CAPÍTULO 21
Por una vez, el beicon no se le quemó.
Gianna llevaba un buen rato delante de los fogones, riendo y asintiendo ante los comentarios de Eve.
La madre de Greyson era una mujer sin pelos en la lengua y con una paciencia infinita.
No se había quejado ni una sola vez de sus frustrantes intentos culinarios, ni siquiera cuando sus emociones le jugaron una mala pasada y su magia empezó a hacer de las suyas.
Más bien todo lo contrario, se mantenía serena, lo que contribuyó a su propia serenidad.
Prácticamente había saltado de la cama detrás de Grey.
Después de la tarde de ayer, conociendo al matrimonio y escuchando cómo formaban un tándem para contarle todo tipo de cosas sobre su marido, quería hacer algo por sí misma.
Su demonio había preparado la cena la noche anterior, incluso había dejado el café preparado esta mañana, así que quería contribuir con el desayuno.
Exprimir las naranjas, tostar el pan, hacer los huevos… eso ya lo tenía dominado, pero el maldito beicon seguía resistiéndosele. Algo tan sencillo como freír unas malditas lonchas de panceta acababa convirtiéndose en una enorme tragedia.
Su suegra había entrado en la cocina, fresca como una lechuga, y tras darle los buenos días y sorprenderla con un cariñoso abrazo, había mencionado lo bien que olía todo y le había ofrecido su ayuda.
No se había impuesto, ni tampoco apartado de sus tareas, reconociendo su espacio y su lugar como señora de la casa.
Y, siendo sincera consigo misma, eso la calentó por dentro.
Ares, su marido, se había levantado también antes de salir el sol. Eve le mencionó que le gustaba ver despertar al mundo, aunque intuía que puede que tuviese también bastante que ver con el poder pasar tiempo a solas con su hijo.
Físicamente, eran casi como dos gotas de agua.
Grey tenía muchísimo de su padre. Su complexión, el mismo tono de cabello, de piel, incluso el tatuaje en el rostro era como el de su progenitor.
Se movía con la misma elegancia, ambos exudaban esa calma absoluta, sabedores de que podían hacer cualquier cosa.
Pero también tenía cosas de Eve. Pequeños gestos, la misma intensidad en la mirada, esa forma de hablar sin tener que decir una sola palabra…
Sí. Ahora entendía un poco mejor de dónde venía toda la paciencia y la suavidad interior de su marido, su constancia y su naturaleza controladora.
Además, se notaba el cariño que había entre ellos, esa unión familiar…
Una en la que la habían acogido a ella también sin hacer preguntas.
Desde el primer instante se sintió integrada en esa familia, le pedían su opinión, la incluían en las conversaciones y, por encima de todo, le dejaban también cierto espacio a fin de no atosigarla.
Por primera vez en toda su vida, entendía lo que se sentía siendo parte de algo, aun si no compartía su sangre, si no llevaba su apellido, si solo era la esposa de Greyson.
—Ten cuidado con los dedos —le advirtió Eve, dándole un pequeño toquecito en el brazo—. Y bájale un poco más el fuego. Que se haga lentamente, de ese modo, no se tostarán tan rápido.
—El beicon me odia, es un hecho —aseguró, señalando el plato de tiras retorcidas y crujientes que habían muerto en acto de servicio—. Creo que se ha confabulado en mi contra para ennegrecerse hasta el punto de burlarse de mí.
La mujer se rio con suavidad.
—No te haces una idea del desastre que era yo en la cocina cuando me casé con Ares —confesó, poniendo un plato limpio a su lado—. Llegó a preguntarme si tenía intención de envenenarle para deshacerme de él.
—¿De verdad? —la miró y ella asintió.
—No daba una en la cocina —confirmó, señalando las tiras de panceta—. Mira, ¿ves cómo se van encogiendo y su color rosado cambia? Ese es el punto que tienes que esperar para darles la vuelta.
Hizo lo que le indicó.
—Quemaba el pan, los huevos solían ir acompañados de un poco de cáscara, para darle gusto.
¿Y mi relación con la sal? Esa era terrible.
—Se rio, recordando seguramente alguna anécdota—.
Muy buena con la magia y un desastre en la cocina…
Esa era yo. Pero con el tiempo y, sobre todo, con un poquito de paciencia, fui aprendiendo a hacerlo bien.
—En mi caso creo que suspendo en ambas asignaturas: magia y cocina —admitió, moviendo la comida con la espátula.
—Somos brujas, cariño. Siempre estamos aprendiendo —le aseguró con naturalidad—.
Y tú no has seguido el camino fácil, el que recorren la mayoría de las brujas.
Tienes que sentirte muy orgullosa de tus progresos, Gianna.
Tu esencia es salvaje, indómita, no has tenido oportunidad de doblegarla hasta ahora y mírate…
Sujetando las riendas como toda una experta amazona.
Eso, más que ninguna otra cosa, dice mucho de tu voluntad y de lo que eres capaz.
Sus palabras se hundieron en ella, validándola como pocas cosas lo habían hecho.
—Grey tiene mucho que ver en mi actual control —admitió, pendiente de la sartén—. Me ha estado dando clases para ayudarme a contener y usarla sin que acabemos en Oz. Creo que esto ya está.
—En su punto. —Le acercó el plato para que pudiese poner las nuevas lonchas de beicon—. ¿Ves? Ya puedes cocinar el beicon sin que se queme.
—Oh, no cantes victoria todavía. Tengo que hacer mucho más —afirmó, sonriendo sin proponérselo—. Grey es capaz de comerse un plato entero sin pestañear.
—Eso es porque se lo cocinas tú —le dijo, guiñándole el ojo—. Hacía tiempo que no le veía tan… relajado. Se nota que ha encontrado lo que llevaba tanto tiempo buscando.
—¿El qué? —sintió curiosidad.
—Alguien con quien compartir su vida y lo acepte tal y como es —resumió Eve, echando un vistazo hacia la puerta abierta al otro lado del amplio espacio—.
Lo creas o no, Greyson ha sido un niño muy inseguro.
Su mestizaje lo obligaba a esforzarse el doble.
No solo tenía que lidiar con su lado brujo, sino también con su herencia paterna.
Por eso necesita que todo sea perfecto, que cada cosa encaje en su lugar…
Eso le da la sensación de tenerlo todo bajo control.
Pero ahora… —Sacudió la cabeza y suspiró con visible alivio—.
Ahora vuelve a respirar. Es casi como si tu presencia y tu magia le diesen el aire que necesitaba para hacerlo.
Y necesitaba esa sacudida, créeme, ahora es feliz.
—¿Lo es?
Sus miradas se encontraron.
—¿Cómo no iba a serlo si te tiene en su vida, Gianna? —Su sonrisa se hizo más amplia—. Mi hijo está enamorado hasta la médula. Solo hay que ver cómo se le cae la baba cuando te mira.
La seguridad con la que pronunció aquellas palabras le provocó una punzada en el pecho.
—¿Tú crees?
—No lo creo, hija, lo he visto con mis propios ojos —confirmó con gesto rotundo—.
Siempre está pendiente de ti, se queda mirándote como si pensase que fueses a desaparecer de un momento a otro, por no hablar de ese tono suave que solo le he oído utilizar con esa bestia de los establos.
Greyson está completa e irremediablemente enamorado de ti.
Dejó escapar un resoplido y sacudió la cabeza.
—Y, como no, digno hijo de su padre, ni siquiera se habrá molestado en decírtelo —chasqueó la lengua—. Qué chico este.
¿Grey la quería? ¿Estaba enamorado de ella? ¿De ella ?
La sola posibilidad la calentó por dentro. Si fuese verdad, si él la quisiera…
—Y tú también le quieres —añadió Eve. Su rostro se dulcificó al mirarla—.
Prácticamente flotas cuando estás a su lado…
Y no sabes cómo me alegro. Cuando Grey nos mencionó que iba a recurrir al Casador para buscar esposa, te reconoceré que me puse nerviosa.
Sé que es algo común en los coven, pero…
el amor no se encuentra en un porcentaje de compatibilidad.
Como madre deseas lo mejor para tus hijos y solo puedo darle gracias al destino por haberte puesto a ti en su camino…
y a él en el tuyo. —Extendió la mano, rozándole la mejilla, para luego señalar la sartén—.
Y ahora, céntrate de nuevo en el beicon que tu hombre volverá famélico para el desayuno.
Gianna se rio y, atendiendo a los consejos de su suegra, terminó de preparar el desayuno de aquella mañana.