CAPÍTULO 20
El vuelo llegaba puntual. El panel acababa de anunciar la llegada del avión, así que era cuestión de tiempo que sus padres apareciesen.
Greyson miró a la mujer a su lado. Su nerviosismo era obvio, pero su magia estaba bajo llave.
No se trataba tanto de nervios como de expectación, una que no había estado presente esta mañana.
Gianna a veces era como un polvorín, no sabías cuándo te sorprendería, aunque también tenía momentos de calma. Era como un rompecabezas del que de vez en cuando vislumbrabas alguna nueva pieza que te ayudaba a ver la imagen global.
No hablaba mucho de sí misma. Lo que sabía de ella hasta ahora, lo que se había atrevido a compartir con él, le daba una idea de la clase de mujer que se escondía bajo esa impulsividad.
No era solo lo que le había hecho ese imbécil, el motivo por el que Kevin se la hubiese enviado era todo lo que había detrás.
Ladeó la cabeza y lo pilló mirándola.
—¿Ocurre algo?
—No. —Extendió el brazo, tocándole el rostro—. Todo va a ir bien.
Enarcó una ceja y sonrió.
—¿Quién está preocupado ahora?
Correspondió a su sonrisa, remetiéndole un mechón de pelo detrás de la oreja, tanto por el placer de tocarla como para constatar que estaba allí, que era real y… suya.
—Eres perfecta —aseguró, rozándole fugazmente los labios.
—¿Qué has bebido? —se rio, echándose hacia atrás—. ¿Te ha dado demasiado el sol? No, espera. Thunder te ha dado una coz.
—Muy graciosa.
La diversión bailaba ahora en sus ojos, despejando el nerviosismo.
Entonces la notó. La presencia de una magia particular. Era como un perfume que conocía bien. Se volvió y no pasaron más que unos pocos segundos hasta que aparecieron en la puerta de salida, entre otros pasajeros.
—Son ellos —avisó. Miró a Gianna y esta asintió.
La cogió de la mano, deseando su contacto, y juntos avanzaron hacia un lateral.
Su padre le hizo un gesto a su madre, quien sonreía de oreja a oreja. Levantó el brazo y los saludó, confirmando que los habían visto. Su madre le devolvió el saludo, mientras su padre asentía con su acostumbrada calma.
Daba igual el tiempo que pasase, su madre se mantenía excepcionalmente joven. Era una bruja vinculada a un demonio. Habían decidido compartir su vida de esa manera, sabiendo que no serían capaces de vivir el uno sin el otro.
—¿Esa es tu madre? —Gianna parecía genuinamente sorprendida.
—Sí. Y el que le acompaña es mi padre —corroboró y se volvió hacia ella—. ¿Lista?
—Siempre.
Afirmó con la cabeza y se movieron juntos para recibir a los recién llegados.
—Llegamos… —anunció su padre, alternando la mirada entre él y su esposa.
—¿El vuelo bien? —preguntó Greyson, a modo de saludo.
—Sí. Fue un viaje de lo más agradable —respondió su progenitora, adelantándose a su marido—. Y bien, creí haberte enseñado buenos modales, hijo.
Su padre resopló y él también. No obstante, dejó ir la mano de su pareja y abrazó a la recién llegada, aspirando un aroma que siempre lo había calmado.
—Hola, mamá. —No pudo evitar sonreír al escuchar su silenciosa respuesta. Su magia era como una caricia maternal—. Sí, más de lo que me imaginaba.
—Bien —respondió ella en voz alta, dando un paso atrás. Sus ojos cayeron entonces sobre Gianna con una calidez que conocía mejor que nadie—. Y tú debes ser, Gianna…
Su pareja dio un paso adelante, recuperando el espacio perdido.
—Sí, soy yo —confirmó, alternando la mirada entre sus dos progenitores—. Bienvenidos, señor y señora Malakai.
—Llámanos por nuestros nombres, querida. —Fue su padre el que se dirigió ahora a ella—. Eve y Ares. Ahora somos familia.
—Así es, cariño —corroboró su madre—. No hay necesidad de ser tan formal, ¿verdad?
—De acuerdo —aceptó, moviéndose de manera casi imperceptible contra él—. Pues Ares y Eve, entonces.
—Eso es. —Su progenitor asintió y lo miró a continuación—. Es una encantadora jovencita la que tienes aquí, Greyson. Bien hecho. —Volvió a dirigirse a ella—. Espero que te esté cuidando apropiadamente.
—Hago lo que puedo.
—Lo hace muy bien, ¿verdad?
—Yo no tengo queja alguna —afirmó Gia, en respuesta a la pregunta materna.
—Y esa es la mejor de las respuestas —sonrió esta, manteniendo su atención en su esposa—. Tienes que disculparnos por aparecer tan de improviso. Dio la casualidad de que estábamos cerca… y creímos que sería la oportunidad perfecta para conocerte.
Y esa era Eve Malakai. Brutalmente sincera y directa como una flecha.
—Prometemos no molestar —concluyó.
—Nos alojaremos en el hotel de siempre. A tu madre le encanta.
—Lo sé —confirmó, alternando entre ambos—. Pero vendréis a…
—Quédense en el rancho. —Gianna lo interrumpió, tomándolos a todos por sorpresa—. Tenemos una habitación de invitados… y querrán pasar tiempo en familia.
Se encontró con sus ojos sobre él al decir aquello último.
—Oh, no te preocupes, cariño. Greyson sabe que preferimos quedarnos en el pueblo. Además, solo venimos por un par de días…
—Con más razón, entonces —insistió ella, volviéndose ahora hacia él—. La habitación está lista.
Cuando pensaba que nada podía sorprenderle ya con esa mujer, Gia se las ingeniaba para descolocarlo.
No podía evitar preguntarse qué habría ocurrido en las horas que la dejó en compañía de Marian. Había regresado con otra energía, otro talante y una confianza que no había estado antes en ella.
—Mi esposa os quiere bajo nuestro techo, así que… —Los observó a ambos—. Y me vendría bien un poco de ayuda para reforzar la empalizada.
—En ese caso… —miró a su mujer, con gesto interrogativo—. Tú mandas, Eve.
La mirada que le dedicó su esposa estaba más que justificada.
—¿Estás segura, querida? Podemos quedarnos perfectamente en el hotel.
Gianna asintió.
—Quédense, por favor —insistió—. Grey me comentó que fue usted quien lo enseñó a cocinar y… me vendría bien conocer alguno de sus trucos para evitar… calcinar el beicon.
Contuvo una pequeña risa, disimulándola tras un oportuno carraspeo. Los ojos verdes de su problemática bruja se encontraron con los suyos y pudo ver la picaresca en ellos.
—Quedaos —confirmó él, rodeándole la cintura con el brazo para sostenerla—. Mi esposa merece pasar algo de tiempo con su nueva familia.
Gianna volvió la cabeza hacia él y vio en su mirada lo que aquellas palabras significaban para ella.
—Vámonos todos a casa.
Ella asintió, relajándose contra él de tal manera que supo que había elegido las palabras correctas.