Una bruja nada perfecta para el demonio (Raven Hollow 2) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

«Bienvenidos a vuestra nueva vida, señor y señora Malakai».

Gianna todavía se estremecía por dentro al recordar esa única frase, que la ataba oficialmente al hombre que se movía a su antojo dentro de la casa. Ella seguía allí, en el porche, incluso cuando el coche de alquiler ya había desaparecido más allá del camino de entrada.

Su red de seguridad se había ido. La dejó con la única promesa de que la llamaría en unos días para ver cómo le iba. Ni siquiera miró atrás, fue como si no le importase lo más mínimo dejarla y eso… dolía.

La tarde había ido avanzando, los tonos azules habían mudado a un rosa anaranjado que anunciaba la pronta llegada de la noche. El día se estaba acabando y allí seguía ella, en medio de ningún sitio, con el grimorio apretado contra su pecho y su magia fluyendo de nuevo con naturalidad entre ellos.

Incluso eso le resultaba extraño. No sentir ese encorsetamiento, los momentos de ahogo, pensando en que nunca sería capaz de respirar con normalidad, el miedo, aun cuando no lo hubiese puesto en palabras, a qué le ocurriría si no conseguía deshacerse del sello.

Bajó la mirada sobre su pecho y sintió que le ardía la cara al recordar la manera tan burda en la que él la había tocado. Sí, cierto, no había sido nada sexual, pero la había tocado y esa sensación todavía seguía hormigueándole la piel.

Puede que se hubiese liberado al fin del sello sobre su magia, pero ahora tenía una marca distinta sobre la piel, la de su vínculo matrimonial con ese demonio-brujo.

Permaneció en el porche unos minutos más. No quería entrar en la casa, porque hacerlo significaba aceptar que esta fuera su nueva vida a partir de ahora y que el hombre que campaba a sus anchas en el lugar era su socio —se negaba a llamarle marido— en este nuevo embrollo matrimonial.

Echó un fugaz vistazo por encima del hombro. La puerta seguía abierta, las luces encendidas y la huella de su magia estaba por todos lados, con ese característico aroma a bergamota que había detectado en él.

El libro canturreó contra su pecho. Era como una caricia en sus oídos, una invitación a sus páginas y un recordatorio de que volvía a tener el control sobre su magia, sobre quién era.

Nunca había sido demasiado buena con los hechizos. Si no recordaba mal, sus primeros intentos estaban llenos de borrones y tachones… Eso no le importaba a su grimorio, solo lo que recitaba con el corazón.

—No volverán a separarnos, Grimmi —musitó, apretando con más fuerza el libro contra su pecho.

Le había puesto nombre, al igual que se lo ponían los niños a su amigo imaginario.

Ese cuaderno había sido su primer amigo, el único que no la abandonó mientras todos los demás lo hacían.

Cuando el sello apareció, dejó de escucharlo, fue como si le arrebatasen una parte de sí misma, una a la que no dejó de extrañar en esos últimos nueve años.

Abrió el libro y sintió como su magia la recorría con una fuerza inusitada, salvaje. Era una corriente tan fuerte y repentina que se tambaleó. Le llevaría tiempo acostumbrarse de nuevo a ese tipo de poder, a canalizarlo, pero lo haría.

Respiró hondo y pasó los dedos sobre la primera página, una que siempre se había mantenido en blanco hasta que hoy se había teñido con la sangre de los dos. Un par de huellas y sus nombres grabados de forma definitiva.

Gianna Malakai.

Su nuevo apellido le provocó un nuevo escalofrío y, para dejar de verlo, empezó a pasar las páginas, dejando atrás la letra temblorosa de una niña, la más firme y bonita de una adolescente, los inevitables tachones y, finalmente, las últimas líneas que había escrito momentos antes de que el sello cayese sobre ella, blindando su magia.

«Nos reuniremos de nuevo».

Una simple frase que ahora cobraba un significado mucho más potente y definitivo.

Pasó las yemas de los dedos por la siguiente página, en blanco, sintiendo la necesidad de tener una pluma entre los dedos y escribir las primeras letras después de tanto tiempo.

—Y ya sé qué pondré —murmuró para sí—. Hoy, me jodieron.

Grimmi canturreó. El sonido parecía una suave risa, libre de malicia. Eso le arrancó una mueca.

—¿En serio? —resopló, cerró el libro y miró una vez más el cielo ante ella, el terreno que la rodeaba, uno que acabaría conociendo muy bien…

Si es que se quedaba allí. Echó un nuevo vistazo a la puerta y respiró hondo.

No podía quedarse eternamente en el porche, así que entró dispuesta a poner sus condiciones sobre la mesa.

Oh, porque tenía muy claro que en este matrimonio iba a haber condiciones.

—Escúchame bien. —Cruzó el umbral alzando la voz, buscando al responsable de su cambio de vida, el cual encontró al otro lado de la planta de concepto abierto.

En el mismo espacio se daban cita la zona de salón, el comedor y la cocina—.

No esperes que me comporte como tú… Como quiera que sea que te estés imaginando.

Greyson ladeó la cabeza, sus ojos resbalaron sobre ella con premeditada lentitud, casi con aburrimiento.

—¿Y qué se supone que me estoy imaginando?

Se apoyó el libro en la cadera y movió la mano libre para dar énfasis a sus palabras.

—¿Una bruja perfecta? ¿Alguien que te diga «sí, cariño» mientras cocina, limpia y ordeña las vacas?

—Dado que no hay vacas en el rancho, no creo que tenga que enseñarte cómo ordeñar una —respondió terminando su inspección de nuevo en su rostro—. Aunque sí tenemos caballos y algunas gallinas. Mañana te enseñaré el rancho para que te familiarices con él y con las tareas que se realizan diariamente.

Gianna parpadeó. Fue incapaz de hacer otra cosa. Su respuesta fue como una bofetada, rompiéndole los esquemas.

—En cuanto a lo de «sí, cariño» , preferiría que nos abstuviésemos de ciertos apelativos cariñosos cuando es obvio que ni tú ni yo los sentimos —concluyó.

Un segundo después levantaba un utensilio de madera y señalaba al otro lado de la habitación—.

Ahí están tus maletas. Encontrarás el aseo justo en frente y tu habitación está al final del pasillo, a la izquierda.

—¿Mi habitación?

—Creí oportuno que tuvieses tu propio espacio, dado que todavía no nos conocemos —añadió, volviendo de nuevo a prestarle atención a lo que estaba haciendo en la cocina—.

Pero si deseas compartir habitación conmigo, no me supone ningún problema.

Eres mi esposa, después de todo. Mi dormitorio está ahí.

Señaló la puerta cerrada que había nada más terminar los muebles de la cocina.

—La lavandería está al lado de la puerta de la entrada. También hace la función de zaguán, así que puedes dejar las botas sucias allí cuando entres desde la calle.

—Las botas sucias —repitió, pues era incapaz de hacer otra cosa.

La mirada que le lanzó a los pies fue casi cómica.

—Espero que tengas botas. Esos zapatitos no te servirán para moverte por el rancho, sobre todo si llueve.

Se cruzó de brazos, sin soltar en ningún momento su preciado libro.

—Empiezo a pensar que el Casador se equivocó al hacer el conjuro de compatibilidad —respondió con un pequeño resoplido—. Está claro que no somos nada compatibles…

—El que tengamos distintos gustos y una forma diferente de enfrentarnos a las situaciones no significa que no seamos compatibles en otras cosas, Gianna.

—Cada vez que pronunciaba su nombre de esa manera la estremecía—.

¿Nunca has oído eso de que los polos opuestos se atraen?

Y, por lo poco que he visto de ti, estamos en distintos puntos del hemisferio.

—Debiste tener en cuenta eso antes de firmar el contrato.

—Lo tuve. Por eso estás aquí. Y eres mi esposa —declaró con sencillez. Se limitaba a constatar hechos, como si no le importase nada más—. La cena estará lista en un rato. Puedes dejar las maletas en tu dormitorio… o en el mío. Lo que prefieras.

—No dormiría contigo ni aunque fueses el último hombre sobre la faz de la tierra —le soltó, sin pensárselo dos veces.

—Lo que tú digas.

La estaba ignorando. Completamente. Tendría que estar contenta con eso, agradecida incluso, pero le molestó. Si estaba en esta casa, en este maldito lugar, era por culpa de él. Ella no había venido aquí por propia voluntad.

Apretó el libro contra su pecho una vez más, como si con ello pudiese protegerse de todo y de todos.

El aire vibró a su alrededor. Literalmente.

El murmullo de Grimmi se hizo más agudo, era una advertencia.

Su magia, aquella a la que llevaba tanto tiempo sin poder acceder, encerrada en su cuerpo, empezó a cosquillearle en la piel.

Notó la presión en su pecho, la punzada, en forma de latido, en el lugar en el que había estado el sello y ahora poseía su marca.

No podía respirar. En un segundo estaba intentando coger aire y al siguiente le costaba meterlo en los pulmones, la vista se le vidrió ligeramente y…

—Tu magia es inestable…

—Gracias por el diagnóstico —rezongó, cerrando los ojos y aferrándose con fuerza al libro—. Da la casualidad de que lleva nueve años encerrada, así que… puede que se haya vuelto un poquito temperamental. Al igual que yo.

—Esto no es cuestión de temperamento, sino de falta de control —replicó él con voz algo más seria. Escuchó sus pasos antes de abrir los ojos y encontrárselo frente a ella—. Canalízala hacia el libro.

—Gracias por la lección, profesor —siseó, clavando la mirada en la de él—. Es precisamente lo que estoy haciendo.

—Pues no estás teniendo éxito.

—¿No me digas?

Chasqueó la lengua y, sin mediar palabra, invadió su espacio personal, le rodeó la cintura con un brazo y hundió los dedos en su pelo, atrayéndola completamente hacia él. Jadeó de sorpresa y su nuevo marido aprovechó ese instante para bajar su boca sobre la de ella.

El beso fue totalmente inesperado. Durante una milésima de segundo se quedó completamente rígida, con el corazón latiéndole a toda velocidad y su magia chisporroteando, escapándose más y más de su exiguo control.

Su primer instinto fue el de empujarle, apartarse de él, pero entonces su lengua tocó la suya y sufrió tal descarga eléctrica que se le fundieron todas las neuronas.

No encontraba otra manera de explicarlo.

Su cuerpo se relajó por completo y se encontró no solo aceptando el beso, sino devolviéndoselo.

Se apretó contra él, notando el libro entre ambos como un ente vivo y también como un nexo de unión.

—Canaliza tu magia hacia el grimorio. —Su voz sonó ronca, más profunda que nunca contra sus labios—, deja que la absorba.

—No me digas… —Se las ingenió para responder, paladeando su sabor en la boca—, lo que tengo que hacer.

—Como quieras.

Sus labios se encontraron por segunda vez, aunque, siendo sincera consigo misma, tampoco es que se hubiesen separado tanto. Apenas había sido un respiro para tomar aire, para… darle órdenes como si tuviese todo el derecho a hacerlo.

Aquello la espabiló, rompió el beso y se apartó de él con el rostro enrojecido, la respiración acelerada y… vale, sí. Su magia volvía a estar bajo control.

Greyson sonrió. Fue un gesto breve, casi imperceptible, que quedó pronto cubierto bajo esa máscara de indiferencia. Con todo, la forma en que se lamió los labios la afectó, algo que no debía ser así.

—Intenta no destrozar la casa en tu primera hora como esposa —le dijo. Le dio la espalda y volvió a la cocina, no sin ir recogiendo por el camino algunas cosas que habían acabado fuera de su sitio.

¡Por el amor de Dios! ¡Parecía que un vendaval hubiese puesto la sala patas arriba! ¿Cómo diablos no se había percatado de ello?

Porque estabas demasiado ocupada morreándote con ese demonio.

Se estremeció y se envolvió con los brazos. O lo intentó, puesto que seguía aferrando a Grimmi como si le fuese la vida en ello.

—Puedes ir recogiéndolo todo mientras termino con la cena —le informó él, deteniéndose una vez más delante de los fogones—.

A partir de mañana dedicaremos un par de horas a que te familiarices de nuevo con tu poder.

No quisiera acabar con un tornado o algo peor arrasando todo a su paso.

A la gente le gusta Raven Hollow tal y como es y a mí el rancho.

Fue incapaz de pronunciar una sola palabra al respecto.

Quería protestar, mandarlo a la mierda, mas lo cierto es que no había forma de negar lo evidente al ver las sillas por el suelo, algún que otro mueble volcado y, lo más aterrador de todo, un set de tres cuchillos clavados en la puerta de la entrada.

¿Cómo demonios había ocurrido todo eso sin que se hubiese dado ni cuenta? ¡No había oído el rugido del viento, ni los golpes de las sillas y mucho menos había sentido nada volando!

El beso.

Abrió los ojos como platos y lo miró.

Él la había sofocado, los había envuelto a ambos, aislándolos de la habitación para que nada la distrajese a la hora de canalizar su magia hacia el grimorio.

Su vergüenza escaló un nivel más, al igual que su irritación. Ya no con él, sino consigo misma, por no haberse dado cuenta de lo que pasaba a su alrededor.

Sin pronunciar una sola palabra, empezó a recoger las cosas, devolviendo las sillas a su lugar y enderezando las cosas, para finalmente arrancar los cuchillos que, por suerte, no se habían clavado con demasiada profundidad en la madera de la puerta.

—Magnífico, Gia —farfulló en voz baja, para sí misma—. Qué manera tan espectacular de cagarla a lo grande.

Estaba dispuesta a hacer que la repudiase, que la echase. Ahora, sin embargo, las cosas iban a ser mucho más difíciles, pues no era tan arrogante ni tan estúpida como para no admitir que… le necesitaba.

Al menos hasta que tuviese pleno control sobre su propia magia.