CAPÍTULO 7
El aire frío y limpio de la mañana resultaba vigorizante.
Las nieblas que habían cubierto el rancho desde antes del amanecer empezaban a despejarse ya, prometiendo otro día de cielos despejados y agradable temperatura.
La primavera se abría paso poco a poco, los árboles estaban llenos de flor y se oía el trino de los pájaros, que iniciaban su jornada con los primeros rayos de sol, al igual que él.
Era extraño seguir con la rutina de siempre y sentir al mismo tiempo que algo había cambiado.
No se trataba de un cambio en las tareas, era algo más profundo, que se notaba en el aire y, sobre todo, en el viento.
Había otra magia perfumando el aire, haciéndolo chisporrotear, y procedía de su nueva inquilina; su esposa.
Gianna. No había dejado de notar su presencia en plena noche, a pesar de encontrarse al otro lado de la casa. Ella se había convertido en una pieza más del puzle, una que, si bien encajaba en su lugar, también tenía tendencia a deformarlo.
No era lo que había esperado. De hecho, le había roto todos los esquemas en apenas unas horas. Era ruidosa, respondona, se alteraba con facilidad y parecía tener cierta inclinación hacia el desastre. Era un problema, uno que, siendo sincero consigo mismo, no sabía por dónde empezar a atajar.
Se apoyó un momento en la barandilla del porche, disfrutando de unos momentos de descanso.
Había atendido a los animales, llevado a los caballos a la empalizada donde pastarían hasta la tarde y recogido los huevos en el gallinero.
Otto, el viejo pastor australiano, lo recibió con un meneo de cola desde el establo.
El perro había decidido que prefería quedarse en los establos, con los caballos, a usar la caseta que tenía en un lateral de la casa y por él estaba bien.
Después de todo, no se trataba de un can común y corriente, sino de su familiar .
No eran muchos los brujos que contasen con uno. Lo que antiguamente se consideraba una compañía indispensable, hoy en día era una extraña rareza. Ya no se invocaban espíritus ni elementales para que ejercieran de sirvientes, eran ellos los que te elegían si así lo querían.
Y Otto lo había elegido a él al poco tiempo de mudarse al rancho. Se presentó una noche ante su puerta con un aspecto indefinido y, al día siguiente, el perro ovejero tricolor lo saludó con un elegante movimiento de su cola.
Llevaban juntos desde entonces.
Desvió la mirada hacia la casa, hacia la ventana de la habitación que le había asignado a ella. Las cortinas seguían corridas y podía sentir la presencia de la bruja en su interior. Gianna tenía la energía de un vendaval, algo que chocaba estrepitosamente con su calmada y ordenada vida.
—Noventa y cuatro por ciento de compatibilidad —se recordó a sí mismo. No había ninguna bruja que encajase mejor con él, que pudiese completarlo de esa manera, así que todo era cuestión de encontrar el punto preciso de equilibrio entre ambos.
Dejando atrás el porche, entró en casa y se dispuso a hacer el desayuno.
Tenía varias tareas por delante que llevar a cabo.
Además, ahora también tenía que encontrar un par de horas para ayudar a su bruja a familiarizarse de nuevo con su magia, lo cual le ayudaría a él también a estabilizar la que recibía de ella.
Al levantar el sello de Gianna no solo le había devuelto su magia, sino que él también había quedado ligado a ella a través de su vínculo de esponsales. Si bien su elemento era la tierra, ahora también podía manipular el viento, algo a lo que tendría que acostumbrarse.
Nada más cruzar la puerta y entrar en casa, percibió de nuevo el cambio en el ambiente. Su magia había impregnado ya el lugar, reconociéndolo también como suyo. Miró hacia la entrada al pasillo y sacudió la cabeza.
—¿Cuánto tiempo más va a dormir esa mujer?
Estaba acostumbrado a levantarse con el amanecer.
El trabajo en el rancho así lo exigía. Volvía a casa para prepararse un contundente desayuno y continuaba su jornada hasta la hora de comer.
Sus tardes eran más ligeras, lo que le permitía dedicarse a otras cosas, pero las mañanas eran siempre ajetreadas.
Acababa de dejar la cafetera sobre la mesa cuando escuchó la puerta del dormitorio abriéndose.
Ladeó la cabeza y se encontró con una figura indefinida de pelo negro alborotado, camiseta de tirantes y un pantalón de pijama que a duras penas se sostenía de unas voluptuosas caderas.
Se detuvo unos instantes, estirándose como un gato, para luego meterse en el cuarto de baño.
No pronunció una sola palabra y, a juzgar por su aspecto, dudaba siquiera que estuviese completamente despierta.
Quince minutos después, aquel desastre femenino volvió a emerger, con la cara lavada, el pelo peinado hacia atrás y recogido en una cola baja. La recorrió con la mirada, deteniéndose sobre la marca de vinculación que asomaba entre sus pechos por encima de la línea de la camiseta.
No llevaba sujetador. Fue lo primero en lo que reparó al notar cómo se adivinaban los pezones en la tela. La camiseta la envolvía como una segunda piel, dejando a la vista un pedacito de la redonda tripa.
Notó un tirón en la ingle. Su miembro se había animado ante la sola imagen que ofrecía su esposa.
—Buenos días… —Incluso su voz sonaba sensual, como si todavía no se hubiese despertado del todo—. ¿Eso que huelo es café?
—Buenos días —saludó en respuesta, obligándose a reaccionar—. Sí. Es café. Siéntate. Llegas justo a tiempo para desayunar.
— Um … —Se fue hacia la mesa, solo para detenerse detrás de una de las sillas y levantar ambas manos—. Me las he lavado, que lo sepas.
No pudo menos que esbozar media sonrisa al escucharla.
—Y también me he lavado la cara y cepillado los dientes, así que no admito quejas —lo señaló con el dedo.
—Habría estado bien que te presentases a desayunar vestida.
—No estoy desnuda —resopló.
—Como si lo estuvieras —masculló más para sí que para ella.
—Si te molesta, no mires —le dijo, sentándose a la mesa y sirviéndose una taza de café—. De verdad. No sé cómo tienes energía para empezar la mañana siendo tan irritante.
—¿Yo soy el irritante?
—Sí —aseguró y, soplando la taza, le dio un sorbo al café—. Oh, Dios. Café de verdad. ¿Lo has hecho tú?
—Sí.
—Genial. Prepárame una de estas todos los días por las mañanas y empezarás a caerme mucho mejor.
Su respuesta lo llevó a contemplarla durante un par de segundos.
—No sé cómo era tu vida en la ciudad, Gianna, pero aquí, espero que colabores con las tareas de la casa y del rancho.
La manera en que levantó la cabeza y lo miró fue casi cómica. Tenía un trozo de pan tostado en la boca, al que acababa de hincarle el diente.
—Yo no tengo la menor idea de cómo se lleva un rancho, te lo dije anoche… —articuló, apartando el pan.
—Pero sabrás cómo se lleva una casa —la retó.
Ella miró a su alrededor y se encogió de hombros.
—Tendrás que ser un poquito más concreto si esperas que haga algo.
—Haremos una lista de tareas, si eso hace que te sea más sencillo seguir el plan.
—¿Es que tienes un plan para nosotros? —inquirió, enarcando una ceja.
—Tengo un plan para todo —confirmó, volviendo a la mesa con el beicon y los huevos que también había cocinado.
—¿No me digas? —Los labios femeninos se estiraron en una pequeña, casi imperceptible sonrisa. Fue fugaz, pero la captó al momento, al igual que la intención oculta en ella.
—Y también ciertas normas que deberías tener presentes —añadió sentándose finalmente a la mesa—.
El desayuno se sirve a esta hora, la comida a la una.
Habrá veces que cenemos en el pueblo, de lo contrario, lo haremos aquí, a partir de las siete.
Se recogen los platos y se friegan después de cada comida y, lo que ensucias, lo limpias.
Se lo quedó mirando sin pronunciar palabra, solo observándolo, como si esperase que fuese a echarse a reír o algo.
—A última hora de la tarde empezaremos con tus clases para fortalecer el control sobre tu magia —continuó sin perder el ritmo de su explicación—.
En cuanto al rancho… No necesito realmente ayuda para las tareas diarias, aunque habrá momentos en los que tengas que recoger los huevos o cuidar del huerto, aunque solo sea para que podamos comer en condiciones.
—¿Has terminado?
—No. —Se sirvió una taza de café, un plato de huevos y beicon, así como un par de salchichas y cogió una rebanada de pan—. El Casador no me mencionó en qué trabajabas…
—A mí tampoco me dijo muchas cosas —replicó ella y, a juzgar por su tono, así como por el chisporroteo en el ambiente, era obvio que la había… enervado un poquito—. Y, mira por dónde, ya tengo un motivo más para estrangularle y luego arrancarle la piel a tiras.
—Un poco extremo.
—Oh, no desde mi punto de vista —siseó.
—¿Y bien?
—¿Y bien qué?
—¿A qué te dedicas? —preguntó y añadió al final—. O te dedicabas antes de venir aquí a casarte conmigo.
—No vine aquí a casarme contigo.
—Pues es lo que has hecho.
—Como dije ayer, no me quedaba de otra.
—Y como también te dije yo, siempre hay alternativas.
Esos ojos verdes destellaron y notó una ligera brisa elevándose a su alrededor.
—Controla tu magia, Gianna —pidió tranquilo. Necesitaba que ella se diese cuenta de cómo se le escapaba de los dedos si la dejaba a merced de sus emociones.
—La estoy controlando —replicó, su tono cada vez más irritado—. No tienes un puto tornado en tu salón.
—Es nuestro salón —señaló con un movimiento de tenedor, antes de pinchar la comida y dar cuenta de ella.
—Nada de lo que hay aquí es mío.
—Te equivocas. Como mi esposa, lo que es mío, también es tuyo —admitió—. Deseo que te sientas cómoda, que veas el rancho como tu hogar, así que…
—¿Quieres que me sienta cómoda y lo primero que haces es darme una lista detallada de lo que puedo hacer o no hacer en tu casa? —preguntó con palpable sarcasmo—. Sí. Ya veo lo bien que va a funcionar eso.
—No veo qué hay de malo en querer mantener este lugar limpio y aseado. —Se encogió de hombros—. Vengo haciéndolo desde que adquirí el rancho.
—Nada más lejos de mi intención arrebatarte un trabajo que se te da tan bien —replicó, dándole un nuevo sorbo a su café—. La próxima vez prueba a añadir la palabra «por favor», suele dar mejores resultados que una imposición marcial.
—¿Le tienes alergia al agua?
—No.
—¿Al detergente?
—No.
—Pues entonces no veo cuál es el problema —respondió él, con un ligero encogimiento de hombros y añadió—. Hoy te toca fregar los platos.
—Porque tú lo digas…
—Porque no se te caerán los anillos por colaborar —sentenció, antes de retomar lo que le interesaba—. Bueno, ¿vas a decirme en qué trabajabas o tengo que adivinarlo?
—No trabajaba, me dedicaba a la buena vida. ¿No es eso lo que piensas que hacía?
—No. No creo que seas tan superficial.
Abrió ligeramente los ojos, como si su respuesta la sorprendiese, pero no respondió. Al menos no en el momento. Se tomó su tiempo para dar un par de bocados, masticando lentamente, hasta que por fin le brindó un pedacito de sí misma.
—Me dedico al marketing digital —mencionó, sin más.
La miró de arriba abajo, intentando encajar semejante profesión con alguien como ella.
—¿Qué? —Estaba claro que se había dado cuenta de su expresión.
—¿Eso produce algo tangible?
—Sí. Dinero —resopló, entrecerrando la mirada—. Soy perfectamente capaz de cuidar de mí misma y ocuparme de mis propios gastos, que lo sepas.
Y, sin embargo, aquí estaba. Al otro lado del país y con él.
—Algo muy loable, sin duda —acabó respondiendo en voz alta.
Estaba claro que tenía que haber una explicación, algo que no le decía, pero estaba bien. Podía esperar, después de todo, ahora mismo todavía eran un par de desconocidos.
—Espero que este sitio tenga una conexión decente a internet, no me veo intentando encontrar wifi en una vaca.
—Sería algo complicado, ya que por aquí se lleva más bien la cría de caballos. —Contuvo una sonrisa—. Tienes el rúter en mi oficina. La contraseña del wifi está debajo. Siéntete libre de usarla cuando lo necesites. O quédate en el salón, aquí la señal también es buena.
—Así que no estás tan incomunicado como parecía —mencionó ella, irónica—. Sabes del mundo exterior.
—Te sorprenderían la de cosas que sé —afirmó, mirándola y, por algún motivo, aquello la sonrojó—. Desayuna en condiciones, te va a tocar fregar los platos.
Gianna puso los ojos en blanco y cogió un par de lonchas de beicon y no dijo nada más.
Comieron en silencio y, cuando terminaron, la dejó con la tarea impuesta para seguir él con las suyas propias.
Necesitaba mantener la rutina, aunque solo fuese para evitar pensar en aquella morena y problemática bruja a la que se había unido.