Una bruja nada perfecta para el demonio (Raven Hollow 2) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Había cosas que ni una agradable ducha podían borrar y era la sensación de que algo acababa de cambiar y no sabía cómo afrontarlo. Tirada sobre la cama con la mano en alto, Gianna miraba su alianza de bodas como si ese pequeño anillo fuese el culpable de dicho cambio.

No lo era. Una pieza de plata envejecida no tenía tal poder, el cambio venía gestándose desde hacía tiempo en su interior, desde el mismo instante en que él la besó por primera vez.

Ese concreto instante había saboteado sus planes, porque encontró que le gustaba más estar aquí y con él que sola en la ciudad.

No lo admitiría en voz alta, temía que al hacerlo el hechizo se rompiese y esta última semana, en especial el día de hoy, se esfumase como si nunca hubiese existido.

No es que hablar con unas gallinas, acabar enterrada bajo unas balas de heno o intentar remodelar el rancho con un golpe de viento fuesen momentos inolvidables, pero le habían aportado más emociones de las que había podido vivir cualquier día en compañía de Oliver.

Y también estaba Greyson, alias el demonio , y ese maldito noventa y cuatro por ciento.

No podía haber dos personas más distintas en el mundo que ellos dos y, sin embargo, el Casador los había emparejado por esa alta compatibilidad.

Empezaba a pensar que ese porcentaje no tenía que ver tanto con que fuesen compatibles como con que encontrasen en el otro algo que encajaba con ellos, que les aportase aquello que les faltaba o en lo que no habían pensado hasta estar en el mismo lugar.

Dos personas tan distintas y que, sin embargo, empezaban a entenderse como si siempre estuviesen destinadas a ello.

Dejó caer la mano y se quedó allí, despatarrada sobre el colchón.

Se había secado el pelo, puesto el pijama, pero ni siquiera se había introducido entre las sábanas.

Estaba allí tirada, dándole vueltas a la cabeza y, por encima de todo, al beso que acababan de compartir en el coche.

Casi podía saborearlo, notar sus labios sobre los de ella, su lengua en su boca, degustándola… Se había acabado demasiado pronto.

—Grimmi, creo que voy a cometer una locura… —murmuró.

Su grimorio estaba en el rincón de la habitación, sobre la pequeña mesa auxiliar al lado de la ventana, y empezó a canturrear en respuesta.

—Pues de las de salir por esa puerta y buscar a Greyson —respondió a su pregunta, haciendo que esas palabras sonasen a sentencia al escucharlas en voz alta—. Ese tipo de locura.

El particular método de comunicación del libro cambió de tono e intensidad, volviéndose más lento, con sonidos más cortos.

—No puedo sacarme de la cabeza ese beso —ladeó la cabeza, mirando en dirección al libro—.

Y no es solo eso… Tienes que admitir que es un hombre atractivo, sexy incluso.

Sí, vale, puede ser un poco hosco a veces, pero…

joder, es que me estoy dando cuenta de que eso también me pone.

—Cerró los ojos y dejó escapar un largo resoplido—.

Es oficial. Mis neuronas han empezado a morirse una detrás de otra, mi magia las está consumiendo.

Un chirrido de su parte fue suficiente para que hiciese una mueca.

—Por favor. Si empiezas tú también con lo del noventa y cuatro por ciento, no te hablo en un mes —resopló—. No quiero un jodido test de compatibilidad, quiero…

Se quedó callada y Grimmi aprovechó el momento para canturrear como una vieja alcahueta.

—No es verdad…

Un nuevo chirrido, más enérgico que el anterior.

—Joder, Grim. Se supone que debes estar de mi parte, no de la de él… —rezongó, incorporándose de golpe—. Tu trabajo es hacerme desistir, no animarme.

Si su libro pudiese poner los ojos en blanco o resoplar, estaba segura de que lo habría hecho en ese mismo instante, en vez de eso, se volvió más enérgico.

—¿Cómo que «fóllate a ese demonio de una jodida vez» ? —Dejó escapar un resoplido de risa—. Menudo guardián estás tú hecho. —Ahora fue ella la que imitó el resto ante su contestación—. Sí, ya sé que solo guardas mi magia, pero se supone que soy tu bruja. Tendrías que darme buenos consejos y…

Sus páginas se agitaron, una versión libro de «Eres exasperante».

—Vale, vale. Ya he captado la indirecta. —Se puso en pie, dejó atrás la cama y resbaló los dedos sobre la tapa, sintiendo el chisporroteo de la magia bajo sus dedos—. Es mi marido y todo eso… pero fue él quien se apartó…

Y quien la había invitado a compartir su dormitorio el mismo día en que se casaron, le recordó su canturreante amigo, lo que lo reducía todo a una única pregunta: ¿Quería hacerlo?

—Mierda. —Se pasó las manos por el pelo, revolviéndolo—. Eres la peor de las influencias, Grimmi Grimorio.

Miró la puerta del dormitorio y no se lo pensó.

Un par de pasos después la había atravesado, saliendo al pasillo y encontrándose con las luces todavía encendidas y algo inesperado, el sonido de lo que parecía ser música country sonando bajito.

Lo siguió hasta la amplia planta abierta que conectaba la cocina con el salón y el comedor.

Greyson estaba de espaldas a ella, de pie ante la ventana, con una copa de vino en las manos, pero eso no fue lo que realmente le llamó la atención.

El tatuaje que siempre llevaba oculto estaba a la vista.

Y no era lo único. Iba vestido con un pantalón flojo, colgando de manera precaria sobre sus caderas, y no llevaba nada más, ni siquiera una camiseta o zapatos; estaba descalzo.

Era la versión más primitiva de él que había visto alguna vez, una que le produjo un ligero cosquilleo en el bajo vientre. Se permitió observarle unos segundos, pues fue todo lo que tuvo antes de que ladease la cabeza en su dirección y esos ojos, ahora carmesíes, se clavasen sobre ella.

—¿No puedes dormir? —Una frase simple, mas su voz no lo era. Parecía algo más ronca y profunda que de costumbre. Aunque puede que fuese tan solo una percepción suya.

—No. —Gianna se sintió repentinamente incómoda, como si no debiese estar en ese lugar y en ese momento. Tenía la sensación de haber interrumpido un momento íntimo.

—A veces una copa de vino ayuda —mencionó, volviéndose por completo hacia ella. Ese hombre no tenía un solo gramo de grasa encima y tampoco vello, se dio cuenta. Y estaba segura de que no era de los que se depilaba, así que tenía que tratarse de un rasgo de su clase—. ¿Quieres?

Asintió. Sus pies empezaron a moverse por sí mismos, dirigiéndola directamente hacia él.

Se detuvo a tan solo un paso, más consciente que nunca en esos momentos de su diferencia de altura.

Le cogió la copa de las manos y dio un pequeño sorbo.

La expresión de su marido no cambió, si acaso enarcó un poco una de las cejas cuando le devolvió la bebida.

—Es suficiente con un sorbo, gracias —respondió a su gesto—. Tú tampoco pareces poder dormir, ¿eh?

—Demasiadas cosas en la cabeza —admitió, llevándose el vino a los labios, sin dejar de mirarla.

—Eso me suena. —Se señaló a sí misma—. Mi cerebro no deja de trabajar…

—Ha sido una tarde intensa. Has visitado el pueblo, conocido a gente, hecho nuevas amistades… —Empezó a enumerar él.

—Y nos hemos intercambiado nuestros anillos de boda —añadió, interrumpiéndole—. Y nos hemos besado…

Sus ojos podían resultar algo inquietantes, pero al mismo tiempo poseían un color tan bonito que no se cansaba de mirarlos. Al igual que la marca de su rostro, en torno a uno de ellos.

—¿Eso es lo que no te deja dormir? —Su voz bajó un poco, volviéndose más suave, casi como si no quisiera que nadie los escuchase.

—¿Es lo que te tiene a ti aquí, bebiendo a solas y escuchando country?

—Me gusta la música country .

—A mí me gustan tus besos.

El silencio se hizo entre ellos, solo la música seguía llenando el ambiente, aunque no podía decir que la estuviese escuchando.

—Gianna…

—Greyson…

Sonrió al ver cómo se solapaban sus nombres.

—¿Y si besarte no es lo único que deseo? —preguntó él, mirándola.

Gianna no dudó, le quitó la copa, dejándola en la primera superficie que encontró y redujo al mínimo la separación entre ambos.

—Sería lo ideal, porque yo deseo mucho más que eso —admitió deslizando las manos por su pecho desnudo, no con osadía, sino más bien de modo tentativo, por si él retrocedía o… la rechazaba.

—Sería un auténtico imbécil si lo hiciera. —Sus palabras la confundieron un segundo, algo que pareció entender, ya que añadió—. Rechazarte.

—¿Lo he dicho en voz alta?

La boca masculina se curvó ligeramente en esa particular sonrisa suya.

—Digamos… que lo tenías escrito en el rostro. —Levantó la mano y resbaló los dedos sobre su mejilla—. ¿Esto es realmente lo que deseas, Gianna?

Asintió, inclinando el rostro contra su contacto.

—Sí —afirmó y acabó confirmándoselo, subiendo las manos por su pecho, para acunarle el rostro y obligarle a inclinarse sobre ella—. Sí, Grey. Es lo que deseo.

Y esta vez fue ella la que inició el beso, uno que él aceptó de buen grado, devolviéndoselo al tiempo que la atraía contra su cuerpo, envolviéndola en ese conocido aroma a bergamota.