CAPÍTULO 2
Una semana después…
—Si muero, quiero que pongas en mi lápida que ha sido por culpa del Casador .
Kevin ni siquiera apartó la vista de la carretera. Asintió con la cabeza, como si cualquier cosa que saliese de su boca no importase lo más mínimo.
—Lo tendré en cuenta y lo añadiré al informe del forense.
Gianna soltó un pequeño bufido, cruzándose de brazos en el asiento del copiloto. Llevaba rezongando desde que dejaron el aeropuerto y su hermano alquiló el coche que habría de llevarles a su destino.
—Y que sea algo bonito, tirando a dramático, no la misma frase de siempre —continuó en modo incordio un poco más—. « Murió trágicamente, después de haberse visto obligada a casarse con un desconocido en mitad de la nada».
—Eso es demasiado largo para una lápida —respondió con el mismo tono monocorde.
—No hay problema, te daré la versión abreviada —resopló y escupió—: « Aquí yace Gia. La jodieron».
—Una elección de lo más elegante.
Nada. Que no había manera. Ese hombre no se inmutaba. Estaba tan acostumbrado a tratar con sus excentricidades que nada lo perturbaba.
—La elegancia es todo lo que me queda, al parecer —masculló por lo bajo—. Me habéis quitado todo lo demás.
Su acompañante dejó escapar un pequeño suspiro y le dedicó una fugaz mirada.
—No seas melodramática.
—¿Melodramática? —Señaló con gesto airado la carretera ante ella—. Me has arrastrado a la otra punta del país para casarme con un demonio del que no sé nada más que su nombre.
—Uno con el que tienes un noventa y cuatro por ciento de compatibilidad —le recordó. Al parecer, solo eso contaba en este viaje—. Tendrías que estar dando saltos de alegría en vez de refunfuñar.
—Me da igual el porcentaje —rezongó—. Puede tener un noventa y cuatro, un cien por cien o brillar en la oscuridad, sigue siendo un demonio .
Kevin empezó a tamborilear los dedos sobre el volante, un gesto que hacía cuando empezaba a frustrarse con ella.
—También es brujo. Su madre es una de nosotros.
—Ah, bueno. Entonces, perfecto —ironizó ella, fulminándolo—. Será todo un encanto.
—Igual te sorprende.
—No quiero que me sorprenda, quiero que me rechace, me repudie, me diga «no gracias» . Ese sería el hombre ideal para mí, uno que me libere de esta estúpida unión.
—No encontrarás a nadie más adecuado…
—¡No quiero a alguien adecuado! —estalló—. ¡Quiero que me devolváis mi grimorio, retiréis este puto sello y me dejéis vivir en paz!
El inesperado frenazo hizo que todo su cuerpo se impulsase hacia delante, reteniéndola con el cinturón. Se quedó sin aire, pero cuando buscó el motivo de tal brusco movimiento, el irritado conductor ya se estaba echando a un lado. Tiró del freno de mano y se volvió hacia ella.
—Eres una wikia , Gia. Solo un brujo de tu sangre o aquel con quien te unas puede romper el sello y liberar tu magia.
Deja de comportarte como una cría caprichosa y da gracias a que ahí fuera hay alguien que está dispuesto a hacerse cargo de ti.
—La explosión fue tan inesperada que la dejó callada.
Kevin era una persona tranquila, un hombre que mantenía la compostura en cualquier situación…
hasta ahora—. Es él o la pérdida absoluta de tu magia.
Y eso siempre y cuando vivas y no te queden secuelas después de que tu sello se rompa fuera de un vínculo de unión.
Se quedaron en silencio, mirándose el uno al otro. El único sonido procedía de la radio, la cual sonaba muy bajita.
—Lo intentaste a tu manera y la cosa no funcionó. —Su tono bajó un poco de intensidad, volviendo a esa acostumbrada calma—. Ahora lo haremos a la del coven , tal y como debió ser desde el principio.
Apretó los dientes a fin de no responder, pues no tenía nada bueno que decir al respecto. Sabía que se había equivocado con Oliver, pero no tenía derecho a lanzárselo a la cara como si fuese una granada. Como si ella no tuviese derecho a elegir, porque no era capaz de hacerlo bien.
Volvió a acomodarse en su asiento y miró hacia delante, dando por terminada aquella conversación. A pesar de sus actuales roces, quería a su hermano de acogida, lo respetaba y no deseaba decir algo en caliente de lo que se arrepintiese más adelante.
—Gia…
Se apartó, dejándole claro que no quería que la tocase, pero no le miró, tampoco le dijo una sola palabra.
Lo escuchó resoplar. Finalmente, volvió a ponerse en marcha y continuaron en carretera unos veinte minutos más.
El paisaje comenzó a cambiar, los núcleos urbanos fueron quedando atrás, uno detrás de otro, hasta que al fin apareció el cartel que anunciaba la entrada a Raven Hollow, seguido de un pequeño pueblo con una amplia calle principal, que también dejaron atrás y continuaron unos kilómetros más.
—¿Cuánto falta? —rompió el silencio.
—Unos… diez minutos —respondió, echándole un vistazo al GPS del coche.
Diez minutos. No era mucho tiempo, ni tampoco demasiada distancia, aunque a juzgar por la ausencia de casas en ese trayecto, su futuro marido parecía estar prácticamente incomunicado del resto del mundo.
Diez minutos para idear un plan que le permitiese hacer que ese hombre se retractara del contrato y la rechazase.
No sería una gran tragedia. Encontraría la manera de romper el sello por sí misma y, si se quedaba sin su magia, porque no estaba dispuesta a morirse, pues…
Bueno. No sería la primera bruja completamente humana de la historia.
¿Y las secuelas? ¿Y tu grimorio?
Lo perdería para siempre. Tendría que renunciar a esa parte de sí misma, una que siempre había formado parte de ella.
Se estremeció. ¿Podría renunciar a Grimmi? ¿Al coven ? ¿A su vida tal y como había sido hasta ahora?
Antes de darse cuenta, el coche dejó la carretera principal y tomó un desvío.
El nuevo camino discurría al lado de una empalizada de madera que hacía de cierre para un terreno extenso, con pastos.
Algunos árboles proveían de sombra aquí y allá, como si los hubiesen plantado a propósito y, finalmente, recortada contra el horizonte, apareció la casa estilo rancho.
El coche se detuvo a unos cuantos metros de la entrada, al lado de una camioneta. El motor se apagó y ambos ocupantes permanecieron sentados unos momentos más.
—Gianna, no es el fin del mundo —mencionó Kevin en voz baja, estirando de nuevo la mano hacia ella. Esta vez, no se apartó—. Dale una oportunidad. Quizá te sorprenda lo que encuentres aquí.
Ladeó la cabeza hasta encontrarse con su mirada.
—Estamos a decenas de kilómetros del núcleo de población más cercano, sin un alma a la redonda —murmuró con voz engañosamente suave—. Sí que es el puto fin del mundo.
Sin otra palabra, apartó la mano sobre la que había posado la suya y abrió la portezuela del coche, bajándose.
El aire le alborotó inmediatamente el pelo, trayendo consigo una mezcla de aromas muy distintos a los de su ciudad.
Aquí se respiraba aire puro, sin contaminación, no había ruidos estridentes.
De hecho, el silencio a su alrededor estaba matizado con el sonido de los pájaros, con el de la brisa, como si ese fin del mundo no estuviese tan vacío como parecía.
Y también había algo más, algo que le acarició la piel con el mimo de un amante y la hizo estremecer.
No era un tacto desagradable, la presencia de la magia nunca lo era, pero la hacía demasiado consciente de su propia vulnerabilidad.
Como si reconociese la marca de aquel que podía liberar el sello que la contenía, la suya reaccionó con un inesperado tirón, sofocándola durante unos instantes.
—Joder… —jadeó, llevándose la mano al pecho.
Kevin, quien había bajado ya del coche y recogido su maletín en la parte de atrás, la miraba atento.
—Su huella es fuerte, ¿eh?
Contuvo un «vete a la mierda» que pugnaba por abandonar sus labios y se enderezó, respirando a través de la nariz, para recomponerse. Deslizó los ojos sobre la casa, mirando a su alrededor, recorriendo la extensión infinita que parecía tragarse el horizonte.
—Esto es enorme…
—Te acostumbrarás —aseguró él, extendiendo el brazo a modo de invitación.
—No quiero acostumbrarme —replicó, ignorando su invitación. No dio un solo paso.
—Por favor, tú eres más madura que esto —insistió, esperando a que se comportase como una mujer adulta y dejase a un lado su rabieta—. Has llegado hasta aquí, dale al menos una oportunidad.
—No quiero darle una oportunidad —siseó, mirando de nuevo el coche—. Quiero irme…
—Demasiado tarde para eso —le recordó y volvió a insistir en su invitación—. Vamos.
Abrió la boca para decirle exactamente a dónde podía irse, pero un nuevo cambio en el aire evitó que pronunciase palabra alguna.
Algo la envolvió. Para cualquiera podría parecer tan solo una brizna de aire acariciándole el rostro, envolviéndolo, mas había un toque muy sutil, un aroma a…
bergamota y un cosquilleo que solo venía con la magia.
El brujo estaba allí.
Se giró como un resorte y lo vio, de pie en el porche.
Sus ojos se encontraron y, en el momento en que hicieron contacto, el corazón dejó de latirle. Solo se saltó uno, puede que dos latidos y fue suficiente para impactarla.
No era lo que había esperado, aunque tampoco es que se hubiese hecho una imagen mental sobre él. De hecho, estaba ocupada en pensar en cómo deshacerse de ese compromiso, así que no esperaba que el hombre con el que Kevin la había emparejado tuviese el aspecto de un puto ángel caído.
Cuando pronuncian la palabra demonio, esperas a alguien oscuro, con mirada aviesa, no a alguien que transmita semejante calma.
Su pelo negro era tan oscuro como el carbón, poseía unas facciones marcadas, muy masculinas, el mentón y el bigote sombreado de barba y unos ojos de un azul tormentoso.
Era lo bastante alto como para sacarle unos veinte centímetros y ella no era precisamente baja, con su metro setenta.
Vestía de manera casual, con vaqueros, botas de trabajo y camisa de cuadros, abierta lo suficiente como para comprobar que su piel estaba bronceada por el sol.