precisamente porque cantes como los ángeles.

Todo lo contrario. Hasta el gato de mi abuela desafina menos que tú.

Has tenido la suerte de apellidarte Windsor y de ser sobrina de quien eres, sino estarías sirviendo hamburguesas y patatas fritas como cualquier adolescente de tu edad.

—Necesito recuperar el aliento, pero ya he cogido carrerilla y quiero soltarlo todo a bocajarro—.

Te crees la próxima Spice Girl reencarnada, pidiendo tu mierda de agua glamurosa que en la vida te podrías permitir si no fuera porque tu tío es dueño de este cotarro y te da todos los caprichos que pides con tal de que tengas el pico cerrado.

Por fin mi boca expresa lo que estoy segura de que la mayoría piensa.

Que toda esta gente no la aguanta porque es una malcriada insoportable y caprichosa que jamás tendrá amigas en la vida.

Solo se acercan a ella esperando sacar algo a cambio.

No le cae bien a nadie, ni siquiera a su perra, que se pasa el día durmiendo con tal de no escuchar su voz de pito.

Pero el pobre chihuahua ni siquiera parece interesado en discutírselo.

Cuando pienso que he terminado, descubro que aún me queda veneno por escupir.

—Así que hazte un favor a ti misma y baja a la Tierra, porque no eres una estrella, ni lo serás jamás.

Es más probable que te acabes estrellando contra el suelo cuando cumplas los veinticinco y otra niñata de dieciocho como tú te reemplace en un chasquido de dedos.

Así funciona este maldito mundo de mierda.

Te crees la Madonna del siglo XXI y, al final, no llegas ni a ser Las Ketchup, ese trío que conquistó medio planeta con una canción impronunciable y luego desapareció sin dejar rastro.

—¿Las quién…? —susurra una de las bailarinas al aire.

—¡¡Exaaacto!! Y eso es lo que te pasará a ti dentro de poco. Así que disfruta de tu luna de miel, porque esto tiene fecha de caducidad y la cuenta atrás ha empezado para ti también, guapita de cara.

Nadie respira, nadie se atreve a decir nada.

De las casi quince personas que se encuentran a mi alrededor, nadie es capaz de dar un paso en falso, porque he soltado la bomba, la madre de todas las bombas.

Una verdad incómoda, pero que tenía que quitarme del pecho; si no, habría sido yo la que hubiera explotado por completo.

—¡¡¡Aaaaah!!! —Starlin rompe a gritar y patalea como una niña pequeña—. ¡¡¡Aaaaah!!!

Hasta este momento nadie había sido capaz de reaccionar, pero ahora todo el personal corre como si el mundo fuera a acabarse hoy.

Timmy tartamudea, las maquilladoras se apresuran a limpiar los pegotes de rímel que a Starlin le corren por las mejillas, las bailarinas no saben dónde meterse, los técnicos de sonido se afanan en comunicarse con la organización del evento ante su eventual puesta en escena…

Y yo permanezco en mitad del camerino, viendo pasar a mis compañeros a cámara rápida, con una sensación agridulce que me explota en el paladar. Un vacío se instala en mí, con el único eco de las palabras que acabo de pronunciar y la soledad que me golpea en este instante.

Sin que nadie se percate de mis movimientos, me quito el pinganillo, lo dejo sobre la mesa y apago el walkie . Después me marcho sin mirar atrás.

Ya he dicho todo lo que tenía que decir.