Una bruja nada perfecta para el demonio (Raven Hollow 2) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

—Que sí sé fregar los platos, dice —rezongó, hundiendo el estropajo en el agua—. No, tenía una criada que me lo hacía todo y yo solo tenía que abanicarme, no te jode.

¿Y todas esas reglas? ¿Era miembro del ejército o qué?

Kevin no le había encontrado un marido, sino un demonio con un TOC enorme con el orden y la limpieza.

—Me apuesto lo que quieras a que si le doy la vuelta a la taza del café y le dejo un cerco sobre la encimera, le entrarán los siete males. —La sola idea la hizo sonreír. Podía imaginarse a sí misma haciendo justamente eso, aunque solo fuese para hacerlo sudar.

Chasqueó la lengua y continuó con la tarea impuesta.

—¿A qué me dedico? Me pregunta. Como si esperase que yo viviese del aire o algo —rezongó, enjuagó el plato y lo dejó sobre el escurridor—.

Yo, que me paso horas y horas frente al ordenador, estrujándome el cerebro y hablando con clientes pesadísimos solo para…

¿Qué? Que venga un maldito estafador, me vacíe la cuenta y me deje en la puta calle con lo puesto.

Si tuviese delante al imbécil de Oliver, lo estrangularía.

¿Cómo había podido ser tan tonta? Se había creído todas sus palabras, había pensado que él la quería de veras, sin embargo, todo había sido parte de un plan para sacarle hasta el último centavo.

Ahora eso ya daba igual, ese hijo de puta se había esfumado y ella estaba ahora en la otra punta del país, en una casa estilo rancho y casada con un tipo que, sí, estaba bueno, ¡pero la sacaba de quicio!

—No seré la mantenida de nadie —rezongó, cogiendo otro plato y empezando a frotarlo como si le fuese la vida en ello—.

No necesito que nadie me diga lo que tengo que hacer o cómo tengo que hacerlo.

Sí, puede que ahora no tenga ni para comprarme unas malditas bragas, pero sigo teniendo comisiones de algunos clientes.

Es cuestión de tiempo. Aceptaré lo que sea.

Ahora mismo no puedo permitirme ser selectiva…

No era una inútil. No era alguien que mereciese ser desechada como si se tratase de un trapo viejo. Podía hacer muchas cosas y hacerlas bien. Tenía tanto valor o más que cualquiera.

—Solo espera y verás, demonio —masculló, frotando aún con más ímpetu—. Te enseñaré quién es la bruja aquí, quién puede…

El repentino canturreo de Grimmi se unió a un inesperado gimoteo.

Gianna se volvió lo justo para ver un perro pastor en medio del salón, mirándola con una intensidad que dejaba claro que no se trataba de un animal común y corriente.

Eso no era lo más chocante de todo, sino el que algunos de los platos que había estado lavando ahora danzaran por el aire, al igual que los cubiertos.

Una ligera y rápida ráfaga la envolvió, trayendo consigo un chorretón de agua.

Levantó las manos y se volvió para encontrarse con el chorro del grifo, creando una especie de río sinuoso en el aire envuelto con el crepitar de su magia de viento.

—Ay, no, no, no… —Ahora fue ella la que gimoteó, mientras veía cómo el agua continuaba su avance por toda la habitación, convirtiéndose en un fugaz río.

Se apresuró a cerrar el grifo, mas eso no evitó que su magia siguiese su propio curso, dirigiendo el mágico río hacia la puerta abierta de la casa—.

No. Vuelve al fregadero. Da media vuelta. ¡Obedece!

Según gritaba esa última orden, el viento se elevó a su alrededor.

Los objetos empezaron a volar como proyectiles de un lado a otro, obligándola a agacharse mientras el perro hacía lo mismo.

Su grimorio seguía canturreando, cada vez con más intensidad.

Era su forma de decirle «estás jodida, guapa».

Pero era ese pequeño riachuelo de agua el que se estaba volviendo cada vez más rápido, envolviéndose sobre sí mismo.

—¡Basta!

—¿Qué diantres está pasando…?

Greyson no terminó la frase, pues su remolino de agua acabó impactando sobre él, empapándolo por completo.

—Mierda —siseó ella.

Genial. Acabo de golpear al demonio de mi marido con un tsunami.

El agua goteaba de su pelo y rostro, la camisa se había encharcado, pegándose a su pecho, definiendo cada uno de sus músculos como si fuese Mister Camisa Mojada … A juzgar por su aspecto, acababa de soltarle encima lo equivalente a varios cubos de agua y, de momento, no estaba echando humo.

Eso era buena señal, ¿no?

La manera en que se restregó el rostro con la mano, quitando el exceso de agua, y lo levantó para mirar el caos volátil que había a su alrededor, debería haber sido el preludio de una tormenta, aunque él estaba muy calmado.

—Gianna…

—¿Quieres una toalla? —sugirió, estirando el brazo hacia atrás a ciegas, cogiendo un trapo de cocina.

Esos ojos azules se clavaron en ella con una intensidad que la congeló en el sitio. Levantó la mano y el caos volador se detuvo en seco, cayendo de golpe al suelo con una mezcla de rotura de vasos y platos.

—¿Qué hemos dicho sobre destrozar la casa?

—Los platos ya estaban viejos… —respondió, a sabiendas de que era la mayor estupidez que podía salir en esos momentos de sus labios—. Compraré una vajilla nueva.

—No son los platos, Gianna, es tu magia —resopló, entrando y deslizando los dedos sobre la cabeza del perro antes de continuar hacia ella—. Y tu falta de control sobre ella.

—Solo estaba fregando… —Señaló el escurridor en el que todavía quedaban un par de ellos indemnes—. ¿Qué culpa tengo yo de que esto se haya vuelto un poco Fantasía ?

Lo vio entrecerrar los ojos y levantar las manos como si quisiera estrangularla, solo para dejarlas caer a continuación.

—Tú…

—¿Yo?

—Empezaremos las clases fuera. Ahora —indicó la puerta abierta por la que ya salía el perro.

Miró a su alrededor con una mueca.

—¿Y lo de «limpias lo que ensucias» ?

—¡Fuera! ¡Ahora!

Uy. Alguien acaba de cabrearse ligeramente.

A pesar de que eso era lo que había tenido en mente en su camino hacia aquí e incluso después de que Kevin los uniese, esperaba llevar a cabo sus planes de una manera menos… espectacular. Quería sabotearle poco a poco, no rebanarle la cabeza con un plato o soterrarlo bajo un tsunami.

Suponía que no le quedaría otra que aceptar que tenía un pequeño problema con el control de su magia y que, dadas las circunstancias, tendría que aceptar la ayuda de su maridito .

—No sé para qué me pides que friegue los platos si no te gusta cómo lo hago… —rezongó por lo bajo, ganándose una mirada fulminante por parte de Greyson y un nuevo canturreo de parte de Grimmi.

—¿En serio? ¿Ahora te pones de su parte?

Su libro contestó con un gorjeo que dejó claro que no aprobaba lo que había pasado.

Ni que ella tuviese la culpa… Bueno, sí. La tenía. No toda… Solo un poquito.

Avanzando como un condenado hacia el patíbulo, salió por la puerta hacia una mañana radiante. Ayer, al atardecer, apenas le había echado un vistazo a la propiedad, pero a la luz del día, todo ganaba una nueva dimensión.

Árboles, zonas verdes, vallados, incluso escuchó el canto de un gallo.

La brisa era fresca y olía de una manera muy particular, con este toque de bergamota, a naturaleza y aire puro.

Cerró los ojos y se dejó envolver por él.

Su magia respondió al momento, reconociendo sus raíces, deseando unirse al viento y cabalgar sobre él.

Un relincho la hizo abandonar la zona delantera y seguir el camino que bordeaba la casa.

Un huerto, un pequeño gallinero y, mucho más atrás, en la parte trasera de la casa, una nueva empalizada con cuatro caballos.

—Vaya… Lo de los caballos era verdad —murmuró para sí, para hacer seguidamente una mueca al escuchar de nuevo el canto del gallo—. Y también lo de los huevos.

Sacudió la cabeza y se permitió seguir el camino hasta el huerto de hortalizas. Debía admitir que, salvo algunos árboles frutales, la mayoría de las hortalizas las había visto en el supermercado, con lo que verlas en pleno cultivo era casi emocionante.

El cloqueo de las gallinas la llevó un poco más allá, a un pequeño corral con un gallinero de madera. Blancas, marrones… Contó seis gallinas y un elegante gallo que no dudó en dejarla sorda con su do de pecho.

—Pues sí que es usted guapo, señor gallo —le dijo al ave, admirando sus coloridas plumas.

La brisa la envolvió una vez más, tentándola, tirando de su magia como no lo había hecho en años. Sonrió y volvió el rostro hacia el viento, solo para sentir de nuevo esa inesperada presencia. El perro estaba delante de ella, mirándola con una expresión indescifrable.

Había escuchado de brujos que tenían familiares, pero eran tan escasos que nunca se había encontrado delante de uno. Si bien su aspecto no podía ser más de perro doméstico, poseía un aura sobrenatural, por no mencionar sus ojos, los cuales parecían capaces de perforarte el alma.

—Hola, chico guapo. —Lo saludó con la mano—. Imagino que estás de parte de Mr. Control.

El animal no se movió, ni siquiera parpadeó. Se limitó a mirarla, como si quisiera hurgar dentro de su alma.

—¿Sabes? Es de mala educación quedarse mirando a una bruja sin invitación previa —resopló ella, ondeando la mano—. Por no hablar de que no sé cómo te llamas…

—Se llama Otto. —La respuesta llegó del hombre que se había cambiado de ropa, a juzgar por su nueva indumentaria—. Y es mi familiar.

—Sabía que eras un familiar … —murmuró en voz alta, mirando al can—. Es un verdadero honor conocerte, Otto. Gracias por tu servicio a la comunidad.

No estaba muy segura de que los perros resoplaran, mas este lo hizo.

—Sí. Ni yo mismo la habría descrito mejor.

Gianna alternó la mirada entre el animal y el recién llegado.

—Esa respuesta no era para mí, ¿verdad? —La curiosidad le ganó la partida a su previa irritación—. ¿Puedes hablar con él? ¿Cómo? ¿Telepáticamente? ¿De alma a alma? Nunca había visto a un familiar . Son muy escasos y bastante exquisitos a la hora de elegir a un brujo al que servir…