Una bruja nada perfecta para el demonio (Raven Hollow 2) CAPÍTULO 11 #2
55%

CAPÍTULO 11 #2

—Eso espero —contestó y, lo más sorprendente de todo, es que no lo decía por decir, sino como algo que realmente deseaba. Y eso la sorprendió también a ella.

—Aquí están… —anunció la dependienta, saliendo de la trastienda con dos cajas, una más grande y otra más alargada—. Pesan un poco.

—Sí. Me lo esperaba —admitió, comprobando los paquetes—. No importa. La camioneta está aquí al lado.

—¿Estás segura? —preguntó la chica, mientras sacaba su propio teléfono y buscaba la aplicación correspondiente—. Puedes dejarlos aquí y recogerlos después. Grey puede parar delante de la tienda y recoger las cajas en un periquete.

Cogió ambas cajas, comprobando su peso, y volvió a dejarlas sobre el mostrador, para que pudiese completar el escaneo de las etiquetas.

—No pesan tanto —negó y procedió a sacar su identificación—. Me las llevaré yo misma.

Estaba a punto de dejarla sobre el mostrador cuando vio el cambio de apellido. Kevin le había hecho llegar esa misma semana su nueva documentación, pero se limitó a guardarla y ya. Ahora, sin embargo, le echó un buen vistazo antes de posarla sobre el mueble.

—Como quieras —terminó con los trámites y señaló las cajas—. Eso ya es todo tuyo. Y ahora, los lápices…

No podía decirse que no fuese eficiente y detallista. Envolvió la cajita en papel de regalo e incluso le obsequió con un pequeño bloc de dibujo.

—Bienvenida a Raven Hollow —le sonrió la chica—. Y muchas felicidades. Os deseo que seáis muy felices.

—Gracias.

Metió la compra en su mochila, se despidió de las dos mujeres y salió de la tienda con la pesada carga en brazos. Después de semejante bienvenida, prefería llevarse consigo las cajas a tener que hacer otra parada y en presencia además del «soltero favorito», que ya no lo era.

Gianna no pudo evitar dejar escapar un resoplido de risa.

—Quien iba a decirme a mí que acabaría casada con uno de los cotizados solteros de Raven Hollow.

Su libro canturreó con tanta vivacidad que no pudo evitar reír.

—Sí. Ha sido una escena digna de una película.

Reacomodó la carga en sus brazos y comprobó que la calle estaba libre de tráfico antes de atravesarla hacia la otra acera.

No sabía si era cosa de la hora o de algo más, pero le pareció que había mucha más gente que antes.

Se topó con algunas miradas curiosas, con más saludos e incluso algún que otro cuchicheo, pero afortunadamente nadie la paró.

—Los pueblos pequeños y sus cotilleos —musitó para sí, dejando escapar un largo suspiro.

—Vete acostumbrando. A Raven Hollow le encanta el cotilleo. Fuera de eso, son buena gente y siempre están dispuestos a echar una mano. —Una inesperada y sexy voz masculina le llegó desde atrás. Un momento después, el peso desaparecía de sus brazos cuando le arrebataban su carga—. Permíteme.

Abrió la boca y volvió a cerrarla en el mismo instante en que sus ojos se toparon con los del recién llegado. Por si su tono no era ya de por sí una advertencia de su naturaleza, su magia reaccionó al momento a la inequívoca huella existente en aquel hombre.

Demonio.

—Sí. Lo soy —le dijo, sonriendo casi divertido—. Me llamo Kae, por cierto. Grey me contó lo que tramaba, así que sé muy bien quién eres, Gianna Malakai . Bienvenida a Raven Hollow.

Su libro eligió ese momento para canturrear de una manera que no lo había escuchado nunca antes. Y, por primera vez desde que se encontraron, no tenía la menor idea de qué estaba diciendo.

Se llevó la mano a la mochila de inmediato, solo para escuchar reír al tal Kae.

—Hola a ti también, amiguito —escuchó decir al hombre, cuya mirada se había dirigido a la mochila—.

Y sí, pero no. Estoy atado a uno de vosotros, aunque no soy como tú.

Cosas de brujos novatos, ya sabes. —Grimmi volvió a hacer esos sonidos, aunque esta vez entendió su nombre—. Sí. Me lo puedo imaginar.

—¿Estás… hablando con mi grimorio? —No pudo evitar que las palabras saliesen de su boca con un jadeo.

—Sí. —No hubo vacilación alguna en su respuesta—. Aunque he de reconocer que es la primera vez que lo hago con uno que no pertenezca a mis brujos. Supongo que se debe a que he pasado tiempo como huésped de uno de ellos.

Espera, ¿qué?

—He visto la camioneta de Grey cerca del banco, ¿las cajas son para allí? —le preguntó entonces, como si hablar con una completa desconocida fuese lo más normal del mundo.

—Sí —afirmó en voz baja, desconfiando todavía de ese hombre.

No tanto por su naturaleza, sino por el aura que lo rodeaba.

Era magia, dos tipos distintos, para ser exactos.

Una de ellas tenía el mismo aura que la suya, era elemental, la otra…

era extraña. Apretó la mochila contra el pecho y escuchó canturrear de nuevo a su compañero—. Ah, ahora sí me hablas, ¿no?

Un nuevo grupo de arrullos fue la tajante respuesta que recibió de su libro.

Puedes fiarte de él.

Básicamente, ese había sido el mensaje y, teniendo en cuenta quién se lo entregaba, solo podía darlo por bueno.

Eso le permitió relajarse un poco y examinar al tipo.

Era alto, con el pelo negro alborotado y vestía de forma informal, con vaqueros, botas de montaña, camiseta y una chaqueta por encima.

Sus ojos rojos parecían haberse oscurecido, adquiriendo un curioso tono castaño rojizo, pero seguían siendo igual de inquietantes.

Era atractivo, aunque también peligroso.

Tenía un aura letal que advertía a cualquiera que tuviese intención de meterse con él que sería mejor no hacerlo.

—Mira a quién tenemos aquí. —El comentario de su acompañante hizo que desviase la mirada para ver a Greyson cerrando la puerta de la camioneta con algo menos de su acostumbrado cuidado—.

Me encontré a tu encantadora esposa cruzando la calle y decidí comportarme como el vecino ejemplar que soy y ayudarle con las cajas.

—Kaelis… —La manera en la que su marido pronunció el nombre del demonio podía muy bien pasar por un profundo fastidio. Un segundo después, la miraba a ella, recorriéndola de la cabeza a los pies—. ¿Te ha hecho algo?

Negó con la cabeza de manera automática.

—No. Se ha mostrado de lo más amable y servicial… —admitió y añadió—. Incluso con Grimmi.

Se limitó a poner los ojos en blanco y cogió las cajas de manos del tipo.

—Gracias —rezongó, volviéndose para dejar las cajas en el asiento trasero del vehículo.

—Un placer.

La sonrisa que le dio Kaelis, unido al guiño que le dedicó a ella, dejó claro que a ese demonio le gustaba demasiado meterse en los asuntos de los demás. Y algo le decía que especialmente en los de Greyson.