CAPÍTULO 6 #2
—¿Siempre eres tan pulcro? —preguntó, echando un fugaz vistazo a la cocina. Estaba impecable, como si no se hubiese cocinado en ella.
—Me gusta que las cosas estén en su sitio —respondió sin más.
Enjuagó el paño y, tras escurrirlo, lo dobló con cuidado y lo depositó en un lugar destinado a ello.
Paños de cocina, utensilios, tarros. Todo estaba perfectamente alineado o doblado, impoluto, como si más que un lugar de trasiego fuese de escaparate.
Si no lo hubiese visto con la olla al fuego, habría pensado que la comida habría surgido como por arte de magia.
Greyson dejó finalmente la zona de la cocina y se reunió con ella en el salón. Ocupó el lugar de la cabecera, pero no se sentó. Sus ojos azul tormenta acabaron sobre ella, casi como si la examinase.
—¿Qué? ¿Me he sentado en el lugar equivocado? —sugirió, mirando en torno a la mesa—. Hay sitios suficientes como para jugar al juego de las sillas y no perder jamás.
—Puedes lavarte las manos en el fregadero.
—¿Perdona?
—O usar el aseo. Lo que prefieras —añadió, como si ella no hubiese abierto ni la boca—. Ese será tu baño. Si hay alguna cosa más que necesites para tu aseo personal o… lo que sea, haz una lista y lo compraré la próxima vez que vaya al pueblo.
Se quedó inmóvil, mirándole como si le estuviese vacilando. Lo único que recibió de él fue un gesto de la barbilla, señalando el fregadero.
—Me gustaría cenar hoy, si es posible.
Gianna hizo un verdadero esfuerzo para no quedarse mirándole como un pasmarote, con la boca abierta, cosa que estaba muy cerca de ocurrir. Miró la mesa, luego a él y finalmente el fregadero.
—No puedo creerlo —murmuró para sí, dejando atrás el comedor para acercarse al grifo. Empujó la llave del agua, se enjabonó las manos y se las enjuagó, todo ello sin dejar de mascullar—. Voy a matar a Kevin. Lo voy a convertir en carne picada. ¿Qué clase de loco…?
Se volvió, ya con las manos limpias, buscando algo en qué secárselas y casi se da de bruces con él. Su nuevo marido sostenía un paño blanco como quien sujeta una bandera de la paz.
—¿Sueles hablar mucho sola?
Le arrancó la toalla de las manos, se las secó con brío y le estampó el paño en el pecho, rodeándole para volver a la mesa.
—¿Y tú eres siempre tan maniático o es solo porque he llegado yo?
—No considero que la higiene sea una manía.
—La higiene no, pero… —Miró a su alrededor. Todo era pulcritud, estaba tan limpio y ordenado que empezaba a preguntarse si realmente vivía allí—. No sabría qué decir de esta casa de revista de decoración.
—No te dejes llevar por las apariencias. —Dejó la toalla estirada en un gancho, para reunirse con ella en la mesa—. Esto no deja de ser un rancho.
—Un rancho de revista —insistió ella, sentándose a la mesa—. Dime que el pan es de verdad y no de plástico.
—Dale un mordisco —replicó él, con un tono más ligero e irónico—. Si te sabe a cera, sabrás que no lo es.
Enarcó una ceja ante su comentario y, sin apartar la mirada, estiró el brazo, cogió un pedazo de pan, lo partió y se lo llevó a la boca.
—Es auténtico —señaló, imitando su tono. Lo cierto es que no solo era pan de verdad, sino que estaba delicioso. No podía ni compararse con lo que se vendía en la ciudad.
—Me quitas un peso de encima.
Greyson le sirvió un plato de estofado primero a ella y luego se sirvió a sí mismo. Abrió una botella de vino y llenó dos copas, así como sendos vasos con agua. Solo entonces ocupó su lugar en la cabecera de la mesa.
De repente, la escena era tan cotidiana, tan normal que se quedó sin saber qué decir, así que cedió ante el hambre y dio cuenta de la cena.
Y, por Dios, ese hombre sí que sabía cocinar.
Prácticamente engulló el primer plato de estofado y, cuando su nuevo marido-demonio-brujo le ofreció repetir, no dijo que no.
Esta vez, sin embargo, procuró comer más despacio, saboreando cada bocado.
—Di la verdad, ¿Kevin te ha estado matando de hambre?
La pregunta fue tan inesperada como ridícula y acabó sonrojándose y dejando el tenedor en el plato.
—Lo siento… Solo bromeaba.
—Oh, ¿sabes hacerlo?
—Al parecer no se me da tan bien como pensaba. —Señaló su plato y su voz sonó más amable—. Por favor, come.
Ella no recuperó el tenedor, pero sí alcanzó otro pedazo de pan.
—Ha sido un viaje largo y pesado. La comida del avión era un asco y, aunque paramos en el camino del aeropuerto hacia aquí, el hambre me eludió —ofreció voluntariamente—. A una se le quitan las ganas de comer cuando la conducen al patíbulo.
Él ya había dejado los cubiertos hacía un rato y se limitaba a saborear el vino a pequeños sorbos.
—Soy tu marido, no tu verdugo, Gianna.
—Eres un demonio —respondió sin pensar.
—Lo cual parece ser un problema para ti —respondió con una franqueza aplastante.
—El que seas un demonio no es el problema —añadió y, mientras decía esas palabras, se daba cuenta de que era verdad—. Lo es que seas mi marido.
—Ya veo.
—No. Está claro que no ves nada, porque de lo contrario me habrías enviado de vuelta a casa con el imbécil de mi hermano —resopló abandonando finalmente también el pan—.
Mira, seamos claros. Yo no soy buen material para una esposa.
No se me da bien cocinar, no he cogido una aguja en mi vida y…
—Hizo un gesto, abarcando la casa—. No tengo ni idea de cómo se trabaja en un rancho.
—Puedo enseñarte…
—Y tampoco me interesa qué se hace en él —remató, antes de que él pudiese añadir algo más—. Así que, ya ves. Pésima como esposa. No te serviré para nada, de hecho, es posible que te dé más problemas que soluciones, así que…
—No me asustan los problemas —la interrumpió él ahora—, soy bastante bueno solucionándolos.
—Estos no, Greyson. Te lo aseguro.
Algo similar a una sonrisa le curvó los labios.
—Ya lo veremos —sentenció él y lo hizo de una manera y con un tono de voz que le provocó todo tipo de escalofríos. Y no precisamente desagradables.
¿Pero qué coño…?
La cena terminó con un pedazo de tarta de ruibarbo que, según le había dicho, procedía de la única pastelería del pueblo. Hacía años que no comía esa tarta y probarla la devolvió a algunos momentos de su infancia.
Para cuando se la terminó, el cansancio y el estrés del día le habían pasado factura y empezaba a notar que se le cerraban los ojos.
—Puedes retirarte a descansar, Gianna. —Las palabras de Greyson la sobresaltaron, dejando claro que había cedido unos segundos al sueño.
Parpadeó varias veces, esforzándose por prestar atención solo para darse cuenta de que él ya estaba de pie y recogiendo la mesa—.
Estarás más cómoda en la cama que sobre la mesa y con la cara embadurnada de tarta.
Se llevó la mano de manera automática al rostro, solo para vislumbrar esa particular sonrisa mientras le daba la espalda y llevaba los platos al fregadero.
—Tienes un sentido del humor de lo más peculiar —mencionó ella, abandonando su asiento y recogiendo el resto de los platos. Si se le caía alguno durante el camino, siempre podía achacar el desastre a un descuido.
La vajilla llegó intacta a su destino y se unió a los que ya llenaban el fregadero. Era curioso cómo dos personas podían ensuciar tanta loza.
—¿Sabes al menos fregar los platos?
La pregunta llegó acompañada de un vistazo soslayado y esa curvatura en los labios.
—Sí. Eso sí que sé hacerlo, pero… —Miró los cacharros y a él y acabó por darle una palmadita en el pecho. Movimiento equivocado, pensó nada más tocarle y sentir ese duro torso—. Me caigo de sueño…
—Ya lo veo —declaró él, bajando la mirada a la mano que seguía allí.
¿Por qué demonios no la había sacado?
Dejó que resbalase sobre la suave camisa hasta que sus dedos rozaron la hebilla del pantalón y finalmente cayeron al vacío. Se quedó con los brazos colgando a ambos lados, mirándole como una idiota.
Es guapo.
Él enarcó una ceja, como si escuchase sus pensamientos. Eso no era posible, ¿verdad?
—¿Puedes leer mis pensamientos?
—No.
Sintió un intenso alivio ante tan rotunda afirmación, pero le duró lo que tardó en añadir.
—Excepto cuando los dices en voz alta.
—Mierda.
Él sonrió. Una sonrisa de verdad y fue tan inesperada como impactante. Su rostro cambiaba por completo, se volvía más atractivo, sí, aunque también menos duro, más amable.
—Esta noche me encargaré yo de fregar. Mañana, lo harás tú —le dijo y, sin añadir nada más, se volvió hacia el fregadero, abrió el agua y empezó a enjuagar y enjabonar—. Buenas noches, Gianna.
Una salida digna. Le estaba dejando irse sin mencionar nada más sobre su desliz verbal, así que la aprovechó.
—Buenas noches, Greyson.
Se giró y cruzó la estancia de vuelta al pasillo, pasó el umbral y se detuvo un momento, echando la vista atrás para mirarle una última vez. No sabía por qué, pero sentía la necesidad de asegurarse de que él seguía allí, de que no estaba… sola.
Sacudiendo la cabeza ante aquella absurda idea, abrió la puerta de su dormitorio y la cerró tras ella.
Mañana sería otro día.
Mañana… empezaría a pelear.