Una bruja nada perfecta para el demonio (Raven Hollow 2) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Gianna no era una bruja, era un huracán en plena expansión.

¿Cómo era posible que fuese capaz de darle problemas nada más levantarse de la cama?

Esa bruja era el caos. Chocaba como un tren de mercancías contra su estructurada vida y, aun así, no podía negar el disfrute que había encontrado al mantenerla cerca de él, al tocarla mientras le ayudaba a construir un sistema de contención en su mente.

Sus emociones eran el detonante para su magia, algo bastante común en brujos que no tenían demasiada experiencia con su propio poder o que carecían de guía. Aunque aquello solía darse en su juventud, no cuando ya eran adultos.

No pudo evitar preguntarse cómo habría sido la vida de su esposa, sobre todo cuando hablaba de manera aparentemente despreocupada de sus carencias. Sin embargo, no era lo que decía, sino lo que escondía detrás de la ironía y el desapego lo que importaba.

Ella no era un desastre mágico por principios, sino por desconocimiento. Y eso era peligroso en muchos sentidos.

—No, no, no… ¡Ay, que me mato!

El chillido llegó desde el fondo del establo, seguido del golpe sofocado de lo que podían ser las balas de heno y un «uf».

Greyson dejó de inmediato la horquilla y se acercó al recodo en el que guardaba los sacos de grano y las balas de heno, Otto estaba sentado en medio del camino, observando la escena como si no tuviese nada mejor que hacer.

«Se le ha caído el heno encima».

La voz sobrenatural de su familiar se coló en su mente como una caricia, resumiendo la escena ante él.

—Ay, madre. Que casi la palmo —rezongó, contoneándose entre el pesado fardo de paja y el montón en el que había estado hasta conseguir salir de entre ambos.

Verla gatear hacia atrás, con ese perfecto trasero enfundado en los vaqueros, lo distrajo durante un breve instante—.

Eso ha sido un intento de asesinato en toda regla.

—¿Estás bien? —preguntó acercándose a ella.

Volvió la cabeza y luego el resto del cuerpo, sentándose de lado en el suelo. Tenía paja en el pelo, asomando por el escote de la camiseta, pegada a la ropa, y su rostro estaba sonrojado por el esfuerzo. La sonrisa que le curvaba los labios y le iluminaba la mirada era completamente genuina.

—El heno quiso soterrarme, pero sobreviviré —afirmó. Se movió, con intención de levantarse solo para darse cuenta de que le faltaba un zapato—. Uy, creo que perdí algo.

—Te advertí que ese tipo de calzado no era adecuado para el rancho.

—Sí, bueno. ¿Qué puedo decir? —farfulló ella, volviendo a meterse en el hueco del que había salido, buscando el objeto perdido—. Nadie me advirtió que iba a trabajar quitando caca de caballo en un rancho.

Esa mujer tenía respuestas para todo.

Sacudió la cabeza y se adelantó, apartando la bala de heno que había tirado y depositándola junto a las cuadras.

—Te dije que cortases las bridas y sacases el heno, no que intentases coger la bala —resopló dejándola caer sin esfuerzo.

—Pensé que sería más fácil moverlas —replicó detrás de él—. Tú las has movido como si no pesaran nada. Y no creo que apreciases el que usase mi magia de viento en este lugar…

Se puso el zapato y empezó a revolverse, se quitó los guantes de trabajo y se llevó la mano al escote. Empezó a quitar pequeñas hebras de paja, sin importarle que él estuviese delante y mirándola; era incapaz de hacer otra cosa.

—Joder, tengo heno hasta en el sujetador —masculló, arrancándose la camiseta de los vaqueros y sacudiéndola al mismo tiempo.

«Es un desastre con patas».

Se volvió a mirar a Otto, quien se había hecho a un lado contemplándolos a ambos.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

Gianna lo estaba mirando, entre curiosa e intrigada.

«Y no parece importarte lo más mínimo».

—Me intriga.

«Eso sí que me lo creo».

—¿Te intriga el qué? —insistió ella. Su mirada vagó ahora sobre Otto y esos ojos volvieron a abrirse ligeramente, en reconocimiento—. Ah, no estabas hablando conmigo, ¿me equivoco?

No. No se equivocaba.

—Otto me preguntaba si te encontrabas bien.

«No te pregunté eso». Había cierta risa en la voz de su compañero.

—Sí, sigo de una pieza —replicó, metiéndose de nuevo la camiseta dentro del pantalón y poniéndose una vez más los guantes—. Gracias por preocuparte, Otto. Eres muy amable.

«Un desastre con patas y educada. Qué combinación más bonita».

—Cállate ya. —Lo fulminó.

La inesperada risa de Gianna resonó en el lugar, atrayendo la mirada de ambos sobre ella. Se había llevado las manos a las caderas mirándoles de hito en hito.

—Debéis tener unas conversaciones de lo más interesantes —mencionó ella. Pasó por delante de él, recuperó las tijeras del lugar en el que las había dejado y, ahora sí, cortó las bridas tal y como le indicó que hiciese.

—No siempre.

«¿Disculpa? Mi conversación siempre resulta de lo más interesante».

Lo ignoró y la siguió, viéndola sacar pequeños puñados de paja.

—Si vas a hacerlo de esa manera, te llevará todo un día completar la tarea —le indicó, acercándose a ella y, rozándola, le indicó la manera correcta de retirar la hierba prensada—. Así. De esta manera puedes sacar pequeños bloques. Es mucho más eficiente.

—Eficiente, la palabra clave —canturreó ella con gesto burlón, no obstante, siguió sus indicaciones—. Oye. Funciona.

—Claro que funciona —declaró, señalando la cuadra más cercana—. Repón la cama. Esas dos cuadras ya están ventiladas y asegúrate de que los comederos y bebederos están limpios y con agua fresca.

— Wow . Echa el freno, cowboy —silbó, mirándole con un montoncito de heno en los brazos—.

Despacito y punto por punto, ¿vale? Estoy aquí porque mi magia intentó ahogarte con un tsunami, así que esto es como un servicio comunitario indeseado.

Así que, explícamelo de nuevo y con palabras que yo entienda, ¿a quién dices que tengo que hacerle la cama?

«Estás jodido».

Otto abandonó el establo con toda su perruna dignidad intacta y riéndose a carcajadas en su mente.

—He dicho «repón la cama» y me refiero a los caballos, obviamente —la corrigió.

Cogió una buena brazada de heno y lo llevó a una de las cuadras que ya había limpiado, desinfectado y aireado lo suficiente.

Lo esparció por el suelo, sobre las virutas que ya había puesto antes—.

Lo esparces así. Una bala entera por cuadra.

—Una bala entera por cuadra… —Imitó su tarea, solo que con menos cantidad de paja—. ¿Te das cuenta de que hay seis cuadras?

—Sí. Y una de ellas está vacía y se usa como almacén —señaló con un gesto.

—¿Y qué pasa con la del caballo cotilla? —volvió al pasillo para señalar el box central de la fila opuesta, donde Thunder asomaba la cabeza, curioso por la nueva presencia en el establo.

El animal se había asomado en el mismo instante en que Gianna dio un paso adentro, provocándole un pequeño susto. No le cabía duda de que podía oler su magia y, por algún motivo, el caballo más insociable del rancho no había dejado de mirarla cada vez que pasaba cerca o la escuchaba hablar.

—Thunder es curioso por naturaleza y también algo temperamental —le dijo, caminando hacia el caballo, el cual resopló y acercó el hocico buscando reconocimiento—. Ha estado lidiando con una infección, pero ya está bien. Hoy saldrá al corral para que pueda estirar las patas.

La respuesta de la bestia fue agitar la cabeza, como si comprendiese sus palabras y estuviese deseoso de abandonar su particular encierro.

—¿ Thunder ? —repitió ella, acercándose a él, manteniendo al mismo tiempo una distancia prudencial del caballo, en especial cuando pasó la cabeza por encima de su hombro para verla—. ¿Le has puesto «Trueno» a un caballo negro gigantesco? Muy discreto, sí, señor.

—Si te acercas un poco y te fijas mejor, verás que su pelaje no es negro, sino de un marrón muy oscuro —corrigió, mirándola a su vez de soslayo.

—Uy. Alguien se ha molestado… —chistó ella—. Y no el caballo, precisamente.

Como si no estuviese de acuerdo, el aludido relinchó en respuesta.

—Vale, vale. Perdón, señor caballo marrón oscuro —resopló ella—. Tienes el mismo carácter irritante que tu dueño.

Ocultó una sonrisa contra el cuello del animal. No sabía por qué, pero últimamente sonreía mucho más que de costumbre.

—Es muy probable, ya que fui yo quien lo crio —admitió, frotándole el cuello al caballo—. Su madre lo rechazó y yo me hice cargo de él desde entonces. Podríamos decir que es mi niño consentido.

—Así que tienes corazón y pasado, menuda sorpresa —replicó ella.

—Y paciencia. Muchísima paciencia —admitió, volviéndose a mirarla—. Algo que estoy descubriendo contigo.

Ambos se quedaron unos segundos en silencio, mirándose. Ni siquiera pensó en ello, solo estiró el brazo hacia ella, teniéndole la mano.

—Ven. Deja que te conozca.

—¿No puede conocerme a esta distancia? —repuso ella, vacilando en el lugar.

—Vamos, confía en mí.

La petición salió de sus labios por sí sola. Ni siquiera lo había pensado, solo surgió de manera natural. Y es que… quería que lo hiciese, que confiase en él.

—Si me muerde… os mando a volar a los dos —le avisó—. Literalmente.

Ella acortó la distancia entre ambos, posó la mano en la suya y dejó que la acercase a él y, por ende, al caballo.

—Thunder, ella es Gianna, mi esposa —le dijo al caballo, llevando a continuación la mano de ella sobre su testuz.

—Pues sí que tienes el pelo marrón —murmuró ella. Podía notarla tensa, algo que también debió de sentir el animal, pues estiró el cuello a fin de acercársele más—. Vaya… Mírate. Eres un buen chico, ¿verdad?

Sorprendentemente, lo estaba siendo. Thunder, quien no estaba a gusto con nadie más que él, ni siquiera con otros caballos, buscaba el contacto de un ser humano, de una bruja, nada más y nada menos.

«Y ahí la tienes, conquistando también a ese irritante caballo». Escuchó la voz de Otto en su mente. Su familiar estaba en el umbral del establo, cómodamente acostado. «¿Te he dicho ya que estás jodido?».

Lo ignoró, pues no podía hacer otra cosa que observar a la chica que ahora sujetaba la cabeza del animal con ambas manos y sonreía como nunca antes la había visto hacerlo. Su lenguaje corporal había cambiado. No había tensión, ni recelo, estaba tranquila y casi podía decir que a gusto.

Thunder resopló suavemente y ella se rio, un sonido bajo y auténtico que le provocó un incómodo tirón en el pecho.

—Parece que le caes bien.

Ella ladeó la cabeza, mostrándole esa sonrisa mientras acariciaba las crines oscuras.

—Eso lo convierte oficialmente en el ser más inteligente de este rancho.

—El listón tampoco estaba muy alto.

Su inesperada risa lo llevó a sonreír en respuesta.

—Bueno… —Se aclaró la garganta y miró a su alrededor—. Se acabó el momento de socializar. Tenemos que terminar con el trabajo.

—Yo más bien creo que será el trabajo el que acabe conmigo —resopló ella, haciéndole un último mimo al caballo—. Adiós, chico guapo.

Se volvió y prácticamente chocaron por lo cerca que seguían uno del otro. Gianna posó la mano sobre su pecho, equilibrándose, y su contacto fue como un nuevo toque de atención; uno demasiado agradable.

—¿Siempre tienes que estar en el medio? —murmuró ella, dando un paso atrás.

—Estoy donde debo estar.

—Eso es demasiado cerca.

—No lo suficiente —admitió y, antes de que tuviese oportunidad de decir algo al respecto, le dio la espalda y volvió al fondo del establo para traer otro par de balas más de heno.

Siguieron trabajando y, debía admitir, que su bruja no era tan incompetente como había podido pensar en un principio.

Podía ser torpe, tropezar con las cosas e incluso llegar a terminar, todavía no sabía cómo, dentro del abrevadero, pero eso no la frenaba a la hora de hacer aquello que se propusiera.

Greyson descubrió esa mañana que la bruja de su esposa no solo era irritante y respondona, sino una incansable trabajadora.