CAPÍTULO 3
Esa mujer iba a darle problemas.
No estaba seguro de que eso encajase en su ordenada vida, mas tampoco sentía la necesidad de repudiarla.
Más bien, todo lo contrario. Ella no había venido por voluntad propia, era muy consciente de ello, pero ¿acaso importaba?
Esa bruja estaba en un punto de no retorno, así que o la aceptaba y retiraba su sello o la estaría condenando.
No le quedaba apenas tiempo, aun sin ver todavía la marca sobre su piel, podía sentirla y sabía que estaba en una cuenta regresiva.
Unas semanas, unos días… Dudaba mucho que llegase a completar el mes si no la aceptaba.
Y, Dios sabía que él no iba a condenar a una inocente, por terca y respondona que esta fuese.
Gianna Argos . Desde luego, no era lo que tenía en mente cuando Kevin le habló de ella. Por no hablar de su apellido y la obvia relación fraternal entre ambos.
Morena, con el pelo alborotado sobre los hombros, unos ojos verdes que parecían perforarte el alma cuando te miraban y una figura curvilínea, era bastante bonita y, sobre todo, destacaba estrepitosamente en un ambiente como el suyo.
La chica tenía ese aire de sofisticación propio de la ciudad, vestía de manera elegante, demasiado para un lugar como el rancho.
Por suerte, no venía en tacones, sino en zapato plano, lo que le permitió advertir que también era bastante alta.
Tenía una lengua afilada, eso sí, y no temía utilizarla, como había podido comprobar de primera mano. Era todo lo contrario a lo que esperaba de su futura esposa y, aun así, ese noventa y cuatro por ciento de compatibilidad decía que ella seguía siendo la adecuada.
Greyson la observó mientras subía los peldaños del porche y se preparaba para cruzar el umbral de su casa como si se estuviese adentrando en territorio enemigo.
Contuvo la sonrisa que tironeaba de sus labios.
Desde luego, su futura esposa estaba decidida a ir a la guerra armada con todo el arsenal a su disposición, aun si este se reducía a su lengua afilada y una irritante actitud.
El ambiente cambió en el mismo instante en que Gianna puso un pie en su hogar, el aire pareció espesarse y ese sordo latido que le había acompañado la última semana se convirtió en un canturreo mucho más impetuoso.
Sabe que ella está aquí.
Sus pensamientos quedaron rápidamente constatados cuando el lenguaje corporal de la bruja cambió.
La tensión que la envolvía y la mantenía en constante estado de alerta mudó a una burbujeante inquietud.
Vio cómo deslizaba la mirada por cada rincón, cada mueble y detalle, no para ubicarse, sino buscando algo.
—Está en mi despacho —dijo, sobresaltándola. Sus ojos verdes volaron sobre él y, durante un breve instante, parecieron desenfocados.
Apretó los labios, dispuesta a evitar que saliese de entre ellos alguna palabra, pero aun así dejó escapar un ligero siseo.
—Devuélvemelo —masculló—. Es mío.
Se miraron tan solo unos instantes, suficiente para que se diese cuenta de que había cierta vulnerabilidad en esas palabras, una súplica encubierta.
—Te lo entregaré tan pronto como quede sellada nuestra unión —respondió con sencillez y, a pesar de que vio su intención de replicar, le dio la espalda y se volvió hacia Kevin—. ¿Qué necesitas?
—A vosotros dos y… su grimorio. —La señaló a ella con un gesto de la mano—. Tendrás que abrirlo para ella en cuanto retires el sello. Ambos deberéis firmar en la primera página, para que el vínculo quede registrado.
Extendió el brazo, invitándoles a ocupar el salón.
—Bien. Iré a buscarlo —le informó. No volvió a mirarla, pero notó sus ojos fijos en él desde el momento en que cruzó la estancia y salió por la puerta que llevaba a su despacho.
Escuchó el murmullo de sus voces. Más airada la de ella, apaciguadora la de él y, cuando regresó con el paquete que había llegado el mismo día que la carta, el Casador ya había preparado lo que necesitaba para el breve ritual sobre la mesa auxiliar.
Gianna, sin embargo, miraba con anhelo, y puede que un poco de ansiedad, lo que llevaba envuelto en un paño de seda oscuro. El libro oculto en él palpitaba como si estuviese vivo, reconociendo la magia a la que pertenecía, una que muy pronto también estaría a su alcance.
El libro de una bruja era como una extensión de sí misma, se fusionaba con su alma, así que todo este tiempo sin poder acceder a él debió haber sido para ella como carecer de un miembro.
Sus páginas se habrían cerrado en el mismo instante en que adquirió el sello y no volverían a abrirse hasta que le fuese retirado.
Se decía que era una manera de mantener la magia a raya, de evitar que las brujas se corrompiesen, aunque no obraban de la misma manera con los miembros masculinos del coven .
De hecho, eran estos los que se encargaban de levantar el sello con su sangre, algo que habría ocurrido mucho tiempo antes si la joven hubiese tenido algún miembro varón en su familia, uno de su propia sangre.
Y eso explicaba también el que Kevin estuviese tan desesperado porque ella aceptase esta unión. Si bien compartían el mismo apellido, estaba claro que no eran de la misma sangre, así que solo podía suponer que era tan solo un familiar de acogida.
Depositó su carga sobre la mesa, lejos de los papeles y lo bastante cerca de ella como para que pudiese sentir su conexión e incluso sacarlo de su envoltorio, si así lo quería.
— Grimmi … —Creyó oírla musitar, dando un paso hacia el objeto solo para contenerse a sí misma en el último momento. Levantó la cabeza y lo miró, pero no sabía si le estaba pidiendo permiso o le estaba midiendo para hacerle una caja de pino.
—Bien, bien… —mencionó Kevin, ajeno a su silencioso intercambio—. Ya lo tenemos todo, así que…
—¿No podemos limitarnos a romper el sello, abrir mi grimorio e irnos cada uno por donde hemos venido? —interrumpió ella, volviéndose hacia su acompañante.
—Las cosas no funcionan así y lo sabes —repuso este.
—En realidad no sé absolutamente nada.
—Te lo he explicado con todo lujo de detalles mientras veníamos hacia aquí —le recordó, visiblemente irritado.
—No te estaba prestando atención —admitió ella, cruzándose de brazos.
—La madre que te…
Si no estuviese a punto de firmar un contrato de vida con esa mujer, se reiría de la absurda conversación entre ellos.
—Bien. Perfecto —rezongó el Casador , volviéndose hacia él—. ¿Puedo esperar que tú sí me hayas escuchado?
—Sé lo que tengo que hacer —sentenció con sequedad. Conocía el ritual, sabía lo que tenía que hacer y cómo hacerlo.
—Maravilloso —concluyó el tipo con la misma sequedad, entonces se volvió hacia ella—.
Greyson abrirá tu sello con su sangre mientras recito las palabras de unión.
Una vez abierto, tu magia volverá a fluir.
El grimorio se abrirá y ambos dejaréis vuestras firmas en él; una huella de sangre.
Y listo, a partir de ese momento, serás una bruja casada y Greyson Malakai tu marido.
Dicho eso, se sacó el adornado alfiler de la solapa de su chaqueta y extendió su mano pidiendo la de ellos.
—Comencemos —pidió y, antes de tomar su mano, que ya le había tendido, se volvió hacia ella—. Descubre el sello, por favor.
—Y una mierda —rezongó.
—Gia, por favor —resopló. Empezaba a poner a prueba su paciencia.
—No vas a verme las tetas…
—Por el amor de Dios… —Puso los ojos en blanco—. Me importan una mierda tus tetas, solo tienes que descubrirte el sello.
Contuvo a duras penas un resoplido de risa ante el absurdo intercambio.
—¿Te hace gracia? —siseó ella. Era igual que una gata con el pelo erizado.
—La verdad es que sí —admitió mirándola directamente—. A juzgar por la edad que figuraba en la hoja del acuerdo, daba por hecho que mi futura esposa era una mujer adulta, no una chiquilla mojigata…
Oh, sí. Casi podía ver cómo se le erizaba la cola en la forma felina que había creado de ella en su mente.
—Son mis tetas y ni pienses por un segundo que…
Greyson se llevó la mano al bolsillo de los vaqueros, sacó su navaja multiusos y, sin pensárselo, se hizo un pequeño corte en las yemas de los dedos.
—Kevin, puedes empezar a recitar el ensalmo cuando quieras.
No lo pensó, acortó la distancia entre ambos, tiró del escote de la blusa hacia abajo, haciendo saltar en el proceso un botón, y hundió los dedos ensangrentados entre la suave y caliente piel entre los pechos.
El sello, el cual tenía un ligero tono marrón, similar al de la henna , empezó a palpitar bajo sus dedos, respondiendo a su sangre.
—Oh, Dios… —jadeó ella, entre indignada y sofocada por el restallido de su propia magia, la cual respondió al momento a su sangre de brujo.
—Bueno, eso también me vale —replicó el Casador y, no tardó un segundo en ponerse a recitar el ensalmo que ataba su vínculo de esponsales.
Una unión que iba más allá de las firmas en un papel o un intercambio de votos.
Este era un contrato de vida, uno que perseguía la estabilidad y la perpetuación de la magia por medio de un enlace para el que ambas partes debían haber dado primeramente su acuerdo.
Y lo habían hecho. Ambos habían sellado el acuerdo con sus firmas y su sangre.
Todo sucedió en apenas unos segundos. Unas cuantas frases pronunciadas de la manera correcta, el calor del sello deshaciéndose al contacto con su sangre y la magia tanto tiempo encerrada corriendo como una ráfaga desde ella hasta el grimorio.
El libro reclamó su protagonismo, se liberó de su atadura de seda y se abrió, esperando que su dueña y el brujo al que ahora pertenecía atestiguasen sobre sus páginas su vínculo matrimonial.
—Hijo… de la gran… —siseó ella, fulminándole con la mirada. O al menos lo intentó, porque las lágrimas que le corrían por la cara le restaban dureza a su gesto—. Esto… duele.
Sí. Tenía que dolerle a rabiar. Pero sería algo fugaz, se pasaría en cuanto su sangre marcase la página, reclamándolo de nuevo.
—Tu mano, por favor. —Kevin, quien parecía el único medianamente centrado en aquellos momentos, le cogió una de las manos y le pinchó el dedo, estrujándolo a continuación hasta hacerlo sangrar—. Y ahora, si sois tan amables de dejar vuestras huellas en el libro, habremos terminado.
La vio vacilar, pero no se retiró, extendió la mano y presionó contra la primera hoja, manchándola con su sangre.
—Tu turno, demonio —siseó ella, sin mirarle siquiera, aunque notaba por su voz que estaba cabreada.
—La palabra que buscas es… esposo —replicó él, posando sus dedos ensangrentados sobre la página, cubriendo al mismo tiempo su mano.
El aire cambió al instante, fue casi como si la habitación y todos los que allí estaban contuviesen la respiración durante unos segundos. Y entonces la magia estalló con la fuerza de una violenta ráfaga de aire que, tan rápido como llegó, se marchó.
Se quedó mirando esos ojos verdes clavados en los de él, unos que ahora brillaban con un fuego propio, uno acorde al de la magia que ahora sentía enredada con la suya.
—Bienvenidos a vuestra nueva vida, señor y señora Malakai .
Si las miradas matasen, la de su nueva esposa lo habría asesinado de un solo vistazo.
—No pienses que esto cambia algo… —murmuró ella, dirigiéndose solo a él.
Sus labios se curvaron lentamente, bajó la vista de forma premeditada al diseño que ahora tenía entre los pechos, uno que él mismo tendría sobre la piel de su corazón, y resopló.
—Por el contrario, esposa —replicó, volviendo a levantar la cabeza para mirarla—. Esto lo cambia todo.
El silencio volvió a caer sobre ellos, tenso, como un ente vivo y listo para arrasar con todo, algo que sin duda amenazaba con hacer.
Bien, Grey. ¿Y ahora qué?
Ojalá tuviese la respuesta, pero lo cierto era que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía claro cuál era el siguiente paso.