CAPÍTULO 5
No debería haberla besado, aunque no podía decir que se arrepintiese de ello.
Lo único que tenía en mente era calmarla, bajar la intensidad de su magia, tomar el control de esta si era necesario, pero en cuanto la probó, dejó de pensar como un brujo y empezó a pensar…
No. No pensó. Se dejó llevar por su otra mitad, saboreando y reclamando lo que era suyo por derecho y por vínculo.
Fue consciente de cada silla derribada, de cada objeto abandonando su lugar, de los malditos cuchillos volando hasta clavarse en la puerta…
La magia de Gianna era salvaje, un aire indómito que podía arrasar con todo o convertirse en una suave y apacible brisa.
La había notado bajo el sello y también después, cuando el ensalmo los unió a ambos, mas no esperaba verla en acción. No tan pronto, al menos.
Ella había perdido momentáneamente el control sobre su magia, incapaz de canalizarla al grimorio.
Se había aferrado a ese libro como un niño a un peluche, ¿cómo culparla por ello?
Era una extensión de sí misma, una parte que le habían arrebatado y a la que no pudo acceder durante años y, posiblemente, lo único que la unía con todo lo que había dejado atrás.
Este era un nuevo comienzo para ambos, pero para su bruja… Para ella era empezar desde cero, en un lugar extraño, con un completo desconocido al que… hasta hacía tan solo unos minutos habría jurado no quería ver ni en pintura.
Y, sin embargo, ella había reaccionado a su beso, respondiéndole con una entrega inesperada y sincera.
Greyson terminó de preparar la cena y echó un fugaz vistazo a la habitación.
Todo volvía a estar en su sitio o en el cubo de la basura, si se había roto de manera irreparable. Gianna se había encargado de la limpieza en silencio, devolviendo los muebles y objetos a su sitio, dejando claro que había prestado más atención a la casa de lo que supuso en un principio.
Llevaba un rato sentada en la mesa del comedor, con las manos sobre el libro y sorprendentemente callada. No la tenía por una mujer silenciosa, no después de cómo había dado voz a todas sus quejas, que no habían sido pocas, pero algo había cambiado en la última media hora y creía saber qué era.
—No esperabas que tu magia se descontrolase de esa manera, ¿verdad? —mencionó, apagando ya el fuego y dejando que la comida reposase unos minutos. Se volvió hacia ella, apoyándose contra la encimera, para ver cómo levantaba la cabeza—. ¿Cuándo tuviste acceso al viento por última vez?
Se lamió los labios, despacio, como si no quisiera responder o no supiese cómo hacerlo.
—Antes del sello —respondió en voz baja, dura, con un toque de frialdad que no casaba con la efervescente mujer que había descubierto bajo esa apariencia cosmopolita—.
La magia se silenció entonces… —Deslizó los dedos sobre la cubierta del libro con tanta ternura que no pudo pasarlo por alto—. Al igual que él.
No era la primera bruja a la que veía ponerle nombre a su grimorio y hablarle como si fuese una jodida mascota, aunque en el caso de Gianna era algo más profundo. Podía advertirlo por la forma en la que sostenía el objeto, por cómo lo miraba y, sobre todo, por cómo este reaccionaba a su bruja.
Esta era la primera vez que no encontraba distinción alguna entre usuaria y objeto, era como si fuesen uno solo, como si le hubiesen arrancado un pedazo a la bruja y lo hubiesen moldeado a partir de ella.
—¿Qué edad tenías durante la elección?
—¿No quieres saber también la copa de mi sujetador?
—No me interesa, lo otro sí.
Juraría que su respuesta la cogió por sorpresa, pues respingó.
—Siete años. —Se encogió de hombros—. La hija de la familia de acogida en la que estaba acababa de cumplir los nueve e iba a hacer su selección, así que, dado que yo no tengo parientes de sangre, supusieron que daría lo mismo si lo hacía antes o después.
Siete años. Demasiado joven. La magia de una bruja no empezaba a madurar hasta los nueve, coincidiendo justo con la proximidad de su elección.
—Eras demasiado joven. —Ni siquiera se dio cuenta de que su disgusto había asomado en su voz hasta que la vio entrecerrar los ojos y notó su magia respondiendo a sus emociones.
—Eso no impidió que me uniese a Grimmi —siseó—. No hice trampas.
Escucharla decir aquello lo tomó por sorpresa, pero se encargó de no dejarla traslucir.
—No recuerdo haber dicho lo contrario, ni siquiera insinuarlo —aseguró. Dejó su apoyo y caminó hacia la mesa que ella ocupaba. Agitó los dedos de la mano derecha y el grimorio se deslizó sobre la mesa hasta él, arrancándole un jadeo a su dueña.
—Oye, ¡es mi libro!
—Soy muy consciente de ello —repuso, ignorándola y, sin tocar el objeto, movió de nuevo los dedos, como si pasase sus páginas.
El objeto lo reconoció como la pareja vinculada de su bruja, por lo que obedeció a sus comandos.
Si bien no podía utilizarlo para sí mismo, sí podía tener acceso a él y abrirlo, ya que su sangre ahora también estaba impresa en su interior.
Gianna, en cambio, no se quedó sentada. Arrastró la silla con un sonido infernal y avanzó a zancadas hasta él.
—Procura no arrastrar de esa manera la silla —pidió sin mirarla siquiera. Su concentración estaba en esas páginas, en la letra primero infantil y luego más madura, hasta los últimos trazos escritos.
—¿Temes que raye el suelo?
—Me preocupan mucho más mis tímpanos —respondió, mirándola de soslayo cuando le rozó con el brazo.
Fue solo un segundo y rectificó con prontitud—.
Necesitas darle forma al viento, procurarle ancla y sosiego.
—Giró el libro de modo que quedase hacia ella—.
Llevas nueve años sin tocar sus hojas, sin alcanzar tu magia, así que tienes que reconectar con ambas.
Eso te dará algo de margen y tranquilidad, evitará que vuelva a desbordarse del mismo modo que tus emociones.
—Mis emociones no se desbordan.
Enarcó una ceja ante tan absurda mentira y sonrió lo justo.
—Sí. Lo hacen.
—No —siseó de nuevo y el aire cambió al momento, espesándose, demostrando quién tenía razón.
—Cabezota, ya veo —murmuró. Un segundo después había conjurado una pluma sobre el libro y la señaló con un gesto de la barbilla—. Escribe. No necesitas hacer más de cuatro líneas. Solo tienes que reconectar.
—¿Te he dicho yo a ti cómo preparar la cena?
—No, pero empiezo a pensar que te morías de ganas de hacerlo.
Abrió los ojos un poco más de la cuenta, lo que empezaba a identificar como un patrón en ella, un claro «me ha pillado».
—Ni siquiera sé qué estabas cocinando y tampoco es que me importe, la verdad sea dicha.
—Estofado. Mi madre me enseñó a prepararlo —respondió y él mismo se sorprendió por ello. No era dado a las explicaciones—. Obséquiale con tus primeras palabras como bruja casada, te lo agradecerá.
La vio apretar los labios, coger la pluma y cerrar el libro para marcharse con ambas cosas hacia el umbral que conectaba con la habitación de invitados y su propia oficina.
—Te la devolveré… —La escuchó rezongar, levantando el bolígrafo.
—No hace falta. Es un regalo de bodas para la bruja de mi esposa.
Y ahí estaba otra vez, ese pequeño sobresalto y esa mirada verde clavándose de nuevo en ella.
—Cenamos en quince minutos —le advirtió. No esperó su respuesta, volvió a la cocina y comprobó que el estofado había reposado ya lo suficiente.
Ella no dijo nada y, apenas unos segundos después, escuchó cómo se abría y cerraba la puerta de la habitación de invitados.
Fue entonces cuando se permitió mirar hacia el otro lado de la estancia. Los labios se le curvaron en una ligera sonrisa. Contrario a lo que había esperado, la presencia de su nueva esposa no estaba resultando ser tan molesta como podía parecerle en un principio.