CAPÍTULO 10
—Tengo agujetas en sitios en los que ni siquiera sabía que era posible tener agujetas.
Se estiró como pudo, moviendo los hombros, los brazos, en un intento por encontrar una postura cómoda.
Después de la mañana que había tenido entre el desbordamiento de su magia y el servicio comunitario de limpieza de establos, agradecía enormemente haber aposentado el culo en una silla y no tener que hacer nada más que mover los dedos sobre el ratón del ordenador. Y es que hasta eso le costaba.
Desde luego, ahora tenía un mayor respeto por Greyson y por lo que significaba sacar adelante un rancho, porque no estaba segura de poder repetir lo de hoy cada jodido día… ¡Y él lo hacía! Y no era lo único, pues realizaba otras muchas tareas, algunas de ellas desde antes del amanecer.
—Por Dios, tendrían que arrastrarme de la cama para que me levantase antes de que saliese el sol —murmuró para sí.
Grimmi empezó a canturrear, dándole la razón.
Su grimorio permanecía ahora sobre la mesa del comedor, al lado del portátil.
La pluma que le había regalado el demonio de su marido descansaba junto a la cubierta.
Había vuelto a utilizarla una vez más para dar voz a las palabras que le rondaban en la cabeza desde el momento en que Greyson le enseñó cómo acotar su magia.
Pero esta vez no se había limitado solo a las palabras, también había añadido en torno a ellas el dibujo de una cerca, para visualizar completamente el hechizo de contención.
Tendría que practicar abriendo y cerrando ese corral, pero al menos ya se sentía un poco más en dominio de sí misma, lo cual era un gran paso adelante.
Acarició la tapa del libro con las yemas de los dedos, notando no solo su relieve, sino también la magia que encerraba y se conectaba con ella, con quién y qué era. Se permitió cerrar los ojos un segundo y saborear aquella familiaridad de la que se había visto privada durante años.
Anoche había dormido abrazada a él. Tenía miedo de que volviesen a quitárselo, de despertar y que su sello siguiese en su lugar y Grimmi no le hablase. Lo había hecho, le había canturreado como siempre, confirmándole que nada los separaría de nuevo.
—Sí, sí. Ya lo sé —respondió a esa comunicación privada que no necesitaba de palabras—. No te emociones. Te recuerdo que no he venido aquí por voluntad propia. No fui yo quien lo eligió…
El murmullo se hizo algo más intenso.
—Me ha tenido toda la mañana limpiando los establos, ¿a ti qué te parece?
—resopló en respuesta a la silenciosa pregunta—.
Me duelen hasta las pestañas. —Dejó escapar un largo suspiro y miró el portátil—.
Tengo que comprar una vajilla nueva y unos vasos.
¿Crees que esa tienda online hará envíos online a este lugar?
Quizá haya algún punto de recogida en el pueblo. Vamos a ver…
Había rescatado el portátil de la maleta y se lo había llevado al salón con intención de empezar a hacer un calendario de trabajo.
Necesitaba contactar con algunos clientes, ver si todavía estaban interesados en los proyectos y comprobar si había recibido respuesta a los presupuestos que había enviado.
Tal y como estaban ahora las cosas, aceptaría cualquier cosa, aunque no le gustase demasiado. No era como empezar desde cero.
Maldito Oliver Wilcoks. Ojalá te estés pudriendo en alguna cloaca, cabronazo.
Cerró los ojos un momento y respiró hondo. Pensar en ese cabrón la enervaba y hacía que su magia chisporroteara. El caballo de viento que había dado forma en su cabeza se encabritaba en su mente, así que necesitaba calmarlo… lo que significaba calmarse a sí misma.
—Olvídate de él. Ya no pertenece a tu presente —murmuró para sí—. Ahora estás aquí, en un rancho con caballos, gallinas y un gallo que canta. Tienes un demonio por marido, que también es en parte brujo, y has limpiado establos.
Los abrió y dejó escapar un resoplido de risa.
—Ay, Gia. No sé si eso es un avance o te has perdido para siempre.
Sacudió la cabeza, levantó la tapa del portátil y lo encendió.
—Vale… contraseña del wifi. —Rebuscó entre los papeles que tenía sobre la mesa hasta encontrar la tarjeta en la que figuraba la clave—. Un poquito más larga y no termina, ¿eh?
Tecleó con cuidado, comprobando número tras número, le dio a conectar y…
—¿Cómo que contraseña incorrecta? La madre que te… —Siseó, volvió a introducir la contraseña y, de nuevo, no funcionó—. ¡No me jodas!
Se levantó de golpe. La silla chirrió contra el suelo mientras se apartaba, lista para dejar la mesa.
—¡Greyson! —pronunció su nombre como si acabase de saltar al agua y no tuviese un salvavidas a mano—. ¡La contraseña del wifi no funciona!
El demonio había desaparecido en su habitación para darse una ducha y cambiarse después de la mañana de trabajo. Lo había escuchado decir aquello poco después de que ella misma se hubiese aseado y ocupado el salón. De eso hacía ya unos… ¿Quince minutos?
Eso era tiempo más que suficiente para una ducha, ¿no? No creía que fuese de los que se pusiese mascarillas y todo tipo de potingues en el pelo o la cara, aunque, ¿quién sabía?
Dudó entre llamar a la puerta de su habitación o ir directa al despacho, donde le dijo que estaba el rúter y comprobar ella misma si la contraseña estaba bien o había algún fallo de conexión.
¡No podía hacer nada sin el jodido internet!
Un segundo. Dos. Tres… No hubo respuesta.
—A la mierda.
Giró sobre sus talones y se adentró en territorio desconocido.
La oficina estaba al otro lado del pasillo, en dirección opuesta a su dormitorio.
La manija cedió sin problemas, no estaba cerrado con llave y, cuando abrió, lo primero que le vino fue un fuerte aroma a bergamota y a cuero, algo que ya identificaba con ese demonio.
La habitación era luminosa. Las paredes estaban cubiertas con varias estanterías llenas de libros y otros elementos, entre los que destacaban algunas figuras, trofeos y un par de marcos con fotos.
Un elegante y sencillo escritorio antiguo de madera oscura destacaba sobre un suelo cubierto por una alfombra con un patrón bastante particular.
Sobre este todo estaba perfectamente colocado, con un orden y una pulcritud que la hicieron poner los ojos en blanco.
Entró en el espacio puramente masculino y buscó con la mirada el dichoso rúter . No tardó mucho en encontrarlo, pues era la nota discordante en lo que a color se refería. Un aparato blanco con lucecitas contra un fondo oscuro.
—Vale, ahí estás. —Lo comprobó rápidamente—. Um… parece que todo está bien, así que, seguro que se ha equivocado al copiar alguna de las letras o números de la contraseña.
Le dio la vuelta y comprobó la clave escrita con la que figuraba en la etiqueta.
—Bingo —sonrió para sí—. Se repite el último número.
Dejó el aparato en su lugar y se volvió, lista para irse, cuando algo le llamó la atención.
Había un marco hecho de conchas marinas en una de las estanterías, algo artesanal, que contenía una foto de Greyson con dos personas más.
El hombre parecía unos cuantos años mayor, puede que una década o dos.
La semejanza entre ambos era palpable. La mujer, por otro lado, parecía un poco más joven, puede que rondando los cuarenta o cuarenta y algo, tenía una sonrisa encantadora, pero sin duda, lo que más destacaba eran sus ojos del color de un cielo de tormenta, los mismos que los de su marido.
—Tienen que ser sus padres… —musitó para sí, observando a las dos personas que rodeaban la cintura de su hijo—. Dijo que su madre era humana, ¿no?
—Lo es.
Gianna dio un respingo, saltó hacia atrás y se golpeó contra la esquina de la mesa.
—Ay, joder… —Se quejó, frotándose la zona lastimada, levantando la cabeza para verle en el umbral de la puerta.
Llevaba el pelo húmedo y vestía ropa nueva, unos vaqueros y una camiseta oscura que se ceñía a su torso, dejando muy poco a la imaginación.
Le llevó un segundo reponerse, tanto al golpe como a la imagen de él—. Me asustaste. Ponte un cascabel o algo.
Enarcó una oscura ceja de esa manera tan particular suya y miró de nuevo hacia la estantería.
—¿Ya tienes conexión?
Levantó la tarjeta que él mismo le había entregado.
—Te comiste un número al final, por eso no entraba la contraseña —especificó, justificando así su presencia en aquella especie de santuario. Lo lógico habría sido aprovechar aquella interrupción y largarse, pero su anterior comentario la hizo mirar de nuevo la foto.
—Te pareces mucho a tu padre —mencionó, inclinándose de nuevo sobre el marco para fijarse en algo que había pasado por alto—. Salvo por el tatuaje que tiene a un lado de la cara.
—Esa es la marca tribal de su familia —comunicó entrando en la habitación y deteniéndose junto a ella—. Yo también la tengo.
Se volvió hacia él y entrecerró los ojos al mirarle, pues no tenía marca alguna en…
En cuestión de un parpadeo, unas cuantas líneas de un difuminado color negro aparecieron en torno a su ojo izquierdo.
El patrón se extendía por debajo de la ceja hasta el inicio del puente de la nariz y decoraba la sien del mismo lado, bajando sobre su pómulo hasta más o menos la mitad de la mejilla.
—La ocultas con magia —se percató al ver surgir el diseño.
Se lo quedó mirando y, antes de poder detenerse a sí misma, llevó un dedo sobre una de las líneas del mentón, acariciándola muy ligeramente—.
Te queda bien… —En cuanto pronunció esas palabras, apartó la mano y dio un paso atrás—.
Quiero decir… Que no son tan exageradas.
Podrían pasar perfectamente por un tatuaje.
Anda que la gente no se tatúa cosas raras hoy en día…
Sus labios se estiraron ligeramente en una especie de sonrisa, una mueca que ya había advertido otras veces.
—Gracias. —Fue todo lo que dijo al respecto—. ¿Tienes todo lo que necesitas?
—Sí. —No esperó un segundo más, dio la vuelta al escritorio, evitando pasar por delante de él, y volvió al salón.
Esta vez la contraseña funcionó y obtuvo la tan deseada conexión. La señal era buena y accedió rápidamente a su correo, encontrándose la bandeja de entrada con algunos mensajes SPAM y un par de sus clientes.
Ni siquiera despegó la mirada de la pantalla cuando lo escuchó entrar de nuevo en la estancia.
—¿Te va bien la conexión?
—Sí, perfecta —afirmó, empezando a borrar lo sobrante para quedarse con lo que necesitaba.
—Ha quedado estofado de anoche —mencionó, haciendo que acabase por prestarle la debida atención—. Voy a calentarlo. Hay también lasaña en la nevera y ensalada de col, por si quieres algo distinto para comer.
—Dado que eres tú el que está a los fogones y no yo, no voy a poner pega alguna a lo que quieras cocinar —le dijo, sobre todo después de haber probado dicho estofado.
—Puedes ocupar mi lugar siempre que lo desees —ofreció, señalándole la cocina.
—Macarrones con queso, espagueti a la boloñesa y sopa de fideos —enumeró rápidamente—. Eso es todo lo que se me da bien hacer. Lo siento. Soy una nulidad en la cocina, aunque soy una catadora de primera.
Greyson dejó escapar un resoplido que se asemejaba bastante a una risa.
—¿Voy a tener que enseñarte también a cocinar? —preguntó, notablemente divertido.
—Solo si quieres ver arder una sartén o cómo explota el horno. —Se encogió de hombros—. Puedes preguntarle a Kevin si quieres. Era la sartén y el horno de su madre. Después de eso, me prohibieron poner un solo pie en la cocina.
—¿Cuántos años tenías?
—Pues… veamos… —Se llevó un dedo al mentón con gesto pensativo—. Creo que fue hace dos años. En verano.
Una inesperada carcajada resonó en la estancia, seguida de la sonrisa más sexy y genuina que había visto en él.
—Eres realmente un problema en toda regla, ¿no es así?
Correspondió a su sonrisa con una propia y se encogió de hombros.
—Digamos tan solo que algunas cosas no están hechas para ser tocadas por una bruja como yo —mencionó.
Sacudió la cabeza todavía con gesto risueño y se dirigió al frigorífico.
—Supongo que tendremos que añadir «clases de cocina» , además de las de magia.
—Solo si quieres que algo salga volando —le dijo con total sinceridad—. Solo en ese caso.
Su respuesta fue mirarla una última vez antes de dejar la fuente de lasaña sobre la encimera y empezar a encargarse de la comida.
Gianna lo observó unos instantes más antes de volver a prestar atención a la pantalla y a los correos de sus clientes. Necesitaba recuperar cuanto antes cierta normalidad, pues la alternativa empezaba a mostrarse realmente peligrosa… y de lo más tentadora.