Una bruja nada perfecta para el demonio (Raven Hollow 2) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Las primeras horas de la mañana siempre habían sido su momento favorito del día.

Justo después del amanecer, cuando el sol ya había emergido de su descanso y su luz empezaba a bañar todo el rancho.

El olor a tierra y humedad, la dureza del suelo bajo sus botas de trabajo, era como si el lugar permaneciese suspendido en una especie de calma primitiva, ajena al ajetreo de las ciudades o el despertar más tardío del pueblo.

Greyson apoyó los brazos sobre la cerca de madera, observando a Thunder galopar unos metros antes de detenerse junto al resto de los animales. El joven semental sacudió la cabeza y relinchó satisfecho, acariciando ya la hierba fresca con el hocico listo para dar cuenta de su propio desayuno.

—Es un ejemplar magnífico, pero está demasiado consentido —mencionó su padre, adoptando una postura similar a la suya.

Se había levantado también al amanecer, lo cual ya era una costumbre en él.

No le había sorprendido lo más mínimo verlo servirse una taza del café que había preparado y seguirle los pasos después de eso.

Ese hombre era un trabajador incansable y disfrutaba más de lo que quería admitir de la vida del rancho.

—¿Y de quién es la culpa? —replicó, mirándole soslayadamente.

Resopló, sus labios curvándose en una perezosa y divertida sonrisa. No hacía falta que dijese nada más, no era necesario entre ellos. Compartieron ese silencio cómodo, la tranquilidad y la camaradería masculina nacida de la confianza y de los años.

—¿Te estás quejando de mis sabios consejos? —preguntó tras unos instantes de silencio.

—Solo cuando el resultado no es el que esperaba —respondió con su mismo tono—. Y este no es el caso.

—Qué cara más dura tienes.

Greyson sonrió para sí, mas no dijo nada.

—El rancho tiene muy buen aspecto —comentó su progenitor—. Se respira otro aire e incluso has arreglado la cerca.

—He estado haciendo labores de mantenimiento estas últimas semanas —admitió—. Gianna ha colaborado pintando y sujetando los tablones. No se le da mal… hasta que se cansa.

Lo escuchó resoplar de risa.

—Así… la elección no fue tan mala, después de todo.

Lo miró, directo, sin esconderse.

—No. No lo fue.

Sabía lo que estaba haciendo su padre. Él le conocía posiblemente mejor que nadie, mejor incluso que su madre, y no porque lo tuviese a él como modelo de vida, sino porque era un demonio, y también brujo.

Ares era de sangre pura, pero había aprendido a usar la hechicería. Conocía lo mejor y también lo peor de los dos mundos y se encargó de mostrárselos, para que pudiese comprender mejor de dónde venía.

—Tu madre se preocupó cuando le dijiste que querías recurrir al Casador del coven para emparejarte. —Como siempre, su franqueza lo precedía—. Y ha estado preocupada por ti, los dos lo hemos estado… hasta ayer.

La expresión de su progenitor cambió. Se notaba la tranquilidad, la paz en él y algo más, satisfacción.

—Has cambiado, hijo —su admisión lo tomó por sorpresa—. Hacía años que no te veía así.

Frunció el ceño.

—¿Así cómo?

—Ligero y equilibrado. —Lo miró de arriba abajo antes de rematar con rotundidad—. En paz.

No podía decir que su respuesta lo pillase desprevenido. Él mismo había notado esos cambios a los que se refería su padre, puede que no de inmediato, pero era consciente de que su vida ya no era la misma.

La brisa movió ligeramente el pelo oscuro del hombre frente a él. Era como verse a sí mismo en unos años, aunque Ares tenía algo más salvaje en la mirada, mucho más antiguo. Sus raíces demoníacas eran fuertes, marcaban el linaje del que procedía; uno poderoso.

—No he estado luchando ninguna guerra —murmuró.

—Oh, sí lo has hecho. Toda la vida, de hecho —resopló el hombre—. Siempre has estado luchando contigo mismo.

La forma en la que pronunció aquello le impidió discutírselo. Era la verdad, una que llevaba bajo la piel, que lo había corroído durante gran parte de su vida.

Durante mucho tiempo se había limitado a existir, a hacer aquello que se esperaba de él y más aún.

Tenía la necesidad de demostrar que podía ser tan buen brujo como cualquier otro, que no era menos por tener un lado demoníaco.

Era como si, por ser mestizo, se viese en la necesidad de demostrar mucho más.

Se había instalado en la rutina, en hacerlo todo perfecto, incluso en su día a día.

Especialmente en su día a día. Comprar el rancho le había permitido establecerse, pero también seguir esa mecánica adquirida.

Se levantaba antes del amanecer, atendía a los animales, volvía a casa a desayunar y volvía a salir, atendiendo el resto de las tareas hasta que el estómago le recordaba que necesitaba alimento.

Se había olvidado de lo que era la espontaneidad, el dejar de hacer algo que no fuese estrictamente necesario, el retrasarlo una hora o dos… incluso de sonreír.

Hasta que llegó ella.

—Creí que era la mejor forma de mantenerme ocupado, que esto… —Levantó ligeramente la mano sobre la empalizada, abarcando todo a su alrededor—, era todo lo que necesitaba. Solo quería conservar mi tranquilidad, traer a alguien a mi vida que encajase en esto…

—Una esposa compatible, una vida tranquila, hijos, rutina… —Su padre enumeró cada punto con tranquilidad—. Sí, recuerdo bien lo que hablamos.

Él había sido el primero al que acudió con su perfecto plan. Se lo expuso como quien presenta un nuevo plan de rendimiento para el rancho y su expresión había sido más que elocuente.

Esa fue la primera vez que admitió en voz alta ante otra persona, ante sí mismo también, que no quería estar solo. No deseaba mirar al futuro y no ver a nadie en él, así que pensó que recurrir al Casador del coven era la opción correcta.

—Creí que era lo que necesitaba, que eso sería suficiente… —Se pasó una mano por el pelo con gesto inquieto—. Hasta que apareció Gianna y… todo saltó por los aires.

Esa admisión se hundió en él con más fuerza de la esperada.

Ella había hecho que su perfecta y bien planificada vida se viniese abajo como un castillo de naipes. No era lo que esperaba que fuese, ni siquiera se amoldaba a su forma de ser, no encajaba y, sin embargo… no podía imaginarse este lugar sin ella.

Ahora el rancho olía a cerezas, a su mágica brisa, a beicon quemado…

La mesa del comedor siempre estaba llena de cuadernos y lápices de colores, el canturreo de Grimmi lo acompañaba cuando entraba o salía, como si el grimorio lo saludase como a un viejo amigo.

Su dormitorio, ese lugar pulcro y ordenado, ahora tenía ropa femenina doblada de cualquier manera sobre una silla, colgando precariamente de una percha junto a la suya, no podía entrar en el baño sin oler su perfume o su gel de ducha. Ya no.

Y eso solo dentro de la casa, pues fuera incluso los animales se habían descontrolado con su presencia.

Thunder estaba enamorado de su esposa, las gallinas la consideraban el anticristo y, aun así, seguían poniendo huevos.

Incluso Otto disfrutaba de su presencia, tumbándose a sus pies cuando ella ocupaba el banco del porche al trabajar…

Risas compartidas, discusiones absurdas, magia removiendo el aire… ¡Caos!

Ella era un vendaval y había vuelto patas arriba su vida de tal manera que sabía que nunca volvería a ser la misma.

Y tampoco quería que lo fuese.

Quería esto. Lo quería absolutamente todo con ella.

—Ahora la veo en todas partes, incluso cuando no está —confesó en voz baja—.

Sé que ahora mismo está en la cocina, la siento allí.

Probablemente haya vuelto a quemar el beicon, haya roto algún plato o iniciado una revolución mágica…

—Se encontró sonriendo automáticamente—.

Pero cuando no está, cuando se va al pueblo o a visitar a Marian, no hago más que mirar el reloj y aguzar el oído para escuchar el sonido de la camioneta al volver.

Y las noches, cuando duerme a mi lado… me paso el tiempo mirándola mientras duerme, asegurándome de que es real, que me pertenece y no voy a perderla.

Porque, papá, me aterra la sola idea de perderla.

Ares dejó escapar un pequeño resoplido, sus labios curvándose mientras lo miraba.

—¿Y eso no te dice nada?

Afirmó con la cabeza.

—Lo dice todo —admitió sin filtros—. Me dice que no es perfecta, que no encaja en el lugar que había diseñado para ella, que me desquiciará eternamente… y que estoy deseando que lo haga durante el resto de nuestras vidas.

—Bueno, pues entonces, problema resuelto —sentenció el hombre—. No obtuviste lo que pensabas que querías, sino lo que necesitabas y eso, hijo, no hay porcentaje casi perfecto que lo consiga. Eso solo podéis conseguirlo vosotros.

—Acabas de sonar como una de esas frases motivacionales de los calendarios.

Su padre soltó una carcajada breve y grave.

—No te haces una idea de lo útiles que pueden llegar a ser esas frases en ciertos momentos, Grey.

Eso le arrancó una pequeña sonrisa. No era necesario preguntar a qué se refería, con Ares solo podía referirse a una cosa; su madre.

El aire se levantó entre ellos, trayendo consigo un aroma característico que lo hizo mirar al momento hacia la casa un segundo antes de que algo saliese volando desde la ventana abierta de la cocina.

Su padre volvió la cabeza al mismo tiempo.

—¿Eso es un plato?

Greyson ladeó la cabeza y dejó escapar un pequeño suspiro.

—Sí —respondió con tranquilidad, arrugando la nariz al notar cierto cambio en el aire, para luego sonreír—. Y beicon quemado.

«¡Ay, no! ¡Por la ventana no!».

«Tranquila. Solo es un plato».

«¡Se lleva el beicon!».

«Eson son los soldados que han caído en batalla, el resto lo tenemos aquí. Sano y salvo».

«Perfecto. Otro plato menos. Grey va a matarme».

—¿Suele ocurrir esto a menudo? —mencionó su padre, su sonrisa se había extendido hasta el punto de hacerle arrugas en los ojos.

—Por lo general son las gallinas las que flotan —resopló, incapaz de no contagiarse del buen humor de su padre—. Lo del beicon es nuevo.

El plato eligió ese momento para perder flotabilidad y caer a plomo, haciéndose pedazos.

— ¡Perdón! —Escuchó la voz de Gia, saliendo desde la puerta de la cocina—. ¡Estamos bien!

Sacudió la cabeza, pero no pudo evitar que se le escapase una risa.

—Y esta es mi vida ahora. —Ondeó la mano hacia la casa—. Una con platos rotos, gallinas voladoras y una bruja nada perfecta a la que… quiero.

Porque sí, se dio cuenta. La quería.

No era solo que estuviese a gusto junto a ella, que la deseara como no había deseado jamás a otra mujer, ni que se hubiese acostumbrado a su presencia, a tenerla en su casa, en su cama…

era algo que se le escapaba de las manos, que no podía controlar y que, sin embargo, estaba allí, presente, latiendo en su corazón.

La quería porque no había nadie que lo hiciese sonreír de la manera en que ella lo hacía, que lo exasperase y lo volviese loco hasta querer estrangularla, solo para ansiar besarla a continuación.

La quería porque era Gianna, su bruja, su esposa y la mujer que poco a poco había hecho pedazos cada una de sus barreras hasta adueñarse por completo de su corazón.

Amaba a esa mujer y la amaría eternamente.

—Sí. La quiero —repitió en voz alta, como si necesitase escucharlo de su propia boca.

La enorme mano de su padre cayó sobre su hombro. Ni siquiera parecía sorprendido por su admisión, sino más bien satisfecho.

—Me alegra ver que al fin lo has entendido.

Enarcó una ceja ante el extraño comentario.

—¿Entender el qué?

Ares le dio un par de palmadas.

—Que la mujer correcta jamás llega a tu vida para ponerla en orden, hijo, sino para ponerla patas arriba y enseñarte a amar todas sus imperfecciones.

Sin otra palabra por su parte, le dedicó un gesto complacido con la cabeza y echó a andar tranquilamente de vuelta hacia la casa, dejándole solo ante el corral, mientras las palabras pronunciadas acababan de asentarse en él.

—Mi pequeña bruja —murmuró volviendo el rostro también hacia la casa—. Parece que al final has sido tú la que me ha ganado la guerra, amor.

Echándole un último vistazo a los caballos, inició también el regreso a casa, sabiendo que allí dentro la esperaba el amor de su vida.