Una canción irlandesa (Hermanas O’Hara 2) 1
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Una canción irlandesa (Hermanas O’Hara 2)

Una canción irlandesa (Hermanas O’Hara 2)

Por Siena Bastida

© inepub.com

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Festival de Cornualles

N o me puedo creer que hayan pasado ya cinco años desde que entré en Queensland Records.

Empecé sirviendo cafés y sacando fotocopias.

Sí, un cliché con patas. Aun así, mis jefes de la discográfica no tardaron en descubrir mi potencial y, a los pocos meses, me ascendieron a asistente júnior.

Ver desfilar ante mis ojos a mis artistas favoritos era un sueño que jamás pensé que llegaría a vivir.

Catapultar a la fama a cantantes que yo misma encontraba en la calle y verlos triunfar en las listas de éxitos internacionales es de esas satisfacciones difíciles de alcanzar.

Sin embargo, la emoción en todos los trabajos, al igual que en la vida misma, llega siempre a su fin. Sobre todo, cuando tienes que lidiar con algunas excentricidades que ponen a prueba tu paciencia hasta el punto de querer llegar a cortarte las venas.

Se me ocurren mil respuestas para poner en su sitio a esta tipa, pero está en juego mi puesto de trabajo y, según mi jefe, «tenemos que complacer todos los deseos de esta adorable criatura». Se nota que no ha tenido que lidiar con ella para llamarla así.

—No me hace falta, está todo memorizado aquí —me señalo la cabeza con el dedo índice—.

Las rosas color malva, con los tallos cortados a 6,5 centímetros, ya están en un jarrón de tu camerino; las velas rainforest amazonia aromatizan tu baño privado; Paris, tu chihuahua, está durmiendo en su cama de algodón egipcio; y en cuanto a las treinta botellas de agua mineral de Fiji…

—me doy la vuelta y murmuro entre dientes—: las están trayendo ahora mismo del Pacífico Sur, como el mayor atentado ecológico que solo pueden provocar adolescentes inconscientes como tú.

—¿Cómo has dicho? —me pregunta con arrogancia mientras bate sus espesas pestañas artificiales con perplejidad.

—Que ahora mismo las traen. Me aseguraré de que estén exactamente a una temperatura de veinte grados y medio, tal y como a ti te gusta.

Finjo una sonrisa más falsa que un billete de tres libras esterlinas y salgo de allí dando un portazo. No soporto ni un minuto más su voz y, a pesar de la distancia que me separa ya, el eco de sus reproches sigue resonando en mi cabeza.

Es el séptimo y último día del festival de Cornualles y el agotamiento de esta semana se deja entrever en mis ojeras de oso panda.

Siempre ha sido uno de mis eventos favoritos del año.

Cierra la temporada de grandes festivales y despide el verano reuniendo a artistas nacionales e internacionales capaces de movilizar a miles de fans .

Debo de estar tan acalorada por el veneno que llevo dentro que apenas noto cómo la temperatura ha bajado de golpe.

Espero no encontrarme con ningún alma inocente con la que pagar los platos rotos de la mala leche que llevo.

Echo humo por las orejas y soy incapaz de prestar atención a las actuaciones que están teniendo lugar en el escenario principal.

¿Qué me está pasando? Hasta el año pasado, me colaba en el backstage con mi pase especial o me abría camino entre los asistentes hasta alcanzar la primera fila.

Me considero afortunada por hacer de mi afición una carrera profesional y, aunque en ocasiones las obligaciones no me dejen tiempo para escuchar a mis artistas favoritos, siempre hago un hueco para disfrutar de los conciertos y, ya de paso, descubrir algún fichaje nuevo para mi sello.

«Y con este último éxito, que lleva varias semanas revolucionando el mercado anglosajón, despedimos al irlandés Axel, al que le deseamos todos los éxitos y esperamos verlo aquí de nuevo el año que viene», anuncia el presentador a través de los altavoces.

—¡Mierda! —exhalo en un tono más alto de lo que pretendía y atraigo las miradas de incredulidad de quienes me cruzo a mi paso.

Sonrío con toda la inocencia que soy capaz de fingir.

Mi compañera de departamento lleva unos meses siguiendo el rastro a este cantante y me envió un par de sus canciones para conocer mi opinión.

Según me cuenta, lleva poco tiempo en órbita, pero parece que tiene una larga carrera recorriendo las calles y los pubs de Irlanda.

Cree que podría encajar con el tipo de artista que buscamos, pero quiere indagar más en cómo actúa sobre el escenario. Apenas hay fotos de él de espaldas y solo se deja ver en los directos. He perdido una buena ocasión.

El conductor del evento, una de las voces más reconocibles de la BBC Radio, anuncia la siguiente actuación. Los asistentes al evento gritan entusiasmados porque tras él saldrá RJ, mi prometido.

Riley y yo llevamos un verano un poco turbulento.

Ha estado de gira por Estados Unidos y no consideró adecuado que lo acompañara, aduciendo que sería una «distracción innecesaria».

Tuvimos una bronca monumental que hizo aflorar mis dudas sobre la necesidad de precipitarnos en este matrimonio.

Mis hermanas me lo han repetido en varias ocasiones y soy consciente de que mi abuela, aunque me sonríe complaciente y me abraza cada vez que tocamos el tema, tampoco está conforme con esta patata caliente que hemos evitado mencionar.

Aun así, mis dudas se disiparon hace un par de días, cuando mi chico me invitó a cenar en un elegante restaurante de Cornualles para celebrar el primer año de prometidos.

Nos sinceramos como hacía tiempo que no lo habíamos hecho y arreglamos nuestras desavenencias varias veces esa misma noche.

Benditos polvos de reconciliación que hacen olvidar hasta el motivo original de las peleas.

Así que aquí estoy, apoyándolo en su carrera.

Demostrándole que voy a estar a su lado en cada paso, como espero que él haga conmigo.

Necesito más que nunca perderme entre sus brazos y que me recuerde por qué sigo en esta industria.

Que me ayude a no olvidar lo que la música significa para mí, incluso cuando el caos del negocio intenta embarrarlo todo.

Me dirijo hacia su caravana con paso firme, aunque creo que ya debe de haber salido para prepararse en el backstage al haberse anunciado su aparición en breve.

Me hubiera gustado darle un beso y desearle suerte, si no fuera porque esa niñata me ha obligado a entretenerme más de lo necesario con sus caprichos.

Esperaré a que vuelva, me pondré uno de los tops lenceros que me compré ayer en un centro comercial cercano y le sorprenderé cuando esté de vuelta.

Por suerte, tengo una llave de repuesto porque encuentro la puerta cerrada.

Subo los dos peldaños y la cierro detrás de mí.

Recorro visualmente el enjuto espacio. Es un lugar inmenso, más grande que el apartamento que compartía hasta hace pocos meses con mi amiga Kirenia, antes de mudarme con Riley a su ático de Kensington.

El ambiente está cargado y hay ropa y objetos esparcidos por toda la estancia.

Espera, ¿me ha parecido escuchar un ruido proveniente de la habitación principal?

Permanezco unos segundos en silencio y percibo cómo el suelo comienza a moverse con ligereza. ¿Qué está pasando? ¿Estamos sufriendo un terremoto? ¿O es que las escasas tres horas de sueño de anoche me están afectando más de lo que creía?

Un gemido ahogado vuelve a llegarme, seguido de un gruñido primitivo que emana de lo más hondo de su ser. No puede ser. Riley está a punto de actuar. ¿Le habrá prestado la caravana a algún amigo suyo o se trata de alguien que se ha colado con toda su cara?

Dos voces emergen de mi cabeza: una que me incita a abrir la puerta y otra que me ordena salir huyendo sin mirar atrás.

Pero hay algo dentro de mí que me alienta a hacerlo, que detrás de esa pared me encontraré con las respuestas a las dudas que me llevan meses acechando.

Así que, sin querer posponer la agonía durante más tiempo, giro el picaporte y me encuentro con una estampa que en un principio me cuesta reconocer.

Tres pares de piernas desnudas se mezclan formando una postura inverosímil.

Está claro que me acabo de meter en la boca del lobo, y la imagen que tengo ante mí —más propia de OnlyFans— me costará años olvidarla.

Estoy a punto de desmayarme, aunque por desgracia no tengo tanta suerte, cuando un peculiar tatuaje con unas letras chinas capta mi atención: el mismo que llevo años viendo en la nalga derecha de mi prometido.

Ese que él asegura que significa rock and roll en mandarín, aunque yo siempre le dije que quizá pusiera «albóndigas en su salsa» y jamás lo descubriría.

—Pero… ¿pero qué…? —exclamo con la respiración entrecortada.

No doy crédito a lo que estoy viendo. Quiero salir corriendo de aquí, pero parece que me he pegado al suelo y unas hipotéticas arenas movedizas me impiden dar un paso atrás.

Una de las chicas repara en mi presencia y suelta un grito tan agudo que me deja al borde de la sordera.

La otra se suma al clamor y, por un segundo, me pregunto si volveré a oír con normalidad.

Mi prometido —o futuro exprometido— se gira con una agilidad pasmosa para quedarse frente a mí, apuntándome con esa pistola que amenaza con dispararse de un momento a otro.

Mi mirada desciende de manera involuntaria y lo único que me entra son ganas de vomitar.

—¡Aisling! Esto… Esto no es lo que parece.

—No, está claro que estabas echando una partida de cartas con las bailarinas —escupo, tomando conciencia de la escena por fin.

—¡Ash! Espera, por favor.

Escucho sus últimas palabras como un murmullo distante, porque no sé en qué momento mis piernas han decidido ponerse de mi lado para salir corriendo y alejarme de allí.

Una lágrima empieza a resbalar por mi mejilla justo cuando choco de lleno con un señor trajeado, que resulta ser el mánager de Riley.

—Aisling, ¿has visto a RJ? Tiene que salir a actuar ya —me pregunta, cogiéndome de los brazos. Entonces, se percata de mis lágrimas que brotan sin control—. ¿Estás bien?

Noto a Riley acercándose por detrás. Me obliga a girarme cuando dice mi nombre y, para rematar el desastre, descubro que solo lleva una diminuta toalla de mano cubriendo sus partes nobles.

Su mánager reacciona un segundo después, soltando por la boca todos los improperios habidos y por haber.

Le ordena volver al camerino para vestirse «como Dios manda» y salir al escenario de una vez.

Contengo el aliento y lo observo dudando entre a cuál de los dos intentará complacer primero. Finge una mueca de compasión en su cara y, no sé por qué, me quedo allí, aguardando un último rayo de esperanza.

—RJ, ¿a qué estás esperando? ¿A que el público se muera de aburrimiento? —le abronca su mánager enfurecido—. ¡Vamos, joder!

Se gira para volver a su caravana y, con ese simple gesto, deja clara su decisión.