CAPÍTULO 11
Raven Holow era la definición perfecta de pueblo raro con encanto.
Era uno de esos lugares de postal, con una amplia calle principal en la que podías encontrar desde pequeños comercios a una conocida cadena de supermercados, una floristería con macetas de colores ocupando parte de la acera o incluso un taller mecánico al final de esta.
Y la gente. Aquí se saludaban unos a otros, se preguntaban por sus vidas y por sus familias, como si fuesen una bien avenida comunidad.
Había sido testigo de ello nada más aparcar.
Greyson había dejado el coche en una calle aledaña al banco.
Tenía que hacer unas gestiones y, dado que ella tenía que recoger el pedido online que había hecho días atrás, aprovechó el viaje.
Además, después de toda una semana de labores de rancho, clases de magia y su propio trabajo, estaba más que dispuesta a dejar el rancho y volver a la civilización.
Sorprendentemente, había sobrevivido a compartir espacio con un demonio-brujo maníaco del orden, un familiar con complejo de juez y unos caballos que parecían más sensatos que la mayoría de las personas que había conocido en su vida.
Su marido había recibido el saludo de un par de personas, el cual había devuelto por educación, sin pararse siquiera un minuto.
La curiosidad de la gente al verle en su compañía era obvia.
Al parecer, ella era «la nueva» en el pueblo, lo que la dejaba en una posición bastante incómoda; odiaba ser el centro de atención.
Tras recibir una rápida masterclass de cómo moverse por el pueblo y cuáles eran los puntos de referencia que debía tener en cuenta para no perderse, su maridito le había dado vía libre para explorar el lugar y encargarse de sus propios asuntos.
La buscaría en cuanto terminase con ellos, lo que le daba tiempo para recoger los paquetes y darse una vuelta por la calle principal.
El aire era ligeramente distinto en esta región. No se trataba solo del rancho, el pulso del pueblo era igual de particular. Había magia en el aire, nada demasiado explícito, ni siquiera intenso, tan solo la huella que deja la presencia de su uso en el ambiente.
Grimmi empezó a canturrear en el interior de su mochila, notando el mismo eco que ella.
Lo había traído consigo, incapaz de separarse siquiera unas pocas horas de él.
Mientras estaba en el rancho, no le importaba, pues notaba su presencia en la casa, pero llevaban demasiado tiempo separados y, el temor, aunque absurdo, a perderle de nuevo, seguía presente.
—Sí, lo sé —contestó en un murmullo. Lo último que necesitaba era que alguien la oyese hablando sola—. También lo siento. El demonio dijo que…
El libro soltó un largo silbido y no pudo más que poner los ojos en blanco.
—Ya sé que es un brujo… —Un nuevo canturreo—. Sí. .Y también mi marido, pero sigue siendo un…
Resopló cuando su pejiguera mitad volvió a quejarse.
—De acuerdo, de acuerdo. Greyson. ¿Te parece mejor así?
La suave réplica fue una respuesta más que obvia.
—Si tan bien te cae deberías haberte casado tú con él —rezongó, recolocándose las tiras de la mochila—.
Ahora céntrate. Tenemos que encontrar la tienda en la que está el punto de recogida y recoger el paquete.
Si no hubiese convertido la cocina en un parque acuático, jamás habría necesitado comprar platos y vasos nuevos.
El canturreo de su compañero fue claramente burlón.
—Sí, tú ríete aún encima —chasqueó la lengua—. Se supone que eres mi escudero, quien me ayuda a controlar y dirigir la magia, y no moviste una hoja.
Una pedorreta. Por Dios, ¿ahora Grimmi era también capaz de hacer pedorretas?
—La próxima vez te dejo en casa.
Recorrió la fila de tiendas en la calle de enfrente en busca del nombre que figuraba en la notificación de entrega. Allí estaba, al lado de la floristería, una tienda de manualidades o algo similar.
Echó un rápido vistazo a ambos lados de la carretera.
No había apenas tráfico, así que cruzó con tranquilidad, apresurándose tan solo en los últimos metros para subir a la acera.
No había pasado por alto las miradas que recaían sobre ella, algunas más largas que otras, sin duda preguntándose quién era la forastera que se paseaba por el pueblo.
Sonrió por puro acto reflejo a una mujer con la que se topó y que murmuró un amable saludo, correspondiendo al mismo.
Pasó por delante de la floristería, mirando de reojo el escaparate, y se detuvo ante su parada.
En el lateral de la puerta figuraban ya una serie de etiquetas que evidenciaban los puntos de recogida de varias empresas, lo que confirmó que estaba en el lugar correcto.
—Bueno, hemos llegado —murmuró. Su compañero oculto en la mochila canturreó bajito, a pesar de que nadie que no fuese ella misma o su marido podría escuchar su particular melodía.
Y en el caso de Grey, solo escuchaba a Grimmi por su vínculo de esponsales, de lo contrario, a lo sumo notaría su presencia como brujo que era—.
Sí. El dem… —Se detuvo, corrigiéndose en el último momento—.
Greyson me dijo que si pesaba mucho, lo dejase aquí, que él lo recogería después.
Pero no soy una flojucha . Y tengo una copia de las llaves de la camioneta, así que puedo llevarlas yo misma.
Esa última semana le había dejado muy claro al demonio cowboy que no era una inútil y podía ser bastante competente…
Siempre y cuando pasase por alto que casi decapita a una gallina, se cargó media docena de huevos y por poco acaba de nuevo bajo una bala de heno.
Al menos había conseguido recolectar los tomates sin incidentes y su manejo del viento empezaba a mejorar.
Ya sentía su magia más tranquila, su caballo mental disfrutaba de su corral hasta que le abría las puertas y lo invitaba a salir…
Sí, era cierto que a veces se le desbocaba un poco, pero había conseguido evitar grandes catástrofes.
La campanilla de la puerta tintineó en cuanto la abrió.
La tienda era pequeña, acogedora y olía a una mezcla de pintura, arcilla y otras cosas indefinidas.
Dado que había varias personas en la tienda, esperó su turno echando un vistazo a su alrededor.
No solo había utensilios de arte, sino que era un compendio de distintas cosas separadas por secciones.
Había desde muñecos hechos con macramé, pasando por pequeños cuadros pintados a mano e incluso postales y abalorios.
Era el paraíso de cualquier artista o persona creativa y, en cuanto descubrió una caja de lápices de colores, supo que no abandonaría la tienda sin ellos.
No quería ni pensar en todas las cosas que había vendido en los últimos meses para conseguir algo de liquidez, solo la consolaba el hecho de saber que las personas que se las habían quedado les darían un buen uso.
Cogió el paquete y comprobó la etiqueta con el precio.
—Sí, sí, sí —canturreó feliz de saber que podía permitírselos. No tenía mucho dinero en efectivo encima, aunque sí el suficiente para comprárselos. Los apretó contra su pecho y sonrió ampliamente mientras se volvía de nuevo hacia el mostrador.
Gianna se encontró entonces con varios pares de ojos sobre ella.
Las propietarias, todas mujeres, se apresuraron a hacer como si no la hubiesen estado mirando atentamente.
Un par se despidió, dejando la tienda, pero no sin echarle un último vistazo mientras bisbiseaban en voz baja, otra, una dama de edad indefinida, le dedicó una sonrisa y señaló los lápices que abrazaba.
—¿Pinta?
—Emborrono el papel, más bien —respondió con sinceridad, cosa que hizo sonreír aún más a la mujer.
—Creo que eso lo hago yo también, demasiado a menudo, además —aseguró la mujer, riéndose con suavidad—. Belinda Emerson. —Se presentó, llevándose la mano al pecho—. No creo haberla visto antes por Raven Hollow. ¿Está de paso?
Y aquí vamos…
—En realidad… acabo de mudarme —admitió y sabía que no le quedaba otra que presentarse, pues era lo que estaban esperando tanto la mujer como la dependienta, quien no disimulaba su interés—. Gianna Argos… Bueno, Malakai ahora.
Iba a tardar en acostumbrarse a tener un nuevo apellido.
—¿Malakai? —La mujer abrió ligeramente los ojos, mirándola de la cabeza a los pies—. No puede ser, ¿Greyson se ha casado?
—¡No me jodas! —El inesperado exabrupto de la mujer tras el mostrador hizo que ambas se volviesen hacia ella. Esta empezó a enrojecer y se llevó las manos a la boca, al darse cuenta de que había dicho aquello en voz alta.
—Adela, cualquiera esperaría un poquito más de fineza por tu parte —replicó la señora Emerson, reprendiendo suavemente a la chica. Ahora que la miraba bien, parecía ser de su misma edad o incluso un poco más joven.
—Lo siento. Es… es una noticia inesperada… —mencionó la chica, pero reaccionó pronto, ya que añadió—. Grey es uno de los solteros favoritos de Raven Hollow…
— Era , querida, su esposa está justo aquí —le recordó la mujer, para finalmente volverse hacia ella. No le pasó por alto que bajaba la mirada sobre sus manos, las cuales todavía aferraban los lápices—. Bienvenida a Raven Hollow y felicidades por su casamiento.
Grimmi canturreó y tuvo que morderse la lengua para no responder a su grimorio.
—Gracias, es un pueblo precioso —le dijo y, sin perder un segundo, dejó los lápices sobre el mostrador y sacó el teléfono móvil—. Venía a recoger un paquete…
—Oh. Sí. Claro. —La chica se espabiló, comprobó el email que le mostraba y desapareció en un cuarto pequeño detrás de ella.
—Me alegra que Greyson haya decidido por fin sentar cabeza —mencionó la señora Emerson, recogiendo un par de paquetitos del mostrador e introduciéndolos en la bolsa de tela que colgaba de su brazo—. Es un buen chico, pero estaba demasiado solo en ese rancho. Le hará mucho bien tenerte aquí.
Desde luego, no era una respuesta que esperase de una completa extraña, más… ¿Qué otra cosa podía esperarse en un pueblo en el que parecían conocerse todos y cualquier persona de fuera era identificada de inmediato?