Epílogo 2
Celebramos el día de año nuevo con todos los amigos en casa. Ahora todos estamos emparejados y como dice Charlie, se nota en el ambiente. Recibí los veinte mil el día después de Navidad, con una cantidad en depósito de más de cien mil dólares que produce buenos intereses.
En realidad, es mucho más de lo que pensaba y me da mucha tranquilidad. Jenny no se ha instalado conmigo, se va a vivir con George que dice que es el amor de su vida y que no se va a separar nunca de él.
Ted y yo estamos planteándonos qué hacer, porque no sé si él quiere dejar la casa de su familia y yo desde luego, no quiero dejar la mía. Así que suele dormir a menudo aquí, pero sigue teniendo las cosas en su casa. Es raro.
Hemos tenido alguna reunión más del aquelarre y aunque no controlo todavía mucho, al menos, no provoco lluvias. O será porque ya no he vuelto a llorar amargamente. Comprendí por qué no me decían la verdad.
Como decía mi abuela, cuando llueve, es porque una bruja está sufriendo.
Por eso ahora, puesto que soy muy feliz, no creo que pase.
Hemos cerrado la tienda hasta el día tres de enero, pero ya hemos empezado a tener clientes fijos.
Y, además, a Jenny se le da de maravilla echar las cartas.
Su familia vino para Navidad y la celebramos juntos, con Ted y George.
Me puse el vestido verde y Ted me amenazó con subirme al dormitorio y hacerme el amor mil veces, pero tuvimos que esperar a que se fueran todos.
Estamos muy integradas y no me siento extraña ni una charlatana. Es como si naciera de natural en mí y creo que, por fin, he encontrado mi lugar.
Hoy viene Ted a comer, es domingo y ya se han marchado todos. Está inquieto y no sé qué le pasa. Nos sentamos en el sillón con una copa de vino y él me mira y remira.
—¿Me vas a decir qué te ocurre? ¿Es por las dos casas?
—Sí, justo eso. He tenido una idea, pero antes deberías aceptar.
—¿El qué?
Se pone de rodillas y saca una cajita. Me sonrojo y abro la boca. ¿En serio?
—Amanda Morgan, ¿me harías el honor de ser mi esposa? Siempre te he amado y no sé si es muy pronto, pero…
—Vale, sí. Quiero casarme contigo.
¿Estoy loca? Probablemente. ¿Enamorada? Sin duda.
Él sonríe y me pone el anillo. Luego me da un beso suave y me toma de las manos.
—Estamos hechos el uno para el otro, Amy. Tu abuela lo sabía, el aquelarre lo sabía. Yo estaba seguro.
—Ya, el destino es el que es. ¿Y entonces, la casa?
—Se la alquilaré a George y Jenny, así estarán cerca y podemos vivir aquí, si te parece.
—Me parece una idea maravillosa. Te quiero, Ted.
—Y yo a ti, Amy. Más que a nada en el mundo.
—Entonces, ¿lo celebramos? —digo levantándome. Él se echa a reír y me coge en brazos para subir las escaleras.
—Lo celebraremos cada día si tú quieres.
Lo abrazo porque sí, es mi sitio y es el amor de mi vida. Gracias, abuela.