Una bruja nada perfecta para el demonio (Raven Hollow 2) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

—Mis padres vienen de visita.

Gianna se quedó con la tostada a las puertas de la boca. Estaba deseando hincarle el diente, saborear la mermelada casera que le había regalado Marian, pero las palabras de Greyson le impidieron hacerlo. Ladeó la cabeza, encontrándose con su mirada, observándola con esa atención tan particular.

— Um … Vale —asintió, llevándose finalmente la tostada a la boca para saborear al fin el apetecible desayuno.

La forma en que la miró y enarcó la ceja debería haberla avisado de que no había terminado.

—Llegarán al mediodía —añadió, como si pensase que una noticia como esa era mejor darla por partes—. Me llamaron desde el aeropuerto hace cosa de una hora.

Y aquello fue todo lo que necesitó para atragantarse con el pan y empezase a toser.

—Joder…

Si no estuviese tosiendo y luchando por respirar, le habría sorprendido el repentino exabrupto de su marido. Ese demonio no era de los que soltaban tacos. Se levantó con rapidez, su mano acabó propinándole pequeños golpecitos en la espalda para aliviar la presión.

—Ay, Dios… —Fue todo lo que consiguió articular cuando al fin consiguió dejar atrás las cosquillas en la garganta y coger aire—. Agua…

No hizo falta ni que terminase la frase, pues él ya había llenado un vaso y se lo acercaba a los labios.

—Despacio. A sorbos —la instruyó.

Lo hizo. Bebió un par de sorbitos, limpiándose la garganta.

—¿Estás bien?

Asintió, bebió otro poco y le devolvió el vaso.

—Me ha ido por mal sitio… —respondió con voz rasposa, aclarándose la garganta, antes de levantar la cabeza y mirarle con los ojos llorosos—. ¿Acabas de decir que vienen hoy? ¿Tus padres?

—Sí. Ellos… quieren conocerte.

—¿A mí?

—Eres mi esposa, ¿no?

—Sí.

—Entonces a ti.

—Vale… —arrastró la palabra, dejando que la noticia calase en ella.

Aquello ya no era una posible visita, lejana en el tiempo, era una bomba atómica cayendo directamente sobre su cabeza.

Una ligera corriente de aire empezó a cruzar la habitación.

Vio por el rabillo cómo las cortinas se agitaban y las cerró de inmediato, respirando hondo y comprobando que el caballo de aire seguía dentro del corral de su mente.

Aquella imagen se había convertido en un recurso para aplacar su magia cuando las emociones tiraban de ella.

Escuchó a Grimmi canturrear desde el sofá en respuesta a su propio poder.

—Vale… —repitió, sintiendo que volvía a tener el control—. Vale.

—Se quedarán en el hotel de Raven Hollow —añadió, dándole ese pedazo de información mientras seguía frotándole suavemente la espalda.

Sacudió la cabeza.

—No digas tonterías —chasqueó, sintiendo la garganta todavía tocada, pero ya no la necesidad de toser—. Son tus padres. Y a menos que duerman separados, pueden quedarse en mi antigua habitación…

—Ese es el cuarto de invitados.

Resopló ante su corrección.

—Pues en el cuarto de invitados —corroboró, girándose por completo para mirarle—. Cambiaré las sábanas, abriré la ventana y ya.

Esos iris carmesí se encontraron con los suyos, como si necesitase asegurarse de que lo decía en serio. Ahora ya no ocultaba sus marcas de demonio cuando estaban solos, dejaba que lo viese tal y como era, lo cual era una muestra de la confianza que le tenía.

—No es necesario —negó él—. Suelen quedarse a dormir en el hotel cada vez que vienen de visita.

—¿En serio? —replicó, más curiosa que indignada. Ella no era nadie para decirle cómo comportarse con su familia, no es que la suya de acogida fuese un gran ejemplo de unidad familiar.

—Aunque los tendremos metidos en el rancho el resto del tiempo —admitió y, durante un breve segundo, tuvo la sensación de que iba a poner los ojos en blanco—.

No sabía qué tenían en mente. Esperaba que nos diesen algo más de tiempo para presentarse aquí, pero…

—Dejó escapar un largo suspiro—. Me temo que mi padre fue incapaz de retener a su esposa durante más tiempo.

Sonrió, no pudo evitarlo. Había algo demasiado humano en ese gesto, en su forma de hablar de ellos.

—Supongo que solo tendré que ser más cuidadosa y no hacer volar a las gallinas mientras estén aquí.

—Las gallinas te lo agradecerán —aseguró, dejando caer la mano de su espalda solo para retirarle un mechón de pelo de la cara.

—Las gallinas agradecerían en el alma no verme nunca más —resopló, pensando en el alboroto que se generaba en el gallinero cada vez que la oían y ya ni decir si entraba a recoger los huevos—.

Huyen de mí del mismo modo que lo harían de un zorro.

Pero, oye, no hay mal que por bien no venga.

Ahora ninguna se atreve a picarme el culo.

Greyson dejó escapar un pequeño resoplido de risa y se incorporó.

—No tienes que preocuparte ni de las gallinas ni de mis padres —le dijo, volviendo a su asiento—. Solo sé tú misma, Gia. Es lo único que debes hacer.

Era increíble la facilidad que tenía su demonio de leerla de un tiempo a esta parte.

Era como si se hubiese vuelto un libro abierto para él y, en cierto modo, quizá fuera así.

Se sentía tranquila a su alrededor, hablaba más de lo que lo había hecho en un principio, incluso había llegado a contarle algunas anécdotas que nunca compartió antes.

—Me dijiste que tu madre era bruja.

—Lo es. Una elemental de tierra.

—Heredaste su base mágica. —Otra de las cosas que había aprendido en esas últimas dos semanas era que Greyson era un brujo realmente competente y poderoso. Su conexión con la tierra era algo que no había visto antes y ahora entendía de dónde le venía.

—Sí, poseo su misma magia, solo que matizada con el don primigenio de mi padre.

Quien era un demonio.

—No tienes nada que temer. —Se inclinó hacia delante, cogiéndole la mano por encima de la mesa.

—¿Te parezco asustada? —preguntó de modo burlón.

—Preocupada. —Y ahí estaba, acertando de pleno—. Si no quieres conocerlos ahora…

Negó con la cabeza, apretándole de vuelta la mano.

—Ahora o más adelante, tendré que conocerlos igualmente —admitió y se encogió de hombros—. Sobreviviré.

Llevaba haciéndolo toda la vida. Esta vez no sería distinto.

Además, si era sincera consigo misma, tenía cierta curiosidad por ver el tipo de personas que eran los Malakai. ¿A quién se parecería Greyson? ¿Serían sus padres tan ordenados y metódicos como él? ¿Más caóticos? ¿Qué pensarían de ella?

La sorprendió preguntarse aquello, pues no era algo que le hubiese preocupado anteriormente. La visión que otros pudiesen tener de ella.

Estaba acostumbrada a ser siempre la última, a no ser importante, a no ser escuchada, por lo que había dejado de esperar que alguien la viese o se preocupase por ella… hasta que llegó a Raven Hollow.

Y hasta que acabó unida a ese demonio.

—Llamaré a Marian —retiró la mano, recuperando la infame tostada con la que se había atragantado. Zampársela entera sería su venganza—. Había quedado con ella de verla en un rato, pero…

—No canceles tus planes —negó él, retomando también su café—. Te llevaré al cottage y te iré a recoger antes de salir para el aeropuerto.

—¿Seguro? —Se llevó la tostada a la boca y, ahora sí, le dio un buen mordisco y se tomó su tiempo en masticar y saborear la mermelada casera.

—Completamente —afirmó.

Hablaron un poco más. De hecho, la conversación se extendió durante el viaje en la camioneta a la casita de Marian y sus compañeros.

Vivía a pocos kilómetros del rancho, más cerca del pueblo que ellos, en una construcción que parecía sacada de la campiña inglesa, rodeada de bosque.

Era un lugar muy hogareño, con la magia chisporroteando en cada esquina, el sitio perfecto para largas tardes de cotilleo y café o de mañanas, como la de hoy, de nervios y confesiones.

La bruja novata, como se llamaba a sí misma, era una mujer que venía de una vida complicada, con mucho equipaje, el cual había ido dejando por el camino desde el momento en que llegó al pueblo y conoció a sus dos compañeros.

Marian todavía trabajaba en encontrar su lugar en el mundo, en descubrirse a sí misma, por lo que ambas se entendían muchas veces sin necesidad de palabras.

Gianna se sentía tan cómoda en su compañía que le resultaba fácil abrirse, compartir con ella detalles de su vida que ni siquiera había compartido con Grey.

A veces, algunas cosas eran más fáciles de compartir con amigas, con otras mujeres, que con el hombre con el que compartías tus días y tus noches.

—…así que sus padres llegarán al pueblo al mediodía —terminó de narrar lo que había ocurrido esa mañana durante el desayuno—. Me atraganté con la noticia. Por cierto, la mermelada de cereza está de miedo. Es, literalmente, de otro mundo.

Su amiga sonrió, llevándose su taza de café a los labios.

—Dice que vienen porque quieren conocerme —añadió, señalándose—. A mí

—Suele ocurrir cuando tienes padres… o una tía como la mía —aseguró Marian, haciendo una mueca—.

Al menos los de Grey tuvieron el detalle de avisarle.

No quieras saber lo que es que se presente tu tía ante tu puerta sin decir que viene…

—Se mordió el labio inferior, sus mejillas ganando algo de color—, y tú estés…

ocupada con cierto demonio en la cama, mientras tu otra pareja está preparando el desayuno. Gael se ganó el cielo ese día.

Se miraron y se echaron a reír, lo cual agradeció. Esos momentos de ligereza eran los que le quitaban importancia a algo que empezaba a generarle ansiedad.

—Sí, pero en este caso se trata de sus padres —señaló, con una mueca—. Me moriría si se presentan mientras follamos.

—Como dije, al menos avisaron y, según dices, suelen quedarse en el hotel del pueblo.

—Eso fue lo que mencionó Grey —afirmó—. No sé, es la primera vez que alguien se muere por conocerme.

Quiero decir, los que ya saben de mi matrimonio no han mostrado el más mínimo interés en conocer a mi marido, en saber con qué clase de hombre me he casado…

Ellos, sin embargo, quieren saber quién soy yo y…

se van a encontrar con una bruja caótica que convierte gallinas en objetos voladores no identificados.

—Oh, las gallinas. Kae me habló de ese episodio —admitió ella, reprimiendo una sonrisa—. Aunque las gallinas no son lo que te preocupan, ¿verdad?

Negó con la cabeza.

—No.

—Entonces, ¿qué es?

—No lo sé —admitió con un suspiro, dejó su propia taza sobre la mesa auxiliar del salón y la miró—. ¿Y si esperaban algo más? ¿Y si al verme no soy lo que esperan? Nunca he sentido la necesidad de caerle bien a la gente, pero ellos… ellos son importantes para Grey…

—Y tú no quieres decepcionarle, ¿no?

No. No quería. No se lo merecía. No cuando había sido tan paciente y bueno con ella, cuando le había mostrado más amabilidad, cariño y compañía en unas cuantas semanas de lo que mucha gente le había mostrado en años.

—¿Y no has pensado que lo único que tienes que hacer en realidad es ser tú misma?

—Marian dejó su taza también en la mesa y se volvió hacia ella—.

No fingiste ni pretendiste ser otra cosa cuando nos conocimos, no intentaste caerle bien a Kaelis o a Gael, solo fuiste tú misma.

Y eso, Gia, es lo que hace que seas una bruja tan especial.

No intentas agradar, solo estás ahí, esperando a que alguien más te vea…

y, aunque no te hayas dado cuenta de ello, mucha gente lo ha hecho ya.

Se sostuvieron la mirada unos instantes, sin necesidad de añadir nada más, pues las palabras de su nueva amiga eran lo suficientemente claras para quien quisiera entenderlas.

Y ella lo hacía.

Él la había visto. Desde el primer momento.

—¿Cómo lo supiste?

—¿El qué?

—Que eran… ellos.

—Me llevó mi tiempo —admitió, bajando la vista a sus manos—.

Aun cuando llevaba tiempo enamorada de ellos, de los dos, creo que me daba miedo aceptarlo.

Cuando los conocí, Kaelis estaba… atrapado y Gael desesperado por llegar a él.

Ya eran pareja y sentí que me estaba interponiendo entre ellos.

No me veía con derecho a formar parte de sus vidas, pero ellos se adueñaron de la mía hasta que no hubo forma de negar lo evidente.

Dejó escapar un largo suspiro y levantó el rostro, mirándola a los ojos.

—Solo pregúntate una cosa, Gia. Si pudieses dar marcha atrás, sabiendo lo que sabes, habiendo vivido lo que has vivido, ¿lo harías o aceptarías lo que tienes, incluso si el futuro es incierto? —expuso con suavidad—. Porque ahí está la respuesta que buscas.

Y ella sabía cuál era.

—Nunca sentí la necesidad de conocer a la familia de mi ex.

No sé si porque yo no tengo familia o porque, en realidad, él nunca lo sugirió.

No hablaba de ellos conmigo, mas yo sabía que se veía con ellos, que tenía contacto…

—mencionó, compartiendo con ella otro pedazo de su pasado y dejando al mismo tiempo que esa herida se purgase—.

Para él yo no fui otra cosa que una especie de cajero automático, una estúpida red de seguridad a la que podía aferrarse para costear sus caprichos…

Vine a darme cuenta de ello demasiado tarde.

Me vació la cuenta, me dejó en la calle y se largó. Así, sin más…

—Menudo hijo de puta…

—Pero Greyson… Él no me pide nada, ni me lo exige, solo está ahí, listo para contener alguno de mis desastres.

Ni siquiera me lo echa en cara. Todo lo contrario, acepta mis errores y me ayuda a evitar cometerlos de nuevo.

Se preocupa por mí de una manera que nadie ha hecho antes —enumeró, sabiendo que cada palabra que decía era verdad—.

Y él sí me ha hablado de su familia, de su madre, que es una bruja, de su padre, que es un demonio…

Me ha hecho parte de su mundo, en vez de apartarme de él…

—Se lamió los labios y dejó escapar un profundo suspiro, dejando que la verdad saliese por fin a la luz—.

Y aquí estoy… acojonada, porque tengo miedo de cagarla.

Y no por mí, sino por él. Me da igual lo que la gente opine de mí, lo que piensan cuando me miran, si es que lo hacen, pero a él…

A él me da un miedo atroz decepcionarlo.

—Siempre nos aterra decepcionar a las personas que queremos, Gia —le aseguró su amiga, acortando la distancia entre ellas para rodearle y abrazarla—. Y tengo muy claro que tú quieres a Greyson.

—Sí —corroboró, dando voz por primera vez a aquel aterrador pensamiento—. Le quiero.

—Entonces todo irá bien —la estrujó un poco, haciéndola sonreír—. Sé tú misma, Gianna. Es lo único que necesitas hacer.

Respiró hondo y asintió, devolviéndole el abrazo a Marian.

—Gracias por escucharme.

—¿Para qué estamos sino las amigas?

Se miraron y volvieron a echarse a reír.

—Vamos, ahora cuéntame exactamente qué pasó con las gallinas voladoras, porque sé que Kaelis ha tenido que dejarse algunas cosas.

Sonrió y procedió a contarle a su mejor amiga y nueva confidente cómo una bruja nada perfecta había acabado traumatizando a unas pobres gallinas.