Una bruja nada perfecta para el demonio (Raven Hollow 2) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

¿Sería completamente indispensable el levantarse de la cama?

Gianna se negaba a abrir los ojos, a aceptar que un nuevo día daba comienzo a pesar de que el sol entrase ya por las ventanas, iluminándolo todo. Las sábanas olían a bergamota, a hombre y a sexo y no le molestaba como quizá debió haber sido.

Eres una mujer adulta. Has follado. Punto.

Solo que esa descripción quedaba jodidamente corta con lo que había pasado anoche. Su cuerpo era un recordatorio de ello. No había una sola parte de él que no recordase su boca, sus manos, sus caricias… y lo bien dotado que estaba el demonio de su marido.

Con énfasis en demonio, por favor.

Sonrió para sí, ocultando la cara y su propia vergüenza contra el colchón.

Grey podía ser dulce y cuidadoso en un momento y sexy y descarado al siguiente, una dualidad que había encontrado más que interesante dentro del dormitorio.

Con todo, seguía siendo él, siempre bajo control, incluso cuando se dejaba ir, había una parte de sí mismo que se aseguraba de llevar la voz cantante…

Aunque no tenía queja alguna sobre ello.

Se revolvió bajo la ropa de cama, resistiéndose a abrirlos, a abandonar todavía el lecho que habían compartido finalmente como marido y mujer.

Era extraño pensar en esos términos, sobre todo dado el empeño que había puesto desde el principio en terminar con esto antes de que siquiera diese comienzo.

Suponía que no había contado con algo primordial…

Que su marido pudiese llegar a gustarle más de lo que esperaba.

—Y ahora qué, ¿eh? —farfulló, cubriéndose la cabeza con las sábanas—. No puedes pasarte el día metida aquí abajo, aunque la idea resulte de lo más apetecible.

Dejó escapar un suspiro y se volvió hacia el lugar que había ocupado él y que llevaba al menos un par de horas largas vacío.

Había percibido el momento exacto en el que él había abandonado su lado, tanto que Greyson se había inclinado sobre ella para besarla y susurrarle al oído que tenía que atender a los animales.

«Vuelve a dormir».

Había algo tierno y también normal en esas palabras, en la forma en la que se había metido en el baño y vestido a continuación.

Sus pasos por la habitación, más ligeros que de costumbre, seguramente, el peso del colchón inclinándose de su lado, la caricia en su pelo y el inesperado roce de los labios sobre su mejilla.

Olía demasiado bien después de la ducha, a fresco y a él, a ese perfume que ya asociaba con el demonio que la había hecho disfrutar más en una sola noche que cualquier antiguo amante en toda su vida.

Gimió, se revolvió una vez más y llegó a la conclusión de que esconderse no era una opción. Necesitaba ponerse en marcha, comenzar su propia jornada y, cuanto antes lo hiciese, menos objeciones pondría.

Fue casi una misión digna de estudio el modo en el que se las arregló para dejar el dormitorio de Greyson, cruzar la planta principal como una protagonista de película de espías y meterse en su propia habitación.

Grimmi la recibió con su canturreo, dejando claro que estaba incluso más feliz que ella porque al fin hubiese echado un buen polvo con su marido.

Si el libro no fuese una parte de ella y su mejor amigo, habría abierto la ventana y se habría quedado a mirar si volaba.

Por fortuna, su otra mitad la conocía lo bastante bien como para guardar silencio y dejar que se metiese en el baño sin otro jocoso comentario.

La ducha la ayudó a despejarse del todo. El agua caliente fue un regalo para su cuerpo, el cual acusaba los deliciosos excesos nocturnos, al igual que el café que encontró recién hecho en la cocina.

—Este hombre piensa en todo —murmuró con una taza de ese humeante líquido en las manos.

Un vistazo al reloj la avisó de que no había remoloneado tanto como había pensado en un principio, lo que le dejaba algo de tiempo hasta que Greyson volviese de sus tareas vespertinas en el rancho.

—No soy la chef oficial del rancho, pero supongo que puedo preparar algo que no acabe en un huracán o…

—Ante la mención de su propia magia, echó un rápido vistazo a su alrededor.

Sus ojos se encontraron con la mesa del comedor y no pudo evitar sonrojarse hasta la punta del pelo por lo que habían iniciado anoche sobre ella—.

No podré volver a ver esa mesa de la misma manera…

Salvo ese pequeño detalle, el resto de la habitación estaba en perfecto orden, lo cual la alivió sobremanera.

Había intentado mantener el control sobre su magia, pero hubo momentos en los que las riendas se le escaparon de las manos…

Estaba segura de ello. Como también de que su demonio la había contenido de alguna forma.

El canturreo que salió de su habitación confirmó sus propios pensamientos.

—Entonces no he enviado nuestra casa a Oz, ¿eh? —alzó la voz, en respuesta.

Grimmi respondió con lo equivalente a una carcajada y añadió un comentario bastante soez para un libro.

—En serio. Voy a prohibirte pasar tanto tiempo con Otto —lo avisó, volviéndose hacia la puerta que conectaba con el pasillo—. ¿De dónde has sacado semejantes modales? Soy tu bruja, grimorio.

El canturreo fue aún más intenso, dejando claro lo que pensaba al respecto.

—Sí, ya lo sé —resopló ante su respuesta—. Estoy en ello, ¿ves? —añadió, dirigiéndose hacia la nevera. Acababa de recordarle que Grey volvería en breve y que lo mínimo que podía hacer era preparar el desayuno—. Pero te lo advierto. Si esto sale mal, te echaré la culpa a ti.

Una pedorreta en toda regla. No había forma de ponerle otro nombre al sonido que reverberó desde el dormitorio.

Sacudió la cabeza, sin embargo, no pudo hacer otra cosa que sonreír.

—De acuerdo. —Se remangó las mangas de la sudadera, abrió la puerta del frigorífico y sacó de su interior los ingredientes que le había visto usar a su marido para preparar el desayuno—. Los huevos, el beicon, las salchichas… ¿Dónde están los tomates?

Los encontró, como no, en el cajón de las verduras. A juzgar por su contenido, Grey ya había recolectado algunas nuevas hortalizas el día anterior, posiblemente mientras ella estaba trabajando en su ordenador.

Sus clientes de siempre seguían confiando en ella, tanto así que la habían recomendado a un tercer contacto que ya había aprobado su presupuesto e incluso le envió un adelanto.

Era curioso cómo la tranquilidad del rancho había obrado maravillas en su creatividad.

Por un motivo u otro, encontraba algo que encajaba con lo que llevaba tiempo buscando o le surgía alguna idea inesperada que no dudaba en poner en práctica.

Puede que esa cucaracha de Oliver Wilcoks se la hubiese jugado, pero aquí estaba ahora, remontando su vida, y trabajando poco a poco para asegurarse de que el cabronazo no volviese a jugársela a nadie más.

Sí. Al final iba a ser verdad eso que se decía sobre que la venganza era mejor servirla fría.

Sonrió para sí e hizo a un lado cualquier pensamiento sobre él para centrarse en preparar un desayuno, ya no digno, sino comestible. Con eso se conformaba.

Cuando terminó, cuarenta y cinco minutos después, la cocina parecía un zafarrancho de combate, todavía olía algo a quemado, pero sobre la «infame mesa» del comedor ya había un desayuno completo perfectamente comestible. Y bastante digno, además.

—Gianna, ¿por qué huele a quemado desde…? —La pregunta de Greyson quedó a medio camino en cuanto entró por la puerta y la vio en medio de la cocina—. Bien. Puedo llegar a imaginármelo.

Como siempre, vestía unos gastados vaqueros y una camisa de cuadros abierta sobre una camiseta que se adhería a su pecho como una segunda piel.

Las mangas remangadas dejaban ver sus fuertes brazos y, a juzgar por el pelo húmedo y la toalla en la que venía secándose las manos, debía haberse aseado con el agua fría del pozo de la parte de atrás.

Sus ojos se encontraron finalmente y, durante un par de largos segundos, solo se miraron. El tiempo pareció quedarse en suspenso, como si de repente todo lo ocurrido la noche anterior volviese a ellos.

—Buenos días… —dijo él, rompiendo finalmente ese silencio.

—Buenos días —respondió, sintiendo algo de calor en la cara. Sacudió la cabeza, respiró hondo y dio un par de pasos adelante, dejando atrás la cocina para encontrarse con él a medio camino—. Vale. Esto es raro y no debería serlo, así que…

No terminó la frase, pues su marido dio dos zancadas más y acabó delante de ella, con la mano hundida en su pelo y su boca sobre la suya. Esa, sin duda, fue la mejor forma de atajar aquel incómodo momento y volverlo más… de ellos.

—Bien… Eso también vale… —musitó ella, cuando sus bocas se separaron y volvieron a mirarse—. Hice el desayuno.

Greyson desvió un poco la mirada a la mesa.

—Ya veo.

—E iba a recoger la cocina, en serio —añadió, sabiendo que aquello debía estar volviéndolo loco.

Asintió de nuevo y, finalmente, la dejó ir, aunque no se apartó más que la distancia de un paso.

—¿Te has cortado, quemado… algo… mientras cocinabas? —preguntó, mirándola de la cabeza a los pies.

Gianna se llevó las manos a las caderas.

—Tengo todos mis dedos y no me he hecho ninguna quemadura —resopló—. Sí, ya sé que no soy ningún portento en la cocina…

—Gia, huele a quemado, por eso te lo pregunto.

Gia. La había llamado así anoche, pero esta mañana y en una conversación tan casual, sonaba incluso mejor. Más íntimo.

—Vas a tener que comprar más beicon, eso es todo. —Dejó caer los brazos—. Otto puede comerse el que se ha… churrascado un poquito.

Como si supiese que estaba hablando de él, el perro-familiar de su demonio apareció por la puerta, la miró, husmeó la cocina y dio media vuelta para irse por donde había venido.

Greyson lo siguió e hizo una mueca.

—Eso es un no, ¿verdad?

—Le gusta más bien poco hecho —respondió él, volviéndose de nuevo hacia ella.

Puso los ojos en blanco y señaló la mesa con un gesto.

—Como sea. El desayuno está listo y te aseguro que se puede comer —declaró, regresando a la cocina—. Siéntate y desayuna. Terminaré con esto y…

—Déjalo para después. —Señaló la mesa y la invitó a unirse a él con un gesto de la mano—. Te ayudaré a recoger todo eso antes de empezar nuestra clase de hoy. Es hora de que empieces a usar también tu grimorio.

—¿Quieres añadir a Grimmi a las clases de magia? —Aquello sí que no se lo esperaba.

—Te ayudará a controlar la magia, sin tener que limitarte a contenerla —le aseguró, esperando a que se sentase, para ocupar él luego su lugar—. Lo segundo ya lo estás haciendo bastante bien, es hora de que demos un paso más allá.

—¿Por qué? —Miró hacia la puerta por la que había entrado y que seguía abierta—. Por favor, dime que las gallinas no han salido volando otra vez.

—Las gallinas siguen en su lugar.

—¿Entonces fueron los caballos? —Se llevó las manos a la cabeza—. Ay, Dios. He mandado a Thunder a Oz.

—Thunder y los caballos estaban perfectamente en sus establos. —La tranquilizó con su habitual calma—. El rancho está perfectamente…

—Joder, Grey. Pensé que había volado algo anoche mientras follábamos —resopló, sintiéndose notablemente aliviada—. No me des esos sustos.

Él sonrió. No fue una gran sonrisa, pero era sincera y tranquila. Como si ya se hubiese acostumbrado a sus salidas.

—Olvidas que yo también soy brujo, pequeña, además de tu marido —le dijo con total naturalidad—. No iba a dejar que pasase algo semejante… No cuando estábamos juntos.

— Um … Sí. Vale. Tienes razón —admitió en voz baja, removiéndose en el asiento—. Bien. Pues… clases de magia con grimorio para después del desayuno, entonces. Tendríamos que empezar en algún momento, así que, ¿por qué no hoy?

Dejó escapar un nuevo suspiro, miró la mesa delante de ella y abrió ligeramente los ojos al darse cuenta de que faltaba algo.

—¡Los huevos! —exclamó, levantándose rápidamente para dirigirse de nuevo a la cocina. Por fortuna, ya había apagado la sartén y no se habían quemado. De hecho, tenían buen color, lo cual era un éxito en sí mismo.

Llevó los platos que ya tenía preparados y los sirvió.

—Por cierto… —mencionó dejando uno de los platos delante de su pareja—. Voy a tomarte la palabra con respecto a lo que me dijiste el día que nos casamos. —Él levantó la cabeza, lo miró y añadió—: Me mudo a tu dormitorio.

—Nuestro dormitorio —la corrigió una vez más—. Gracias por el desayuno, Gia.

—De nada, Grey —asintió y ocupó su lugar, dispuesta a disfrutar del desayuno junto a él.