Una bruja nada perfecta para el demonio (Raven Hollow 2) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Grey dejó a su esposa en la cama, rezongando sobre levantarse demasiado temprano.

No pudo evitar sonreír ante lo que ya venía siendo una queja cotidiana en su día a día.

Gianna no era una persona madrugadora, no tanto como él, al menos, pero no le molestaba.

En estas dos últimas semanas había aprendido mucho sobre ella, el compartir dormitorio y cama le permitió conocerla un poco mejor, descubrir sus pequeñas manías.

La forma en la que doblaba su ropa… o la dejaba desperdigada sobre una silla, sus cosméticos y cremas colocados en una esquina del lavabo, contraria a la suya.

El aroma de su colonia o su gel de ducha que ahora se mezclaba con los suyos…

Eran pequeñas cosas o situaciones que podían haber sido extrañas al principio, pero a las que se iba acostumbrando con el paso de los días.

Ella seguía siendo completamente caótica, aunque ese caos ya no lo enervaba, quizá porque se había acostumbrado a él. De hecho, empezaba a pensar que lo extrañaría de no tenerlo alrededor.

Su magia, por otra parte, se había fortalecido en los últimos días y su manejo con el grimorio era cada vez mejor.

Grimmi la equilibraba de una forma en la que pocas veces había visto en otras brujas, la conexión que había entre ambos estaba mucho más allá de cualquier cosa conocida.

Era como si ese libro fuese realmente un pedacito del alma de Gia, algo que había nacido para llenar ciertas carencias en un momento puntual y que se había desarrollado hasta prácticamente tener una conciencia propia.

En cierto modo, ese grimorio estaba actuando como el familiar de una bruja, como Otto con él.

Otro de los grandes cambios era sin duda el hecho de que solían ir al menos un par de noches a cenar al pueblo, al Jericoks .

Su esposa había hecho buenas migas con Marian, tanto así que ambas mujeres solían pasar tiempo juntas, ya fuese en el cottage de la primera o en el rancho.

Eran las dos únicas brujas en todo Raven Hollow y, dada la forma en que la mujer de Gael y Kaelis había llegado a su magia y en la forma en la que Gia había tenido que aprender a lidiar con la suya, las hacía lo bastante parecidas como para entenderse.

Esas reuniones también lo obligaban a él a tener que interactuar más a menudo con la gente.

Si bien nunca había sido alguien huraño, valoraba demasiado su privacidad, su independencia, algo que a ese maldito demonio parecía traerle sin cuidado.

No obstante, entendía a Kae, su necesidad de estar en contacto con alguien de su clase, incluso si solo era un mestizo.

Y lo mismo pasaba con Gael. La vida del brujo era muy distinta a la de cualquier miembro del coven, para empezar, su vida estaba ligada a la de Kae por un pacto, lo que significaba que había vivido muchísimos más años que él.

En comparación, no era sino un jovenzuelo comparado con esos dos y, aun así, no dudaban en buscar su compañía e introducirle en su pequeño círculo.

«¿Quién dice que no podemos formar nosotros mismos un coven? Raven Hollow no tiene ninguno, así que, adjudicado».

No era como si no pudiesen constituir una comunidad bruja propia en el pueblo, después de todo, mientras hubiese un brujo o una bruja que lo constituyese…

No necesitaba ni ser oficial. Y podrían establecer sus propias normas, sin el encorsetamiento de las viejas leyes que habían hecho de Gianna, Gael o él mismo lo que eran hoy por hoy; prácticamente refugiados dentro de sus propias comunidades.

Al final, el destino los había conducido a todos a este pueblo y aquí era donde habían decidido echar raíces, así pues…

Raven Hollow ya tenía su propio coven, uno que no rechazaba a una niña por ser huérfana, ni a un mestizo mitad brujo, mitad demonio, ni a un brujo que hizo un trato para salvar a un demonio, ni a una humana que acabó heredando la magia de otra bruja.

No. Este pueblo era un ejemplo en sí mismo de comunidad, concordia e identidad humana.

Aquí nadie te miraba mal porque amases a alguien de tu mismo género, ni porque decidieses amar a más de una persona, mientras no fueses un problema para nadie y no vinieses con malas intenciones, siempre tendrías un lugar en esta esquina de Oregón.

Greyson se apoyó en la empalizada, mirando a los caballos que pastaban a sus anchas.

Thunder estaba ya con ellos, disfrutando del aire libre y de ocasionales carreras.

Su niño consentido se había enamorado perdidamente de su mujer.

Cada vez que escuchaba a Gianna o la sentía fuera, se acercaba a este lado de la empalizada para llamar su atención y que le diese unos cuantos mimos.

Estaba claro que esa mujer los había conquistado a todos, empezando por él.

«Por favor. Dime que hoy harás tú el desayuno».

Se volvió a mirar a Otto, que venía caminando con la dignidad de un príncipe.

«Si tengo que volver a comerme una tira de beicon tostada, vomitaré y lo haré sobre tus botas. O quizás sobre las de ella».

Puso los ojos en blanco, se giró del todo y se apoyó de espaldas contra la madera.

—Sí. Hoy haré yo el desayuno —corroboró, mirándole.

«Bien. Ya vuelves a ser mi brujo favorito».

—No sabía que tuvieses otro brujo.

«La adquirí en el momento en que decidiste casarte con ella». Respondió, al tiempo que aposentaba sus cuartos traseros en el suelo. «Considéralo un dos por uno y solo porque ella me cae bien. Siempre y cuando no cocine, claro está».

—Qué magnánimo.

«Tengo mis momentos».

Se quedaron en silencio, aunque no por mucho tiempo, pues el móvil que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón empezó a sonar. Lo sacó y frunció el ceño al ver el identificador de llamada, se sacó el guante con rapidez y cogió la llamada.

—¿Hola? —preguntó nada más descolgar. El ruido de fondo lo llevó a fruncir el ceño, pues juraría que se trataba de la terminal de algún lugar de transportes.

—¿Grey? —El vozarrón de su padre se escuchó alto y claro por encima del sonido—. ¿Te cojo ocupado, hijo?

—No. —Accionó el altavoz, de modo que le fuese más cómodo atender la llamada—. Acabo de dejar a los caballos en el corral y estaba a punto de entrar en casa. ¿Ha ocurrido algo? ¿Dónde estás?

—¿Es Grey? —Escuchó una voz femenina, suave y con un ligero acento que conocía muy bien—. Hola, hijo. ¿Estás en casa?

—Claro que estoy en casa. —Aquella conversación era cada vez más extraña—. Mamá, ¿en qué has metido a papá ahora?

—En una escapada de última hora —escuchó rezongar a su padre—. Estamos en Santa Ana.

¿Santa Ana? ¿Qué coño hacían en California?

—Grey, cielo. Estamos en el aeropuerto. Nuestro vuelo sale para Jackson en dos horas. Llegaremos al mediodía, ¿puedes venir a recogernos?

Se quedó mirando el teléfono como si acabase de salir de él una serpiente cascabel o algo más peligroso aún.

—Espera, ¿venís para aquí? ¿Al rancho?

—Te dije que no era buena idea, Eve —escuchó ahora a su padre, la voz de la razón—. Es demasiado pronto.

—Pero ya estamos aquí y nos queda cerca. —Su padre estaba perdido, y él también. Lo supo en el mismo instante en que escuchó el tono de Evelyn Malakai.

«¿Te he dicho ya que adoro a tu madre?».

Fulminó a Otto con la mirada.

—¿Greyson, sigues ahí?

—Sí, sigo aquí. —Cerró los ojos y contó hasta cinco—. ¿A qué hora llega vuestro vuelo?

—A las doce, cariño. —El tono de su progenitora cambió totalmente, estaba encantada consigo misma.

—De acuerdo. Iré a recogeros —les informó—. Pero, por favor. No… no la atosiguéis. Os conozco muy bien. A los dos.

Suponía que debía dar gracias a los cielos porque sus padres, en especial su madre, no se hubiesen presentado en la puerta de su casa al día siguiente de haberles dicho que se había casado.

Ambos habían acogido la noticia como si les hubiese tocado la lotería.

No habían hecho preguntas, aunque tampoco hacía falta, pues él mismo había hablado con su padre meses atrás para consultarle sobre su intención de contactar con el Casador del coven .

No le cabía la menor duda de que se lo había contado a su madre.

Después de todo, no guardaban secretos entre ellos.

Así pues, que hubiesen esperado hasta ahora era más tiempo del que podía haber dispuesto dadas las circunstancias.

—Solo queremos conocerla —aseguró ella, con esa voz cálida y maternal—. No todos los días tu único hijo encuentra a su bruja.

«Dile que les prepare sus famosas tiras de beicon crujientes. La adorarán».

Cerró los ojos y respiró hondo una vez más, ignorando la risita de Otto.

—Hijo, si prefieres que no vayamos… —La seriedad en la voz de su padre dejó claro que, si era necesario, darían media vuelta ahora mismo.

—No importa, papá. Antes o después tenía que ocurrir —aceptó—. Estaré en el aeropuerto a las doce. Llámame si el vuelo se retrasa o lo que sea.

—De acuerdo, hijo. Nos vemos en unas horas.

La llamada se cortó, lo que quería decir que su padre había colgado, evitando que su madre le hiciese alguna pregunta indiscreta.

«Venga, vamos. Quiero ver cómo le dices a tu brujita que va a conocer a sus suegros».

Otto se levantó, se sacudió de la cabeza a la cola y empezó a trotar alegremente en dirección a la casa.

—Será mejor que primero haga café —se dijo, pues iba a necesitarlo para enfrentar semejante visita.