CAPÍTULO 23
Jericoks estaba especialmente animado esa noche. El murmullo de las conversaciones, el sonido de los vasos chocando y la música sonando desde el viejo altavoz de la esquina envolvían el local con esa acogedora familiaridad que ya asociaba con Raven Hollow.
Y, lo mejor de todo, era que ya nadie la miraba con curiosidad, ni cuchicheaba cuando atravesaban el umbral. A todos los efectos, Gianna Malakai era ya una miembro más de la comunidad.
Esa misma tarde habían acompañado a Eve y Ares al aeropuerto.
Nunca pensó que la visita de sus suegros se le haría corta, sin embargo, así había sido.
Su presencia en el rancho había sido beneficiosa, no solo para Greyson, sino también para ella.
El matrimonio no dudó en aceptarla como el nuevo miembro de su familia y la trataban como tal.
Eve había mostrado infinita paciencia con ella, le había enseñado algunos trucos en la cocina y también la había ayudado con su magia.
Contar con una bruja experimentada había sido un plus.
Pero, más allá de eso, estaban esos momentos maternales que no solo le prodigaba a su hijo, sino también a ella.
Por primera vez, Gianna se sintió realmente querida y el sumun de todo fue escucharla llamarla «hija» , cuando se despedían en el aeropuerto.
Nadie la había llamado así, no la habían reclamado como tal, hasta ese momento.
«Cuida mucho de mi chico, ¿vale, hija?». Le había susurrado al oído, abrazándola con fuerza. «Y no dudes en llamarme si me necesitas. Siempre, Gianna. Da igual la hora que sea. Ares y yo también estamos aquí para ti».
Tuvo que parpadear seguido para evitar que las lágrimas acudieran de nuevo, como ya lo habían hecho durante aquella despedida. Grey les había prometido que irían a visitarlos a su casa en las próximas fiestas, así que era cuestión de tiempo que volviesen a reunirse.
—¿Va todo bien?
Volvió la cabeza y se encontró con los ojos azul tormenta de su marido sobre ella.
Cabeceó y dejó que los labios se le curvasen en una genuina sonrisa.
—Sí. —Hizo un gesto con la mano, restándole importancia—. Es que han sido… un par de días de muchas emociones.
Asintió en silenciosa respuesta. A veces no necesitaba más que eso para entenderla.
Y pensar que tan solo unas semanas atrás se había estado preparando para hacerle la vida imposible a fin de que la echase de su vida.
Qué tonta había sido. Al final tendría que decirle a Kevin que tenía razón, que había acertado en su predicción y no había podido encontrarle un marido mejor.
Aunque hacerlo haría que su hermano adoptivo se hinchase como un pavo.
Había vuelto a recibir un mensaje de él esa pasada semana.
Esta vez no solo le contestó, sino que lo llamó de vuelta.
Estuvieron hablando casi una hora, algo poco habitual y que encontró de lo más necesario.
A pesar de sus diferencias, él había sido el único que había actuado como su familia, quizá no de una forma tan cercana como los padres de Greyson, pero a su manera había estado ahí para ella. Y no quería perder eso.
Además, necesitaba de sus contactos para llevar a cabo sus planes, algo a lo que su hermanastro no se opuso en lo más mínimo. Más bien todo lo contrario, encontró satisfactorio poder hacer algo así por ella.
Ahora solo tenía que sentarse y esperar a ver cómo las cosas iban cayendo en su lugar.
—Ey, pareja.
Ambos se volvieron para ver a Kaelis llegando en compañía de Marian.
Gael les había dicho que Marian había ido a hacer unas compras a la ciudad y el demonio la acompañó para ejercer de escolta.
O, como había dicho el brujo, para sisearle a todo el que se atreviese a ponerle la mirada encima a su chica.
—Perdón por la tardanza —se disculpó Marian—. El tráfico a estas horas estaba imposible. Hubo un accidente a la salida de la autopista y se montó un buen follón. Los hay que no saben conducir cuando caen dos gotas.
—¿Está lloviendo? —Grey enarcó una ceja.
—De forma torrencial —aseguró Kae, agitando el pelo solo para remarcar su punto. Las gotitas de agua volaron en todas direcciones—. Ya sabes cómo es en esta época del año. Parpadeas una vez y sale el sol, parpadeas otra y te hundes como con el Titanic .
—Una pena que estés aquí y no bajo el agua.
—Es que yo me subo al iceberg, hermanito.
—No me llames así —bufó Greyson, aunque ya no con el ímpetu de las primeras veces—. No soy tu hermano.
—Pero eres un demonio…
—Un cincuenta por ciento, el otro cincuenta es brujo.
—Pues ese cincuenta por ciento acaba de ser adoptado por mí —replicó con su habitual desparpajo—, lo que te convierte en mi hermano menor. Siempre he querido dar ejemplo.
—La llevas clara. —La respuesta salió de tres bocas diferentes al mismo tiempo. Gael, Greyson y Marian se miraron entre ellos antes de echarse a reír.
—Vale. Eso no estaba planeado —admitió el propietario del local.
—Las grandes mentes piensan igual —añadió Marian.
—No había otra respuesta posible —concluyó Grey.
—Gia, defiéndeme —exigió Kae, cruzándose de brazos.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Porque te caigo bien y eres mi última esperanza —dramatizó él—. Y porque eso también cabreará al gruñón de mi hermano pequeño.
—Que no soy tu hermano, joder.
—Uy, mira. Si hasta dice tacos —canturreó el demonio, posando la mano sobre el hombro de Greyson—. Qué orgulloso estoy de ti.
—Grey, creo que voy a mirar hacia otro lado para que puedas pegarle sin consecuencias —chasqueó Gael, mirando a su pareja a modo de aviso.
—Eres cruel, amor —bufó Kaelis, pero su tono no podía ser más meloso.
—Compórtate —le pidió Marian, resbalando la mano por el brazo de su compañero.
Él la miró y su expresión se suavizó. No obstante, no dejó pasar la oportunidad de guiñarle el ojo con esa picaresca suya.
—Lo intentaré.
—No lo intentes, Kae, hazlo —añadió también su brujo, su expresión suavizándose también.
Había algo bonito y también natural en ver a esos tres en estos intercambios. La forma en que se miraban, en que se respondían los unos a los otros, era como una maquinaria bien engrasada y una en la que no faltaba amor.
Gianna ladeó el rostro para echarle un vistazo a Greyson, quien acababa de recuperar su cerveza y le daba un buen trago.
¿Él la miraba de esa manera? ¿La querría de esa forma?
No había podido dejar de pensar en las palabras que le había dicho Eve dos días atrás, la seguridad con la que decía que su hijo estaba enamorado de ella.
—Será mejor que me vaya a poner algo seco o encogeré —resopló Kaelis, interrumpiendo ese momento de íntima reflexión mental.
—Entra, anda. Ponte una de las camisetas del bar y coge una de mis mudas de ropa —le indicó Gael, señalando al fondo de la barra.
—No tiene remedio —murmuró Grey, negando con la cabeza mientras veía alejarse a su autoproclamado hermano adoptivo.
—Solo es Kae siendo… Kae —aseguró Marian, sentándose en el taburete contiguo al suyo.
Ella, por su parte, se sacudió un poco el pelo con suavidad, alejando la humedad, pero no estaba ni de lejos tan mojada como su compañero—.
La verdad es que ha empezado a llover con fuerza ahora mismo.
Aparcamos calle abajo. Veníamos para aquí cuando escuchamos la lluvia acercándose como una cortina.
Tuvo el tiempo justo de quitarse la chaqueta y ponérmela por encima antes de que nos pillase el chaparrón.
Por eso Kaelis se llevó la peor parte, yo casi no me mojé.
Su amiga se volvió entonces hacia ella, inclinándose hacia delante.
—¿Qué tal con tus suegros? ¿Ya se han ido?
—Esta tarde —afirmó y le contó—. Iremos a verles en Navidad. Para pasar las fiestas con ellos.
—Eso es estupendo, Gia —aseguró, cogiéndole la mano y apretándosela. Su amiga sabía lo que eso significaba para ella, lo que iba a significar, en realidad—. No sabes cuánto me alegro por ti.
Correspondió a su apretón y asintió.
—Eh, Grey, ¿me puedes echar una mano con esto? —Ambas levantaron la cabeza al escuchar a Gael, quien señalaba algo ante él—. Tú sujetas y yo la conecto.
El barril de la cerveza, se dio cuenta.
—Mira que te gusta complicarte la vida —repuso su pareja. Abandonó su asiento y rodeó la barra para ayudar al brujo.
Lo observó, disfrutando de la visión de su magnífico trasero.
—Todavía no se lo has dicho, ¿eh?
Giró la cabeza con rapidez, volviendo a prestarle atención a Marian.
No tenía caso hacerse la tonta, no cuando ambas sabían perfectamente que lo suyo ya no tenía remedio. Negó lentamente con la cabeza y suspiró.
—No es como si hubiésemos tenido muchos momentos a solas estos días…
—¿No dormís juntos?
Hizo una mueca mientras ella sonreía pícara.
—Era broma.
— Ja-ja .
Dejó escapar un profundo suspiro y volvió a mirar hacia la otra punta de la barra, donde Greyson y Gael trabajaban.
—Hasta que le conocí, decirle a un tío que me gustaba, llamarle «cariño» o «amor» no me parecía nada del otro mundo, pero con él… Ya no son solo palabras, es mucho más.
—Y ese mucho más te asusta. —No era una pregunta.
—Más de lo que pensé que podría llegar a asustarme algo —confirmó. Una vez más, él levantó la cabeza y la volvió hacia ella, como si supiese que le necesitaba o que lo estaba mencionando—. Supongo que una no puede pasarse toda la vida con miedo, ¿no?
—No, sobre todo cuando no hay razones para tenerlo.
Ladeó la cabeza, encontrándose con la mirada de su amiga, y la vio hacer un gesto con la barbilla, una silenciosa invitación.
—No pienses tanto las cosas, Gia —le aconsejó con suavidad—. A veces solo tienes que dejarlo salir y ya…
—¿Eso te funcionó?
Su sonrisa fue suficiente respuesta.
—A la mierda… —farfulló, cogió la cerveza que había estado tomando su marido, le dio un buen trago y acto seguido se bajó del taburete—. Si acabo levantando un vendaval, espero que me ayudes a pararlo.
—¡Dalo por hecho!
Se alisó el vestido, inspiró hondo y caminó con decisión hacia el final de la barra. Greyson no dejaba de observarla, entre curioso e intrigado.
—Esto ya está, gracias —escuchó decir a Gael en el mismo instante en que llegó hasta su pareja y se detuvo ante ella.
—¿Gia? —Grey se incorporó, volviéndose hacia ella—. ¿Va todo bien?
Sus miradas se encontraron y no se lo pensó más, cerró las manos en torno a la tela de su camisa y tiró hacia abajo, obligándole a inclinarse hasta que sus rostros estuvieron a pocos centímetros y su boca a un suspiro de la suya.
—Te quiero, Greyson Malakai —declaró, sin dejar de observar esos tormentosos ojos azules—. Y agradezco al destino que te pusiese en mi camino y me eligiese para ser tu esposa.
Lo atrajo hacia ella y unió su boca a la suya en un largo y sensual beso en el que puso todos sus sentimientos. Los silbidos y vítores se elevaron a su alrededor, jaleándoles, divertidos y encantados con aquella inesperada muestra de afecto por parte de sus conciudadanos.
—Dios, mujer —jadeó Grey contra sus labios—. Nunca vas a dejar de causarme problemas, ¿verdad?
—No. Nunca —aseguró ella con total sinceridad.
Él se rio. Sus manos pasaron de su cintura a su rostro, tomándose unos instantes para contemplarla.
—Bien. Porque yo también te quiero, Gianna Malakai —le dijo y sus palabras fueron como una caricia directa en el alma—. Imperfecta, problemática y un poco bruja… te quiero como no he querido jamás. Y te querré siempre.
Esas lágrimas contra las que había batallado anteriormente volvieron a sus ojos, pero esta vez no las retuvo, dejando que se deslizasen por sus mejillas, pues eran lágrimas de felicidad.
—Gracias por elegirme, Grey —musitó, sonriendo de verdadera felicidad—. Y sobre todo, gracias por quererme.
—No tienes que darme las gracias, mi amor —borró la humedad de su rostro con los dedos—. Solo tienes que quererme también.
—Siempre, mi demonio, mi brujo —susurró contra sus labios—. Siempre.
Y cuando sus labios volvieron a unirse esta vez, todo el local estalló en risas, vítores y aplausos.