Una bruja nada perfecta para el demonio (Raven Hollow 2) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

— Un regalo de bodas para la bruja de mi esposa… —Repitió la frase que había salido de la boca de ese maldito demonio, el mismo con el que estaba casada—. No te digo por dónde te metería yo la puta pluma…

Se quedó mirando el objeto, dividiéndose entre abrir la ventana y lanzarlo fuera o deslizar su suave punta por las páginas de su libro.

Como si este fuese capaz de leerle la mente, empezó a canturrear de una manera bastante particular y, sin que ella se lo pidiese, se abrió, deslizando con suavidad sus páginas hasta la siguiente en blanco.

—¿En serio, Grimmi? ¿Estás de su lado?

Un nuevo canturreo agitó sus páginas, pero solo para volver a la posición inicial, dejando claro lo que ambos querían y, sobre todo, necesitaban; conectar.

Observó el libro, que no era más grande que un cuaderno tamaño A5. Al contrario que otros grimorios, el suyo no había cambiado en todos estos años, seguía teniendo la misma hechura, el mismo color y los mismos símbolos que esa primera vez.

Todavía recordaba el polvo de aquel lugar, una antigua biblioteca, la cantidad de libros y cuadernos del suelo al techo y ella, apenas una niña, mirándolo todo con ojos desorbitados.

Mientras que la hija de su familia de acogida…

¿Cómo se llama? ¿Elle? ¿Belle? Sí, Belle.

Una mocosa delgada y con rizos rojizos que no tenía el menor interés en jugar con «niñas pequeñas», no dejaba de ir y venir, buscando el mejor libro.

Se suponía que tenías que elegir aquel que te hablase, eso era lo que le habían dicho aquella familia de acogida, así que se había quedado en un rincón, mientras que su compañera comprobaba estantería tras estantería, quitando libros y luego desechándolos… Sobre todo porque ninguno se abría.

Grimmi la había llamado desde uno de los estantes superiores, le había canturreado al igual que ahora. Estaba tan alto que no podía llegar a él, ni poniéndose de puntillas, pero no fue necesario que hiciese nada, pues cayó del hueco en el que estaba y acabó a sus pies.

Desde el momento en que lo tocó, supo que ya no volvería a estar sola.

Que no importaba si la enviaban de vuelta, si la dejaban con otra familia, porque siempre lo tendría a él.

Ese día se convirtieron en uno y dejar de escuchar su canturreo, dejar de sentirle como lo hizo a partir de aquel día, la sumió de nuevo en esa particular soledad.

Hasta hoy.

—Te he echado tanto de menos —murmuró, acariciando el papel, aspirando el aroma que se elevó de ellos, impulsado por una brisa mágica; su magia—. ¿Te lo puedes creer? De todos los posibles brujos existentes en el mundo, Kevin va y elige para mí un demonio.

El libro canturreó una vez más, cambiando la tonada.

—Sí. Lo sé. Sin embargo, eso no hace que me guste más la idea de unir mi vida a la de ese hombre —resopló, mirando hacia la puerta cerrada del dormitorio—. ¿Y, Kevin? Ese traidor me trajo hasta aquí, hizo su trabajo y se largó sin mirar atrás.

Cada comentario suyo obtenía una réplica del cuaderno. No eran palabras y, sin embargo, lo entendía. Siempre había sido así.

—Mi magia se ha descontrolado, ¿cómo no iba a hacerlo si lleva nueve putos años encerrada detrás de ese sello?

—resopló—. No he tenido acceso a ella. Sentía cómo crecía, cómo maduraba al mismo tiempo que lo hacía yo, pero el viento…

El viento ya era solo un murmullo. Y ahora se ha desatado igual que un vendaval…

No puedo arriesgarme a que suceda de nuevo.

Lo último que quiero es herir a alguien por accidente…

Aunque no me opongo a mandar a volar a cierto demonio. Literalmente.

Las páginas se agitaron, volviendo finalmente a la misma posición, a esa temida página en blanco.

—Odio que tenga razón —suspiró largamente, acarició la página y miró la pluma que había dejado sobre la cama—. No tanto como odio lo bien que huele ese maldito estofado, todo sea dicho…

Su estómago rugió, recordándole que no había comido apenas. El aroma de las especias llegaba hasta la habitación, haciéndole la boca agua.

Miró a su alrededor. El lugar era bastante amplio, limpio, con un par de ventanas que daban a la parte delantera de la casa y a un corral.

El sol ya se había puesto del todo, la casa gozaba de buena iluminación exterior, lo que alejaba la oscuridad y brindaba cierta claridad incluso en medio de la noche.

La cama era grande y cómoda, había también un armario de madera oscura, a juego con el cabecero, un par de mesillas de noche, un cajonero e incluso una butaca con una lámpara en una esquina; el lugar perfecto para sentarse a leer.

Los tonos eran neutros, cálidos, bastante masculinos, lo cual encajaba con el propietario del rancho.

De hecho, sus dos maletas, una amarillo limón y otra rosa cebra, eran los objetos que más desentonaban en el lugar.

Miró sus zapatos planos e hizo una mueca.

—Si ese imbécil piensa que voy a ponerme a ordeñar vacas…

No, que vacas no tiene. Caballos. Eso. Si piensa que voy a ponerme a…

cepillar caballos o a limpiar establos, la lleva clara —bufó, dejándose caer de espaldas.

Su mirada acabó en el techo y entrecerró los ojos para protegerse de la luz de la lámpara—.

Aunque se me ocurren algunos lugares en los que podría dejar los excrementos…

El libro a su lado emitió su sonoro descontento.

—No debería caerte tan bien alguien a quien solo conoces desde hace un par de horas, Grimmi —rezongó, ladeando la cabeza para mirarlo—. Eres mío, no suyo.

Si los libros pudiesen hacer pedorretas, no le sorprendería que el suyo hubiese hecho una en ese mismo instante.

—Traidor —farfulló, incorporándose y cogiendo el libro entre sus manos—. Que conste que solo voy a hacer esto para… mantener la magia bajo control. Nada más y nada menos.

Cogió la pluma, su jodido regalo de bodas, y la acercó a la página en blanco.

Fue casi como reconectar con el pasado, con los días en los que escribía sus primeros hechizos, aquellas frases incoherentes que nacían de su corazón, solo que en esta ocasión venían de un lugar mucho más sensato… o puede que no.

La tinta se fue fijando sobre el papel a medida que daba luz verde a las palabras.

Su magia respondió a cada una de ellas, la brisa la envolvió, agitándole el pelo, moviendo las cortinas, trayendo consigo una mezcla de aromas que reconocía como suyos y también un toque de bergamota.

Su presencia. La marca entre sus senos le hizo cosquillas, bajó la mirada a pesar de que estaba oculta y volvió a ser consciente de lo que significaba, de algo que prefería ignorar.

Se concentró en dar vida a las últimas líneas y, cuando por fin puso el punto final al escrito, tenía ante sí las palabras que la ayudarían a mantener el equilibrio sobre su magia de viento.

— Una brisa que envuelve el corazón, que lo ata y lo mantiene en la tierra…

—Leyó la primera línea en voz alta, sintiendo en cada palabra su propia magia—.

Una brizna de aire que envuelve el cuerpo y aleja la ansiedad.

—El corazón se le aceleró, la magia le hizo cosquillas en las venas, conectándola como ninguna otra cosa podía hacerlo a su grimorio—.

Una ráfaga, que azota con fuerza tras las ventanas, pero mantiene mi alma en la mayor de las calmas.

—Deslizó los dedos sobre la última de las líneas, vinculándose profundamente con su libro—.

Un huracán apaciguado, porque tú eres mi ojo y en ti encuentro refugio.

Sus nervios se aplacaron, el ritmo de su corazón empezó a sosegarse y con ello la presencia de la magia se hizo más íntima, más suya, como lo había sido antes de que el sello se llevase parte de su esencia.

Las tripas volvieron a rugirle, rompiendo un momento de comunión con su impertinente advertencia.

—Sí, sí… Joder. —Se puso en pie, cerró el cuaderno y lo atrajo contra su frente durante un breve instante—. Volveré cuando haya domado a la bestia…

El libro canturreó y ella no pudo menos que sonreír.

—Pues no sabría decirte si la de mi estómago… o la que ha preparado la cena —replicó, sacudió la cabeza y se dirigió hacia la puerta del dormitorio, dispuesta a comenzar el segundo asalto.

Escuchó a Greyson moviéndose al otro lado del pasillo. Más que las señales de su presencia, estaba también un conocimiento distinto, uno que la volvía consciente de que el demonio estaba allí. Era como si el aire se lo dijese, como si la empujase en su dirección.

El vínculo de esponsales. Se llevó la mano sobre los pechos y la dejó caer al momento. No necesitaba saber dónde se encontraba ese hombre, ni siquiera le interesaba, mas el olorcillo de la comida era demasiado tentador como para ignorarlo.

—Tu magia ya tiene otro pulso. —Sus palabras fueron lo primero que escuchó nada más poner un pie en el salón. Estaba de espaldas a ella, limpiando la cocina, mientras que la comida ya estaba servida en la mesa—. Procura mantener ese equilibrio. Será bueno para ti y para Hollow Creek Ranch .

Entrecerró los ojos y los clavó un momento en su espalda, mordiéndose una posible contestación.

Tenía hambre y el mencionado estofado olía demasiado bien como para negarse a probarlo.

Podía querer deshacerse de él, pero no era tan tonta como para hacerlo con el estómago vacío y en plena noche.

No le conocía lo suficiente como para adelantarse a sus posibles reacciones y el equilibrio de su magia era todavía precario.

No se arriesgaría a provocar un incidente que pudiese traer consigo graves consecuencias.

Su estómago estaba de acuerdo con la idea, ya que volvió a hacerse notar. En aquella silenciosa habitación, con tan solo el sonido del correr del agua como telón de fondo, el sonido pareció convertirse en el rugido de una bestia.

—La mesa ya está puesta —le dijo, deslizando un paño sobre la encimera—. Cenaremos en un minuto.

Miró la mesa y las sillas en torno a ella. Debía recibir gente habitualmente, porque había seis asientos y él solo era uno.