CAPÍTULO 16
Ella estaba en sus brazos. Su cuerpo menudo y curvilíneo pegado al suyo, su lengua enredada en la de él.
No estaba muy seguro de cómo había llegado a pasar de extrañarla, de pensar en que su presencia lo había cambiado todo en tan solo unos días, a sentirla parte de él.
Después de esa visita al Jericoks no había manera de negar lo evidente; no iba a detenerse.
No podía renunciar a ella, no cuando empezaba a verla ya como parte de su existencia, como algo más que un maldito porcentaje. Gianna era su esposa, pero en su mente ya había tomado también el lugar de su mujer.
La ciñó un poco más, necesitando sentirla.
Dejó que sus manos vagasen sobre su cuerpo, con cuidado, aprendiendo cada camino, cada forma que había admirado sin que ella lo supiera.
Él mismo se había sorprendido de ello, de observarla y de descubrir que le gustaba lo que veía.
Era muy femenina, con una figura fuera de los cánones establecidos, algo que le gustaba especialmente.
Gianna no era perfecta. Era un desastre como bruja, no encajaba en los cánones típicos de belleza, era indisciplinada y revoltosa, emocional como ninguna otra mujer que hubiese conocido y también decidida… Y todo eso, lejos de ahuyentarlo, lo había estado ganando poco a poco.
Cuando solicitó ayuda al Casador para encontrar una esposa en la comunidad, lo hizo con el pensamiento de construir una vida ordenada, de tener una mujer a su lado que alejase la soledad del paso de los años, que le ayudase en el rancho y que le proporcionase una familia.
Se había convencido de que eso era suficiente, que encajarían, aprenderían a sentir cariño el uno por el otro y puede que, con el tiempo, llegase a amarla.
Era un plan perfecto, acorde a su forma de vida, a sus necesidades… y esa bruja de aire se lo había desbaratado con la fuerza de un huracán.
—¿Estás segura de esto? —Se obligó a frenar un segundo, a dejar que el aire corriese entre ellos, aun cuando todo su cuerpo le pedía a gritos que siguiese, que la tomase como deseaba tomarla—. Si seguimos… no habrá vuelta atrás.
—¿Tú quieres seguir? —La suavidad de sus palabras contenía una pequeña incertidumbre. Casi podía sentir que contenía el aliento a la espera de su respuesta.
—Más que ninguna otra cosa —confesó, llevando la mano a su mejilla, acariciándosela—. Te deseo, Gianna. Tú eres lo que más deseo.
Escuchó cómo dejaba escapar el aire, su cuerpo relajándose para finalmente asentir.
—Entonces que no haya vuelta atrás —pidió y lo que vio en sus ojos lo hizo muy consciente de su vulnerabilidad, una que siempre se esforzaba en ocultar—. Porque yo también te deseo, Grey. No estaría aquí si no lo hiciera…
Y eso fue todo lo que necesitó para volver a besarla y dejarse llevar.
No más dudas. No más contención. Esta noche y en este lugar solo existían ellos dos, lo demás podía esperar.
Acabó con ella encima de la mesa. Esos labios se extendieron bajo los suyos, escuchándola reír, un sonido que lo hizo sonreír a su vez.
—¿Tenemos prisa? —preguntó pícara, sus manos resbalando sobre él, tocándole con una suavidad y delicadeza que no había sentido antes por parte de una mujer. Gia era suave, cuidadosa, exploraba más que reclamaba, aunque tenía todo el derecho de hacerlo.
—Si te dijera que no, te mentiría —murmuró contra su boca, robándole un beso fugaz y conteniéndose al mismo tiempo para ir más despacio—.
Es difícil contenerse cuando te tengo aquí.
Así. Vestida de esta manera. —Deslizó un dedo sobre los finos tirantes de la camiseta que se abrazaba a sus pechos, bajó la mirada mientras bordeaba el escote de la tela y se lamía los labios al notar los pezones empujando contra esta, marcándola—.
¿Tienes idea de lo difícil que es mirar hacia otro lado cuando te paseas por ahí en pijama? No soy de piedra.
—¿Me mirabas? —Parecía sorprendida por ello.
Levantó la cabeza y se encontró con sus ojos.
—¿Cómo no iba a hacerlo? —Fue sincero en su respuesta—. Eras una tentación constante.
Su expresión se suavizó y los labios, ahora hinchados por sus besos, se curvaron con ligereza.
—Bueno. Ahora me siento mejor al saber que no soy la única que ha estado mirando al otro a hurtadillas.
Greyson sonrió, contagiado por la manera en que dijo aquello, casi como si estuviese confesando su última trastada.
—Me di cuenta, créeme —admitió y siguió deslizando el dedo ahora en torno a uno de sus pechos—. No eras precisamente… discreta.
Se echó a reír y su risa le pareció perfecta.
—Oh, perdone usted, señor Malakai, pero es que los vaqueros le hacen un culo de primera y… —Se encogió de hombros—. Bueno. Alguna ventaja tenía que tener el estar casada contigo.
Soltó una carcajada. Fue algo espontáneo, inesperado y que simplemente estaba ahí.
—Oh, no te rías —resopló ella, pero su rostro lo hacía—. Lo digo muy en serio.
—Espero que encuentres más ventajas que mi «culo de primera» estando casada conmigo, Gianna —replicó risueño.
—Tienes algunas otras —añadió ella, estremeciéndose cuando le rozó el pezón con el dedo—. Cocinas realmente bien y… me encantan tus besos…
Cosa que procedió a demostrarle, inclinándose hacia delante para unir sus labios a los de él una vez más.
—Tócame, Grey —musitó contra su boca—. Quiero sentir tus manos sobre mí.
—Será un verdadero placer.
Le acunó los pechos por encima de la camiseta, maravillándose de lo bien que encajaban en el hueco de sus manos. Se bebió su gemido, besándola despacio, disfrutando de ese instante y de cómo su cuerpo reaccionaba a sus caricias.
Abandonó sus labios solo para explorar el resto de su rostro. Le besó los pómulos, le mordisqueó el lóbulo de la oreja, haciendo que se encogiera con una risita y continuó bajando por su cuello tomándose su tiempo para aprender qué la hacía estremecerse, qué gemir o pronunciar su nombre.
—Hueles a cerezas maduras, tu piel es suave e igual de dulce. —Su voz empezó a volverse más y más ronca, matizada por el deseo—. No creo que me canse nunca de saborearte, Gianna.
—Bien… —La escuchó suspirar.
Le echó un rápido vistazo y la vio mordiéndose el labio inferior.
Tenía los ojos cerrados y una expresión de lo más placentera en el rostro.
Era una visión adorable y sumamente erótica, se estaba entregando por completo a él, confiando en que la mantendría segura y a salvo.
Y eso, más que ninguna otra cosa, lo desarmó.
—Siempre cuidaré de ti, Gia. —Sus palabras hicieron que los abriera y buscase los de él—. Nunca voy a dejarte sola. Sin importar lo que hagas.
Esa mirada se tornó vulnerable y, durante un breve instante, pareció vidriarse. Empezó a parpadear con rapidez, dedicándole un único asentimiento. Nada más que eso y fue suficiente. Había cosas que no era necesario poner en palabras, podían sentirse y Grey ya sentía que ella estaba confiando en él.
Buscó una vez más su boca y su beso fue más intenso, más carnal.
Le quitó la camiseta y la dejó caer sin dedicarle un segundo de su tiempo, dejándola completamente expuesta a sus ojos, a sus caricias y al deseo que no hacía más que aumentar.
No era un hombre dado a las palabras bonitas, al romanticismo, no sabía comportarse de esa manera, así que le demostró lo que sentía con sus manos y sus caricias.
Con su boca y su lengua, disfrutando de ella y haciéndola disfrutar a su vez.
—Grey… —Su nombre salió de la boca de su esposa como un gemido ahogado. Había atrapado uno de sus pezones entre los dientes, azotándolo con la punta de la lengua antes de succionarlo. La respuesta del cuerpo femenino fue instantánea, se arqueó contra él, acercándose más.
Le acarició el otro pecho con los dedos, masajeándolo, mientras su otra mano se perdía más allá de la línea del pantalón del pijama, colándose bajo la cinturilla de este y de sus bragas.
—¿Paro? —murmuró contra su pecho.
—¡Ni se te ocurra!
Rio ante la rotunda respuesta y siguió con su incursión, resbalando los dedos a través del suave vello hasta rozar la humedad de su sexo.
Ella se estremeció en ese momento, pero él también.
Había algo sumamente íntimo en acariciarla de esa manera, la total entrega de su confianza, lo cual era un regalo indescriptible.
Suspiró, no sabía si de alivio o de felicidad, puede que un poco de ambos, y se dedicó a lo que más deseaba en ese momento, complacerla.
Se entregó por entero a la tarea, disfrutando de su placer como si fuese el propio, encontrando en cada gemido, en cada estremecimiento de su mujer un disfrute muy particular al saber que era él y solo él quien se los proporcionaba.
Gianna era pura sensualidad y entrega, sincera, sin artificios, su magia era parte de ella, como una corriente subyacente que burbujeaba bajo su piel y que en esos momentos llamaba a la suya.
Sonrió contra su pecho, le dio un último lametón al pezón y descendió sobre su vientre, con lentos besos que acabaron con su lengua alrededor del ombligo, haciéndola estremecer con cosquillas.
—¿Puedo pedirte algo, brujita? —murmuró con voz ronca, abandonando su húmedo sexo solo para disponer de las dos manos y arrancarle el pantalón y la ropa interior de las caderas, haciéndola resbalar por sus piernas hasta quitársela por completo—.
¿Podrías sujetar con fuerza las riendas del viento durante un momento?
—¿Las riendas del…? —Sus palabras se quebraron a media frase y acabó con un «ay, joder» cuando bajó la cabeza entre sus muslos y le lamió el sexo—. Dios, Grey… Eso se avisa…
Él se rio y volvió a lamerla, degustándola como si fuese el más dulce de los postres. Uno del que no le importaría disfrutar durante un buen rato.
Notó el inmediato tirón de la magia, una ligera brisa danzando a su alrededor con el aroma de Gianna y la inconfundible huella de su poder.
Su poder era completamente emocional, el viento respondía a sus emociones, del mismo modo que la tierra respondía a las suyas.
Mientras que él podía conectarse con todo el rancho, saber en cada momento en dónde se encontraban los animales, los árboles y cada jodida planta, ella lo hacía con las corrientes de aire, con la brisa, con la mismísima atmósfera.
Era un don realmente aterrador, pero que se plegaba a sus deseos con suma facilidad.
Dejó que su propia magia los envolviese a ambos, aislándolos del resto del mundo y, en esa pequeña burbuja, se dedicó por completo a complacerla, a hacerla gemir, estremecerse e incluso balbucear, hasta que su cuerpo sucumbió por completo al placer y se corrió bajo su boca, gimiendo su nombre.
Se tomó su tiempo en saborear los rescoldos de su orgasmo antes de abandonar el lugar entre sus piernas como un hombre visiblemente satisfecho.
Verla tendida sobre la mesa, apoyada sobre los codos, con esa mirada llena de deseo, era algo que atesoraría durante el resto de su vida.
Una imagen que pensaba guardarse para sí, pues era hermosísima.
—Eres preciosa… —Las palabras emergieron de su boca por iniciativa propia, dando voz a sus pensamientos.
Gianna le respondió tendiéndole la mano, su alianza pareció brillar bajo la luz de las lámparas, recordándole sin necesidad de palabras qué tan suya era esa mujer. Tomó su mano, ayudándola a incorporarse solo para que ambos volviesen a encontrarse en un nuevo beso, lento y profundo.
—Quiero estar dentro de ti —gruñó contra sus labios, haciéndola partícipe de su necesidad.
Una vez más se limitó a asentir con la cabeza, buscando de nuevo su boca, besándole con hambre, borrando cualquier posible duda que pudiese dejar su silencio.
—Sí —terminó susurrando ella—. Por favor…
Esas pequeñas y delicadas manos tiraron de la cintura de su pantalón un instante antes de que una de ellas se colase dentro de la prenda, acariciándole el miembro erecto sin vacilación.
La vio lamerse los labios, sus miradas sosteniéndose en un momento de lo más íntimo.
—No me hagas esperar más… —le dijo sin dejar de acariciarle—. No nos hagas esperar a ninguno de los dos.
—¿Aquí?
—Aquí —confirmó con un asentimiento, rodeándole con los dedos hasta donde fue capaz, lo que lo estremeció—. Y donde sea.
—Vas a ser mi muerte, Gianna Malakai —aseguró, besándola una vez más, disfrutando de esa íntima caricia antes de retirarse, deshacerse de los pantalones y arrastrar a su mujer hasta el borde de la mesa. Esas bonitas y largas piernas no dudaron en rodearle la cintura.
—Entonces, procuremos que mueras feliz, ¿no?
—Bruja… —gruñó, conduciéndose a su entrada.
—Demonio… —se rio ella, dejando escapar un pequeño jadeo mientras se entregaba completamente a él.
La sensación era indescriptible. Era mucho más que sexo, que un acto de posesión, era el conocimiento de que a partir de este momento ya no eran dos personas, sino una sola. De que Gia era tan suya como Grey lo era de ella. Si había un punto de no retorno, era este y ambos acababan de cruzarlo.
—Grey… —gimió ella, arqueándose bajo él.
—Mía, pequeña bruja —respondió, inclinándose sobre ella, buscando una vez más sus labios—. Al fin eres toda mía.
Y procedió a demostrárselo como sabía, llevándolos a ambos a las más altas cumbres del placer.