CAPÍTULO 8 #2
—Él no eligió al brujo, sino al demonio. —La respuesta que murmuró Greyson llegó mientras miraba al can como si fuese una entidad importante y no una mascota—. Supongo que el que sea ambas cosas le gustó lo bastante como para considerar ligarse a mí.
Dicho eso, se volvió por completo hacia ella. Al menos ya no parecía querer estrangularla, aunque la expresión seria en su rostro dejaba claro que no iba a ponerle las cosas fáciles en ningún momento.
—Lo dije en serio —le dijo ella, prefiriendo hablar antes de que la ansiedad la devorase—. Repondré los platos que se han roto…
—Que has roto —concretó.
—…compraré una nueva vajilla y unos vasos —concluyó, ignorando su interrupción—. ¿Quieres algo sobrio o más primaveral?
—Lo que quiero es que aprendas a controlar tu magia para que lo de hace un momento quede tan solo en una anécdota. —La seriedad en su voz no dejaba lugar a chascarrillos.
—No lo hice a propósito.
—Sé que no.
—¿Entonces por qué me abroncas?
—Porque podrías haber salido herida, Gianna. —La rotundidad de su queja la calló en el acto—. Eres temperamental, indisciplinada…
—Oye…
—…una bruja que no tiene la menor idea de lo que está haciendo con su magia o cómo canalizarla —sentenció, avanzando ahora hacia ella—. Tu grimorio es joven, demasiado joven para una bruja que lo obtuvo a los siete años. Debería estar más curtido, al igual que tú, pero sois… como dos niños…
—No soy ninguna niña —siseó.
—Puede que físicamente no. —La miró con una intensidad puramente masculina antes de encontrarse con su mirada—. Pero tu nivel de magia está a la altura de un principiante. Y no debería ser así.
Apretó los labios y no reculó, ni siquiera cuando se plantó delante de ella, lo bastante cerca como para invadir su espacio personal.
—Mi nivel de magia está a la altura de lo que he podido aprender por mi cuenta…
—Acabó respondiendo. No tenía nada de lo que avergonzarse, ella no era la culpable de su falta de práctica—.
No tengo familia de sangre. Soy una bruja abandonada, por lo que mi magia no tiene raíces ni ancla.
Agradece que no he convertido tu cocina o todo el maldito rancho en el escenario de una película de tornados, porque era lo mínimo que habría podido pasar si no la hubiese atado anoche con un hechizo a mi grimorio.
—Necesitas ejercitar tu control, no atar tu magia con hechizos —resopló, pasándose una mano por el pelo—. Y ahora me tienes a mí como ancla.
—¿De veras?
—Eres mi esposa, Gianna.
—Por una firma y un poco de sangre en un papel —masculló.
—Mi dormitorio está a tu disposición cuando quieras mudarte a él —le soltó con la misma irritación con la que había hablado ella—. Créeme. No me opongo a que consumemos nuestro matrimonio, si eso es lo que necesitas para validar nuestro matrimonio.
—Eres insoportable.
— Le dijo la sartén al cazo.
Se quedaron allí, mirándose, demasiado cerca, demasiado conscientes el uno del otro. Gianna fue la primera en dar un paso atrás y finalmente, la espalda.
—Ni siquiera me di cuenta de que había desplegado mi magia hasta que entró tu perro y vi los platos volando — admitió cruzándose de brazos—. No tuve tiempo suficiente para controlarlo. Apareciste y… bueno. Nunca viene mal una ducha, ¿no te parece?
—De entre todas las brujas existentes y ha tenido que tocarme esta —lo escuchó mascullar.
No pasó más de medio segundo antes de notar cómo el aire en torno a ella cambiaba y se hacía algo más espeso, con ese toque a bergamota—.
Eres demasiado emocional. Tu magia de viento reacciona a tus emociones, necesitas aprender a contenerla.
—¿Y cómo sugieres que lo haga? —Le dedicó una mirada soslayada—. ¿Me convierto en un témpano de hielo? ¿Voy a buscar a alguien que me extirpe las emociones? ¿Un nuevo sello quizás?
—Bastará que aprendas a compartimentar las cosas —respondió. Un fuerte brazo le rodeó la cintura desde atrás. La palma de su mano quedó abierta contra su estómago, presionándolo, mientras que su espalda acababa pegada a un duro torso.
—¿Puedo saber qué narices estás haciendo? —jadeó y, casi al instante, el viento se agitó a su alrededor, levantándose con rapidez y fuerza.
—Respira despacio —la aleccionó, presionando más contra ella. Tenía los dedos largos, fuertes, su mano era grande y, por alguna razón, no la sentía como una amenaza, sino como algo protector—. ¿Has montado a caballo alguna vez?
—No —dijo de forma abrupta—. ¿Qué tienen que ver los caballos con el jodido viento? Porque no sé si te has percatado, pero se está poniendo un poquito furioso.
—Es tu magia la que está furiosa, eres tú la que azota el viento, por lo mismo, eres tú la que tiene que sujetar sus riendas e impedirle hacer lo que le dé la gana —le informó. Su voz sonaba por encima de su cabeza, lo bastante cerca como para sentirla como una caricia—. Cierra los ojos.
—No creo que cerrarlos sea…
—Obedece.
Respiró hondo y obedeció, pero no porque él se lo hubiese ordenado, sino porque necesitaba concentrarse para evitar que aquel incipiente desastre fuese a más.
El viento le tiraba ahora del pelo, de la ropa y silbaba en sus oídos.
A ello se unieron los relinchos de los caballos, el histérico cacareo de las gallinas y eso lo hizo aún peor.
—Respira…
—Estoy respirando.
—No. Estás hiperventilando.
—La culpa es de las putas gallinas —rezongó—. Haz que se callen.
—Haz que remita el viento y se callarán.
—No me gusta tu forma de enseñar.
—Qué pena. —No podía haber más ironía en dos simples palabras—. Has visto el corral de los caballos. Imagínalo en tu mente. Una estructura con cuatro lados, de la que nada puede escaparse a menos que tú le abras la puerta.
A medida que hablaba, la imagen apareció en su mente, tal y como la había visualizado minutos antes.
—Ahora siente la hierba, siente el viento acariciándola, jugando con los árboles, envolviéndose en sus troncos, en ti misma.
—La forma en la que hablaba, suave, lenta y profunda, la envolvía como una manta—.
Es tu viento, tu magia la que está ahí contigo.
Si extiendes las manos, puedes aferrar sus riendas, como un caballo al que conduces al corral para que paste a sus anchas.
Coge esas riendas y condúcelo al centro.
Empezó a respirar más despacio. En su mente podía verse a sí misma aferrando unas riendas de cuero marrón, acariciando la cruz de un enorme caballo del color de las nubes de tormenta, solo que no era realmente un animal, pues estaba hecho de magia y viento.
Cuanto más lo visualizaba, más sencillo era moldearlo, darle la apariencia de esas magníficas bestias con unas crines y cola sedosas, mirada amable…
y verse a sí misma acariciándolo, calmándolo hasta que todo sonido se apagó a su alrededor.
—Ya puedes dejarlo ahí. Tiene pasto para alimentarse, sitio para correr y está tranquilo. —La voz de Greyson se volvió más suave y profunda—. Cuando lo necesites, solo tienes que abrir la puerta del corral y dejarlo salir, pero mientras tanto, ese es su lugar.
Dejó escapar un lento suspiro y su cuerpo se aflojó, hundiéndose contra el de él.
—Y así es como se doma al viento.
El contacto con su cuerpo desapareció, su brazo la abandonó y ella abrió los ojos, volviéndose hacia él, consciente de que el viento que se había levantado a su alrededor ya no era otra cosa que una brisa natural y que los relinchos y cacareos ya no se escuchaban.
En cuanto se encontró con el rostro masculino, advirtió el ligero cambio en la mirada del demonio.
El color no era el azul que conocía, sino un oscuro carmesí.
Solo tuvo que parpadear un par de veces para que volviesen a la normalidad.
La huella de esa parte de su naturaleza había estado presente durante un momento.
—Tus iris… —Levantó la mano y terminó tocándole el mentón con los dedos.
—¿Qué pasa con ellos?
—Por un momento… fueron carmesíes —murmuró, observando ahora su acostumbrado tono azul.
Greyson enarcó una ceja, como si aquello no tuviese la más mínima importancia para él.
—Y son inquietantes —concluyó con brusquedad, dejando caer la mano y alejándose un par de pasos de él con el corazón acelerado—. Entonces, ¿un corral? ¿Esa era tu idea?
—Funcionó.
Sí. Lo había hecho. Y todo gracias a él.
—Vale. Quizás no seas tan mal maestro después de todo —claudicó, aunque evitó mostrarse entusiasmada—. ¿Qué es lo siguiente?
Greyson la recorrió de la cabeza a los pies y esbozó una pequeña sonrisa que, por alguna razón, le dio algo de miedo.
—Me ayudarás a limpiar los establos.
—¿Eso está incluido en tus clases de magia?
—Desde este mismo instante, sí.
Y, sin otra palabra más, dio media vuelta y echó a andar hacia la parte trasera de la casa.