Una canción irlandesa (Hermanas O’Hara 2) Epílogo
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Epílogo

Melodías de esperanza

E l mes de junio nos ha dado la bienvenida con temperaturas inusualmente altas en Irlanda, como si el verano estuviera golpeando suavemente la puerta, pidiendo permiso para instalarse antes de tiempo.

Esta noche, vestidos de punta en blanco, asistimos a la inauguración del nuevo restaurante de alta cocina que Aiden ha abierto a las afueras de Cork.

Lleva meses dejándose la piel para hacer realidad su sueño, una hazaña que no ha sido sencilla mientras lo compaginaba con el trabajo en el Gallagher’s y con las hormonas desbocadas de una embarazadísima Sarah, que amenaza con explotar en cualquier momento. Por su bien… y por el nuestro.

Por eso, amigos y familiares nos hemos reunido para acompañar a mi cuñado en este día tan especial, orgullosos de verlo, por fin, cortar la cinta de algo que ha construido con tanto esfuerzo y corazón.

Axel le propuso hace poco a Aiden convertirse en socio minoritario del restaurante, una alianza que no solo ha impulsado el negocio, sino que también ha reforzado la amistad entre ambos.

Y, por supuesto, mi chico será el encargado de amenizar la velada con su voz y su guitarra, en un evento que su madre y Chiara no han querido perderse.

Es la primera vez que Eileen reúne el valor para dejarse ver en público desde que perdió a su marido.

La muerte de Cameron hace un par de meses fue un golpe durísimo para toda la familia.

Aun así, la madre de Axel ha decidido salir adelante y reabrir el hostal, quizá para mantener la mente ocupada después de tantos años dedicándose por completo a cuidarlo.

Verla así, rodeada de gente y dejando que la vida vuelva poco a poco a colarse entre las grietas del duelo, me provoca una mezcla de ternura y admiración.

El restaurante está a rebosar. Mi abuela charla con Adele, la abuela de Aiden, demostrando la bonita amistad que las une desde hace décadas.

En el extremo contrario del local, los amigos del instituto cuentan anécdotas de su juventud, entre risas y confidencias.

Los padres de Aiden comparten sonrisas cargadas de orgullo, de esas que reflejan lo satisfechos que están de que su hijo continúe el legado familiar.

Chiara y yo no paramos de reírnos tras la barra. Nos hemos hecho muy buenas amigas y está poniendo en práctica sus dotes de camarera, hasta tal punto que Aiden le ha ofrecido un puesto de trabajo en el nuevo restaurante. Una noticia que Siobhan no ha recibido con mucho entusiasmo.

Desconozco qué le pasa con ella. Por alguna razón, no termina de caerle bien.

Las pocas veces que han coincidido en el mismo metro cuadrado, y pese a la amabilidad con la que Chiara intenta acercarse, mi hermana busca la forma de escabullirse una y otra vez.

Poco a poco me voy enterando de detalles de su pasado.

Según lo que me cuenta Axel, detrás de esa sonrisa noble se esconde una mujer resiliente, alguien que ha sobrevivido a una infancia y una adolescencia que ninguna chica de su edad habría merecido vivir.

En cuanto a mí, sigo viajando con asiduidad entre Dublín, Middleton y Kinsale.

Adoro mi trabajo con Oliver y Liz. Me da la flexibilidad que necesito y, además, respaldan de lleno mis decisiones.

De hecho, pensaron que sería la persona idónea para coordinar la agenda de conciertos de Axel, si a ambos nos parecía bien.

Al principio, nos asustaba un poco la idea de trabajar tantas horas juntos, pero cada viaje y cada día compartido han hecho justo lo contrario a lo que temíamos: nos han unido un poquito más. Ahora sé que no hay mejor equipo, ni mejor hogar, que la fuerza que formamos los dos.

—Amigos, familia, vecinos —anuncia Aiden desde un improvisado escenario en una esquina del local, dando golpecitos al micrófono para comprobar que esté encendido—. Buenas noches a todos y gracias por venir a acompañarnos hoy en la inauguración del local.

—¡Bravoo! —gritan los amigos de Aiden, a mi lado.

—Quería comenzar dando las gracias a Axel, a quien ya conocéis todos, y que ha decidido unirse a este proyecto, además de ser el artista que amenice la velada esta noche.

No podría tener un mejor socio polivalente, al que solo tengo que pagarle una vez por dos trabajos —bromea, alzando su copa de champán.

El público estalla en carcajadas y lo acompaña con un ligero aplauso.

—Sarah —reanuda Aiden su discurso—, mi compañera de vida y futura madre de mis hijos. Regresaste a mi lado para darnos una segunda oportunidad y aguantarme en toda esta aventura. Sin tu apoyo, cariño y palabras de aliento, no habría llegado hoy hasta aquí.

Veo cómo mi hermana mayor alza una copa llena de zumo en su dirección y susurra un «te quiero» a su chico, reprimiendo la lágrima que amenaza con escaparse.

—Por Dios, ¿quieres dar a luz ya? —le reprocho, sacudiendo la cabeza—. Esas hormonas nos van a volver locos a todos.

—A mi familia, que está hoy aquí acompañándome, a mis amigos y a mis compañeros, tanto detrás de la barra como en la cocina. No sois solo excelentes profesionales, sino también un equipo humano de diez —agradece mi cuñado—. Y, sin más dilación, os dejo con mi amigo y socio.

El público aplaude con ímpetu y, antes de tocar los primeros acordes, Axel toma el micrófono.

—Para ti, papá. Allá donde estés, esta canción va dedicada a ti.

Axel comienza a tocar las notas de su nuevo single , compuesto durante aquellas primeras noches tras el funeral. Una canción que conmueve a los presentes, sobre todo a Eileen, que se seca las lágrimas con un pañuelo de tela.

Aunque al principio quiso mantener la obra en privado como un homenaje a su padre, al final decidió compartir sus letras con el mundo. Hoy, esa misma canción se ha convertido en uno de los temas más escuchados de su nuevo disco en Spotify.

El momento íntimo se va transformando poco a poco en una atmósfera más animada con canciones variadas que contagian el ambiente. En un impulso inesperado, me animo a subir al escenario para tomar el micrófono.

Nadie se espera lo que voy a hacer, así que inhalo todo el aire que puedo y me armo de valor para pronunciar unas palabras:

—Aiden, Axel, enhorabuena por este nuevo proyecto.

Os deseo de todo corazón el mayor de los éxitos.

—Alzo la copa en un brindis rápido y la dejo sobre la barra para tomar la guitarra—.

Esta canción va dedicada a los romances fugaces, a los corazones fracturados, a quienes sufren en silencio, pero luchan por sanar sus heridas. Por el futuro, por la esperanza.

El público permanece en silencio y comienzo a tocar los primeros acordes con algo de torpeza, hasta que por mi voz salen las primeras palabras:

— Well, I took a stroll on the old long walk. Of a day -I-ay-I-ay. I met a little girl and we stopped to talk…

Observo a Axel por el rabillo del ojo y me dedica la sonrisa más auténtica que haya visto jamás. The Galway Girl se ha convertido en nuestra canción, en nuestro motor, en nuestro mantra, como diría mi amiga Kirenia. Él toma su guitarra y se une a mí, acompañándome con destreza.

El público se contagia de nuestra energía y pronto corea el estribillo. No hay rincón del país que no conozca esta melodía, una mezcla perfecta de música y tradición. La han versionado tantas veces que, para muchos irlandeses, casi parece un himno nacional.

Seguimos cantando y desde el escenario veo a amigos y familiares entusiasmados. Sin embargo, entre la multitud, descubro a mi hermana llevándose una mano al vientre y doblarse de dolor. No puedo evitar gritar:

—¡Saraaah!

La música se detiene de inmediato y todos corremos hacia ella, donde un charco de agua se ha formado a su alrededor.

—Creo que me he hecho pis de la emoción.

—No, corazón, lo que has hecho es romper aguas —exclama la abuela, emocionada, llevándose las manos a las mejillas—. Ay, Dios, no estoy preparada para ser bisabuela.

—La que no estoy preparada soy yo para traer al mundo a estas dos criaturas —solloza Sarah como un flan—. Es… Es demasiado pronto, esto no tendría que pasar hasta dentro de varias semanas.

—¡Que alguien llame a una ambulancia! —ordena una voz desconocida.

—No, vamos en coche, llegaremos antes —sugiere Axel, que sale corriendo a por las llaves.

Entre Aiden y yo conseguimos acomodar a Sarah con cuidado en los asientos de atrás mientras Axel enciende el motor. Por suerte, estamos en las afueras de Cork y llegamos al hospital en apenas quince minutos, donde un celador ya la espera para llevarla en una silla de ruedas.

—Todo va a ir bien —me asegura Axel al notar mi gesto de preocupación. Me rodea con sus enormes brazos para envolverme en un abrazo reconfortante y deposita un beso en la punta de mi nariz.

Al cabo de un rato, la sala de espera se llena de familiares y amigos ansiosos por tener noticias. Todos estamos algo nerviosos a medida que las horas van pasando y no recibimos ninguna actualización, ni de Aiden ni de ningún miembro del personal sanitario.

Trato de mantener la calma y animo a mi abuela y a la de Aiden a volver a casa a descansar.

Con su edad, me preocupa que permanezcan allí hasta las tantas de la madrugada, pero ambas insisten en que esta noche tienen que celebrar que las dos se convertirán en bisabuelas por primera vez.

Les ha llevado meses asimilar este nuevo apelativo.

Una punzada de ansiedad me atraviesa el estómago cuando veo a Aiden salir cabizbajo por la puerta abatible de la zona de quirófanos. Un silencio sepulcral nos engulle, hasta que levanta la cabeza y comprendemos que en sus ojos solo hay agotamiento.

—Todo ha salido bien. Los bebés se encuentran en perfecto estado.

—¿Y Sarah? —suplica la abuela, con las manos sobre el pecho—. Dime que mi niña está bien.

—Su nieta es una campeona, Grace —responde orgulloso, esbozando una sonrisa en sus labios—. Ha sido un parto largo, pero los tres están bien. En unos minutos podéis pasar a verlos de dos en dos.

Exhalo todo el aire contenido en mis pulmones y abrazo a Siobhan y a mi abuela, rebosante de felicidad.

Los padres de Aiden pasan primero, seguidos por las dos abuelas, y más tarde entramos mi hermana pequeña y yo.

—Pasad, chicas —nos alienta Sarah, luciendo unas ojeras de oso panda que delatan las largas horas de parto—. Os presento a Valerie y Brian.

—Hola, pequeños —susurro acercándome a los dos diminutos cuerpos que descansan en el regazo de sus padres—. Aquí están vuestras tías, que os van a querer y malcriar hasta que aprendáis a decir «caca». Después, ya podéis volver con vuestros papás para que os cambien los pañales.

Aiden y Sarah abren los ojos incrédulos. No sé si son conscientes de todo lo que les espera a partir de ahora.

—Valerie… ¿como mamá? —pregunta Shiv, con una nostálgica sonrisa dibujada en su cara, mientras toma en brazos a la pequeña.

Nuestra hermana asiente con los ojos brillantes.

—Y tú debes de ser Brian, como el gran Brian Gallagher, el patriarca del pub más famoso de Middleton —le explico al pequeño, como si ya tuviéramos una conexión instantánea—. Antes de que cumplas la mayoría de edad, la tita Aisling te llevará a probar las mejores cervezas del país.

—Acaba de nacer, Ash —me regaña mi hermana mayor, poniendo los ojos en blanco—, deja que tome el biberón primero.

Estallamos en una carcajada y me quedo acunando al pequeño cuando sus diminutos dedos se aferran a mi pulgar.

Alzo la cabeza y me doy cuenta de cómo Axel observa la escena desde la puerta.

Entra pidiendo permiso para saludar a los padres y luego se coloca detrás de mí para dar la bienvenida a los pequeños.

Cierro los ojos y, en este instante, me parece que todos los males del mundo desaparecen. Estamos ante un nuevo comienzo. Una nueva generación de Gallagher-O’Hara. Una chispa de esperanza que hace que, desde hoy, el mundo sea un poquito mejor.

FIN