EPÍLOGO
—¿Sabías lo que se traía entre manos?
Greyson miró al Casador, quien había llegado aquella misma mañana al rancho. Había sido una visita inesperada, de esas que no sabes si darle la bienvenida o una despedida rápida.
Kevin había bajado del coche con su habitual aplomo, solo para flaquear un poco cuando vio a Gianna salir de la casa como una exhalación, directa hacia él.
En honor a la verdad, no dudaba de que el hombre esperase recibir una bofetada o que su hermana le lanzase algo a la cabeza, pero fiel a su naturaleza, hizo lo que posiblemente ninguno esperaba, lo abrazó como si el tipo acabase de volver de una cruenta guerra.
Los insultos y amenazas habían llegado justo después. Esa era la manera que tenía su esposa de sacar todo lo que llevaba dentro desde el mismo día en que Kevin la había abandonado allí.
Su bruja podía haber encontrado su hogar en el rancho, junto a él, aunque eso no quitaba que no la hubiesen herido y decepcionado, obligándola a sobreponerse a ello a medida que lidiaba con el regreso de su magia y un enorme cambio en su vida.
Todo eso ya formaba parte del pasado. Gia era suya y la protegería de todo y de todos. No permitiría que nadie volviese a lastimarla, ni a dejarla sola, mientras él viviese, su mujer sería amada y atesorada por encima de todo, incluso de aquellos que se hacían llamar a sí mismos «su familia».
—Tenía mis sospechas —contestó a la pregunta del Casador, mientras ambos contemplaban a la chica, que se reía y festejaba entre saltitos y grititos de felicidad la noticia que acababa de leer en el periódico.
—¡Chúpate esa, Wilcoks! —exclamó ella, levantando el periódico en el aire y mirando con ojos entrecerrados la noticia—. A ver a quién engañas ahora, capullo.
Una ráfaga de viento con aroma a cerezas se elevó en torno a ella, subiendo como una espiral, atrapando las páginas y haciéndolas danzar. Gia estiró el brazo y la ventana se abrió, dejando vía libre a las hojas que empezaron a volar como si fuesen pájaros hechos de papel.
—¡Hasta nunca! —concluyó, cerrando la ventana como lo haría un director de orquesta con su última interpretación—. Por Dios, qué bien sienta.
Grey sonrió y no dudó en abrirle los brazos cuando fue directa hacia él.
—Parece que las lecciones están dando sus frutos —le apartó el pelo de la cara, rozándole la mejilla con los dedos.
—Sí, eso parece —le sonrió en respuesta, envolviéndole la cintura con los brazos y apretándose contra él. Se separó lo justo para poder mirar a su hermanastro—. Gracias, Kevin. Es el mejor regalo de bodas que podías hacerme.
El aludido hizo una mueca, pero acabó sonriendo.
Oliver Wilcoks, el cual ni siquiera era su nombre real, no volvería a embaucar a ninguna mujer y mucho menos a estafarla.
Su última víctima se había asegurado de ello, con un poquito de ayuda externa.
El tipo era lo bastante imbécil como para ir por ahí jactándose de sus conquistas, de cómo se aprovechaba de las «incautas» hasta vaciarles las cuentas bancarias.
Había estado haciéndolo durante más tiempo del que pensaban y, en ocasiones, a varias mujeres a la vez.
Se aprovechaba de sus debilidades, de sus carencias, las estudiaba a fin de sacar el mayor beneficio económico y luego desaparecía sin dejar rastro.
Ya no lo haría más. El artículo del periódico se hacía eco de ello y de su detención, así como de otros pormenores que alguien con una mente muy creativa se había encargado de añadir a su currículum.
—Te lo debía —admitió, mirándolos a ambos—. Bueno, supongo que ya puedo añadir otro matrimonio exitoso a mi lista, ¿no?
—No sé, Casador —chasqueó él, mirando al hombre—. Te di unos puntos muy concretos con respecto al tipo de bruja que buscaba y… me trajiste todo lo contrario.
—Noventa y cuatro por ciento, Greyson —le recordó el aludido—. Te conseguí un noventa y cuatro por ciento de compatibilidad.
—Números en un papel —respondió, bajando la mirada sobre su esposa—. ¿No es así, amor?
—Sí, solo son números sobre un papel —confirmó ella, sonriendo divertida al verle utilizar sus propias palabras ahora—. Nada que ver con la complicada y problemática realidad.
—Sois tal para cual —resopló Kevin, pero él también acabó sonriendo—. Bien, pareja. Mi trabajo aquí ha terminado. Disfrutad a partir de ahora de vuestra vida en común y sed muy felices.
Sin mucho más que añadir, se produjo una rápida despedida que terminó con ellos dos de pie en el porche, viendo desaparecer el vehículo de alquiler en el que había llegado aquella versión bruja de la casamentera.
—¿Alguna vez pensaste que acabarías así? —le preguntó ella, cuando el coche desapareció en el camino.
—¿Así como?
—Con una bruja como yo. —Gianna se volvió hacia él, apoyándose de espaldas a la barandilla—. Con alguien que no es capaz de ordenar ni sus notas, que quema el beicon, provoca inundaciones y convierte gallinas en objetos voladores.
La miró durante un largo segundo y negó con la cabeza.
—No. Y me alegro de ello, porque cualquier pensamiento habría sido muy pobre frente a la realidad que tengo delante —aseguró.
Avanzó hacia ella, hasta encerrarla entre su cuerpo y el soporte del porche—.
Puede que no esperase a alguien como tú, Gianna, pero no me cansaré de dar gracias a Dios, al destino y a ese Casador por haberte traído esa tarde a Raven Hollow y a mí.
Te quiero, mi bruja vendaval. Y me encargaré de que sientas ese amor durante cada día del resto de nuestras vidas.
—Te quiero, Grey —susurró ella, reduciendo la distancia entre ambos—. Para siempre.
Con la brisa envolviéndoles y el feliz canturreo de Grimmi desde dentro de la casa, volvieron a fundirse en un profundo beso repleto de promesas de futuro.