CAPÍTULO 14
El aire nocturno de Raven Hollow era fresco y limpio. La calle principal había perdido parte del bullicio del atardecer y ahora reinaba esa tranquilidad típica de los pueblos pequeños, donde todo parecía apagarse temprano y el mundo entero reducía el ritmo.
Greyson acompasaba su paso al de Gianna, obligándose a ir más lento, a esperarla cuando ella señalaba alguna cosa en particular, todo ello sin quitar las manos de los bolsillos de la chaqueta, notando el peso de la pequeña caja contra el pecho cada vez que respiraba.
Y ya empezaba a pesarle demasiado.
La miró furtivamente al ver que echaba la cabeza hacia atrás, entrecerrando los ojos como si quisiera ver el cielo nocturno.
—Me encanta que desde aquí se puedan ver las estrellas —murmuró. Un comentario que parecía ser más para consigo misma que dirigido a él—. En la ciudad no veías absolutamente nada.
—En la ciudad también había farolas, ¿verdad? —Emitió el comentario al mismo tiempo que retiraba una de las manos del bolsillo y estiraba el brazo, pellizcándole la chaqueta para tirar de ella hacia su costado, evitando así que se comiese una.
—Buenos reflejos —jadeó ella, viendo lo que había estado a punto de llevarse por delante.
—Eres un desastre —chasqueó, pero era su desastre. Y esa parte de ella, aunque le sacaba de quicio, era importante, pues hacía de esta nada perfecta bruja alguien especial.
No era el hecho de verla discutir con las gallinas como si pudiesen entenderla, o echarles la bronca por haber usurpado el papel protagonista de las vacas en Twister .
Ni siquiera creía que fuese verla trabajando en el porche hasta tarde, con el portátil sobre las piernas y el pelo revuelto por el viento, pero esta noche, al escucharla reír con Marian, realmente relajada y a gusto desde que llegó al rancho… eso sí lo había afectado.
Había algo distinto en ella cuando dejaba caer las defensas y ya no luchaba contra el mundo. Algo peligroso, en realidad, porque ya no le costaba nada imaginársela en su espacio, en su casa, en su rutina… en su cama.
Y la deseaba. Aquel único beso lo perseguía sin descanso, recordándole lo bien que sabía, lo suave que era y cómo se derretía contra su cuerpo. Quería más, lo quería todo con esa mujer, y saberlo ahora no lo hacía más fácil.
—Pues este desastre se lo ha pasado realmente bien —le dijo, levantando la cabeza para mirarle.
Se había metido sus propias manos en los bolsillos de la chaqueta vaquera y sus ojos parecían algo más brillantes, aunque puede que fuese solo por la luz de las farolas—.
Marian es de lo más agradable, de esas personas que dicen lo que piensan, que no esconden nada.
Y Gael es de lo más normal, lo cual es sorprendente teniendo en cuenta que tiene a Kae como pareja.
—Nadie que soporte a ese individuo durante más de una hora puede considerarse completamente normal —resopló.
Ella soltó una risa suave.
—No sé. Tengo la sensación de que ese demonio es un experto a la hora de hacer que otros vean lo que quiere que vean, pero que no es así en realidad —mencionó, ligeramente pensativa—.
Se derrite cada vez que mira a Gael. La suavidad con la que trata a Marian, a pesar de sus pullas, está siempre presente.
Es como un superpegamento, ¿sabes? El que mantiene pegada esa particular relación.
Y me pareció muy bonita, la verdad. Está claro que ahí hay amor.
Dejó escapar un suspiro y musitó en voz tan baja que, de no tener los sentidos más desarrollados que un humano medio, se habría perdido sus palabras.
—Ojalá alguien me hubiese cuidado, aunque solo fuese una vez, así.
Llegaron a la camioneta y Gianna fue directa a la puerta del copiloto. El eco de sus palabras se quedó en él, sobre todo la mezcla de anhelo y nostalgia que detectó en ellas.
La cajita pareció hacerse más pesada mientras abría su propia puerta y ocupaba su puesto tras el volante. Ella se acomodó, poniéndose el cinturón, pero él tardó unos segundos más de la cuenta en cerrar, abrocharse el cinturón e incluso encender el contacto.
No arrancó, se quedó mirando el parabrisas mientras sus palabras se repetían una y otra vez en su cabeza.
Él quería cuidarla, deseaba que se quedase con él, a su lado.
A pesar de que era un auténtico desastre, de que seguía alterando cada rutina de su vida y haciendo volar cosas cuando perdía el control sobre sus emociones, seguía queriéndola en su vida.
Y no era solo por ese noventa y cuatro por ciento del test de compatibilidad, porque ella ya no era un número para él, era alguien real, con quien compartía su día a día.
—¿Va todo bien? —La curiosidad estaba presente en su voz—. La farola ha quedado intacta, ni siquiera la he tocado, así que…
Greyson soltó lentamente el aire por la nariz, metió la mano dentro de la chaqueta y sacó la cajita. Se la tendió sin mirarla siquiera.
—Ábrela.
Sus dedos rozaron los suyos, la caja cambió de manos y escuchó cómo la abría, así como el posterior jadeo y el silencio que siguió.
—Hostia puta.
No pudo evitarlo. Dejó que sus labios se curvasen ligeramente y la miró de soslayo. Tenía la vista clavada en las dos sencillas alianzas de plata oscura. No era nada ostentoso, ni exagerado, pero le parecían adecuadas para ambos.
—Dado que ya has recibido la nueva documentación y Kevin nos ha enviado ya el acta de matrimonio, el siguiente paso obvio era… esto —le dijo, mas no se movió. Ninguno lo hizo. Era como si el tiempo se hubiese detenido en el interior del coche.
—Tienes una habilidad especial para dejarme sin palabras —mencionó ella finalmente, sus ojos abandonaron los anillos y se encontraron con los suyos—. Piensas en todo, ¿eh?
—Solo quiero hacer las cosas bien —respondió, mirando una vez más los anillos—. Si no te gustan…
—Me gusta la plata envejecida. —Sacó uno de los anillos de la cajita y lo contempló a la luz interior del vehículo—. Supongo que… no podemos luchar contra ese… noventa y cuatro por ciento, ¿eh?
Bufó el comentario, a pesar del tono burlón en su voz. Se volvió por completo hacia ella, cogiendo el anillo y colocándoselo en el dedo anular de la mano izquierda. Lo deslizó despacio, dejando que el metal le acariciase la piel hasta asentarse sobre la base de forma perfecta.
—Un número no debería decidir por nosotros —mencionó en voz baja. Dejó ir la suave mano y cogió la caja, retirando el anillo solo para que ella se lo impidiese en el último segundo.
—Me alegra comprobar que eres capaz de ganar algo de perspectiva —contestó, repitiendo la misma operación al colocarle su propio anillo—. Bueno… supongo que ahora sí puedes llamarme oficialmente señora Malakai.
—¿Eso te molesta?
Ella parpadeó, genuinamente sorprendida por la pregunta.
—¿Qué me llamen señora ? —Negó con la cabeza—. No. Me parece algo elegante. Claro que, todo depende de la persona que lo diga y cómo lo diga.
Estiró la mano delante de ella, admirando el anillo.
—Hace dos semanas estaba insultando a todo el árbol genealógico de ese cabrón y aquí estoy ahora, casada con un demonio y haciendo labores de rancho en un pueblo lleno de demonios, brujos y gallinas psicópatas —se rio por lo bajo—. Nunca sabes con qué va a sorprenderte el puñetero destino.
Greyson arrancó finalmente la camioneta.
—Las gallinas no son psicópatas —defendió a las pobres gallinas.
Ella se volvió en el asiento, mirándolo indignada.
—¿Perdona? Una de esas infames bestias emplumadas intentó picarme el culo esta mañana.
—Porque estabas pisándole la cola al gallo.
—Estaba recogiendo tus huevos —lo apuntó con un dedo.
Grey no pudo evitarlo, bajó la mirada hacia su entrepierna y sonrió para sí.
—Esos siguen en su sitio.
Gianna abrió la boca, claramente ofendida, pero se pensó en el último momento qué responder, ya que acabó diciéndole:
—No puedo creer que estés defendiendo a una gallina.
—¿Qué puedo decir? —La miró una vez más de soslayo—. Estoy acostumbrado a lidiar con criaturas temperamentales.
Ella tardó exactamente medio segundo en entender la indirecta.
—Mira. Si tienes sentido del humor y todo —rezongó, cruzándose de brazos.
—Lo cual me sorprende hasta a mí. —La sonrisa que intentó ocultar mirando hacia la carretera no pasó desapercibida para ella, ni la risa suave de Gianna a él.
Se pasaron el resto del trayecto entre comentarios sueltos, pequeñas pullas y silencios cómodos.
Incluso Grimmi empezó a canturrear, visiblemente complacido con el ambiente.
Pronto el rancho apareció al fondo del camino y, por primera vez, sintió algo distinto a lo habitual.
No era solo la vuelta a casa, era hacerla en compañía de su esposa.
Detuvo la camioneta frente al porche, apagó el motor y ambos permanecieron sentados unos instantes más en la comodidad del interior. Extendió la mano ante ella, admirando el anillo una vez más.
—Sé que no soy ni remotamente la bruja perfecta que esperabas, pero…
—No esperaba una bruja perfecta. —Mentira.
—Tampoco un desastre con patas —resopló ella, volviéndose por completo hacia él—. Seamos sinceros. Soy la bruja menos apetecible en…
No la dejó terminar. Se desabrochó el cinturón, hundió los dedos en ese sedoso pelo negro y la atrajo hacia él.
—Sí, eres un desastre con patas —corroboró sincero—, pero no eres menos apetecible por eso, Gianna. Para mí no.
Y, antes de que pudiese arrepentirse, bajó sobre su boca y la besó.
Fue un beso lento y suave que dejaba lugar a una retirada, mas ella no optó por esa salida.
Más bien todo lo contrario, ya que le devolvió el beso con toda la intención.
Se besaron despacio, sin prisa, como si ambos quisieran estirar ese momento un poco más.
Volvió a saborearla, refrescando en su memoria ese dulzor que no había olvidado ni por un momento, respiró en su boca, la respiró a ella y, finalmente, la dejó ir.
—Supongo que esto equivale a eso de «ya puede besar a la novia, ¿no?» —murmuró ella, con una suave sonrisa.
—Podría ser —admitió él, dejándola ir a regañadientes. Resbaló la mano por su pelo, acariciándole el cuello con los dedos antes de dejar caer la mano—. Deberíamos entrar.
Se apartó un poco, solo un poco, lo suficiente para que ambos recuperasen su espacio.
—Sí —respondió ella, soltándose el cinturón y bajando del coche—. Tengo que coger las cajas…
—Deja. Ya lo hago yo —respondió, abandonando también el vehículo.
Mientras ella recogía su mochila con su grimorio, él hizo lo propio con las cajas y se dirigieron hacia el porche. La dejó pasar delante, para que abriese la puerta y encendiese las luces del interior.
—Puede que no sean tan… antiguos como los que tenías, pero… son platos —mencionó ella, casi a modo de disculpa—. Al menos, si estos los hago volar por los aires, no me dolerá tanto que se rompan.
—Solo eran platos, Gianna.
—Eso dices ahora, sin embargo, en ese momento… sé que querías estrangularme —apuntó ella.
No iba a negar lo evidente.
—Quizás un poco —admitió, dejando las cajas y señalando la puerta abierta con un gesto—. Voy a comprobar los establos antes de retirarme…
Lo miró y asintió. De repente, los dos parecían no saber qué hacer, qué decir, como si el momento del coche hubiese sido tan solo un hecho aislado y ahora, al estar de nuevo en casa, se impusiese de nuevo la rutina.
—Yo… creo que me daré una ducha y me retiraré también —afirmó—. Gracias por lo de esta tarde. Me he divertido.
Se limitó a asentir con la cabeza y, como hacía al final de cada jornada, le deseó:
—Buenas noches, Gianna.
—Buenas noches, Greyson.
Sin más, dejó atrás la casa y salió de nuevo a la noche, respirando el aire fresco del rancho, aunque esta vez fue incapaz de dejar de pensar en la mujer que dejaba atrás. Una a la que empezaba a necesitar más de lo que estaba dispuesto a admitir.