CAPÍTULO 1
Raven Hollow
Oregón
—No puedo creer que lo hayas hecho.
—No es algo tan inusual. —Se encogió de hombros—. Los matrimonios concertados llevan formando parte de la sociedad desde el inicio de todo.
—Porque tú lo digas.
—Y con este método me aseguro de que la mujer elegida sea la adecuada.
—Te asegurarías de que sea la adecuada si al menos la hubieses catado primero. Ya sabes, ver si es compatible en la cama y no te aburre hasta la saciedad.
—No todo se limita al sexo.
—No, pero ayuda. Y mucho. Sobre todo cuando eres un demonio potente.
Greyson ladeó lentamente la cabeza, encontrándose con unos ojos rojos y una sonrisa pícara en el rostro de Kaelis.
—¿Te estás autodefiniendo?
—¿Qué puedo decir? Estuve encerrado durante demasiado tiempo y tengo un brujo y una bruja a mi disposición, así que… —Sonrió socarrón—. Saca tus propias conclusiones.
Se limitó a negar lentamente con la cabeza.
Kae llevaba un año en Raven Hollow, al menos de manera oficial.
El antiguo demonio había estado prisionero en el grimorio de su brujo durante cien años y solo recientemente había recuperado su libertad.
Y todo gracias a la joven bruja que se había mudado al cottage a las afueras del pueblo.
Su brujo era el propietario del Jericoks , el bar-restaurante del pueblo, un lugar de reunión y buena comida en el que se habían encontrado por casualidad.
Había pocos demonios que eligiesen vivir entre los humanos, la mayoría habitaban las grandes ciudades, así que encontrarse con uno en su propio pueblo era una casualidad entre un millón.
—También hay vida fuera de los coven , Grey —insistió Kae—. Y es mucho más divertida y menos encorsetada. Gael te lo puede asegurar.
Puso los ojos en blanco.
Gael Adams era un brujo independiente, no rendía cuentas ante ninguna comunidad bruja, al igual que la mujer que ambos habían aceptado como compañera.
Él, sin embargo, había nacido y crecido en el seno de una, ya que su madre era bruja, por lo que estaba alineado con la disciplina, las leyes y la forma de vida de esta.
Puede que los genes de su padre hubiesen sido determinantes en su naturaleza demoníaca, pero la magia que corría por sus venas lo convertía también en un brujo.
—No recuerdo haberte pedido tu opinión, Kaelis.
—No. Te la daré igual. —Se llevó las manos a las caderas—. Si la ves y se te ponen los pelos de punta, dile a tu Casador que te lo has pensado mejor y que te deje ver primero el catálogo.
Lo fulminó con la mirada.
—Si ya has terminado de iluminarme con tu extensa sabiduría…
El demonio levantó ambas manos, aceptando la rendición.
—Vale, vale, pero luego no digas que no te lo advertí —le dijo, encogiéndose de hombros—. Eres el único demonio, aparte de mí, en Raven Hollow. Qué menos que compartir mi excelsa sabiduría contigo.
Se contuvo para no poner los ojos en blanco.
—¿Sabes al menos con quién te han emparejado o eso también será «sorpresa-sorpresa» ? —insistió, poco dispuesto a abandonar su compañía.
—Lo sabré tan pronto como llegue la carta de unión.
El proceso podía parecer algo frío y aislado.
Sin embargo, era justo lo que necesitaba.
Hollow Creek Ranch no le dejaba demasiado tiempo para perderlo con relaciones sociales y citas con las que terminaba aburriéndose.
El proceso de selección que llevaba a cabo el Casador del coven era mucho más efectivo, pues se basaba en la compatibilidad y afinidad mágica.
Él se aseguraría de que la bruja que le encontrase fuese perfecta para él, alguien acorde a sus estándares y, sobre todo, que encajase en su vida como la pieza perfecta.
Si hubiese sido un demonio puro, como Kae, quizás sus inquietudes habrían sido otras. Siendo en parte brujo y habiendo crecido en el seno del coven , esta era la cultura que conocía, en la que se había criado y, para él, era la solución perfecta.
Estaba cansado de estar solo y no le vendría mal tener algo de ayuda en el rancho. Más adelante, cuando se hubiesen asentado, podrían planificar tener familia. No le importaba demasiado su apariencia, tan solo que encajase en su organizada y tranquila vida.
—Así que a todas luces será una «sorpresa-sorpresa».
—Su incordio de visitante sonrió de soslayo, poniéndole una mano sobre el hombro—.
Debo advertirte que el azar puede ser bastante hijo de puta, al igual que el destino.
No siempre nos da lo que queremos, sino aquello que nos puede cambiar la vida.
El sonido de un mensaje entrante interrumpió al demonio. Lo vio llevarse la mano al bolsillo trasero del pantalón y sacar el móvil. Sus labios se estiraron en una sonrisa al mirar la pantalla.
— Um… Tengo que dejarte, Grey —le informó, lo cual era una gran noticia para él—. Mi bruja me reclama. Todavía le cuesta un poco el escribir los hechizos, así que me voy a solucionarlo antes de que llegue Gael.
—No seré yo el que te retenga… —respondió con su habitual franqueza.
Kaelis sonrió de esa manera tan particular suya.
—Será interesante ver cómo te las arreglas a partir de ahora —mencionó él, casi como para consigo mismo—. Suerte con la elección. Espero poder conocer a tu esposa bruja en el futuro.
Y con un gesto de la mano, se desvaneció de su salón.
Dejó escapar un resoplido y le dio la espalda, retomando al momento su interrumpida rutina.
Ese demonio solía dejarse caer a media mañana. Era como si supiese el momento en que más liado estaba para aparecer y desbaratar su rutina. No había nada que le rompiese más los esquemas que las interrupciones inesperadas, pues lo obligaba a improvisar y acababa trastocando sus horarios.
Y en el rancho todo se regía por un estricto horario.
Greyson dejó atrás el salón y se dirigió hacia la puerta principal que llevaba al porche, mas no llegó siquiera a cruzar el umbral.
El cambio en el aire fue inmediato, la presión bajó y ese cosquilleo que precedía a una magia ajena lo alertó de que algo había irrumpido en su casa.
Giró sobre los pies a tiempo de ver caer sobre la mesa del comedor, al otro lado de aquella parte de la casa de concepto abierto, un pequeño paquete.
El saber de qué se trataba no hizo que se moviese más deprisa, por el contrario. Vaciló en el lugar, como si tuviese miedo de acercarse y descubrir finalmente lo que le tenía deparado el destino.
Sacudiéndose la sensación de encima, recorrió los metros que lo separaban a zancadas y cogió el sobre lacrado que descansaba sobre el paquete rectangular. No necesitaba tocarlo, podía sentir el latido mágico de aquella cosa; no había lugar a dudas de su contenido.
Escrita a mano, con una elaborada caligrafía, figuraba su nombre, nada más. Giró el sobre y confirmó que el lacre pertenecía al Casador del coven. Lo rompió y, con el pulso algo inestable, sacó la hoja plegada de su interior y le echó un vistazo rápido.
—Compatibilidad confirmada: 94% —leyó en voz alta. Sus ojos se detuvieron sobre esa línea un segundo más de lo necesario.
Noventa y cuatro por ciento.
Ese rango superaba la puntuación que solía obtenerse en este tipo de test, la cual, en los casos de mayor compatibilidad, rondaba el 80%.
Exhaló despacio, dejando que la noticia calase en él, interiorizándola, haciéndola suya. Experimentó un notable alivio, pues aquello no hacía más que confirmar que había tomado la decisión correcta.
Continuó leyendo. Había unos cuantos datos en los que figuraban el nombre de su bruja, su edad y procedencia…
—Es una wikia … —Una bruja sin vínculo previo, con su magia todavía sellada. Estaba justo en el límite, lo que la hacía adecuada. No se veía teniendo que lidiar con una jovencita. Había dejado muy claro aquello en su conversación con Kevin.
Miró de nuevo el paquete y asintió satisfecho. Encajaba con lo que buscaba, así que ya era solo cuestión de aceptar dicho contrato. Una vez hecho eso, el Casador se encargaría de formalizar el vínculo y atestiguar la ruptura del sello tras su unión en… siete días.
—Una semana. —Calculó mentalmente la fecha exacta y lo que tendría que hacer para entonces. Necesitaría liberar al menos ese día.
Repasó la hoja, absorbiendo cada detalle que resultase de importancia, quedándose sobre todo con el nombre de ella: Gianna.
Por ahora solo era un nombre, el de la bruja a la que se uniría y se convertiría en la señora Malakai.
No le dio más vueltas. Todo estaba saliendo como debería.
Ese alto porcentaje no hacía sino confirmar el éxito de esta empresa.
Se movió a la cocina, cogió un cuchillo de pelar y se pinchó la almohadilla del pulgar hasta que brotó la sangre.
Su huella quedó impresa en el papel, justo sobre su firma, validando la elección y confirmando así que aceptaba el contrato.
Como si sufriese de una reacción química a causa de su sangre, el documento empezó a cambiar, arrugándose sobre sí mismo hasta extinguirse en una chispa de magia, volviendo a manos de su redactor.
—Una semana —murmuró, volviendo a mirar el paquete—. Solo una semana más.